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7 de diciembre de 2014

Cuadernos itálicos (VI): Roma, día 5 / Volterra / Florencia, día 1

Anfiteatro de Ostia Antica
Este día dejamos Roma a media mañana, así que a primera hora nos acercamos en coche hasta Ostia Antica, el antiguo puerto romano, que hasta entonces yo solo conocía principalmente por las traducciones de latín en el instituto. Esta visita la decidimos casi a última hora, y resulta ser una de las que más me gusta, no sé si por lo inesperada. Me sorprende sobre todo lo bien conservadas que están la mayoría de las ruinas, incluso los mosaicos que, como en las termas de Caracalla, están al aire libre. Como llegamos muy temprano estamos casi solos, y es una gozada poder pasear por allí tranquilamente, visitando todos y cada uno de los edificios, el anfiteatro en el que en la actualidad se suelen dar conciertos, y hasta el bar (termopolium), con sus mostradores para servir la comida, sus mosaicos con el menú del día, y su terracita en la parte trasera.

Después nos dirigimos a las catacumbas de San Callisto, a las que llegamos por los pelos porque son las 11'15 y nos dicen que justo a las 11'30 hay una visita guiada en español. Esta visita es genial, porque el guía que nos lleva por las catacumbas es divertidísimo; de hecho hasta se me olvida a ratos que estamos a unos cuantos metros bajo tierra... Estas catacumbas tienen 20 kilómetros de túneles, aunque el recorrido que haces durante la visita es de solo unos 300 metros. Por último, nos despedimos de Roma y ponemos rumbo a Volterra, con un calor asfixiante y el aire acondicionado del coche estropeado...

Fortaleza Medicea de Volterra
Junto con San Gimignano, Volterra es una de las ciudades que me ha recomendado un amigo italiano; como no nos da tiempo a visitar las dos, nos decantamos por Volterra principalmente por motivos prácticos, ya que el desvío (tenemos que estar a última hora en el hotel de Florencia) es algo menor. Después de dar curvas y más curvas por una carretera que haría las delicias de cualquier motero que se precie (atención los que se mareen, porque la carreterita se las trae), lo primero que llama la atención de Volterra es su imponente muralla medieval. Por supuesto, está absolutamente prohibido entrar en la ciudad con cualquier vehículo de motor, aunque te facilitan bastante lo de soltar tu coche porque hay unos cuantos aparcamientos gratuitos y uno, de pago, que es el que se encuentra más cerca del centro histórico. Nosotros decidimos aparcar en el de pago, más que nada porque llevamos el coche cargado con las maletas y nos parece que estará más seguro en un aparcamiento cubierto. La muralla de Volterra tiene cuatro entradas, pero da lo mismo por cuál de ellas decidas entrar: se suele decir que todos los caminos llevan a Roma, pero en el caso de Volterra todos los caminos llevan a la piazza dei Priori.

Palazzo dei Priori
Esta plaza está presidida por el palazzo dei Priori, que data del siglo XIII y es la sede de gobierno más antigua de toda la Toscana. Este palacio parece ser que sirvió como modelo para el palazzo Vecchio de Florencia (no tengo ni idea de si esto es realmente así o no, pero sí observo, cuando después vamos a Florencia, que efectivamente el palazzo Vecchio y este son muy parecidos).

Otro edificio que no podemos perdernos si visitamos Volterra es la catedral, construida en los siglos XII y XIII y en cuyo interior destaca el fresco "La procesión de los reyes magos", de Benozzo Gozzoli. Muy cerca de ella está el Museo Diocesano de Arte Sacra, que alberga vestiduras eclesiásticas, relicarios de oro y junto a él hay también una pinacoteca con una colección de arte local.

Algunos sitios también interesantes de Volterra son el Museo Etrusco Guarnacci, del que dicen que es de los mejores museos etruscos de Italia, y cuyas piezas fueron todas encontradas en Volterra. También hay un teatro romano que está bastante bien conservado, aunque después de haber visto el foro romano y las ruinas de Ostia Antica, cualquier otra cosa con la que los compares siempre sale perdiendo... La fortaleza Medicea fue construida en el siglo XIV, aunque en la actualidad alberga una prisión. Y en el Parque Arqueológico se encuentran unos cuantos restos (sobre todo tumbas) de la época etrusca, aunque son muy escasos; curiosamente, los habitantes de Volterra suelen ir al parque para pasar el día de picnic.

Pero sin duda lo mejor de Volterra es poder pasear por sus calles empedradas, descubrir rincones escondidos, y desde luego ver toda la ciudad adornada con guirnaldas de flores, estandartes y carteles. Después nos enteramos de que todos los años, el tercer domingo de agosto, se organiza una fiesta medieval (conocida como Volterra AD 1398) y aquello se engalana para la ocasión; incluso vemos a algunas personas practicando el tiro con arco en la piazza dei Priori, al lado del palacio. Desde luego, si lo llegamos a saber antes, posiblemente habríamos dejado la visita a esta ciudad precisamente para el día siguiente; pero la agenda manda y no ha podido ser...

Tras dejar Volterra nos dirigimos hacia Florencia, ciudad en la que vamos a pasar tres noches, concretamente en el hotel Cardinal; su ubicación es excelente, pero todo lo demás supone una aventura de las que no se olvidan.

10 de febrero de 2014

Cuadernos itálicos (V): Roma, día 4 / Vaticano

Como la Roma Pass es válida para 3 días, y además no incluye la entrada al Vaticano ni a sus museos, hemos decidido dejar esta visita para nuestro cuarto día completo en Roma. Por la mañana cogemos el metro hasta Ottaviano, y desde ahí andamos un poco.

La plaza de San Pedro siempre me la he imaginado enorme, de tantas veces como la he visto en los libros de historia del arte y en la televisión; pero cuando al llegar allí entramos por una de las filas de columnas, me quedo impresionada porque todo lo que me había imaginado se queda corto. Tanto el tamaño de la propia plaza como la altura de las columnas te hace sentir insignificante. Uno de sus elementos más llamativos es su enorme obelisco egipcio, de nada menos que 350 toneladas, 25 metros de altura y 4.000 años de antigüedad. Y en torno a él hay una historia que a mí me parece de lo más curiosa e interesante...
El obelisco se colocó el 10 de septiembre de 1586, y para ello hicieron falta 900 hombres, 150 caballos, unas cuantas poleas y cientos de metros de cuerda para ponerlo de pie en el centro de la plaza. Como es natural, el espectáculo atrajo a mucha gente y los responsables de colocar el obelisco debían estar concentrados para poder escuchar las órdenes de los técnicos. Así que el Papa Sixto V ordenó a todo el mundo permanecer en absoluto silencio, bajo pena de muerte. Pero al poco rato de que los obreros hubieran comenzado a izar el obelisco, las cuerdas empezaron a ceder y a echar humo debido a la fricción.

De repente, un grito resonó en toda la plaza. Se trataba del marinero Bresca de Liguria, capitán de un barco genovés y conocedor de que las cuerdas de cáñamo se pueden romper si no se las enfría. A pesar de la advertencia del Papa, y a sabiendas de que se exponía a ser ahorcado, este hombre se hizo oír gritando, en dialecto genovés, la frase Daghe l'aiga a le corde!, que significa ¡Agua a las cuerdas!. Por supuesto, Bresca fue detenido y llevado ante el Papa; pero éste, en lugar de castigarlo, lo recompensó, condeciéndole el privilegio de poder izar en su barco la bandera vaticana, y otorgándole a él y a sus herederos el derecho a vender en exclusiva las palmas del Domingo de Ramos para la Santa Sede. Esta hazaña todavía persiste en la memoria de los habitantes del pueblo natal de Bresca, Bordighera. En la actualidad, el grito que en su día se dio en genovés y que en italiano es Acqua alle funi!, es una frase que simboliza la rebeldía ante el poder establecido, así como el coraje de cualquiera que se enfrente a los abusos, anteponiendo el bien común al riesgo propio sin pensar en las consecuencias personales. Una frase que debería pronunciarse ante las grandes injusticias.
Lo siguiente que hacemos es por supuesto visitar la basílica de San Pedro, la más grande del mundo. El acceso es gratuito, y al igual que para el resto de iglesias de toda Italia, para acceder a ella deberás ir vestido con decoro: no podrás llevar pantalones cortos, ni faldas por encima de la rodilla, ni los hombros descubiertos. La basílica original se construyó en el ager Vaticanus (colina Vaticana) en el siglo IV, en tiempos de Constantino, el primer emperador cristiano de Roma. Se supone que en este mismo lugar, donde antiguamente estaba ubicado el circo de Nerón, es donde San Pedro fue martirizado y posteriormente enterrado, allá por el año 64 aproximadamente. Si el exterior de la basílica es impresionante, su interior, con una capacidad para 60.000 personas y en la actualidad con planta de cruz latina, no se queda atrás; la nave central, de casi 190 metros de longitud, nos sobrecoge. Además aquí se albergan verdaderas obras de arte, aunque quizá la más conocida sea la Piedad de Miguel Ángel, una maravilla a la que las fotos no le hacen justicia.

Si queremos subir a la cúpula de la basílica, que por cierto después de verla ya me queda claro por qué la profesora de historia del arte del instituto nos contaba que los italianos la llaman il cupulone, debemos salir del edificio y dirigirnos a nuestra izquierda. A partir de la terraza, la subida no está recomendada a personas que tengan vértigo, claustrofobia o problemas cardiacos; eso sí, las vistas desde allí arriba son espectaculares.

Para finalizar el recorrido por San Pedro, la otra opción es ver además la necrópolis vaticana y la tumba de San Pedro, visita que hay que reservar con antelación (en este enlace explican con todo detalle el procedimiento de reserva). El recorrido dura unos 90 minutos y tenemos ocasión de subir y bajar por subterráneos, ver numerosos sepulcros de familias romanas pudientes, recorrer infinidad de pasillos e incluso pararnos un momento en el lugar en el que se supone que está la tumba de San Pedro. Al finalizar la visita a la necrópolis, podremos ir directamente al mismo patio por el que entramos al principio, o bien visitar las tumbas de los papas. La que en la actualidad está más a la vista, y casi siempre rodeada de un montón de gente, es la de Juan Pablo II.

Y por último, no podemos marcharnos del Vaticano sin visitar sus museos. Para verlos todos te podrías pasar allí fácilmente una vida entera, así que si no dispones de tanto tiempo, lo mejor es investigar con antelación qué es lo que hay y qué te interesa ver más, o decidirlo una vez que llegues allí. Si vas a tu aire no hay ningún problema, pero es bastante recomendable reservar las entradas con antelación; se puede hacer directamente en su página web, y así te ahorras las colas. Además de los diferentes museos temáticos y las estancias del pintor Rafael, la estrella de los museos es por supuesto la capilla sixtina, y de hecho hay gente que pasa del resto y va directamente a verla; esto me recuerda un poco a Ikea, porque en todas partes hay carteles que te marcan cuál es el atajo que debes seguir para llegar a la capilla.

Las escenas que podemos contemplar en ella son las de la bóveda (que se reparten entre enjutas, pechinas, sibilas y profetas, e historias centrales), el juicio final (situado en la pared del fondo de la capilla, que en realidad es la primera que ves según entras a la derecha), la pared Norte (que incluye lunetos, pontífices, historias de Cristo y cortinas), la pared Sur (con los mismos elementos de la anterior, pero sustituyendo las historias de Cristo por las de Moisés) y la pared de entrada, que incluye diversas escenas sobre lunetos, pontífices e historias de Moisés y Cristo. La fotografía que pongo está sacada de esta maravilla de web, porque allí dentro está prohibido hacerlas aunque siempre haya algún espabilado que intenta sacar fotos de tapadillo...

Tras este día tan intenso visitando los museos, nos vamos finalmente dando un paseo hasta el castillo de Sant'Angelo, que está bastante cerca del Vaticano. Allí llegamos ya a última hora de la tarde, aunque nos da tiempo a entrar en el castillo, pasar un rato viéndolo por dentro y subir a lo más alto, desde donde también hay unas vistas espectaculares. Lo único es que el castillo se ve tan bonito en las fotos que no me puedo imaginar que esté tan descuidado; al menos esa es la impresión que me da, como de medio dejadez.

Y para rematar la jornada, decidimos relajarnos y tomarnos algo en uno de los chiringuitos que hay cerca del castillo, justo debajo del puente de Sant'Angelo, donde inevitablemente me vuelvo a acordar de Vacaciones en Roma porque en uno de esos chiringuitos es donde Audrey Hepburn se lía a guitarrazos con los agentes secretos. Mañana nos toca despedirnos de esta maravillosa ciudad...

20 de septiembre de 2013

Cuadernos itálicos (IV): Roma, día 3

Este día tenemos previsto visitar en primer lugar las termas de Caracalla, pero nos vamos un poco antes de tiempo para poder pasar primero por el circo Massimo, que hemos visto únicamente de lejos el día anterior cuando visitamos el foro. Hasta que no estamos justo al lado, no nos damos cuenta del verdadero tamaño que tiene el circo; en tiempos, cabían allí hasta 200.000 personas, aunque ahora es tan sólo una pradera que muchos utilizan para pasear.

Las termas de Caracalla son, sencillamente, impresionantes. Es una barbaridad lo exagerados que podían llegar a ser los romanos para construir cosas; de hecho, estas termas ocupan nada menos que 10 hectáreas, y se cree que cada día acudían a sus tiendas, jardines y bibliotecas unas 1.600 personas. Además del tamaño enorme de las construcciones que se pueden ver aún, me llama mucho la atención lo bien conservados que están la mayoría de los mosaicos, a cuál más bonito.

Desde las termas cogemos un autobús que para en las cercanías de la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, donde está la famosa boca della Veritá. Aquello parece una romería, con un montón de gente haciendo cola para hacerse la dichosa foto metiendo la mano en la boca de la escultura. Hay un cartel que dice "offerta 0'50" y yo no veo la oferta por ninguna parte; hasta que me doy cuenta de que haces la cola para esperar tu turno y, al llegar a la escultura, el señor que está allí te coge la cámara y te hace él mismo la foto. Y "offerta" significa "donativo"... La iglesia por dentro es muy pequeña y bastante sencilla, nada que ver con la espectacularidad de la mayoría que hemos visto hasta ahora, pero me gusta bastante. Enfrente de la iglesia están el tempio di Ercole Vincitore y el tempio di Vesta.

Desde aquí volvemos a pasar por el foro de Augusto y el foro de Trajano, dejando a nuestra izquierda el teatro Marcelo para llegar hasta la piazza del Campidoglio, junto a la cual está la escalinata que conduce a los museos capitolinos, fundados allá por el año 1471. En estos museos se exhiben algunos de los mayores tesoros de la Roma antigua; tenemos entre otras cosas a la loba capitolina dando de mamar a Rómulo y Remo, la famosa escultura del spinario y (me moría de ganas por verla) una copia romana de la estatua original griega llamada del galata moriente.

En la pinacoteca estamos un rato observando (yo con cara de envidia) a dos restauradores afanados con un cuadro de Caravaggio, la buenaventura. Esto no lo tenemos previsto, pero después de la visita al museo nos da un arrebato y decidimos quedamos a comer allí. Desde el restaurante, que está en la última planta y tiene una terraza enorme, hay unas vistas preciosas de toda la ciudad. Después pasamos fugazmente por la iglesia del Gesú y llegamos a una placita pequeña en la que hay un obelisco sostenido por la figura de un elefante, el famoso elefantino de Bernini. Justo al lado de esta plaza se encuentra el panteón.

Este edificio es uno de los que más me impacta, además de que era otra cosa que me apetecía muchísimo ver. Es el edificio de la Roma antigua mejor conservado, y lleva en pie casi 2.000 años. En su interior se encuentran las tumbas de los reyes Víctor Manuel II y de Humberto I, además de la del pintor Rafael. Desde fuera no te das cuenta del tamaño real que tiene el panteón; una vez que estás dentro no puedes quitar la vista de la espectacular bóveda, una semiesfera perfecta por la que entra la luz a través de un ojo abierto al cielo. Para variar, las indicaciones de guardar silencio por ser un recinto sagrado no las cumple ni el tato; eso sí, a un señor no le dejan entrar con su perro, que el pobre va de lo más tranquilito... Seguimos caminando hasta llegar a la iglesia de San Luigi dei Francesi, aunque nos quedamos con un palmo de narices porque han cambiado el horario y los jueves cierran a las 12 del mediodía y ya no vuelven a abrir hasta el día siguiente. Así que me quedo con las ganas de ver algunos de los cuadros de Caravaggio que se exponen aquí. Muy cerca está la iglesia de San Agostino, que también alberga varios lienzos de este pintor.

Después nos acercamos hasta la piazza Navona, famosa por su fuente de los cuatro ríos de Bernini y por ser otro lugar de lo más concurrido en la ciudad. Esta plaza está llena de palacios barrocos y bares, además de tener otras dos fuentes no tan famosas como la de los cuatro ríos. Prácticamente al lado está el campo dei Fiori, la plaza presidida por una estatua de Giordano Bruno (que por cierto, casi da miedo y todo) y en la que por las mañanas hay un mercado; es ya por la tarde, así que no tenemos ocasión de verlo... Dejamos a nuestras espaldas el campo dei Fiori y llegamos a la piazza Farnese; de allí cruzamos uno de los puentes bajo los que pasa el río Tíber, y acabamos dando un paseo por el Trastévere. Todo el mundo nos había recomendado ir a este barrio por la noche, porque por lo visto no es tan turístico como el resto de zonas y por la noche está muy animado; pero al final lo vemos únicamente por la tarde.

6 de agosto de 2013

Cuadernos itálicos (III): Roma, día 2

De nuevo nos levantamos temprano y esta mañana vamos en metro hasta la estación de Cavour; después de subir unas escaleras que me dejan con la lengua fuera, llegamos a la piazza de San Pietro in Vincoli, donde hay varios vendedores preparando sus tenderetes. Enseguida todos te preguntan si vas a ver el Moisés de Miguel Ángel, así que supongo que estarán hartos de indicarles a los turistas dónde está la iglesia de San Pietro in Vincoli (aunque en realidad no hace falta porque la tenemos justo delante).

El Moisés era una de las cosas que más ganas tenía de ver en Roma; siempre me queda la duda de si me gusta más Miguel Ángel o Bernini, y por más que lo pienso no consigo decantarme por uno de los dos. Me gustan tanto sus esculturas que no sabría con cuál de ellas quedarme. Eso sí, el Moisés impresiona porque es tan real que si te lo quedas mirando parece que se vaya a levantar en cualquier momento; es increíble el nivel de detalle: el gesto medio serio, los tendones, los músculos, la túnica que parece de tela de verdad... Es increíble cómo de un trozo de piedra se puede sacar algo así. En esta misma iglesia se conservan también las supuestas cadenas de San Pedro, que se dice que llegaron en dos partes y cuando se volvieron a acercar se unieron ellas solas de manera milagrosa. Están expuestas justo debajo del altar.

Muy cerca de aquí se encuentra el lugar que visitamos a continuación: el coliseo, otro de los sitios que tenía muchas ganas de ver. Aquí no hace falta esperar, no sólo porque llegamos temprano sino porque la cola que hay es para los que van "por libre", y en la cola de los que llevan Roma Pass no tenemos más que tres o cuatro personas delante. El coliseo me parece espectacular, y sobre todo enorme; sabía que era grande pero no pensé que tanto. Una vez dentro, podemos ver una mini exposición con algunas armas y vestimentas que llevaban los diferentes tipos de gladiadores. También paseamos por las gradas; de la arena, zona donde luchaban los gladiadores, se conservan únicamente los pasillos subterráneos; en cualquier caso, lo hemos visto ya tantas veces en tantas películas que estando allí te puedes imaginar perfectamente cómo debían de ser las luchas. Escalofriante...


Justo al lado del coliseo está el arco de Constantino, que se construyó en honor a la victoria de este emperador en la batalla del puente Milvio. Dejando a nuestra espalda el coliseo y el arco, encontramos de frente las indicaciones hacia el palatino. Se supone que aquí es donde Rómulo mató a Remo y fundó Roma, allá por el año 753 a.C. Hoy día es una zona bastante chula, en la que se conservan unas cuantas ruinas de las antiguas mansiones aristocráticas, ya que este era el barrio más elegante de la Roma antigua. Los lugares más destacados del palatino son la domus Augustana (un palacio de dos alturas, desde el cual se puede apreciar el tamaño colosal del circo massimo), un estadio que los emperadores utilizaban para eventos particulares, las termas de Settimio Severo (de las cuales se conservan muy pocos restos), el museo palatino (que alberga una gran cantidad de objetos hallados en la zona, algunos incluso del Paleolítico), la domus Flavia (construida sobre edificios anteriores, entre los que destaca la casa de los grifos, llamada así por un relieve estucado que representa a dos de estos animales fantásticos), las casas de Livia y Augusto y los orti farnesiani, uno de los primeros jardines botánicos de Europa.


Al lado de los orti farnesiani ya se ve el foro romano, el más antiguo y el más grande de todos. Sus orígenes fueron una necrópolis etrusca, después se usó como foro, como tierra de pasto y hasta como inspiración para artistas y arquitectos. El paseo por el foro y algunos de sus edificios mejor conservados (el templo de Antonino y Faustina, el arco de Tito) me gusta bastante, aunque ya es casi mediodía y empieza a apretar el calor de verdad. Vemos por allí, entre las ruinas, a unos arqueólogos atareados y la verdad es que me da hasta agobio el sofocazo que deben de estar pasando los pobres, ahí a pleno sol...

Desde aquí cruzamos al otro lado de la calle y llegamos al foro de Trajano, del que sólo quedan unos pocos restos, y la columna de Trajano, decorada con relieves que relatan las batallas contra los ejércitos dacios. Un poco más lejos están los mercados de Trajano.

Seguimos andando y llegamos a la piazza Venezia, dominada por el edificio llamado Vittoriano, al que por su forma lo llaman también "máquina de escribir". Se construyó para honrar a Víctor Manuel II y a la Italia unificada, y hoy alberga la tumba del soldado desconocido y el Museo Centrale del Risorgimento. Este edificio lo vemos únicamente por fuera, y después cogemos un autobús de nuevo hasta la piazza della Repubblica donde, esta vez sí, podemos entrar por fin a la iglesia de Santa maria della Vittoria. Por fuera, esta iglesia barroca es bastante sencilla; en realidad, la mayoría de la gente la visita para poder admirar su obra estrella, la escultura éxtasis de Santa Teresa de Bernini. Y efectivamente, puedes quedarte un buen rato extasiado viéndola; de hecho, yo tardo en poder quitarle la vista de encima para dedicarme a observar también el interior, y la verdad es que me habría perdido las maravillosas pinturas que adornan los techos de esta iglesia.


Después de hacer un hueco para comer y acercarnos al hotel a recoger el coche para ir a visitar al famoso gommista que nos va a cambiar la rueda, cogemos de nuevo el metro hasta la estación de Flaminio para llegar a la piazza del Popolo. Justo al entrar en la plaza, a mano izquierda, se ve la iglesia de Santa Maria del Popolo, que casi todo el mundo visita para ver los dos cuadros de Caravaggio que se exhiben junto al altar mayor. De nuevo en la plaza, justo al fondo, se ven dos iglesias barrocas: Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria in Montesanto. En el centro de esta plaza hay un obelisco que trajo el emperador Augusto de la antigua Grecia. Dejamos a nuestras espaldas las dos iglesias barrocas y, bajando por la via del Corso, llegamos a la intersección con la via dei Condotti, una de las famosas calles de compras en Roma. Tomando a la izquierda la via dei Condotti, llegaremos a la piazza di Spagna, esta vez a la parte baja de la famosa escalinata que hemos visto el día anterior desde la iglesia de Santa Trinitá dei Monti. Aquí estamos un rato sentados en plan relax, en la fuente del naufragio o barcaccia, que se atribuye al padre de Bernini. Después de pasar de nuevo por la fontana di Trevi, vamos hasta la piazza Barberini para coger el metro de vuelta al hotel, no sin antes echar un vistazo a la fontana del Tritone y a la fontana delle Api.

12 de junio de 2013

Cuadernos itálicos (II): Roma, día 1

Como nos pilla muy cerca del hotel, el primer sitio al que vamos al día siguiente es la basílica de San Giovanni in Laterano; investigando un poco me enteré de que en realidad tiene "categoría" de catedral, que su nombre en español es San Juan de Letrán (que era el que a mí me sonaba) y que es la basílica más antigua de Roma. Esto de madrugar ayuda bastante, así que tenemos la suerte de llegar allí a primera hora y, quitando una o dos personas más, somos los únicos que la estamos visitando. Casi mejor, porque el día anterior por la tarde hemos visto a bastante gente y supongo que dentro habría un escándalo considerable; yo no es que sea religiosa, pero si entro en un sitio en el que pone "recinto sagrado, guarden silencio", suelo hacerlo. Y en la mayoría de los sitios sagrados que visitamos, en cuanto se juntaba un poco de gente aquello no era ni medio normal...

Por fuera esta iglesia es impresionante, y eso que a mí el barroco no es que me entusiasme especialmente; y en el interior tiene unos mosaicos espectaculares. Echamos allí un rato buscando las huellas dactilares que supuestamente Borromini dejó en algunas de las piedras, pero eso es como buscar una aguja en un pajar. En el baldaquino, situado sobre el altar mayor, se guardan las cabezas de San Pedro y San Pablo; a mí esto de las reliquias siempre me ha dado un poco de yuyu, de todas formas. Al otro lado de la plaza en la que se encuentra la basílica, está la Scala Santa (escalera santa), por la que se supone que hay que subir de rodillas, o eso hacen los peregrinos, ya que al parecer por esa misma escalera subió Jesús en el palacio de Poncio Pilato en Jerusalén. No sé si esto será cierto o no, pero sí es cierto que mis rodillas no están para estos trotes.

Desde aquí nos vamos dando un paseo hasta la estación de Termini, a donde nos dirigimos para comprarnos la Roma Pass. Ya con ella en la mano, nos acercamos hasta la basílica de Santa Maria Maggiore, construida en el punto más alto del monte Esquilino. Para entrar en esta iglesia, como en prácticamente todas las que hay en Roma, se deben llevar los hombros cubiertos y casi siempre también las rodillas. Como yo ya voy prevenida, he echado en la maleta un pañuelo que llevo siempre conmigo y lo uso cuando hacía falta. De todas formas, en casi todas las iglesias te prestan pañuelos si los necesitas; incluso en alguna los llego a ver de un tejido que era algo entre papel y tela, de usar y tirar. Santa Maria Maggiore es tan imponente por fuera, que por dentro me la espero igual. Y no es que no me guste, pero me imagino algo mucho más impresionante; no está mal, con su techo artesonado y sus preciosos mosaicos, pero al terminar el viaje descubro que hay muchas otras iglesias que me gustan bastante más que esta.

Después nos acercamos a uno de los edificios del Museo Nacional Romano: el palazzo Massimo alle Terme, que alberga una muestra de los mejores ejemplos de arte romano de la ciudad. Aunque también es cierto que toda Roma es como un museo, porque vas andando por la calle y entre edificios más actuales te encuentras de repente con restos de una columna, o de un antiguo templo, o una estatua... Lo más llamativo de este museo, para mi gusto, son no sólo las estatuas sino sobre todo los mosaicos. También me gusta mucho un mural, que ocupa una sala entera, y parece como si estuvieras en un jardín porque toda la pintura son árboles y pájaros. Junto a este museo, en la misma plaza, está el obelisco de Dogali, un obelisco egipcio que data de la época de Ramsés II y que tiene a su "hermano gemelo" en los jardines de Boboli de Florencia. En 1887, en la batalla de Dogali, fueron asesinados más de 500 soldados italianos por las tropas etíopes; para conmemorar este suceso se decidió colocar aquí el obelisco, y en su base se transcribieron los nombres de los soldados fallecidos.

A continuación nos dirigimos a otro de los edificios del Museo Nacional Romano: las termas de Diocleciano, que en su época eran las mayores de este tipo. Hoy día están compuestas no sólo por las termas sino también por bibliotecas, salas de conciertos y jardines. En este edificio se exhiben jarrones, ánforas y objetos de barro y bronce, así como algunos objetos funerarios. El claustro es una de las cosas que más me gusta, todo lleno de árboles y hasta un gato que se pasea por allí como si estuviera en su casa. Junto a las termas está la iglesia de Santa Maria degli Angeli, que por fuera se encuentra bastante mal conservada aunque aún podemos ver en su interior el techo abovedado que se proyectó en los planos originales.

Desde aquí cruzamos la piazza della Repubblica y pasamos por otra plaza más pequeña en la que hay una estatua enorme con varias figuras, una de ellas un Moisés de Bernini. Al lado está la iglesia de Santa Maria della Vittoria, pero pasan justo dos minutos de la hora a la que cierran a mediodía, así que dejamos la visita para otro momento.Seguimos andando y pasamos por la via delle Quatre Fontane, que como su nombre indica tiene una pequeña fuente en cada esquina, justo en el cruce de dos calles; y vemos también de pasada el palazzo Barberini, que se supone que es donde se hospeda Audrey Hepburn en su papel de princesa Ana de la película Vacaciones en Roma; hoy día este edificio alberga parte de la Galería Nacional de Arte Antiguo. Nos dirigimos después hasta la iglesia de Santa Trinitá dei Monti, desde donde hay unas vistas perfectas de toda la ciudad, y a cuyos pies se encuentra la famosa escalinata de la piazza di Spagna. Muy cerca de allí está la porta Pinciana, que da entrada a los jardines de la villa Borghese.

Antes del viaje hemos reservado por internet las entradas para la galería, así que después de comer nos dedicamos a dar un paseo por los jardines y a tomar unos helados, para hacer un poco de tiempo hasta la hora de la visita, que es de 17 a 19 (además de ser preferible reservar las entradas, las visitas se hacen en grupos limitados y sólo puedes permanecer en la galería durante dos horas). Una cosa que me gusta un montón de la galería Borghese es que como está prohibido hacer fotos, para asegurarse de que ningún listillo las hace a escondidas, te hacen dejar en la consigna absolutamente todo: mochilas, bolsos, teléfonos móviles... Vamos, que llegas a la puerta "pelao", acompañado únicamente de la entrada.

¿Qué decir de la galería Borghese? Me encanta la historia del arte y además sabía que aquí se expone una increíble muestra de esculturas de Bernini, así que no podía dejar pasar la ocasión. Incluso mi acompañante, que no es en absoluto aficionado al arte, se queda boquiabierto con la mayoría de las esculturas. Yo le intento explicar algunas cosas como puedo, pero la verdad es que en estas ocasiones echo de menos no haber buscado un rato para pegarme una buena empollada y así ser luego capaz de contar más cosas y que por lo menos la gente no se me aburra...

Para rematar este día, lo último que hacemos es ir a ver la archiconocida fontana di Trevi, que me gusta muchísimo pero me deja alucinada ver la cantidad de turistas que la rodean. Es como si estuvieran todos ahí concentrados, vaya tela. Casi no te puedes ni sentar en las escaleras, ni en las barandillas, ni nada. Creo que esto no es nada original decirlo, pero a pesar del barullo de gente, la fontana es una de las cosas que más me gusta de Roma; de hecho la vemos varias veces, porque descubrimos que a poco que te dediques a pasear por el centro, siempre acabas encontrándotela. Lo único que veo es que es tan grande que está ahí medio encajonada; y por supuesto, los carabinieri no hacen más que pegar silbatazos cada vez que alguien toca el agua, que está prohibido. En fin...

23 de mayo de 2013

Cuadernos itálicos (I): zarpamos

Salimos una mañana bastante temprano, en dirección a Cannes; allí nos quedaremos una noche para no hacer el viaje a Italia del tirón, y así aprovecharemos para visitar un poco la ciudad. El trayecto se nos da bastante bien (nada que ver con el viaje del verano anterior, en el que encontramos un montón de carreteras francesas colapsadas y se nos hizo eterno el camino...) y después de hacer alguna parada para comer, estirar las piernas, y ver paisajes, llegamos a Cannes a media tarde.

El hotel Kyriad no está mal del todo, aunque después de llegar allí, subir a nuestra habitación a dejar las maletas y recoger el coche de nuevo para irnos a dar una vuelta (estamos a unos pocos kilómetros del centro y no nos apetece ir andando), nos damos cuenta de que una de las ruedas se nos ha pinchado, así que allí mismo nos ponemos a cambiarla y ya sabemos que nos tocará buscar un taller para que nos arreglen la otra o nos pongan una nueva... Con tanto trajín llegamos al centro de Cannes hacia las 7 de la tarde, con lo cual nos damos un paseo por el puerto y el famoso promenade de la Croissette, buscamos un sitio donde cenar y nos acostamos temprano, porque mañana tenemos pensado hacer una pequeña parada en Pisa antes de llegar a Roma, nuestro primer destino.

Al día siguiente, salimos de Cannes por la mañana en dirección a Italia. No sé por qué, mi piloto ha configurado el GPS para que le avise de límites de velocidad, sitios de interés, iglesias, etc.; y cada vez que nos acercamos a un túnel, nuestra Carmen (así la llamamos cariñosamente, ya que tiene voz femenina) nos dice "túnel Italia". La primera vez hace gracia, pero cuando llevamos cuarenta y siete túneles aquello empieza a ser un poco aburrido... Para colmo, al cruzar la frontera entre Francia e Italia (aunque yo pensaba que en la Unión Europea no había fronteras) paran a un coche de cada doscientos, y precisamente nos toca a nosotros. Nos pasamos allí un buen rato, nos hacen un montón de preguntas, nos obligan a sacar las maletas del coche y a abrirlas allí en mitad del centro de control, y hasta nos cachean. Salimos de Francia y entramos en Italia con un cabreo de tres pares...

Más o menos hacia las 12 del mediodía llegamos a Pisa, que está atestada de gente; buscamos un sitio donde poder aparcar y desde donde ir andando hasta la piazza dei Miracoli, donde se encuentran concentrados los principales monumentos que hay que visitar en la ciudad: la catedral, el baptisterio y la torre inclinada. Es increíble la cantidad de gente por metro cuadrado que hay allí, además de un montón de tenderetes con todo tipo de souvenirs, desde pisapapeles hasta camisetas, imanes para la nevera, gorras, bolsos... Por supuesto casi todos con la torre como protagonista.

Hacemos una visita rápida a la catedral y al baptisterio; como no sabíamos seguro a qué hora íbamos a llegar a Pisa, no hemos hecho con anterioridad la reserva de las entradas para subir a la torre, que en todas las guías recomiendan hacerlo antes de viajar. Las colas son enormes así que nos conformamos con verla desde el suelo y con darnos una vuelta por allí. Eso sí, aunque me insisten, me niego a hacerme la típica foto empujando la torre para ponerla derecha, o inclinándome yo para solidarizarme con ella. Además aunque quisiera hacerlo es imposible, porque aquello parece el metro en hora punta y casi hay que pedir la vez para poder hacerse fotos... Un agobio.

Decidimos darnos una vuelta más por la ciudad, aunque finalmente yo me quedo con ganas de entrar a la torre Guelfa, desde la que había leído que hay unas vistas espectaculares de la ciudad. Conseguimos localizarla y encontrar aparcamiento justo al lado, pero no hay forma humana de averiguar por dónde se entra, ni aquello tiene pinta de estar abierto para poder visitarlo...

Finalmente seguimos nuestro camino y aproximadamente a las 6 de la tarde "aterrizamos" en Roma. Vamos un poco asustados porque es nuestro estreno en Italia y todo el mundo nos ha dicho que los hoteles en este país suelen ser malísimos y muy caros; a nosotros nos ha salido bastante bien de precio así que no sabemos muy bien lo que nos vamos a encontrar. Pero el hotel Bled, muy cerca de la catedral de San Giovanni in Laterano, resulta ser un antiguo palacete rehabilitado, bastante bonito y con un personal muy amable, desde el recepcionista hasta las señoras de la limpieza, los camareros del restaurante y la directora, a la que tenemos ocasión de conocer también.

Después de acomodarnos en nuestra habitación y descansar un poco, salimos un rato para explorar la zona y aprovechamos para visitar la catedral aunque únicamente por fuera, ya que se encuentra cerrada. Pero la exploración nos sirve para darnos cuenta de que, quitando algún sitio puntual, las distancias en Roma no son tan exageradas como nos habían dicho. Después de pasear un rato buscamos un sitio donde cenar y, ya a última hora, volvemos al hotel; hay que tener en cuenta que en agosto en Italia hace un calor mortal, así que tenemos previsto madrugar bastante todos los días, no sólo para aprovechar el tiempo sino también para que al menos cuando empiece el calor sofocante hayamos podido al menos ver algo cada día...

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