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8 de septiembre de 2015

Cuadernos itálicos (XI): Milán, día 2 / Como / Niza, día 1

Al día siguiente a primera hora aterrizamos en la puerta de la agencia de viajes Zani, con quienes haremos nuestra visita guiada por la ciudad. Hay visitas en varios idiomas, incluido el español, pero el día que nosotros vamos a estar en Milán toca en inglés; en cualquier caso nuestro guía habla muy claro y muy pausado, así que no tenemos ningún problema por seguir sus explicaciones. Una vez que estamos todos subidos en el autocar, y después de haber comprobado que los auriculares funcionan correctamente, nos ponemos en marcha.

Teatro della Scala.
Nuestra primera parada es la Scala, considerada por algunos el teatro de la ópera más famoso del mundo. Aún no ha empezado la temporada de ópera así que no tenemos ocasión de asistir a ningún espectáculo, pero sí nos asomamos a uno de los palcos para ver el escenario, que con la última remodelación lo ha convertido en el más grande de Europa. Lo que también tenemos ocasión de ver es el museo, que se encuentra en el mismo edificio del teatro y tiene dos plantas: en la planta baja vemos una completísima colección de objetos relacionados con la ópera, ordenados cronológicamente, y que incluye desde carteles originales de los estrenos de algunas óperas hasta el molde de la máscara funeraria de Verdi, que no es apta para escrupulosos porque conserva incluso algunos pelillos. También contemplamos diversas pinturas, objetos de vestuario y escenografía, partituras originales, instrumentos musicales... Y ya en la planta superior, nos encontramos un vestíbulo muy amplio, decorado con enormes lámparas de araña y varias esculturas de compositores famosos.

Nuestra siguiente parada es la galleria Vittorio Emanuelle, que está en un enclave de lo más privilegiado: entre la catedral y el teatro della Scala. Yo pensaba que esta galería era un centro comercial pijo sin más; sin embargo no hay nada como hacer las visitas con un guía que te cuente cosas que no encuentras en ningún otro sitio, por más que investigues y busques cosillas por internet o en los libros. Y es que la galleria Vittorio Emanuelle no es solo un centro comercial, sino que aparte de sus tiendas de marcas pijísimas tiene otras cosas que a mí me resultaron mucho más interesantes. Por ejemplo, su ubicación no es para nada casual; de hecho, si te colocas justo en el punto en el que se cruzan los dos pasillos de la galería, dejando la catedral a tus espaldas, verás que hay una línea recta que une la catedral, el pasillo, la estatua de Leonardo (que tiene la mirada fija en el teatro) y el teatro della Scala.

Galleria Vittorio Emanuelle.
La galería desde luego es una pasada aunque sólo vayas a verla, sin intención de comprar nada. Está construida en hierro y cristal, lo que hace que tenga muchísima luz, y tiene una bóveda enorme y planta en forma de crucifijo. En el punto en el que se cruzan los dos pasillos, hay cuatro pinturas en la zona más alta de las paredes, una en cada esquina. Cada una representa uno de los cuatro continentes (falta Oceanía). También en este punto vemos, en el suelo, cuatro mosaicos con los escudos de varias ciudades italianas: Roma con la loba, Florencia con una azucena, Turín con un toro y Milán con la cruz roja. En el centro está el escudo heráldico de la familia Saboya, con una cruz blanca sobre fondo rojo. Como curiosidad, los milaneses dicen que trae buena suerte girar sobre uno mismo a la vez que con el tacón se pisan los testículos del toro que está representado en el escudo de Turín. No sé si realmente traerá buena suerte o no, pero la gente se lo debe de tomar al pie de la letra y de hecho el pobre toro ya no tiene ni testículos, porque han debido de taconearlo ya tantas veces que hay un agujero en el suelo, en el lugar donde deberían estar sus huevecillos.

Catedral.
El día anterior hemos subido a los tejados de la catedral, y ahora con nuestro guía la visitamos también por dentro. El exterior es impresionante, construido en mármol teñido de un ligero color rosa; y las puertas de bronce de su fachada principal conservan todavía las señales de las bombas que cayeron en sus proximidades durante la Segunda Guerra Mundial.

Quizá lo más llamativo de la catedral son sus frescos y sus vidrieras, que ascienden a 146, repartidas por todo el edificio. El techo parece que está formado por columnas talladas, pero en realidad se trata de un trampantojo. Otra cosa también destacada, sobre el altar mayor, es un clavo que supuestamente se utilizó para clavar a la cruz la mano derecha de Jesucristo; junto al altar se encuentra la cripta de San Carlos Borromeo, que exhibe los restos del santo en una urna de cristal. En uno de los laterales hay una escultura bastante curiosa; se trata de la obra San Bartolomé desollado, de Marco d'Agrate. La estatua es en realidad un estudio anatómico del cuerpo humano: se muestra al santo completamente descarnado, con la piel colgando en el hombro, y se pueden apreciar con todo detalle los músculos y tendones de su cuerpo.

Más curiosidades: hay una línea metálica que cruza la catedral de norte a sur; a lo largo de esta línea se colocaron 12 paneles que representan los signos del zodiaco. Las marcas no se colocaron aleatoriamente, sino que se basaron en los rayos de sol que entraban por uno de los orificios de la bóveda. Así, según la inclinación de los rayos podemos saber cuál es el día exacto y también el signo que corresponde a ese día.

Castello Sforzesco.
Tras visitar la catedral pasamos con el autobús por el famoso Quadrilatero d'Oro y su no menos famosa via Manzoni, la zona de compras por excelencia en Milán; después llegamos hasta la piazza del Castello, lugar en el que se encuentra situado el castello Sforzesco, que fue la fortaleza originaria de la familia Visconti y posteriormente pasó a manos de los Sforza, que gobernaron Milán durante el Renacimiento. Lo primero que vemos al llegar allí es su imponente fachada con cuatro torres; pero después de eso, a mí se me van los ojos directamente a un montón de gatos, de todos los colores, tamaños y edades, que hay junto a la entrada, en el foso. Tienen pinta de ser medio salvajes, así que me llama mucho la atención verlos correr hacia el muro en cuanto aparece por allí una señora con un montón de bolsas de comida. De repente se juntan cerca de cuarenta gatos, sin exagerar. La señora coge una llave, abre la verja y baja hasta el foso para ponerles la comida. Y nos enteramos de que es la única persona en Milán que está autorizada para bajar al foso; es miembro de la Asociación de Amigos de los Gatos del Castillo y únicamente ella puede acceder al foso y alimentar a los gatines.

El interior del castillo alberga en la actualidad diez museos diferentes, entre los que destacan el Museo d'Arte Antica, en el cual podemos ver la famosa Pietá Rondanini de Miguel Ángel, inacabada; la Pinacoteca e Raccolte d'Arte, el Museo della Preistoria o el Museo degli Strumenti Musicali. Por último, en la parte trasera de la fortaleza está el Parco Sempione, con más de 47 hectáreas.

Santa Maria delle Grazie.
Nuestra última parada es la chiesa di Santa Maria delle Grazie, una iglesia que empezó a construirse en el siglo XV y que es especialmente conocida por la joya que alberga en su interior: el famoso fresco La última cena de Leonardo Da Vinci. Uno de los motivos que más nos había animado a contratar la visita con Zani Viaggi era precisamente el de tener la posibilidad de admirar esta obra, que está de lo más solicitada y para poder verla hay que reservar con bastante antelación.

Una vez dentro de la iglesia nos dividimos en dos grupos, porque el acceso está permitido únicamente a 20 personas cada vez; además, sólo te dejan estar en el refectorio (donde Leonardo pintó la obra) un tiempo máximo de 15 minutos, y está terminantemente prohibido hacer fotos. El guía nos da la entrada a cada uno, y cuando nos toca entrar tenemos que atravesar varias puertas de cristal que se abren y cierran automáticamente; más o menos como las de los bancos. Había estudiado esta obra en Historia del Arte, pero no sabía exactamente cuáles eran sus dimensiones exactas; y cuando entramos en el refectorio y la veo, me quedo alucinada. Ocupa toda una pared y mide algo más de 4 metros de alto por casi 9 de ancho. Este falso fresco se encontraba en un estado bastante malo tras sufrir varios siglos de deterioro, y la pena es que uno de los culpables fue el mismo Leonardo, ya que su amor por los experimentos lo llevó a pintar esta obra no con temple, que es la técnica habitual utlizada para los frescos, sino con una mezcla de óleo y témpera; de ahí que no se considere un fresco como tal, y también que su deterioro comenzara pocos meses después de que el artista lo finalizara. Para remate, los monjes tampoco fueron muy cuidadosos cuando tuvieron que elevar el suelo del refectorio y cortaron sin más la parte inferior de la pintura; y los restauradores en el siglo XIX no se esmeraron demasiado, ya que sus métodos incluían el alcohol y el algodón, con los que eliminaron por completo una capa de pintura. A todo esto se le suma que casi fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Así que, tras nada menos que 22 años de tareas de restauración, aproximadamente el ochenta por ciento del color original se ha perdido.

Como.
Y hasta aquí nuestro paseo por Milán, que me ha sorprendido muy gratamente. Ya se ha hecho un poco tarde para la hora de la comida pero igualmente nos ponemos en camino hacia Como, donde hemos previsto hacer una parada breve para hacer picnic a orillas del lago y pasear un poco por aquella zona. A última hora nos espera el hotel Acanthe en Niza, que será nuestro último destino de este viaje. Llegamos allí ya casi de noche y después de registrarnos y dejar los trastos en la habitación, nos da tiempo solo a dar una vuelta por el famoso promenade des Anglais, el paseo marítimo de la ciudad, que está a dos pasos de nuestro hotel.

3 de septiembre de 2015

Cuadernos itálicos (X): Venecia, día 3 / Milán, día 1

Vistas desde el campanile.
Por la mañana, antes de salir rumbo a Milán, nos acercamos de nuevo a San Marco para ver la última cosa que nos ha quedado pendiente: el campanile. Está justo enfrente de la basílica, y desde él hay unas vistas espectaculares de toda la ciudad, el laberinto de calles y el gran canal; y cuando digo toda la ciudad es toda, porque podemos asomarnos a los ventanales del campanile en cualquiera de sus cuatro lados.

Es una maravilla haber podido pasear por Venecia, la ciudad italiana que más me apetecía conocer y que, a pesar de lo que me habían dicho, no me ha defraudado en absoluto. Tenían razón aquellos que afirmaban que no merece la pena utilizar un mapa para moverse por la ciudad; y es que creo que la mejor sensación veneciana que me llevo es precisamente la de caminar sin rumbo por el entramado de calles, callejones y canales: llegas a una calle que de repente se bifurca, y no sabes si continuar por la derecha o por la izquierda; continúas al azar y sales a una plaza en la que confluyen un montón de callejuelas; eliges una cualquiera y de repente apareces en un puente; cruzas un canal por ese puente, giras por otra calle y encuentras una librería con primeras ediciones de libros famosos; o ves un poco más adelante una tienda con máscaras y disfraces de carnaval (de esto hay para aburrir en toda la ciudad); o llegas a una de artículos de regalo, que principalmente suelen ser cosas hechas con cristal de Murano; ves otra con todo tipo de objetos con el logotipo de Vespa; una papelería con infinidad de artículos de escritorio, cuyos escaparates me podría pasar horas y horas mirando... O incluso un Hard Rock Cafe ahí medio escondido, o una casa con una placa conmemorativa en la que te cuentan que el mismísimo Mozart se alojó allí durante las celebraciones del carnaval veneciano del año 1771. Sin duda, volveré para seguir descubriendo nuevos rincones.

Piazza San Marco, basílica y campanile.
Después de despedirnos de Venecia, nos ponemos en marcha para llegar a Milán, ciudad en la que hemos reservado una noche en el hotel Des Etrangers, que resulta ser todo un acierto. Hacemos un pequeño alto en el camino para comer, y llegamos a Milán a primera hora de la tarde. Como estamos un poco cansados, decidimos echarnos una siesta y después ir a dar una vuelta por la ciudad a nuestro aire. Y es que como nos habían dicho que en esta ciudad no hay excesivas cosas que ver, hemos contratado por internet, antes del viaje, una ruta guiada que nos ocupará parte del día siguiente; y esta tarde lo que hacemos es visitar por nuestra cuenta cosas que se supone que no vamos a ver con la opción guiada.

Subida a los tejados de la catedral.
Cerca del hotel hay una parada con varias líneas de autobús que nos llevan hasta el centro, así que cogemos uno que nos deja a la entrada del castillo Sforzesco, y desde allí vamos caminando un poco hasta llegar a la catedral. La visita a este edificio está incluida en nuestra ruta del día siguiente, pero no la subida a los tejados, y por eso decidimos hacerla hoy. La sensación al ver la catedral, que ya se vislumbra desde la calle por la que venimos andando desde el autobús, es emocionante. Y es que es un edificio tan bonito y tan espectacular que a mí me deja sin palabras...

El acceso al tejado se hace desde el exterior; si rodeamos la catedral por su lado izquierdo, nos encontramos directamente con la taquilla. Se puede subir andando o en ascensor, pero cuando entramos no vemos por ningún sitio escaleras de acceso, así que como en la taquilla nos señalan el ascensor, subimos en él. Casi mejor, porque yo aún tengo en la cabeza la subida al campanile de la catedral de Florencia y me dan los sudores fríos; aunque en el caso de Milán, solo son 165 escalones. Desde el sitio en el que te deja el ascensor tienes que subir andando un poco más hasta el tejado. No hay ninguna indicación, así que puedes ir más o menos a tu aire hasta llegar arriba; de todas formas hay sitios que están cerrados con una verja metálica, así que no hay pérdida.

Es una sensación de lo más raro, como ir paseando por un bosque pero que en lugar de árboles tiene chapiteles, estatuas y pináculos. Dicen que si el día está muy despejado se puede ver incluso Suiza, pero nosotros no tenemos esa suerte (o bien no sabemos exactamente dónde está Suiza). Una vez en lo más alto, caminamos sobre el tejado a dos aguas. Y también contemplamos la escultura de cobre dorado de la Madonnina, la virgen protectora de la ciudad; la escultura llama tanto la atención que casi hace que te pase desapercibido el detalle de que esta catedral no tiene campanario. Y por supuesto, ni hace falta decir que las vistas desde aquí son espectaculares, independientemente de que hayamos sido capaces o no de localizar Suiza.

Galleria Vittorio Emanuelle.
Después le damos un vistazo rápido a la galleria Vittorio Emanuelle, aunque la cosa es un poco fugaz porque también estña incluida en la visita guiada del día siguiente, así que lo que hacemos para rematar este día es recorrernos andando los 4 kilómetros que nos separan del hotel, y por el camino paramos a tomar algo en una terracita; que por cierto es una pena que no me acuerde del sitio exacto que es, porque nos tratan fenomenal y el piscolabis sale baratísimo (cosa rara, porque ya íbamos advertidos de que Milán es el colmo en cuanto a precios caros).

2 de septiembre de 2015

Cuadernos itálicos (IX): Venecia, día 2

Este día sí que sí, lo aprovechamos enterito para patearnos Venecia de punta a punta. Como vamos en coche, tenemos que dejarlo a la entrada de la ciudad; en piazzale Roma hay un aparcamiento inmenso en el que, al menos cuando nosotros viajamos, te cobran por tramos de 12 horas. Así que te da exactamente lo mismo dejar el coche todo el día que dejarlo 20 minutos, porque lo mínimo que te van a cobrar son 12 horas... Una vez que soltamos el coche empezamos a andar, siguiendo las señales que indican piazza San Marco, que por cierto están repartidas por toda la ciudad; ya me han advertido de que en Venecia da lo mismo que lleves mapa o no, porque no vas a conseguir orientarte con él. Nosotros no lo llevamos, pero en cualquier caso, aunque te pierdas por la ciudad, en algún momento vas a encontrarte una señal que indique o bien piazzale Roma o bien piazza San Marco, así que no hay que desesperarse.

Casa di Goldoni.
Para empezar, nosotros vamos desde piazzale Roma en dirección a San Marcos, y en nuestro itinerario pasamos por una serie de lugares que os iré detallando. Uno de los primeros edificios que vemos es la Casa di Goldoni, que data del siglo XV y es donde nació Carlo Goldoni, el dramaturgo más célebre de Venecia. Hoy día la casa natal del autor puede visitarse y en ella se conserva mucho material sobre su vida y su obra.

Un poco más adelante, llegamos a uno de los tramos del Canal Grande, aunque con esto de que es el más famoso de la ciudad, a poco tiempo que pases en Venecia te lo encontrarás infinidad de veces durante tus paseos. Este canal tiene forma de S invertida y mide algo más de 3 kilómetros de largo, tiene 6 metros de profundidad y entre 40 y 100 metros de anchura, según los tramos. Como veis, todo un señor canal que además divide la ciudad en dos.

Piazza San Marco.
Otro de los puntos por los que pasamos, y que es de los más conocidos de Venecia, es el Ponte di Rialto, situado en el mismo lugar en el que se ubica el mercado, y fue construido a finales del siglo XVI por Antonio da Ponte, que fue el elegido entre varios arquitectos para este encargo. Desde este puente dicen que hay una de las mejores vistas del gran canal. Y por fin, después de andar un poco más, llegamos a la Piazza San Marco; cualquier cosa que dijera se quedaría corta para describir la belleza de esta plaza, que te deja boquiabierto cuando vas callejeando y de repente te encuentras con ella, atestada de turistas y sobre todo de palomas medio kamikazes. Si en el rato que estés en la plaza te pilla cerca cualquier hora en punto, podrás ver cómo las esculturas de los moros que hay en la torre dell'Orologio dan las horas, golpeando la campana que se encuentra en lo alto de esta torre. Y si te apetece darte un homenaje, siempre puedes acercarte a tomar un café a los famosos Florian o Quadri, que están en la misma plaza y datan del siglo XVIII. En ellos, además de tomar café o lo que quieras, te amenizarán la velada con una orquesta de cámara que toca en directo, así que ve preparando la pasta...

Dejamos a nuestras espaldas la plaza y, rodeando el palacio ducal, llegamos al ponte dei Sospiri, que se llama así por los suspiros que supuestamente daban, al pasar por él, los que eran conducidos de camino a los calabozos de la prisión construida junto al palacio ducal. A mí casi me da un ataque cuando lo veo, porque tanto bombo con el puente de los suspiros y resulta que al asomarme descubro que lo están arreglando y lo han tapado con una tela enorme que lleva impreso un anuncio, también enorme, de Coca-Cola. Vamos, que el puente casi ni se ve; ya se lo podían haber currado un poquito más y decorar la lona por ejemplo con una ilustración del propio puente...

Junto a este puente hay varias paradas de vaporetto, que es el principal medio de transporte para ir de una isla veneciana a otra. Lo que decidimos hacer es comprar un billete de 24 horas, con el que podremos utilizarlo ilimitadamente durante todo ese tiempo; así podemos ver Venecia unos ratos caminando y otros navegando de un sitio a otro, bajándonos si algo nos llama la atención y volviendo a subir al vaporetto, o bien siguiendo nuestro recorrido a pie. La verdad es que lo del billete por horas resulta de lo más práctico, y desde aquí mismo hacemos nuestros primeros pinitos en este medio de transporte. Cogemos un barco al azar, que en este caso nos lleva por el gran canal en la misma dirección en la que habíamos venido a primera hora de la mañana: el puente de Rialto. Y seguimos viendo más cosas.

Chiesa di Santa Maria della Salute.
Pasamos por la chiesa di Santa Maria della Salute, que se construyó en el siglo XVII en honor de la Virgen María, ya que se creía que había librado a la ciudad de un brote de peste. Su exterior es precioso, pero su interior alberga un auténtico tesoro, y es que lo más destacado de esta iglesia son varias pinturas de Tiziano.

Otro de los puntos en los que bajamos del vaporetto es la basilica di San Marco, que mezcla varios estilos arquitectónicos, aunque el predominante es el bizantino. Tiene planta de cruz griega y cinco cúpulas, y para su construcción se tomó como modelo la de los Doce Apóstoles de Constantinopla. Se convirtió en la catedral de Venecia en 1807, y lo más destacado de su exterior (aparte de la fila interminable de gente esperando para entrar) es la galería que se encuentra encima de la entrada principal, en la que hay cuatro caballos de bronce dorados (son copias; los originales están dentro). Como hay una cola increíble para entrar, decidimos dejarlo para más tarde y buscamos otra parada de vaporetto para ir a visitar una de las 117 islas de Venecia.

Hacemos una parada en la isla de Lido, que es famosa especialmente por sus playas. Nos dedicamos a darnos un paseo por allí y después cogemos otro vaporetto de vuelta a San Marcos; esta vez bajamos un momento en el recinto de la Bienale, donde se celebra el festival de cine de Venecia, aunque no podemos ver los jardines más que por fuera, porque están de obras y no se puede entrar. Así que volvemos hacia la basílica, esta vez para intentar entrar, aprovechando que hay bastante menos gente que por la mañana. La entrada a la basílica es gratuita, y sólo hay que pagar si quieres subir al balcón de la fachada o a ver el tesoro; como en todas las iglesias italianas, no se pueden llevar pantalones ni faldas cortos ni escotes demasiado pronunciados ni los hombros al descubierto. Tampoco se puede entrar con mochilas ni con bolsos demasiado grandes, pero muy cerca de la basílica hay una consigna en la que te dejan "aparcar" tus trastos durante una hora, de forma gratuita. No tengo ni idea de cómo controlarán exactamente el tiempo, porque entre la cantidad de gente que hay y que aparentemente no apuntan en ningún sitio a qué hora has dejado las cosas, no me queda muy claro cómo se darán cuenta de si alguien se pasa de la hora.

Basilica di San Marco.
San Marco no es una catedral excesivamente grande, pero sí muy llamativa. Los mosaicos que hay en el interior brillan tanto que deslumbran, y debes tener cuidado si vas mirándolos mientras andas por la basílica, porque los suelos son irregulares y te puedes dejar los dientes en algún desnivel traicionero. Aquí se conservan las reliquias de San Marcos, en un sarcófago debajo del altar.

Dejamos la basílica a nuestras espaldas y, yendo hacia nuestra izquierda, llegamos al palazzo Ducale, que era la residencia oficial de los dux, y también la sede del gobierno. Es un edificio muy llamativo, de estilo gótico, con fachadas de piedra blanca y mármol rosa; una de ellas da a la piazza di San Marco y la otra al gran canal.

Palazzo Ducale.
Después de comer para reponer fuerzas, volvemos a coger un vaporetto y esta vez nos acercamos a la isla de Murano; el trayecto es de unos tres cuartos de hora, así que da tiempo a ver el paisaje y descansar. Esta isla es el paraíso perfecto si lo que quieres es comprar objetos de cristal. En Venecia también los tienes, pero en Murano parece que lo único que hay son tiendas de estos objetos. En muchas de ellas puedes entrar al taller para ver cómo se elaboran las piezas, y por supuesto en todas tienes una exposición de los artículos que venden. Hay una variedad increíble, desde lámparas de techo hasta marcapáginas, pasadores para el pelo, plumas para escribir, tapones para botellas, llaveros... Si tenéis previsto hacer algún regalo de cristal de Murano, este es el sitio ideal. Y si os apetece dar un paseo en plan tranquilo, hay muchísima menos gente que en Venecia.

De camino a Murano.
A la vuelta de Murano, de nuevo en vaporetto, pasamos por debajo del ponte di Calatrava, construido por este arquitecto español. Esto supongo que va en gustos, pero comparando el de Calatrava con el de Rialto por ejemplo, me quedo con este último. Es que las cosas que he visto hasta ahora de este hombre no me han gustado demasiado, qué le vamos a hacer; y este puente no es una excepción... Además es tan moderno que personalmente me parece un pegote ahí en medio; y eso que está en la zona de la estación de trenes, que no quiero ni pensar cómo habría quedado por ejemplo junto a alguno de los muchos palacios que hay repartidos por la ciudad...

Ya nos habían dicho que Venecia por la noche es una ciudad con muchísimo encanto, así que dedicamos el resto de la tarde a callejear un poco más, y cuando empieza a atardecer volvemos de nuevo a San Marco para coger un vaporetto hasta piazzale Roma, recogemos el coche del aparcamiento y volvemos al hotel. Y después de todo esto, doy fe de que efectivamente Venecia de noche tiene muchísimo encanto.

23 de agosto de 2015

Cuadernos itálicos (VIII): Florencia, día 3 / Siena / Venecia, día 1

Villa La Petraia.
Es nuestro último día en Florencia. Por la mañana dejamos el hotel y, ya en coche, nos dirigimos a las afueras para ver las villas de los Médici. La villa di Careggi alberga hoy día las oficinas de un hospital, así que sólo pueden visitarse los jardines. La villa Corsini a Castello es la casa que usaba como vivienda de verano Lorenzo el Magnífico. Y por último está la villa La Petraia, que es a la que nosotros entramos. Se puede pasear libremente por los jardines, pero el acceso al interior es únicamente con guía; nos pilla un poco mal de tiempo la siguiente visita porque toca esperar casi dos horas, así que decidimos únicamente dar un pequeño paseo por los jardines y después seguir nuestra ruta hasta Siena.

Cuenta una leyenda que Siena fue fundada por el hijo de Remo, y algo de cierto debe de haber en ello porque hay casi tantas representaciones de la loba amamantando a Rómulo y Remo como hemos visto hace unos días en Roma. Lo que desde luego no es leyenda, porque lo podemos ver con nuestros propios ojos, es que efectivamente y según nos habían dicho, Siena es una de las ciudades más visitadas del norte de Italia. Además está prohibido circular por su casco histórico con cualquier tipo de vehículo, así que buscamos sitios en uno de los aparcamientos que hay en el exterior de la muralla medieval y desde allí hacemos nuestro recorrido andando.

Piazza Salimbeni.
El primer sitio de interés por el que pasamos es la piazza Salimbeni, que está flanqueada por tres palacios: el gótico Salimbeni, que hoy alberga las oficinas de la Caja de Ahorros de Siena; el Tantucci al norte, y el renacentista Spannocchi. Después seguimos caminando por la via delle Terme y pasamos por el palazzo Tolomei, que constituye un buen ejemplo de residencia privada típica de la segunda mitad del siglo XIII. Vamos, igualito que los pisos de ahora... Este palacio me gusta bastante, con sus dos filas de ventanas góticas y, como no podía ser de otra manera, su estatua de la loba amamantando a Rómulo y Remo, justo frente a la fachada.

Palazzo Tolomei.
Un poco más adelante encontramos el edificio de la loggia dei Mercanti, que data del siglo XV y tiene como característica principal sus elaborados arcos triples. Este era el lugar en el que, en la antigüedad, los mercaderes solían cerrar sus tratos. A nuestra izquierda ya se empieza a ver la famosa piazza del Campo, el centro neurálgico de la ciudad; pero todavía no nos dirigimos hacia ella, porque primero queremos ver la catedral. Así que caminamos un trecho más por la via dei Pellegrini y, tras dejar a nuestras espaldas el palazzo Chigi Saracini, que es el que hoy acoge el Conservatorio de Música de Siena, llegamos por fin a la plaza de la catedral.

La catedral de Siena es, sencillamente, impresionante, y además una de las iglesias góticas más grandes de Italia. Su construcción comenzó en 1196 y terminó oficialmente en 1215, aunque las obras continuaron en algunas partes, como el ábside y la cúpula, hasta bien entrado el siglo XIII. Lo más llamativo de su exterior es la fachada, de mármol verde, blanco y rojo, iniciada por Giovanni Pisano.

Fachada de la catedral.
Ya en el interior, destacan sus suelos de mármol, que incluyen nada menos que 56 escenas que recrean temas tanto históricos como bíblicos. Los más antiguos están realizados en mármol blanco y negro y datan de mediados del siglo XIV, mientras que los más recientes se hicieron con mármol de varios colores y son de dos siglos más tarde. Las escenas más valiosas se mantienen cubiertas de forma permanente y sólo se destapan una vez al año, entre el 7 y el 22 de agosto (un día antes y habríamos podido verlas).

Si además de la catedral queremos visitar el resto de edificios que se encuentran en las cercanías, podemos comprar una entrada combinada que los incluye todos; se trata del baptisterio, el museo catedralicio, el oratorio, la cripta y el panorama (situado en la parte más alta del conjunto, y desde el cual hay unas vistas preciosas de toda la ciudad). Lo más recomendable es adquirirla con antelación porque a partir de las 11 de la mañana empieza a haber unas colas de impresión.

Piazza del Campo.
Después de visitar la catedral y sus edificios aledaños, volvemos sobre nuestros pasos y esta vez nos paramos para dar una vuelta por la piazza del Campo, que desde mediados del siglo XIV es el centro cívico y social de Siena. Esta plaza está adoquinada y se divide en nueve sectores, que son los que representan a los miembros del antiguo gobierno. En la parte superior de la plaza se encuentra la fonte Gaia, que data del siglo XV. Por el contrario, en su punto más bajo está el el palazzo comunale o ayuntamiento, a cuyo patio central se puede acceder de manera gratuita. Lo más destacado del edificio es su campanario, la torre del Mangia, de nada menos que 102 metros de alto.

Y ya que hablamos de la piazza del Campo, es imprescindible hablar también de la fiesta llamada il Palio, que tiene lugar cada año el 2 de julio y el 16 de agosto. El origen de este acontecimiento se remonta a la Edad Media, y consta de una serie de desfiles y de una carrera de caballos alrededor de la plaza. Durante esta celebración, diez de los 17 distritos de Siena compiten por el palio, un estandarte de seda. Cada distrito tiene sus propias tradiciones, colores, símbolos y hasta iglesia y museo. La piazza del Campo se convierte en un hipódromo en el que se traza un circuito, utilizando para ello sacos de tierra a su alrededor. Sobre las 5 de la tarde, los representantes de cada distrito desfilan por la plaza, vestidos con sus trajes históricos y llevando su estandarte. Después, diez caballos y sus diez jinetes dan tres vueltas alrededor de la plaza, y por supuesto gana el primero que llegue. No tenemos ocasión de ver este espectáculo porque ha tenido lugar justo una semana antes, aunque debe de ser bastante popular, porque en los escaparates de algunas tiendas e incluso en algunos bares y restaurantes proyectan continuamente imágenes de este evento. y las calles todavía están decoradas con los estandartes propios de cada distrito.

Casco histórico.
Allí decidimos hacer un pequeño paréntesis para comer, y buscamos un restaurante de los que hay en la misma plaza, con vistas al "hipódromo". La verdad es que se está fenomenal, así que alargamos tanto la comida como la sobremesa porque no nos apetece nada marcharnos. Después de comer callejeamos durante un rato más por el resto del casco histórico, con multitud de calles estrechas y empedradas, y por supuesto peatonales. En una de ellas vemos en una jaula un esqueleto que nos invita a visitar el museo de la Tortura; también pasamos por algunos de los edificios de la universidad, y hasta por un restaurante medieval con vidrieras en las ventanas y camareros ataviados con trajes de esa época; de haberlo encontrado antes, no habría dudado en comer precisamente allí...

Después de este último paseo volvemos de nuevo a la zona de la muralla en la que hemos dejado el coche a primera hora, y desde Siena nos dirigimos a nuestro siguiente destino: Venecia nos espera, aunque como vamos en coche nos alojamos a las afueras, en el hotel Antony de Mestre; pero llegamos a tiempo para disfrutar un poco de esta mágica ciudad en nuestra primera noche veneciana.

20 de agosto de 2015

Cuadernos itálicos (VII): Florencia, día 2

Exterior de la catedral.
Aprovechando que nuestro hotel está de lo más céntrico, después de desayunar vamos en primer lugar a lo que tenemos más cerca: la catedral, aunque como es todavía temprano, damos una vuelta para verla de momento solo por fuera. Lo que más destaca de su exterior es, por supuesto, su gran cúpula de tejas de color rojo, que se ve desde prácticamente cualquier punto de la ciudad; inmediatamente después no puedes evitar fijarte en su perímetro, todo él de mármol de colores rosa, blanco y verde. La única pena es que hay unos cuantos andamios por allí y, además, me da la sensación de que no le vendría mal un buen fregado por fuera. Junto a la catedral se encuentran también el baptisterio de Ghiberti y Brunelleschi, uno de los edificios más antiguos de Florencia, que suele estar cerrado al público aunque la gente se agolpa en sus puertas precisamente para ver sus famosas escenas bíblicas; y por otro lado tenemos el campanile de Giotto, con sus nada menos que 82 metros de alto.

Palazzo Vecchio.
Desde aquí vamos callejeando y, después de pasar por la iglesia di Orsanmichele, llegamos hasta el mismo centro de la ciudad: la piazza della Signoria, que está siempre de lo más animada, da igual a qué hora del día pases por ella. En esta plaza se encuentran la fontana di Nettuno y el palazzo Vecchio, que durante años fue propiedad de los Médici y que hoy día es la sede del gobierno florentino. Lo que más llama la atención en este edificio es la torre d'Arnolfo, inspirada en la del palazzo dei Priori de Volterra. Además, en la entrada del palacio hay una copia exacta de la escultura del David de Miguel Ángel, cuyo original se encuentra en la galería de la Academia.

Si dejamos la piazza della Signoria a nuestras espaldas y seguimos caminando en dirección al río, atravesaremos el edificio en forma de U del palazzo degli Uffizi, que alberga una de las galerías de arte más famosas del mundo. Pero de momento pasamos de largo y nos dirigimos hacia el ponte Vecchio, uno de los símbolos florentinos por excelencia, del que se dice que durante la Segunda Guerra Mundial fue el único que no se destruyó, por orden directa de Hitler. A estas horas tan tempranas es una gozada pasear por este puente, porque vamos prácticamente solos; después tenemos más ocasiones de pasar cerca, tanto a mediodía como por la tarde, y aquello tiene peor pinta que El Rastro madrileño en hora punta...

Palazzo Pitti.
Una vez cruzado el puente, seguimos caminando hasta llegar al palazzo Pitti, propiedad de la familia del mismo nombre y rival de los Médici. Por detrás del palacio está el giardino di Boboli, un lugar ideal para relajarse y pasear, aunque me parece excesivo que te cobren 10 euros por entrar. Para eso me voy a los jardines del palacio de La Granja o a los del palacio de Aranjuez, que aunque no tengan vistas a la catedral de Florencia, la verdad es que también son bastante chulos y además gratis. En cualquier caso, los de Boboli la verdad es que me gustan bastante; como es temprano estamos prácticamente solos y podemos pasear a nuestras anchas, perdernos entre los árboles y por los numerosos caminos, y de paso hacer un montón de fotos casi sin gente, que eso siempre es todo un logro.

Vistas desde el giardino di Boboli.
Después de un buen rato en los jardines, seguimos andando en dirección contraria al centro histórico y, dejando a nuestra derecha el ponte della Trinitá, otro de los que cruzan el río Arno, llegamos hasta la basilica di Santa Maria del Carmine, que data del siglo XIII y fue prácticamente destruida por un incendio en el XVIII. Afortunadamente, sí se salvaron los frescos de Masaccio que se conservan en la cappella Brancacci, a la que únicamente se puede entrar con visita guiada.

Desandando de nuevo nuestros pasos en dirección al centro histórico, esta vez sí cruzamos por el puente de la Trinitá y pasamos por el palazzo Frescobaldi, que data del siglo XVI y fue propiedad de la familia del mismo nombre; por la piazza Santa Trinitá y por el palazzo Strozzi, que en su día fue construido por esta familia, y a propósito de tamaño más grande que el de los Médici (parece que los Médici tenían muchos amigos...). Desde aquí llegamos hasta la piazza della Repubblica, uno de los puntos de encuentro favoritos de los habitantes de Florencia (vamos, como cuando hay gente que en Madrid queda en el kilómetro cero de la puerta del Sol).

Vistas desde el campanario de la catedral.
De nuevo volvemos a la catedral y decidimos subir al campanile. Para llegar hasta arriba hay nada menos que 414 escalones, y además las escaleras son un poco estrechas, y se baja y se sube por el mismo sitio. Al principio la subida se lleva más o menos bien, pero entre el agobio de gente y el calor, al poco rato yo empiezo a sudar como un pollo y a ir con la lengua fuera; vamos, que llega un momento en el que creo que no lo voy a conseguir... Me habían dicho que las vistas desde el campanario de la catedral eran más bonitas pero que la subida al campanile era más cómoda, así que si yo he pasado este mal rato no quiero ni saber cómo será subir al campanario... Eso sí, al llegar a lo alto hay unas vistas tan espectaculares que compensan el mal rato de la subida; ahora me falta saber cómo son las de la catedral.

Después de comer pasamos por la casa de Dante, que hoy día se ha convertido en un museo, y nos acercamos a la galería Ufizzi, donde tenemos reservadas las entradas para visitarla. Casi todo el mundo nos ha dicho que esta galería es uno de los sitios obligados en Florencia, así que aunque también nos han recomendado el museo Galileo de historia de la ciencia, como son muchas cosas para tan poco tiempo, nos quedamos con las ganas de este y nos decantamos por los Uffizi. Además, al pasar por allí por la mañana hemos visto un cartel en el que pone que en los Uffizi hay una exposición temporal titulada Caravaggio & Caravaggeschi a Firenze, así que ya voy yo toda emocionada pensando que me pondré las botas viendo cuadros de Caravaggio.

Ponte Vecchio.
La galería de los Uffizi tiene una colección amplísima, que abarca obras desde la escultura de la Grecia clásica hasta las pinturas venecianas del siglo XVIII; por lo tanto, lo mejor es elegir qué artistas o qué periodos queremos ver, porque si quieres verlo todo te puedes pasar allí una semana entera. De todas formas supongo que a esta galería tendré que volver, porque una de las cosas que más me apetecía ver era un cuadro de Boticelli, El nacimiento de Venus, pero no puede ser; una de las alas del edificio está cerrada por reformas y es precisamente en la zona en la que está este cuadro... Para rematar, la exposición de Caravaggio y los Caravaggistas nos gusta mucho y en ella están expuestos un montón de cuadros a cuál más espectacular; peeeeeeero de Caravaggio sólo han traído el escudo en el que está pintada la cabeza de la medusa. En fin, que entre la Venus de Boticelli y esto salgo de allí un poco decepcionada...

Tras la visita a los Uffizi, volvemos a la catedral para por fin verla también por dentro. La entrada es gratuita y, como siempre, debes llevar los hombros cubiertos y pantalones o faldas que lleguen por lo menos hasta las rodillas. A pesar de lo espectacular que es el edificio por fuera, su interior es bastante sencillo. Se puede subir a la cúpula si uno se anima con los 463 escalones que hay hasta allí, pero yo ya he tenido suficiente con los del campanile. De nuevo cruzamos el río, esta vez por el ponte alle Grazie, y seguimos las indicaciones que nos llevan hacia la piazzale Michelangelo. Para ello tenemos que atravesar una de las puertas de la antigua muralla de la ciudad, y después subir durante un buen rato por unas escaleras que a primera vista parecen peor de lo que luego son. Una vez que llegamos arriba del todo, ya en la piazzale Michelangelo, nos encontramos, además de unas vistas preciosas de la ciudad con el río, la torre del palazzo Vecchio y la catedral al fondo, un montón de gente, de chiringuitos y de coches aparcados. Y en medio de la plaza una estatua enorme, otra réplica del David de Miguel Ángel. Aquello parece una romería: multitud de gente de todas partes, coches de todas las matrículas habidas y por haber, chiringuitos, caricaturistas y hasta vendedores de bolsos de imitación de Carolina Herrera...

Vistas desde la piazzale Michelangelo.
Menos mal que ya nos habían avisado de que la mayoría de los turistas no pasa de aquí y que lo mejor está por venir, subiendo aún un poco más desde la plaza. Siguiendo la carretera y atravesando una zona de árboles y césped, llegamos hasta el cementerio de Porte Sante; y junto a él una pequeña joya, la románica iglesia de San Miniato al Monte. Está dedicada a este santo, uno de los primeros mártires cristianos de Florencia, del cual se dice que voló hasta aquí después de muerto o, en otra versión, que subió por la colina hasta la iglesia con su cabeza bajo el brazo. La iglesia de San Miniato, que data del siglo XI, es muy pequeña y sencilla, aunque también famosa por su fachada típica toscana de mármol en varios colores (igual que la catedral). El interior está adornado por frescos de los siglos XIII al XV, y también diseños de mármol muy elaborados. Aquí tenemos la suerte de poder escuchar en directo los cánticos de los monjes, porque justo cuando entramos a la iglesia es ya a última hora de la tarde y están dando misa al fondo, en el piso inferior, donde se encuentra la cripta con los restos de San Miniato.

Al salir, nos quedamos un rato en el mirador que hay justo enfrente de la iglesia, desde donde se ve el cementerio que os decía antes, aparte de otras vistas también estupendas de toda la ciudad. Entre que empieza a atardecer, que se ve toda Florencia y que ahí mismo a tus pies tienes todas las lápidas, es una escena un poco gótica, pero la verdad es que me gusta bastante. A última hora volvemos de nuevo andando hasta el centro, un paseo muy agradable y que se disfruta bastante porque ya a esas horas no hace el calor sofocante del resto del día.

7 de diciembre de 2014

Cuadernos itálicos (VI): Roma, día 5 / Volterra / Florencia, día 1

Anfiteatro de Ostia Antica
Este día dejamos Roma a media mañana, así que a primera hora nos acercamos en coche hasta Ostia Antica, el antiguo puerto romano, que hasta entonces yo solo conocía principalmente por las traducciones de latín en el instituto. Esta visita la decidimos casi a última hora, y resulta ser una de las que más me gusta, no sé si por lo inesperada. Me sorprende sobre todo lo bien conservadas que están la mayoría de las ruinas, incluso los mosaicos que, como en las termas de Caracalla, están al aire libre. Como llegamos muy temprano estamos casi solos, y es una gozada poder pasear por allí tranquilamente, visitando todos y cada uno de los edificios, el anfiteatro en el que en la actualidad se suelen dar conciertos, y hasta el bar (termopolium), con sus mostradores para servir la comida, sus mosaicos con el menú del día, y su terracita en la parte trasera.

Después nos dirigimos a las catacumbas de San Callisto, a las que llegamos por los pelos porque son las 11'15 y nos dicen que justo a las 11'30 hay una visita guiada en español. Esta visita es genial, porque el guía que nos lleva por las catacumbas es divertidísimo; de hecho hasta se me olvida a ratos que estamos a unos cuantos metros bajo tierra... Estas catacumbas tienen 20 kilómetros de túneles, aunque el recorrido que haces durante la visita es de solo unos 300 metros. Por último, nos despedimos de Roma y ponemos rumbo a Volterra, con un calor asfixiante y el aire acondicionado del coche estropeado...

Fortaleza Medicea de Volterra
Junto con San Gimignano, Volterra es una de las ciudades que me ha recomendado un amigo italiano; como no nos da tiempo a visitar las dos, nos decantamos por Volterra principalmente por motivos prácticos, ya que el desvío (tenemos que estar a última hora en el hotel de Florencia) es algo menor. Después de dar curvas y más curvas por una carretera que haría las delicias de cualquier motero que se precie (atención los que se mareen, porque la carreterita se las trae), lo primero que llama la atención de Volterra es su imponente muralla medieval. Por supuesto, está absolutamente prohibido entrar en la ciudad con cualquier vehículo de motor, aunque te facilitan bastante lo de soltar tu coche porque hay unos cuantos aparcamientos gratuitos y uno, de pago, que es el que se encuentra más cerca del centro histórico. Nosotros decidimos aparcar en el de pago, más que nada porque llevamos el coche cargado con las maletas y nos parece que estará más seguro en un aparcamiento cubierto. La muralla de Volterra tiene cuatro entradas, pero da lo mismo por cuál de ellas decidas entrar: se suele decir que todos los caminos llevan a Roma, pero en el caso de Volterra todos los caminos llevan a la piazza dei Priori.

Palazzo dei Priori
Esta plaza está presidida por el palazzo dei Priori, que data del siglo XIII y es la sede de gobierno más antigua de toda la Toscana. Este palacio parece ser que sirvió como modelo para el palazzo Vecchio de Florencia (no tengo ni idea de si esto es realmente así o no, pero sí observo, cuando después vamos a Florencia, que efectivamente el palazzo Vecchio y este son muy parecidos).

Otro edificio que no podemos perdernos si visitamos Volterra es la catedral, construida en los siglos XII y XIII y en cuyo interior destaca el fresco "La procesión de los reyes magos", de Benozzo Gozzoli. Muy cerca de ella está el Museo Diocesano de Arte Sacra, que alberga vestiduras eclesiásticas, relicarios de oro y junto a él hay también una pinacoteca con una colección de arte local.

Algunos sitios también interesantes de Volterra son el Museo Etrusco Guarnacci, del que dicen que es de los mejores museos etruscos de Italia, y cuyas piezas fueron todas encontradas en Volterra. También hay un teatro romano que está bastante bien conservado, aunque después de haber visto el foro romano y las ruinas de Ostia Antica, cualquier otra cosa con la que los compares siempre sale perdiendo... La fortaleza Medicea fue construida en el siglo XIV, aunque en la actualidad alberga una prisión. Y en el Parque Arqueológico se encuentran unos cuantos restos (sobre todo tumbas) de la época etrusca, aunque son muy escasos; curiosamente, los habitantes de Volterra suelen ir al parque para pasar el día de picnic.

Pero sin duda lo mejor de Volterra es poder pasear por sus calles empedradas, descubrir rincones escondidos, y desde luego ver toda la ciudad adornada con guirnaldas de flores, estandartes y carteles. Después nos enteramos de que todos los años, el tercer domingo de agosto, se organiza una fiesta medieval (conocida como Volterra AD 1398) y aquello se engalana para la ocasión; incluso vemos a algunas personas practicando el tiro con arco en la piazza dei Priori, al lado del palacio. Desde luego, si lo llegamos a saber antes, posiblemente habríamos dejado la visita a esta ciudad precisamente para el día siguiente; pero la agenda manda y no ha podido ser...

Tras dejar Volterra nos dirigimos hacia Florencia, ciudad en la que vamos a pasar tres noches, concretamente en el hotel Cardinal; su ubicación es excelente, pero todo lo demás supone una aventura de las que no se olvidan.

10 de febrero de 2014

Cuadernos itálicos (V): Roma, día 4 / Vaticano

Como la Roma Pass es válida para 3 días, y además no incluye la entrada al Vaticano ni a sus museos, hemos decidido dejar esta visita para nuestro cuarto día completo en Roma. Por la mañana cogemos el metro hasta Ottaviano, y desde ahí andamos un poco.

La plaza de San Pedro siempre me la he imaginado enorme, de tantas veces como la he visto en los libros de historia del arte y en la televisión; pero cuando al llegar allí entramos por una de las filas de columnas, me quedo impresionada porque todo lo que me había imaginado se queda corto. Tanto el tamaño de la propia plaza como la altura de las columnas te hace sentir insignificante. Uno de sus elementos más llamativos es su enorme obelisco egipcio, de nada menos que 350 toneladas, 25 metros de altura y 4.000 años de antigüedad. Y en torno a él hay una historia que a mí me parece de lo más curiosa e interesante...
El obelisco se colocó el 10 de septiembre de 1586, y para ello hicieron falta 900 hombres, 150 caballos, unas cuantas poleas y cientos de metros de cuerda para ponerlo de pie en el centro de la plaza. Como es natural, el espectáculo atrajo a mucha gente y los responsables de colocar el obelisco debían estar concentrados para poder escuchar las órdenes de los técnicos. Así que el Papa Sixto V ordenó a todo el mundo permanecer en absoluto silencio, bajo pena de muerte. Pero al poco rato de que los obreros hubieran comenzado a izar el obelisco, las cuerdas empezaron a ceder y a echar humo debido a la fricción.

De repente, un grito resonó en toda la plaza. Se trataba del marinero Bresca de Liguria, capitán de un barco genovés y conocedor de que las cuerdas de cáñamo se pueden romper si no se las enfría. A pesar de la advertencia del Papa, y a sabiendas de que se exponía a ser ahorcado, este hombre se hizo oír gritando, en dialecto genovés, la frase Daghe l'aiga a le corde!, que significa ¡Agua a las cuerdas!. Por supuesto, Bresca fue detenido y llevado ante el Papa; pero éste, en lugar de castigarlo, lo recompensó, condeciéndole el privilegio de poder izar en su barco la bandera vaticana, y otorgándole a él y a sus herederos el derecho a vender en exclusiva las palmas del Domingo de Ramos para la Santa Sede. Esta hazaña todavía persiste en la memoria de los habitantes del pueblo natal de Bresca, Bordighera. En la actualidad, el grito que en su día se dio en genovés y que en italiano es Acqua alle funi!, es una frase que simboliza la rebeldía ante el poder establecido, así como el coraje de cualquiera que se enfrente a los abusos, anteponiendo el bien común al riesgo propio sin pensar en las consecuencias personales. Una frase que debería pronunciarse ante las grandes injusticias.
Lo siguiente que hacemos es por supuesto visitar la basílica de San Pedro, la más grande del mundo. El acceso es gratuito, y al igual que para el resto de iglesias de toda Italia, para acceder a ella deberás ir vestido con decoro: no podrás llevar pantalones cortos, ni faldas por encima de la rodilla, ni los hombros descubiertos. La basílica original se construyó en el ager Vaticanus (colina Vaticana) en el siglo IV, en tiempos de Constantino, el primer emperador cristiano de Roma. Se supone que en este mismo lugar, donde antiguamente estaba ubicado el circo de Nerón, es donde San Pedro fue martirizado y posteriormente enterrado, allá por el año 64 aproximadamente. Si el exterior de la basílica es impresionante, su interior, con una capacidad para 60.000 personas y en la actualidad con planta de cruz latina, no se queda atrás; la nave central, de casi 190 metros de longitud, nos sobrecoge. Además aquí se albergan verdaderas obras de arte, aunque quizá la más conocida sea la Piedad de Miguel Ángel, una maravilla a la que las fotos no le hacen justicia.

Si queremos subir a la cúpula de la basílica, que por cierto después de verla ya me queda claro por qué la profesora de historia del arte del instituto nos contaba que los italianos la llaman il cupulone, debemos salir del edificio y dirigirnos a nuestra izquierda. A partir de la terraza, la subida no está recomendada a personas que tengan vértigo, claustrofobia o problemas cardiacos; eso sí, las vistas desde allí arriba son espectaculares.

Para finalizar el recorrido por San Pedro, la otra opción es ver además la necrópolis vaticana y la tumba de San Pedro, visita que hay que reservar con antelación (en este enlace explican con todo detalle el procedimiento de reserva). El recorrido dura unos 90 minutos y tenemos ocasión de subir y bajar por subterráneos, ver numerosos sepulcros de familias romanas pudientes, recorrer infinidad de pasillos e incluso pararnos un momento en el lugar en el que se supone que está la tumba de San Pedro. Al finalizar la visita a la necrópolis, podremos ir directamente al mismo patio por el que entramos al principio, o bien visitar las tumbas de los papas. La que en la actualidad está más a la vista, y casi siempre rodeada de un montón de gente, es la de Juan Pablo II.

Y por último, no podemos marcharnos del Vaticano sin visitar sus museos. Para verlos todos te podrías pasar allí fácilmente una vida entera, así que si no dispones de tanto tiempo, lo mejor es investigar con antelación qué es lo que hay y qué te interesa ver más, o decidirlo una vez que llegues allí. Si vas a tu aire no hay ningún problema, pero es bastante recomendable reservar las entradas con antelación; se puede hacer directamente en su página web, y así te ahorras las colas. Además de los diferentes museos temáticos y las estancias del pintor Rafael, la estrella de los museos es por supuesto la capilla sixtina, y de hecho hay gente que pasa del resto y va directamente a verla; esto me recuerda un poco a Ikea, porque en todas partes hay carteles que te marcan cuál es el atajo que debes seguir para llegar a la capilla.

Las escenas que podemos contemplar en ella son las de la bóveda (que se reparten entre enjutas, pechinas, sibilas y profetas, e historias centrales), el juicio final (situado en la pared del fondo de la capilla, que en realidad es la primera que ves según entras a la derecha), la pared Norte (que incluye lunetos, pontífices, historias de Cristo y cortinas), la pared Sur (con los mismos elementos de la anterior, pero sustituyendo las historias de Cristo por las de Moisés) y la pared de entrada, que incluye diversas escenas sobre lunetos, pontífices e historias de Moisés y Cristo. La fotografía que pongo está sacada de esta maravilla de web, porque allí dentro está prohibido hacerlas aunque siempre haya algún espabilado que intenta sacar fotos de tapadillo...

Tras este día tan intenso visitando los museos, nos vamos finalmente dando un paseo hasta el castillo de Sant'Angelo, que está bastante cerca del Vaticano. Allí llegamos ya a última hora de la tarde, aunque nos da tiempo a entrar en el castillo, pasar un rato viéndolo por dentro y subir a lo más alto, desde donde también hay unas vistas espectaculares. Lo único es que el castillo se ve tan bonito en las fotos que no me puedo imaginar que esté tan descuidado; al menos esa es la impresión que me da, como de medio dejadez.

Y para rematar la jornada, decidimos relajarnos y tomarnos algo en uno de los chiringuitos que hay cerca del castillo, justo debajo del puente de Sant'Angelo, donde inevitablemente me vuelvo a acordar de Vacaciones en Roma porque en uno de esos chiringuitos es donde Audrey Hepburn se lía a guitarrazos con los agentes secretos. Mañana nos toca despedirnos de esta maravillosa ciudad...

20 de septiembre de 2013

Cuadernos itálicos (IV): Roma, día 3

Este día tenemos previsto visitar en primer lugar las termas de Caracalla, pero nos vamos un poco antes de tiempo para poder pasar primero por el circo Massimo, que hemos visto únicamente de lejos el día anterior cuando visitamos el foro. Hasta que no estamos justo al lado, no nos damos cuenta del verdadero tamaño que tiene el circo; en tiempos, cabían allí hasta 200.000 personas, aunque ahora es tan sólo una pradera que muchos utilizan para pasear.

Las termas de Caracalla son, sencillamente, impresionantes. Es una barbaridad lo exagerados que podían llegar a ser los romanos para construir cosas; de hecho, estas termas ocupan nada menos que 10 hectáreas, y se cree que cada día acudían a sus tiendas, jardines y bibliotecas unas 1.600 personas. Además del tamaño enorme de las construcciones que se pueden ver aún, me llama mucho la atención lo bien conservados que están la mayoría de los mosaicos, a cuál más bonito.

Desde las termas cogemos un autobús que para en las cercanías de la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, donde está la famosa boca della Veritá. Aquello parece una romería, con un montón de gente haciendo cola para hacerse la dichosa foto metiendo la mano en la boca de la escultura. Hay un cartel que dice "offerta 0'50" y yo no veo la oferta por ninguna parte; hasta que me doy cuenta de que haces la cola para esperar tu turno y, al llegar a la escultura, el señor que está allí te coge la cámara y te hace él mismo la foto. Y "offerta" significa "donativo"... La iglesia por dentro es muy pequeña y bastante sencilla, nada que ver con la espectacularidad de la mayoría que hemos visto hasta ahora, pero me gusta bastante. Enfrente de la iglesia están el tempio di Ercole Vincitore y el tempio di Vesta.

Desde aquí volvemos a pasar por el foro de Augusto y el foro de Trajano, dejando a nuestra izquierda el teatro Marcelo para llegar hasta la piazza del Campidoglio, junto a la cual está la escalinata que conduce a los museos capitolinos, fundados allá por el año 1471. En estos museos se exhiben algunos de los mayores tesoros de la Roma antigua; tenemos entre otras cosas a la loba capitolina dando de mamar a Rómulo y Remo, la famosa escultura del spinario y (me moría de ganas por verla) una copia romana de la estatua original griega llamada del galata moriente.

En la pinacoteca estamos un rato observando (yo con cara de envidia) a dos restauradores afanados con un cuadro de Caravaggio, la buenaventura. Esto no lo tenemos previsto, pero después de la visita al museo nos da un arrebato y decidimos quedamos a comer allí. Desde el restaurante, que está en la última planta y tiene una terraza enorme, hay unas vistas preciosas de toda la ciudad. Después pasamos fugazmente por la iglesia del Gesú y llegamos a una placita pequeña en la que hay un obelisco sostenido por la figura de un elefante, el famoso elefantino de Bernini. Justo al lado de esta plaza se encuentra el panteón.

Este edificio es uno de los que más me impacta, además de que era otra cosa que me apetecía muchísimo ver. Es el edificio de la Roma antigua mejor conservado, y lleva en pie casi 2.000 años. En su interior se encuentran las tumbas de los reyes Víctor Manuel II y de Humberto I, además de la del pintor Rafael. Desde fuera no te das cuenta del tamaño real que tiene el panteón; una vez que estás dentro no puedes quitar la vista de la espectacular bóveda, una semiesfera perfecta por la que entra la luz a través de un ojo abierto al cielo. Para variar, las indicaciones de guardar silencio por ser un recinto sagrado no las cumple ni el tato; eso sí, a un señor no le dejan entrar con su perro, que el pobre va de lo más tranquilito... Seguimos caminando hasta llegar a la iglesia de San Luigi dei Francesi, aunque nos quedamos con un palmo de narices porque han cambiado el horario y los jueves cierran a las 12 del mediodía y ya no vuelven a abrir hasta el día siguiente. Así que me quedo con las ganas de ver algunos de los cuadros de Caravaggio que se exponen aquí. Muy cerca está la iglesia de San Agostino, que también alberga varios lienzos de este pintor.

Después nos acercamos hasta la piazza Navona, famosa por su fuente de los cuatro ríos de Bernini y por ser otro lugar de lo más concurrido en la ciudad. Esta plaza está llena de palacios barrocos y bares, además de tener otras dos fuentes no tan famosas como la de los cuatro ríos. Prácticamente al lado está el campo dei Fiori, la plaza presidida por una estatua de Giordano Bruno (que por cierto, casi da miedo y todo) y en la que por las mañanas hay un mercado; es ya por la tarde, así que no tenemos ocasión de verlo... Dejamos a nuestras espaldas el campo dei Fiori y llegamos a la piazza Farnese; de allí cruzamos uno de los puentes bajo los que pasa el río Tíber, y acabamos dando un paseo por el Trastévere. Todo el mundo nos había recomendado ir a este barrio por la noche, porque por lo visto no es tan turístico como el resto de zonas y por la noche está muy animado; pero al final lo vemos únicamente por la tarde.

6 de agosto de 2013

Cuadernos itálicos (III): Roma, día 2

De nuevo nos levantamos temprano y esta mañana vamos en metro hasta la estación de Cavour; después de subir unas escaleras que me dejan con la lengua fuera, llegamos a la piazza de San Pietro in Vincoli, donde hay varios vendedores preparando sus tenderetes. Enseguida todos te preguntan si vas a ver el Moisés de Miguel Ángel, así que supongo que estarán hartos de indicarles a los turistas dónde está la iglesia de San Pietro in Vincoli (aunque en realidad no hace falta porque la tenemos justo delante).

El Moisés era una de las cosas que más ganas tenía de ver en Roma; siempre me queda la duda de si me gusta más Miguel Ángel o Bernini, y por más que lo pienso no consigo decantarme por uno de los dos. Me gustan tanto sus esculturas que no sabría con cuál de ellas quedarme. Eso sí, el Moisés impresiona porque es tan real que si te lo quedas mirando parece que se vaya a levantar en cualquier momento; es increíble el nivel de detalle: el gesto medio serio, los tendones, los músculos, la túnica que parece de tela de verdad... Es increíble cómo de un trozo de piedra se puede sacar algo así. En esta misma iglesia se conservan también las supuestas cadenas de San Pedro, que se dice que llegaron en dos partes y cuando se volvieron a acercar se unieron ellas solas de manera milagrosa. Están expuestas justo debajo del altar.

Muy cerca de aquí se encuentra el lugar que visitamos a continuación: el coliseo, otro de los sitios que tenía muchas ganas de ver. Aquí no hace falta esperar, no sólo porque llegamos temprano sino porque la cola que hay es para los que van "por libre", y en la cola de los que llevan Roma Pass no tenemos más que tres o cuatro personas delante. El coliseo me parece espectacular, y sobre todo enorme; sabía que era grande pero no pensé que tanto. Una vez dentro, podemos ver una mini exposición con algunas armas y vestimentas que llevaban los diferentes tipos de gladiadores. También paseamos por las gradas; de la arena, zona donde luchaban los gladiadores, se conservan únicamente los pasillos subterráneos; en cualquier caso, lo hemos visto ya tantas veces en tantas películas que estando allí te puedes imaginar perfectamente cómo debían de ser las luchas. Escalofriante...


Justo al lado del coliseo está el arco de Constantino, que se construyó en honor a la victoria de este emperador en la batalla del puente Milvio. Dejando a nuestra espalda el coliseo y el arco, encontramos de frente las indicaciones hacia el palatino. Se supone que aquí es donde Rómulo mató a Remo y fundó Roma, allá por el año 753 a.C. Hoy día es una zona bastante chula, en la que se conservan unas cuantas ruinas de las antiguas mansiones aristocráticas, ya que este era el barrio más elegante de la Roma antigua. Los lugares más destacados del palatino son la domus Augustana (un palacio de dos alturas, desde el cual se puede apreciar el tamaño colosal del circo massimo), un estadio que los emperadores utilizaban para eventos particulares, las termas de Settimio Severo (de las cuales se conservan muy pocos restos), el museo palatino (que alberga una gran cantidad de objetos hallados en la zona, algunos incluso del Paleolítico), la domus Flavia (construida sobre edificios anteriores, entre los que destaca la casa de los grifos, llamada así por un relieve estucado que representa a dos de estos animales fantásticos), las casas de Livia y Augusto y los orti farnesiani, uno de los primeros jardines botánicos de Europa.


Al lado de los orti farnesiani ya se ve el foro romano, el más antiguo y el más grande de todos. Sus orígenes fueron una necrópolis etrusca, después se usó como foro, como tierra de pasto y hasta como inspiración para artistas y arquitectos. El paseo por el foro y algunos de sus edificios mejor conservados (el templo de Antonino y Faustina, el arco de Tito) me gusta bastante, aunque ya es casi mediodía y empieza a apretar el calor de verdad. Vemos por allí, entre las ruinas, a unos arqueólogos atareados y la verdad es que me da hasta agobio el sofocazo que deben de estar pasando los pobres, ahí a pleno sol...

Desde aquí cruzamos al otro lado de la calle y llegamos al foro de Trajano, del que sólo quedan unos pocos restos, y la columna de Trajano, decorada con relieves que relatan las batallas contra los ejércitos dacios. Un poco más lejos están los mercados de Trajano.

Seguimos andando y llegamos a la piazza Venezia, dominada por el edificio llamado Vittoriano, al que por su forma lo llaman también "máquina de escribir". Se construyó para honrar a Víctor Manuel II y a la Italia unificada, y hoy alberga la tumba del soldado desconocido y el Museo Centrale del Risorgimento. Este edificio lo vemos únicamente por fuera, y después cogemos un autobús de nuevo hasta la piazza della Repubblica donde, esta vez sí, podemos entrar por fin a la iglesia de Santa maria della Vittoria. Por fuera, esta iglesia barroca es bastante sencilla; en realidad, la mayoría de la gente la visita para poder admirar su obra estrella, la escultura éxtasis de Santa Teresa de Bernini. Y efectivamente, puedes quedarte un buen rato extasiado viéndola; de hecho, yo tardo en poder quitarle la vista de encima para dedicarme a observar también el interior, y la verdad es que me habría perdido las maravillosas pinturas que adornan los techos de esta iglesia.


Después de hacer un hueco para comer y acercarnos al hotel a recoger el coche para ir a visitar al famoso gommista que nos va a cambiar la rueda, cogemos de nuevo el metro hasta la estación de Flaminio para llegar a la piazza del Popolo. Justo al entrar en la plaza, a mano izquierda, se ve la iglesia de Santa Maria del Popolo, que casi todo el mundo visita para ver los dos cuadros de Caravaggio que se exhiben junto al altar mayor. De nuevo en la plaza, justo al fondo, se ven dos iglesias barrocas: Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria in Montesanto. En el centro de esta plaza hay un obelisco que trajo el emperador Augusto de la antigua Grecia. Dejamos a nuestras espaldas las dos iglesias barrocas y, bajando por la via del Corso, llegamos a la intersección con la via dei Condotti, una de las famosas calles de compras en Roma. Tomando a la izquierda la via dei Condotti, llegaremos a la piazza di Spagna, esta vez a la parte baja de la famosa escalinata que hemos visto el día anterior desde la iglesia de Santa Trinitá dei Monti. Aquí estamos un rato sentados en plan relax, en la fuente del naufragio o barcaccia, que se atribuye al padre de Bernini. Después de pasar de nuevo por la fontana di Trevi, vamos hasta la piazza Barberini para coger el metro de vuelta al hotel, no sin antes echar un vistazo a la fontana del Tritone y a la fontana delle Api.

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