20 de septiembre de 2013

Cuadernos itálicos (IV): Roma, día 3

Jueves, 19 de agosto de 2010. Este día tenemos previsto visitar en primer lugar las termas de Caracalla, pero nos vamos un poco antes de tiempo para poder pasar primero por el circo Massimo, que habíamos visto únicamente de lejos el día anterior cuando visitamos el foro. Hasta que no estamos justo al lado, no nos damos cuenta del verdadero tamaño que tiene; en tiempos, cabían allí hasta 200.000 personas, aunque ahora es tan sólo una pradera que muchos utilizan para pasear.

Las termas de Caracalla son, sencillamente, impresionantes. Es una barbaridad lo exagerados que podían llegar a ser los romanos para construir cosas; de hecho, estas termas ocupan nada menos que 10 hectáreas, y se cree que cada día acudían a sus tiendas, jardines y bibliotecas unas 1.600 personas. Además del tamaño enorme de las construcciones que se pueden ver aún, me llama mucho la atención lo bien conservados que están la mayoría de los mosaicos, a cuál más bonito.

Desde las termas cogemos un autobús que paraba en las cercanías de la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, donde está la famosa boca della Veritá. Aquello parece una romería, con un montón de gente haciendo cola para hacerse la famosa foto metiendo la mano en la boca de la escultura. Hay un cartel que dice "offerta 0'50" y yo no veo la oferta por ninguna parte; hasta que me doy cuenta de que haces la cola para esperar tu turno y, al llegar a la escultura, el señor que está allí te coge la cámara y te hace él mismo la foto. Y "offerta" significa "donativo"... La iglesia por dentro es muy pequeña y bastante sencilla, nada que ver con la espectacularidad de la mayoría que pudimos ver, pero me gustó bastante. Enfrente de la iglesia están el tempio di Ercole Vincitore y el tempio di Vesta.

Desde aquí volvemos a pasar por el foro de Augusto y el foro de Trajano, dejando a nuestra izquierda el teatro Marcelo para llegar hasta la piazza del Campidoglio, junto a la cual está la escalinata que conduce a los museos capitolinos, fundados allá por el año 1471. En estos museos se exhiben algunos de los mayores tesoros de la Roma antigua; tenemos entre otras cosas a la loba capitolina dando de mamar a Rómulo y Remo, la famosa escultura del spinario y (me moría de ganas por verla) una copia romana de la estatua original griega llamada galata moriente (el galo moribundo).

En la pinacoteca estamos un rato observando (yo con cara de envidia) a dos restauradores afanados con un cuadro de Caravaggio, la buenaventura. Esto no lo tenemos previsto, pero después de la visita al museo nos da un arrebato y decidimos quedamos a comer allí. Desde el restaurante, que está en la última planta y tiene una terraza enorme, hay unas vistas preciosas de toda la ciudad. Después pasamos fugazmente por la iglesia del Gesú y llegamos a una placita pequeña en la que hay un obelisco sostenido por la figura de un elefante, el famoso elefantino de Bernini. Justo al lado de esta plaza se encuentra el panteón.

Este edificio es uno de los que más me impacta, además de que era otra cosa que me apetecía muchísimo ver. Es el edificio de la Roma antigua mejor conservado, y lleva en pie casi 2.000 años. En su interior se encuentran las tumbas de los reyes Víctor Manuel II y de Humberto I, además de la del pintor Rafael. Desde fuera no te das cuenta del tamaño real que tiene el panteón; una vez que estás dentro no puedes quitar la vista de la espectacular bóveda, una semiesfera perfecta por la que entra la luz a través de un ojo abierto al cielo. Para variar, las indicaciones de guardar silencio por ser un recinto sagrado no las cumple ni el tato; eso sí, a un señor no le dejan entrar con su perro, que el pobre va de lo más tranquilito... Seguimos caminando hasta llegar a la iglesia de San Luigi dei Francesi, aunque nos quedamos con un palmo de narices porque han cambiado el horario y los jueves cierran a las 12 del mediodía y ya no vuelven a abrir hasta el día siguiente. Así que me quedo con las ganas de ver algunos de los cuadros de Caravaggio que se exponen aquí. Muy cerca está la iglesia de San Agostino, que también alberga varios lienzos de este pintor.

Después nos acercamos hasta la piazza Navona, famosa por su fuente de los cuatro ríos de Bernini y por ser otro lugar de lo más concurrido en la ciudad. Esta plaza está llena de palacios barrocos y bares, además de tener otras dos fuentes no tan famosas como la de los cuatro ríos. Prácticamente al lado está el campo dei Fiori, la plaza presidida por una estatua de Giordano Bruno (que por cierto, casi da miedo y todo) y en la que por las mañanas hay un mercado; es ya por la tarde, así que no tenemos ocasión de verlo... Dejamos a nuestras espaldas el campo dei Fiori y llegamos a la piazza Farnese; de allí cruzamos uno de los puentes bajo los que pasa el río Tíber, y acabamos dando un paseo por el Trastévere. Todo el mundo nos había recomendado ir a este barrio por la noche, porque por lo visto no es tan turístico como el resto de zonas y por la noche está muy animado; pero al final lo vemos únicamente por la tarde.

2 comentarios:

  1. Me gusta el articulo, deseo añadir que tuve la suerte de vet la figura de la leona original dando de mamar en marmul y no esta en ningún museo...slguen puede indicar me quien le puede interesar adquirirla.

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    1. Pues yo ni idea, no te puedo ayudar...

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