21 de agosto de 2017

Cuadernos hispánicos: sinagoga de Santa María la Blanca

Por muchas veces que vayas a Toledo, creo que es absolutamente imposible llegar a conocer todos sus rincones; los romanos siempre dicen que para ver Roma entera no basta una sola vida, y yo creo que a Toledo le pasa exactamente lo mismo; he ido por allí infinidad de veces, pero cada una de ellas he descubierto un rincón nuevo, una calle por la que no había pasado antes, una fachada en la que no había reparado... Pero también es cierto que hay algunos monumentos emblemáticos que es bastante probable que se visiten, aunque sea la primera vez que vayamos a esta ciudad.

Uno de estos monumentos es la sinagoga de Santa María la Blanca, una de las aproximadamente diez o quizá doce que se cree que llegaron a existir aquí. Se encuentra en pleno barrio judío, muy cerca de la del Tránsito, otra sinagoga de las que aún quedan en pie, y también muy cerca del espectacular monasterio de San Juan de los Reyes.



Si tienes previsto visitar más monumentos, puede que te sea rentable adquirir la pulsera de Toledo, disponible en cualquiera de las oficinas de turismo; con ella podrás visitar entre otras cosas esta sinagoga, que se cree que data de finales del siglo XII (aunque algunos expertos consideran que es más tardía, del XIV, por su decoración parecida a la del arte nazarí) y cuyo horario de apertura y precio de las entradas puedes consultar aquí.

El edificio comenzó siendo sinagoga, la mayor de la judería además, y con el tiempo fue también iglesia cristiana, casa de acogida para mujeres arrepentidas, cuartel durante la Guerra de la Independencia... Tuvo una vida bastante movidita, e incluso llegó a estar amenazado de ruina por el deterioro que sufrió en muchos momentos. Por suerte, a mediados del siglo XIX la administración se hizo cargo de él, llevó a cabo varias reparaciones, y finalmente en los años 30 la sinagoga fue declarada monumento nacional. Debido a este ajetreo, la evolución histórica se refleja en lo que veremos en el edificio: planta judía, decorado por musulmanes, con influencias mudéjares... Es una mezcla de lo más peculiar.

Al atravesar la verja de entrada veremos primero la taquilla-tienda de regalos, y a continuación el jardín por el que podemos pasear y admirar su bosquecillo de cipreses, además de disfrutar de la tranquilidad que se respira. Una vez en el interior de la sinagoga, cuya decoración contrasta totalmente con la sencillez exterior, observaremos que su planta es irregular, algo poco habitual pero que aquí se entiende por la superposición de edificios de diferentes épocas; la entrada principal es una enorme puerta de madera, decorada con motivos mudéjares de lazos y estrellas.

Nave principal
Una vez dentro, lo primero que nos llamará la atención serán las cuatro filas de columnas que recorren la sinagoga dividiéndola en cinco naves, la central la más alta de todas; son columnas octogonales, hasta un total de 32, y tienen los capiteles decorados con piñas y motivos vegetales, un poco enrevesados pero muy bonitos, de esos que te puedes pasar un buen rato mirando y mirando porque casi te hipnotizan. La nave central es la más ancha, y las cinco están separadas entre sí por esas filas de arcos, que son de herradura y descansan sobre las columnas octogonales. Por encima de estas filas de arcos hay otras más, de arcos más pequeños y polilobulados, que actualmente están tapiados, así que lo único que vemos a través de ellos son las paredes del edificio. Los techos son de madera, artesonados y preciosos; pero lo más espectacular sin duda es la iluminación, porque todas las paredes, las columnas y los arcos son tan blancos que casi deslumbran, y la combinación del blanco con el dorado de las decoraciones es simplemente perfecta.

Arcos y columnas
Y si es espectacular la arquitectura de esta sinagoga, tampoco se quedan atrás otros de sus aspectos artísticos: hay algunas pinturas que se han perdido, pero otras se siguen conservando porque fueron labradas en el yeso utilizado para las paredes. Y hay otras, que están a los dos lados de la puerta principal, que son todo un misterio porque su dibujo está formado por cintas, cadenas, círculos, cabezas de serpiente y peces; se supone que pertenecen a un edificio mudéjar que se construyó antes que la sinagoga, y es que hay unos dibujos muy parecidos en sitios tan dispares como el castillo de Brihuega (en Guadalajara), la torre de Hércules (en Segovia) y la mezquita del Cristo de la Luz (en el propio Toledo).

Detalle de un capitel
Destaca por supuesto la escultura, que podemos ver en los capiteles que ya he mencionado, con esas piñas que son típicas tanto de la tradición israelí como del cristianismo. Pero además de los motivos vegetales también los hay geométricos y de elementos marinos, e incluso una estrella de David en la nave central. Por último, también hay cerámica, principalmente en los suelos, aunque los originales no sobrevivieron y los que aún se conservan son posteriores; están hechos de barro cocido y algunos están adornados con piezas de cerámica que forman varios dibujos entre las baldosas, de motivos abstractos y muy llamativos porque son azules y naranjas sobre fondo blanco.

Mezcla de estilos
Como veis, la sinagoga tiene una interesante mezcla de estilos y eso se ve muy bien sobre todo en la cabecera, en la nave central, donde encontramos los arcos de herradura típicamente árabes junto a bóvedas doradas o trozos de construcciones más antiguas. Es muy interesante pararse a observar detenidamente todo esto.

Ya decía al principio que Toledo es una ciudad sorprendente en la que nunca dejas de descubrir rincones nuevos; esta sinagoga no es precisamentena de los rincones que se pueden considerar escondidos, desde luego, y además puedes aprovechar el paseo para visitar también la sinagoga del Tránsito y el monasterio de San Juan de los Reyes, de los que hablaba antes. Como estos edificios están muy cerca unos de otros, por ejemplo puedes dedicarles una mañana a los tres; además merece la pena pasear por la judería y recorrer sus callecitas. Si te interesa el mundo del arte seguro que disfrutarás de esta sinagoga; y si no, siempre puedes pasar un rato de lo más agradable en su jardín. Hagas lo que hagas, seguro que te sorprenderá, como a nosotros...

Boquiabiertos

17 de agosto de 2017

Cuadernos hispánicos: ruta de la arquitectura negra

Son ya varias las veces que he tenido ocasión de hacer esta ruta, de lo más interesante y curiosa, que discurre por la sierra noroccidental de Guadalajara y a la que el nombre le viene por el color de la pizarra que se utiliza tanto en los tejados como en los revestimientos de los muros de las casas de la zona. El recorrido oficial que suelen recomendar en las oficinas de turismo pasa exactamente por diez pueblos de la zona, aunque hay algunos más a lo largo del camino. Todos ellos son muy pequeñitos y la ruta entera se puede hacer en un solo día, pero si tenéis tiempo, yo recomendaría aprovechar y dedicarle por ejemplo un fin de semana; también se puede hacer entre semana, como hicimos nosotros la última vez, porque así además te lo encontrarás todo bastante menos masificado que durante los sábados y los domingos. Pero, en cualquier caso, es una excursión que merece la pena hacer, aunque después de haber probado diferentes modalidades, para mí la mejor es más de un día y a ser posible entre semana.


Por lo general se suele empezar en Tamajón, y desde aquí la ruta hace una forma de V; así que según el tiempo del que dispongamos, podemos hacer un solo "palito" de la V o los dos, pero teniendo en cuenta que, empecemos por donde empecemos, habrá que retroceder de nuevo hasta Tamajón para hacer el lado opuesto de la ruta. Si por un casual tenéis previsto hacer el recorrido completo, lo que suelo recomendar es empezar por el pueblo más lejano de cualquiera de los dos palitos de la V (Majaelrayo si vamos hacia el oeste, o Valverde de los Arroyos si vamos hacia el este), y desde allí ir bajando, llegar a Tamajón y continuar hacia el extremo contrario; para mí es lo más práctico pero, como siempre digo, cada uno es libre de organizarse como quiera.

Valverde de los Arroyos
Según dicen en la zona, Valverde de los Arroyos es el pueblo más conocido de la arquitectura negra; desde luego su casco histórico, que se encuentra concentrado en torno a la plaza Mayor y a la iglesia, es de los mejor conservados y de los más llamativos. Precisamente la plaza Mayor es una de las cosas que más llama la atención, porque toda ella está solada con lajas de pizarra; normalmente se ven las pizarras en los tejados y en algunos muros, pero en casos como el de Valverde hay calles que también han sido empedradas con pizarra en lugar de con cantos rodados. Así que cuidadín si vais en invierno, porque este suelo resbala y bastante. Además de la plaza, podemos ver aquí mismo la iglesia parroquial, consagrada a San Ildefonso, y la ermita de la Virgen de Gracia, que está a las afueras del pueblo, al lado del cementerio. Pero sin duda lo que no nos podemos perder aquí son las chorreras de Despeñalagua, una serie de cascadas por las que el agua va cayendo escalonadamente desde una altura de algo más de 100 metros. Si algún valiente se atreve a meterse, tendrá que hacerlo en verano porque durante la mayor parte del invierno el agua en esta zona está directamente congelada.

Ermita de Nuestra Señora de los Enebrales
Un poco más adelante llegamos a Palancares, que yo diría que es el pueblo más pequeño del recorrido; al pasar por él estaremos rodeando una ladera del pico Ocejón, que es uno de los puntos más conocidos de esta zona. Sin embargo y aunque está incluido en la lista de pueblos de la arquitectura negra, creo que lo más destacado de Palancares, sin duda, más que sus casas y sus edificios, son los bosques que lo rodean. De hecho es curioso porque más que un pueblo construido en mitad de un bosque, la sensación que nos da al pasar por allí es más bien la de que ha sido el bosque el que se ha ido metiendo en el pueblo. Si seguimos avanzando nos encontramos Almiruete, situado en la falda del monte Cabeza de Almiruete; lo primero que veremos casi con total seguridad será su iglesia parroquial, del siglo XII. Como curiosidades, en la plaza hay una fuente que se construyó a finales del siglo XVIII en honor a Carlos IV; y aunque parezca increíble tenemos un museo en este pueblo tan pequeñito; se trata del museo de botargas y mascaritas, que no he tenido ocasión de ver pero que menciono porque me resulta interesante: lo han dedicado al Carnaval del pueblo, en el que los botargas son los chicos y las mascaritas las chicas.

Ciudad encantada
Al llegar a Tamajón desde Valverde de los Arroyos habremos terminado nuestro recorrido por uno de los brazos de la ruta. En Tamajón, entre otras cosas, podemos visitar su monasterio cisterciense del siglo XIII, la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción, y un antiguo palacio de estilo plateresco que hoy alberga el ayuntamiento. A las afueras del pueblo están la antigua fábrica de vidrio, que por desgracia en la actualidad se encuentra en ruinas; la ermita de Nuestra Señora de los Enebrales, junto a un bosque precisamente de enebros; y la ciudad encantada, una zona muy curiosa en la que la erosión ha ido creando diferentes formas e incluso cuevas en las rocas. Muy cerca de Tamajón, tras pasar la ermita de los Enebrales, hay una carretera que nos lleva a un pueblo que no está en la lista oficial, pero que de todos ellos es mi favorito. Se trata de La Vereda, que supongo que lo visita menos gente porque la carretera que lleva hasta él no es que sea muy buena; de hecho está sin asfaltar, y la última vez que fuimos yo juraría que tanto mi padre como mi hermano no se fiaban de mi memoria y pensaban que me había equivocado de camino, cuando veían que pasaban los minutos y esa carretera no se acababa. Y esto fue en otoño; en invierno, a no ser que vayas en todoterreno, es bastante posible que no consigas ni llegar.

La Vereda
Desde la primera vez que lo visité hasta esta última, La Vereda ha cambiado bastante, porque estuvo durante mucho tiempo despoblado y de un tiempo a esta parte lo están rehabilitando. El único requisito reconstruir las casas utilizando los materiales típicos de la zona que, por supuesto, son la piedra y la pizarra; el objetivo es que todas tengan el mismo aspecto. Personalmente, a mí este pueblo es el que más me gusta no sólo por su arquitectura, sino principalmente por su entorno; si vas paseando por él pueblo, acabas llegando a una zona en la que tienes frente a ti las montañas y a tus pies un acantilado. Y allí se respira una tranquilidad que no he visto en otros. Desde aquí otra opción es continuar por la carretera hasta llegar a Matallana, y después retroceder de nuevo hasta Tamajón porque allí el camino se acaba y no podemos continuar.

El Espinar
Una vez que hayamos llegado a Tamajón, podremos hacer el lado opuesto de la ruta; así pasaremos en primer lugar por Campillejo, una aldea de varias casas rurales con muy buena pinta. Es muy curioso porque la mayoría de sus calles son en realidad callejones sin salida, a los que sólo tienen acceso las personas que viven en la casa correspondiente. En cualquier caso, por él pasaremos sí o sí, porque está pegado a la carretera así que lo atravesaremos en algún momento de la ruta. Otro pueblo también muy pequeñito es El Espinar, que está en un sitio muy chulo, rodeado de huertos y hasta con un lavadero de piedra que todavía se conserva. En sus cercanías se encuentra el cerro del Jaralón, al que merece la pena dedicarle una pequeña excursión si tenemos tiempo. Más adelante volveremos a pasar por el pico Ocejón, cuando lleguemos a Roblelacasa; las viviendas de este pueblo están incluidas entre los mejores ejemplos de la arquitectura negra; sin embargo, de su iglesia sólo quedan restos. Es llamativo además que en un pueblo tan pequeño haya nada menos que cuatro tiendas en las que podemos comprar productos artesanos. Si nos apetece además darnos una vuelta por las afueras, podemos ir hasta la cascada del Aljibe, una ruta muy facilita de hacer y en cuyo final veremos unos saltos de agua espectaculares.

Campillo de Ranas
En Campillo de Ranas también se encuentran otros de los mejores ejemplos de la arquitectura negra. Casi todas sus casas tienen la misma estructura: un zaguán, la planta baja que se utiliza como vivienda, un corral y el piso superior, que se suele usar como pajar; algunas de ellas han sido rehabilitadas como casas rurales, y yo diría que de todos los pueblos del recorrido, este es el que más alojamientos tiene. En la plaza de Santa María Magdalena podemos ver la iglesia parroquial consagrada a esta virgen y de las iglesias más bonitas de todo el recorrido; destaca principalmente su torre, que es bastante alta y mezcla piedras de distintos colores. Al lado de la plaza y de la iglesia hay un curioso reloj solar, y aquí también tenemos un museo de maquetas de lo más interesante. Si nos apetece ir a las afueras, podemos subir hasta el mirador de la fuente de las ranas, desde el que hay unas vistas preciosas.

Por último, ya sólo nos quedarán un par de pueblos más para dar por finalizada la ruta. El primero de ellos es El Cardoso de la Sierra, en el que destaca su iglesia de Santiago Apóstol, del siglo XI, y la ermita de San Roque, bastante más moderna, del XIX. La fuente de la plaza fue reconstruida hace algunos años; también se encuentra aquí la fuente de la Malilla, la más antigua de la zona, y un molino construido con piedras del mismo lugar, que está situado junto al río. Y en último lugar llegamos a Majaelrayo, donde podemos visitar su iglesia parroquial, consagrada a San Juan Bautista, y por supuesto recorrer sus calles y ver sus casas, que también son uno de los mejores ejemplos de arquitectura negra. A las afueras del pueblo podemos ir al arroyo de la Matilla o al pico Campachuelo, desde donde hay unas vistas muy chulas del pico del Ocejón.


Majaelrayo
Si la zona os pilla cerca y no la conocéis aún, yo ni lo dudaría y me animaría a hacer esta ruta aunque fuera para dedicarle un solo día. Ya puestos, lo divertido es quedarse por allí un fin de semana, porque además desde que la zona se puso de moda han proliferado las casas rurales y seguro que en cualquiera de los pueblos del recorrido encontráis alguna; las hay chulísimas además. La ruta de la arquitectura negra parece un trayecto muy largo, sobre todo porque pasaremos por un montón de pueblos (incluyendo algunos a los que nos podremos desviar aunque no estén en la lista "oficial"; pero sumando todas las distancias entre unos pueblos y otros, el total de kilómetros no llega a los 100 así que desde luego el número de kilómetros no es excusa.

8 de mayo de 2017

¡Mi reino por unos tacones!

No recuerdo qué quería ser de mayor en mi infancia, pero sí sé lo que me habría gustado ser: más alta. Y será por eso que, desde mi más tierna adolescencia, me calcé unos tacones y pocas veces me he bajado de ellos. Pero no por coquetería , sino por pura necesidad...

Les comento.

Estoy mal hecha, soy un producto tremendamente defectuoso. Tengo la cabeza grande, el cuello corto, me sobresale de forma extraña el esternón en el escote, no tengo cintura definida, tengo un culo enorme y unas piernas cortas y regordetas, sobre todo de la rodilla al tobillo. Por supuesto, no tengo unos finos y delicados tobillos, eso que es un dato tan femenino en una mujer: tengo tobillos. Punto. Y mis pies han ido creciendo (inexplicablemente), pues he pasado de usar un 36 a mi actual 39. También mi nariz ha ido creciendo con el tiempo. Es decir, soy un pequeño monstruo andante. Y para colmo, soy un tapón. Y por si eso no fuese suficiente, estoy absolutamente reñida con la fotogenia desde la tierna edad de 8 años. Hasta esa edad yo era una niña bastante normal e incluso guapita, pero fue cumplir 8 años y se jodió el invento.

En lo relativo a la vestimenta no tengo reparo en confesar que soy una hortera total. Mis combinaciones de colores, tejidos y complementos son únicas e inigualables. Si ustedes pudieran ver fotos de mi adolescencia se pasarían un buen rato descojonados de la risa, a la par que sentirían mucha pena por ese ser extraño que sale en las fotos; no podrán ustedes verlas porque han sido convenientemente destruidas... Tampoco ahora soy un ejemplo de elegancia pero soy algo más discreta aunque, inevitablemente, de vez en cuando me sale el ramalazo hortera y vuelvo a mis mezclas imposibles. Y tan contenta, oiga, y visto lo visto de lo que sale en algunas de las más prestigiosas pasarelas de moda, podría decirse que he sido una visionaria.

Pero no les voy a engañar a ustedes, soy una hortera y lo cierto es que me encanta serlo. Aunque muchas blogueras de "supuestas tendencias" me están empezando a coger demasiada ventaja y empiezo a preocuparme. Pero aun siendo un pequeño horror con patas (y tacones) me ha ido bastante bien en la vida. Por ejemplo, y por centrarnos en el capitulo sentimental, pocos hombres me han gustado de verdad en la vida, pero puedo decir y digo, con orgullo y satisfacción, que conseguí rendirlos a mis regordetas piernas y mis toscos tobillos. Y es que está claro que he nacido con el gen del mal gusto para vestir, pero los hombres de mi vida siempre han sido guapos tirando a muy guapos. Y el caso es que ese detalle ha llegado a ser un inconveniente ya que, ignoro la razón, los hombres de mi vida han sido muy guapos pero poco conversadores. Y de ahí sera que, siendo como era casi muda de pequeña, al mismo tiempo que me subí a los tacones comencé a hablar sin parar y esa faceta tampoco me ha favorecido demasiado.

Se acusa a las mujeres guapas de ser vanas y superficiales, más preocupadas de su maquillaje y peinado que de entablar una buena conversación. Y si bien no tiene que ser cierto ni equivalente, desde mi personal experiencia puedo decir que ser espectadora de las cuitas y preparativos de un hombre para decidir qué se pone para salir a cenar es algo realmente interesante. Esa escena recurrente de las películas de un hombre aburrido y hastiado esperando a que su pareja femenina acabe de decidirse y arreglarse la he sentido yo en mis carnes, pero si para un hombre puede resultar tedioso, para una mujer es tan entretenido como desconcertante. Porque el vestuario femenino sí puede admitir múltiples combinaciones: vestidos, blusas con falda, blusas con pantalones, camisetas con pantalones, amén de complementos adecuados: pendientes, collares, cinturón, y capítulo aparte los zapatos, por supuesto. Y no hablemos de tema peinado.

Es decir, puede ser menos culpable el tiempo que se invierte porque hay más campo donde elegir y decidir y más trabajo de chapa y pintura, y eso lleva su tiempo. Yo, la verdad, no tengo esos problemas. El ser una hortera reconocida facilita mucho las cosas ya que, salvo ocasiones especiales y trascendentes, pillo lo primero del armario que no esté demasiado arrugado, los inevitables tacones y ya estoy divina. Se me olvidaba comentarles que soy miope y no es la primera vez que me pongo la ropa al revés o los zapatos desparejados. Del mismo color pero diferente par. Y ni me he enterado hasta volver a casa. Antes era un error, ahora se llama "tendencia".

Pero en un hombre el vestuario es sota, caballo y rey: pantalones, camisa o camiseta, chaqueta o blazer. Y, de momento, no tienen que dedicar tiempo a maquillaje, rímmel y/o alisado de melena. Por eso, cuando mi pareja tardaba (mucho) más tiempo en acicalarse que yo misma pues se me ocurría decir:

- ¿Para qué te arreglas tanto, si cuando volvamos a casa te lo voy a quitar todo a bocaos?
- Niña, con lo dulce que pareces y resulta que eres un camionero.

Es que se me olvidaba mencionar que tengo voz fina y aguda, lo que se denomina vulgarmente "voz de pito", cosa que los hombres, ¡ a saber por qué!, identifican con "dulzura de carácter" en una mujer. Nada más lejos de la realidad. O al menos en mi caso, que soy tan "dulce" como una alambrada de espinos. En mi defensa puedo decir que soy bastante divertida. Y sí, hablo mucho. Los discursos de siete horas que daba Fidel Castro en sus buenos tiempos no es nada comparado con mi verborrea habitual. Y hablo de todo, no hay tema donde no meta baza, con razón o sin ella. Al fin y al cabo, ¿qué nos distingue a los humanos de resto de los animales? Pues la facultad de hablar y reír. Y por eso será que la gente no se fija demasiado en si llevo los zapatos desparejados, debe de ser que aturdo a la gente con mi interminable conversación y exuberante personalidad.

El caso es que sí, me habría gustado ser más alta. ¡Benditos tacones!, no arreglan gran cosa pero disimulan bastante el ser paticorta. Por tanto, en estos tiempos en que todo el mundo se queja por recortes de medicamentos, no hagan ni caso a tanto quejica. Los tacones son mi medicina imprescindible y fundamental y ya saben ustedes a cómo está el precio de los zapatos ¡y sin receta médica ni subvenciones!

Toda una vida gastando una fortuna en zapatos de altos tacones, esa soy yo.

27 de febrero de 2017

Nostalgia, again...

Imagen: IMDB.
En serio lo digo, que el hecho de ir al cine cada vez me está resultando más deprimente y no por lo eso de lo que todo el mundo se queja, que es el precio, y sí porque tengo la impresión de que las supuestas "novedades cinematográficas" son una auténtica estafa.
Esta película en concreto, si bien no se puede negar que está bien hecha pero se queda en mediocre, es totalmente incomprensible que tenga el éxito que está teniendo; y eso va a ser porque el respetable público o no tiene memoria o con tanto emoticono del "wassap" se nos ha reblandecido el cerebro y ya nos vale cualquier cosa.

No sé si ustedes se han fijado, pero los "éxitos" de cartelera de estos últimos años parecen sacados de cualquier década de atrás y muy atrás, y va a ser, quizás, porque el ser humano del siglo XXI, por una parte, está de lo más contento y satisfecho con sus smartphones de última generación y todo tipo de cacharritos de entretenimiento multidigital pero, por otra, ya está muy acojonado con tanto avance tecnológico y busca urgente refugio mental en series y películas que ya tenía algo olvidadas y, además, catalogadas como antiguas y hasta anticuadas. Y, sin embargo y por eso mismo, esta película que hace 20 años causaría risa y mofa y se iría de cabeza a la parrilla de la sobremesa televisiva sin ni siquiera pasar por las pantallas de cine, ahora es engrandecida y loada como si fuera lo nunca visto. Y hagan sus apuestas, señores y señoras, pero la mía es que ya no dentro de 20 años: ni siquiera el año que viene, casi nadie recordará esta película como una de sus favoritas. Y si me apuran, ni la recordará.

Pero, claro, esta es mi personal opinión.

Nos dicen, nos cuentan, que el argumento va de los sueños y de cómo lograrlos y, sin duda, de eso hay pero no en la trama de la película; más bien lo que aquí se cumple, en abundancia y con no pocos y efectistas recursos técnicos, son los sueños del director, un aún muy joven Damien Chazelle que, sin duda, se pasó su infancia y adolescencia viendo películas de Fred Astaire y Ginger Rogers, que adora al gran tipo que era Gene Kelly y que en algún momento se enamoró de la gran Rita Moreno. Y que también debe de ser un gran admirador de la faceta musical de Woody Allen. Y que no sabe o no le interesa saber que Casablanca fue un tormento de rodaje donde nadie sabía cuáles iban a ser sus frases hasta poco menos de media hora antes de rodar las escenas, porque nadie sabía cómo acabar ya "la maldita película". Y que tampoco sabe que Esplendor en la hierba es imposible de copiar sin caer en el más terrible de los ridículos.

Con todo ello y, sin duda, debido a esos sus recuerdos de una niñez cinéfila, Damien se ha montado esta historia-refrito de muchas cosas y cositas que a todos nos suenan, y será por eso que ha sabido llegar al corazoncito nostálgico del gran público al que, de una manera u otra, quizás le afecte la ilusión placentera de salir más joven del cine recordando aquellas antiguas películas de canciones y bailes sincopados sin que la trama importara demasiado, o el mero optimismo que da esto de ver bailar y cantar a un montón de gente y, cómo no, lo de las alegrías y sinsabores de una parejita ilusionada con sus cosas de parejita ilusionada. Eso lo tiene, sin duda, y lo que es aún mejor, ha conquistado los despachos de los jefes del negocio este del cine que, al fin y al cabo, es lo que importa en este negocio. Como en todos. Porque, no lo olvidemos, el cine es un negocio. Y en este caso, Damien sí parece que tenía muy claro lo que quería hacer, que era, sobre todo, un bonito e ilusorio espectáculo visual y, en esa faceta, lo ha conseguido; pero el resto es más que dudoso.

Sí, vivimos en la época en la que es más importante parecer que ser: posar, parecer, contar algo en imágenes tan agradables antes de que nadie se dé cuenta que todo es falso, solo fachada y, como producto de esta su época, esta película parece buena pero no lo es. En absoluto. Aquí el problema ya es que ni Ryan Gosling ni Emma Stone, siendo ambos buenos y solventes actores, no son, ni mucho menos, cantantes ni bailarines. Y ni se les ha dicho ni exigido que se esforzaran demasiado, y se nota, vaya si se nota. Y al presentar "un musical" con protagonistas que no cantan ni bailan lo suficiente para hacer meritorio eso de "un musical", va a ser que ya no vamos bien.

Entonces te dicen que no, que en realidad no es un "musical" al uso sino más bien una película con música y bailes. Pues me da igual, qué más dará arroz con guisantes que guisantes con arroz; esto no será un "musical" al uso pero es un musical que resulta que no lo es. Por lo tanto, ¿qué es? Pues una película falsa, no es nada, solo una historia romanticona como miles de otras que ya hay cada tarde de sábado en la televisión, a la que se le han metido bailes y canciones para disimular que es decepcionantemente mediocre.

No hay que ser un erudito del cine para ver, aquí y allá, "reflejos" (o ligeros espejismos) de escenas de clásicos musicales pero a un nivel mucho más amateur, como si se vendiera (y me temo que de eso se trata) como un pequeño "homenaje" a esas películas clásicas que SÍ emocionaron a generaciones de espectadores (y aún lo hacen, lo bueno es eterno); pero que no son más eso, pequeños guiños para hacerse, sin mucho esfuerzo, con esa nostalgia del espectador y metérselo en el bolsillo antes de que se dé cuenta de que es una (muy) mala copia de otras grandes escenas... Sí, señoras y señores, estamos ya tan acostumbrados a comprar en los mercadillos copias infames de las grandes marcas y a ir por la calle tan contentos con bolsos y gafas de Catalina Herrena, Chanpel y Pior como si fueran los originales, que cualquier cosa que suene o aparente similitud con algo bueno, aunque sea una copia infame, nos parece no solo aceptable sino admirable.

La sorpresa que servidora se llevó cuando esta mediocre copia-refrito de alguno de los clásicos títulos del cine arrasó en los Globos de Oro fue la misma que siento cuando la gente compra bolsos de mercadillo de marcas falsas por un mero sentimiento narcisista de "porque yo lo valgo y me da igual que sea falso": un profundo estupor con un no poco disimulado malestar. Sí, de eso va esta peliculilla, del "porque yo lo valgo", de la complacencia narcisista de esta época que nos acompaña, de los selfies y los multilikes en Instagram, de la mera autosatisfacción por encima de todo, de ser finalista de un reality show como meta sublime, de la fama del yo lo valgo, ahora y para siempre, y si el resto del mundo está equivocado o no entiende nada es porque son ignorantes y, porque yo lo valgo, te lo hago saber. O ambas cosas y todo a la vez.

Por tanto, no es la historia de la ambición por el propio talento, que eso siempre es de admirar, sino la ambición de y por la propia vanidad. Y vanidad y talento pueden ser coincidentes o no, pero la sola obsesión por la propia vanidad sin talento suficiente va a ser que no, no es lo mismo.

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