20 de agosto de 2015

Cuadernos itálicos (VII): Florencia, día 2

Exterior de la catedral.
Domingo, 22 de agosto de 2010. Aprovechando que nuestro hotel está de lo más céntrico, después de desayunar vamos en primer lugar a lo que tenemos más cerca: la catedral, aunque como es todavía temprano, damos una vuelta para verla de momento solo por fuera. Lo que más destaca de su exterior es, por supuesto, su gran cúpula de tejas de color rojo, que se ve desde prácticamente cualquier punto de la ciudad; inmediatamente después no puedes evitar fijarte en su perímetro, todo él de mármol de colores rosa, blanco y verde. La única pena es que hay unos cuantos andamios por allí y, además, me da la sensación de que no le vendría mal un buen fregado por fuera. Junto a la catedral se encuentran también el baptisterio de Ghiberti y Brunelleschi, uno de los edificios más antiguos de Florencia, que suele estar cerrado al público aunque la gente se agolpa en sus puertas precisamente para ver sus famosas escenas bíblicas; y por otro lado tenemos el campanile de Giotto, con sus nada menos que 82 metros de alto.

Palazzo Vecchio.
Desde aquí vamos callejeando y, después de pasar por la iglesia di Orsanmichele, llegamos hasta el mismo centro de la ciudad: la piazza della Signoria, que está siempre de lo más animada, da igual a qué hora del día pases por ella. En esta plaza se encuentran la fontana di Nettuno y el palazzo Vecchio, que durante años fue propiedad de los Médici y que hoy día es la sede del gobierno florentino. Lo que más llama la atención en este edificio es la torre d'Arnolfo, que está inspirada en la del palazzo dei Priori de Volterra. Además, en la entrada del palacio hay una copia exacta de la escultura del David de Miguel Ángel, cuyo original se encuentra en la galería de la Academia.

Si dejamos la piazza della Signoria a nuestras espaldas y seguimos caminando en dirección al río, atravesaremos el edificio en forma de U del palazzo degli Uffizi, que alberga una de las galerías de arte más famosas del mundo. Pero de momento pasamos de largo y nos dirigimos hacia el ponte Vecchio, uno de los símbolos florentinos por excelencia, del que se dice que durante la Segunda Guerra Mundial fue el único que no se destruyó, por orden directa de Hitler. A estas horas tan tempranas es una gozada pasear por este puente, porque vamos prácticamente solos; después tenemos más ocasiones de pasar cerca, tanto a mediodía como por la tarde, y aquello tiene peor pinta que El Rastro madrileño en hora punta...

Palazzo Pitti.
Una vez cruzado el puente, seguimos caminando hasta llegar al palazzo Pitti, propiedad de la familia del mismo nombre y rival de los Médici. Por detrás del palacio está el giardino di Boboli, un lugar ideal para relajarse y pasear, aunque me pareció excesivo lo de que te cobren 10 euros para entrar. Para eso me voy a los jardines del palacio de Aranjuez, que aunque no tengan vistas de la catedral de Florencia, la verdad es que también son bastante chulos y además no te cobran por entrar. En cualquier caso, los de Boboli la verdad es que me gustan bastante; como además es temprano estamos prácticamente solos y podemos pasear a nuestras anchas, perdernos entre los árboles y por los numerosos caminos, y de paso hacer un montón de fotos casi sin gente, que eso siempre es todo un logro.

Vistas desde el giardino di Boboli.
Después de pasar un buen rato paseando por los jardines de Boboli, seguimos andando en dirección contraria al centro histórico y, dejando a nuestra derecha el ponte della Trinitá, otro de los que cruzan el río Arno, llegamos hasta la basilica di Santa Maria del Carmine, que data del siglo XIII y fue prácticamente destruida por un incendio en el XVIII. Afortunadamente, sí se salvaron los frescos de Masaccio que se conservan en la cappella Brancacci, a la que únicamente se puede entrar con visita guiada.

Desandando de nuevo nuestros pasos en dirección al centro histórico, esta vez sí cruzamos por el puente de la Trinitá y pasamos por el palazzo Frescobaldi, que data del siglo XVI y fue propiedad de la familia del mismo nombre; por la piazza Santa Trinitá y por el palazzo Strozzi, que en su día fue construido por esta familia, y a propósito de tamaño más grande que el de los Médici (parece que los Médici tenían muchos amigos...). Desde aquí llegamos hasta la piazza della Repubblica, uno de los puntos de encuentro favoritos de los habitantes de Florencia (vamos, como cuando hay gente que en Madrid queda en el kilómetro cero de la puerta del Sol).

Vistas desde el campanario de la catedral.
De nuevo volvemos a la catedral y decidimos subir al campanile. Para llegar hasta arriba hay nada menos que 414 escalones, y además las escaleras son un poco estrechas, y se baja y se sube por el mismo sitio. Al principio la subida se lleva más o menos bien, pero entre el agobio de gente y el calor, al poco rato yo empiezo a sudar como un pollo y a ir con la lengua fuera; vamos, que llega un momento en el que creo que no lo voy a conseguir... Me habían dicho que las vistas desde el campanario de la catedral eran más bonitas pero que la subida al campanile era más cómoda, así que si yo he pasado este mal rato no quiero ni saber cómo será subir al campanario... Eso sí, al llegar a lo alto del campanile hay unas vistas tan espectaculares que compensan el mal rato de la subida; ahora me falta saber cómo son las de la catedral.

Después de comer pasamos por la casa de Dante, que hoy día se ha convertido en un museo, y nos acercamos a la galería Ufizzi, donde tenemos reservadas las entradas para visitarla. Casi todo el mundo nos ha dicho que esta galería es uno de los sitios obligados en Florencia, así que aunque también nos han recomendado el museo Galileo de historia de la ciencia, como son muchas cosas para tan poco tiempo, nos quedamos con las ganas de este y nos decantamos por los Uffizi. Además, al pasar por allí por la mañana hemos visto un cartel en el que pone que en los Uffizi hay una exposición temporal titulada Caravaggio & Caravaggeschi a Firenze, así que ya voy yo toda emocionada pensando que me pondré las botas viendo cuadros de Caravaggio.

Ponte Vecchio.
La galería de los Uffizi tiene una colección amplísima, que abarca obras desde la escultura de la Grecia clásica hasta las pinturas venecianas del siglo XVIII; por lo tanto, lo mejor es elegir qué artistas o qué periodos queremos ver, porque si quieres verlo todo te puedes pasar allí una semana entera. De todas formas supongo que a esta galería tendré que volver, porque una de las cosas que más me apetecía ver era un cuadro de Boticelli, El nacimiento de Venus, pero no puede ser; una de las alas del edificio está cerrada por reformas y es precisamente en la zona en la que está este cuadro... Para rematar, la exposición de Caravaggio y los Caravaggistas nos gusta mucho y en ella están expuestos un montón de cuadros a cuál más espectacular; peeeeeeero de Caravaggio sólo han traído el escudo en el que está pintada la cabeza de la medusa. En fin, que entre la Venus de Boticelli y esto salgo de allí un poco decepcionada...

Tras la visita a los Uffizi, volvemos a la catedral para por fin verla también por dentro. La entrada es gratuita y, como siempre, debes llevar los hombros cubiertos y pantalones o faldas que lleguen por lo menos hasta las rodillas. A pesar de lo espectacular que es el edificio por fuera, su interior es bastante sencillo. Se puede subir a la cúpula si uno se anima con los 463 escalones que hay hasta allí, pero yo ya he tenido suficiente con los del campanile. De nuevo cruzamos el río, esta vez por el ponte alle Grazie, y seguimos las indicaciones que nos llevan hacia la piazzale Michelangelo. Para ello tenemos que atravesar una de las puertas de la antigua muralla de la ciudad, y después subir durante un buen rato por unas escaleras que a primera vista parecen peor de lo que luego son. Una vez que llegamos arriba del todo, ya en la piazzale Michelangelo, nos encontramos, además de unas vistas preciosas de la ciudad con el río, la torre del palazzo Vecchio y la catedral al fondo, un montón de gente, de chiringuitos y de coches aparcados. Y en medio de la plaza una estatua enorme, otra réplica del David de Miguel Ángel. Aquello parece una romería: multitud de gente de todas partes, coches de todas las matrículas habidas y por haber, chiringuitos, caricaturistas y hasta vendedores de bolsos de imitación de Carolina Herrera...

Vistas desde la piazzale Michelangelo.
Menos mal que ya nos habían avisado de que la mayoría de los turistas no pasa de aquí y que lo mejor estába por venir, subiendo aún un poco más desde la plaza. Siguiendo la carretera y atravesando una zona de árboles y césped, llegamos hasta el cementerio de Porte Sante; y junto a él una pequeña joya, la románica iglesia de San Miniato al Monte. Está dedicada a este santo, uno de los primeros mártires cristianos de Florencia, del cual se dice que voló hasta aquí después de muerto o, en otra versión, que subió por la colina hasta la iglesia con su cabeza bajo el brazo. La iglesia de San Miniato, que data del siglo XI, es muy pequeña y sencilla, aunque también famosa por su fachada típica toscana de mármol en varios colores (igual que la catedral). El interior está adornado por frescos de los siglos XIII al XV, y también diseños de mármol muy elaborados. Aquí tenemos la suerte de poder escuchar en directo los cánticos de los monjes, porque justo cuando entramos a la iglesia es ya a última hora de la tarde y están dando misa al fondo, en el piso inferior, donde se encuentra la cripta con los restos de San Miniato.

Al salir, nos quedamos un rato en el mirador que hay justo enfrente de la iglesia, desde donde se ve el cementerio que os decía antes, aparte de otras vistas también estupendas de toda la ciudad. Entre que empieza a atardecer, que se ve toda Florencia y que ahí mismo a tus pies tienes todas las lápidas, es una escena un poco gótica, pero la verdad es que me gusta bastante. A última hora volvemos de nuevo andando hasta el centro, un paseo muy agradable y que se agradece bastante porque ya a esas horas no hace el calor sofocante del resto del día.

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