1 de diciembre de 2017

En ocasiones veo a Bill Gates...

Sabiendo, como sé, que Bill Gates está vivo y (creo y espero) goza de buena salud, tengo que contarles este extraño suceso paranormal que en ocasiones se produce y es que el espíritu de Bill Gates se sienta a mi derecha, cómoda y serenamente a mi lado, hasta el punto de reclamar compartir manta-de-ver-la-tele cuando estoy en la comodidad e intimidad del sofá negro de mi hogar; o a mi izquierda, levemente apoyado en la mesa, en la menos intimidad del despacho en mis quehaceres profesionales.

No, no es por nada político; es solo una mera cuestión de la lógica espacio-tiempo de la situación de las cosas-muebles en este mi particular espacio del universo. Bill no hace ni dice nada, es todo un caballero y solo se acomoda y me mira con su perenne sonrisa. Y, en ocasiones, con unas mal disimuladas carcajadas. Y si bien no lo veo claramente, sí noto su presencia, su respiración pausada y el aliento fresco de su chicle de sabor a gominola y, sobre todo, esas sus no siempre contenidas ganas de carcajearse de mí. No hace mucho tuvimos uno de nuestros habituales encuentros cuando, aquí servidora, había recibido el encargo de un trabajo con un montón de cositas interesantes a las que me dedico. Un documento de unas 46 páginas lleno de estupendas ideas, fotos variadas, numeritos, dibujitos y un detallado presupuesto económico de cómo hacer la vida más feliz y agradable a un grupito de personas, de esos momentos en que una se siente como un hada madrina que, con sus dulces deditos que recorren el teclado del ordenador, elabora un mundo mágico de luz e ilusión. Vamos, un panfleto publicitario de los de toda la vida para que la gente se gaste el dinero en lo que una hace y que me quedan divinos, se me dan de miedo y aunque luego siempre viene la parte triste de "esto me lo quitas que es muy caro", "esto se lo puedo encargar a mi cuñao que sabe de mecánica" y "me dice mi madre que sobran flores y falta comida", lo que es el proceso creativo, no se lo voy a negar, es muy entretenido.

Luego llega la cruda realidad económica y te lo jode todo, pero ¿y lo bien que me lo he pasado? Y yo, siempre positiva, nunca negativa, y que si no gusta el proyecto lo cambio ―vaya, que tampoco es problema porque el caso es que en algo piquen y me paguen, que una es optimista y vitalista pero tiene la tonta manía de comer cada día y el mal vicio de fumar y todo cuesta una pasta―. Pues me estaba quedando de fábula el proyecto, de esos que te dices cómo molo y que hasta te das besos en la cara tú misma. Y acabado de editar y con todo en su sitio, todo estupendo y maravilloso, solo quedaba el tonto trámite de imprimir y encuadernar. Y, más satisfecha de mí misma que una mona en celo, le di al botoncito de imprimir con toda la solemnidad que precisa ese momento del "deber cumplido". ... Y no pasó nada... En las épocas de mi bisoñez ante un ordenador, esto habría sido un momento de intenso pánico, gritos y sudores fríos incluidos. Siempre se tiene miedo atroz a lo desconocido y que el ordenador no responda a tu razonable a la par humilde petición de imprimir un documento que te ha llevado tu buen tiempo elaborar y que, además de no hacerlo, sea incluso capaz de eliminarlo en menos de lo que dura un pestañeo, es algo por lo que ya he pasado y es realmente aterrador.

Bien, con el paso de los años sigo sin entender gran cosa de cómo funcionan estas malditas máquinas con teclas y pantalla pero, aun sin haber salido de esa ignorancia, ya les he perdido todo miedo y respeto y soy absolutamente dictatorial con los ordenadores: ni el más cruel de los esclavistas de toda la historia ha sido tan sucio, rastrero y falto de moral como yo cuando me enfrento a un ordenador que no responde a mis órdenes. Como ustedes saben, esa actitud de desprecio y crueldad no es más que una forma de tapar la propia ignorancia respecto a cualquier cosa, y nos pasa a todos los dictadores más o menos clandestinos del mundo, que lo que no entiendes lo ignoras o lo destruyes porque no está una para perder el tiempo con tonterías en su triunfal camino profesional. Pero claro, aquí falla un componente clave de la historia entre amo y esclavo, y es que el ordenador pasa de ti como de la mierda y ni se inmuta. Y como no merece la pena ser un cruel dictador ante un esclavo que te ignora y cuya respuesta es la total indiferencia ante tu autoridad, una vuelve de muy mala gana al raciocinio y busca desesperadamente la neurona científico-mecánica con la que pueda solucionar el problema y desfacer el entuerto.

Imagen: Quora.com
Y entonces, cual inspector del CSI, toca que hay que investigar minuciosamente todo ese montón de teclas y cables buscando la causa de este misterio: mi trabajo, mi estupendo trabajo, está aquí dentro, en esta máquina infernal. Eso es un hecho probado; y lo sé porque me he tirado unas cuantas horas y me lo sé casi de memoria, pero malditas las ganas que tengo de volver a hacerlo. Por tanto, ante todo mucha calma e investiguemos. No hace falta ni que les diga que es justo en ese momento, en que le doy a imprimir y no imprime, cuando Bill Gates se acomoda con parsimonia a mi lado y, sonriente, me contempla en todo ese proceso de enfurecerme, volver a la calma, enfurecerme de nuevo por ya dar por perdido el trabajo, y de nuevo volver al optimismo de que, de alguna manera, seré capaz de rescatar mi trabajo de las pérfidas fauces del ordenador.

Y bien, en el proceso en que le das a todo y lo pruebas todo y lo único que pasa es que tu trabajo aparece en pantalla pero escrito en caracteres extraterrestres, y las fotos descolocadas y/o desaparecidas y te quieres morir o matar a alguien (lo que más rápido sea), Bill Gates y su aliento de chicle de gominola están ahí, a mi lado. Y, aunque no apetezca nada eso de tener testigos de la propia y supina ignorancia referente al glorioso y maldito invento de esto de internet y los ordenadores, debo decir y digo que si bien es muy incómodo ser observada por el creador de este sofisticado sistema de tortura humana, a la vez y a la par me ayuda bastante a controlar mis ganas de tirar el ordenador por la ventana. Sí, el tener a Bill a mi lado me reconforta. Porque pienso en todas las sucias trampas que, a lo largo de su carrera, hizo para llegar a ser multimillonario con lo que empezó siendo un mero hobby, en cómo pisoteó sin piedad ni compasión a la competencia mientras le dejaron y en que, cuando lo pillaron, fue obligado a dividir su empresa-imperio y perder gran parte de su inmensa fortuna en indemnizaciones; y, a pesar de, o gracias a todo eso, pues ahí está, tan sonriente y tranquilo con su camisita azul, mascando chicle y diciéndome sin decir nada, pero lo oigo perfectamente:

―No te preocupes, chica , yo también soy un puto friki de los ordenadores que jura en arameo cuando le joden su trabajo.

Y vale que el hombre, a pesar de los "reveses" de la vida, sigue manteniéndose en el glorioso podium de los multimillonarios del mundo y el cuarto de baño de su casa seguro que es más grande que el parque municipal de mi ciudad, mientras que yo soy una friki miserable que bastante suerte tiene con llevar las facturas al día. Pero como entre frikis nos entendemos y no nos envidiamos porque las casas grandes no me gustan, pues la que podría ser molesta presencia de Bill y su sonrisita, por esas cosas de confiar en la bondad de los desconocidos y los sucesos paranormales, hace el efecto de serenarme. Y, entonces, llega ese sublime momento en que, tras probar todo lo probable y lo improbable y ver que el trabajo sigue sin imprimirse, y quién sabe si ya en grave riesgo de desaparecer o desaparecido para siempre, es cuando te pones, brazos en jarras y frente al ordenador, cual vaquero del far west ante su dudoso destino, y dices con toda sinceridad:

―Mi trabajo está ahí dentro y no tengo ni puta idea de cómo sacarlo.

Y recuerdas una tontería de tecla-función a la que aún no le has dado, buscas, abres, das al ratón, cierras los ojos y te encomiendas a Bill Gates y su puta madre (frase hecha y siempre dicha desde el cariño a las sufridas madres de los frikis del mundo, incluida la mía y yo misma), y... funciona. Sí, al final siempre funciona. Y se imprime el trabajo de los cohones que, de estar tan satisfecha, ahora ya has pasado a cogerle un asco que te mueres y ni lo miras ni lo repasas ni hostias en vinagre, que se quede como está y punto y que nadie me pida que mueva ni una coma, que se lo tiro a la cara... Y lo mismo que científico loco que ha conjurado la destrucción masiva del mundo conocido desde el anonimato de su laboratorio clandestino, y que nadie nunca lo sabrá ni falta que hace, respiro hondo y, con calma, estiro mi mano al paquete de cigarrillos, cojo uno y con deliberada parsimonia lo enciendo... Y esa primera calada a ese vicio mortal me hace saborear la misma sensación que, tras la habitual jornada de luchar contra las fuerzas del mal, tiene que sentir Batman encaramado en los tejados de Gotham al saber que la ciudad está a salvo...

Y Bill Gates desaparece en esa primera bocanada de humo y parece que nunca estuvo. Pero él y yo sabemos que sí.

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