Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas

22 de febrero de 2018

Hotel Escale Oceania, en Orleans

Imagen: Google maps
Como el viaje por Alemania ha sido una buena paliza de kilómetros, decidimos que al volver a España va a ser buena idea parar, en el camino de vuelta, dos noches por el camino en lugar de una sola como hemos hecho otras veces. Nos han dicho que Orleans es una ciudad muy chula, así que como hemos encontrado habitación para las fechas en las que volvemos a España, decidimos pasar una noche allí. Por el camino desde Maguncia nos caen todas las lluvias que no nos han llegado a caer en Alemania, así que se nos hace de noche y además no podemos ni ver los castillos que hay por esta ruta; normalmente se ven desde la carretera, pero esta vez no hay forma.

Por fin llegamos al hotel Escale Oceania, que está en Quai Saint Lauren 16; no se encuentra demasiado lejos del centro de la ciudad, pero sí lo bastante como poder considerar que aquello son las afueras. En cualquier caso nosotros lo que buscamos es un alojamiento en el que no tengamos problemas para aparcar, y este sitio es ideal porque dentro del propio hotel hay un aparcamiento para huéspedes, así que lo demás nos importa poco. Y a pesar de estar a las afueras, nos encontramos justo a orillas del río Loira, frente a uno de los puentes nuevos, con lo cual el entorno a priori nos gusta bastante, aunque hayamos llegado de noche.

El edificio no es demasiado grande, con tres pisos, el último de ellos abuhardillado; es totalmente cuadrado y en el centro tiene un patio, que es el espacio que hace las veces de aparcamiento. De todas formas, al llegar hemos visto que en la misma calle hay bastantes huecos donde poder dejar el coche; esto lo digo porque el precio del aparcamiento en el hotel es un poco raro: te cobran por día, pero sólo si tienes el coche aparcado allí entre las 9 de la mañana y las 5 de la tarde; el resto del tiempo, es gratuito. Al acceder al hotel nos encontramos en la entrada con un recepcionista que parece que no tiene demasiadas ganas de hablar en otra cosa que no sea francés; a mí esto me pone de los nervios, porque doy por hecho que en todos los hoteles del mundo y en los sitios turísticos los empleados hablan al menos inglés, pero no nos queda otra más que armarnos de paciencia. Y con algo de dificultad, porque estamos ya cansadísimos de tantos kilómetros en coche y lo que nos apetece es irnos a dormir cuanto antes, conseguimos entendernos...

Nuestra habitación es doble, bastante grande, con un armario empotrado en el que nos cabe absolutamente todo el equipaje, y un cuarto de baño completo también enorme. También tenemos un escritorio y un televisor que ni llegamos a utilizar. Y por último una cama de matrimonio en la que, no sé si por el cansancio o porque además es comodísima, dormimos de un tirón. Sinceramente, no me fijo mucho en los detalles, pero sí veo que en el lado izquierdo de la cama tenemos un ventanal enorme que da a la fachada principal del hotel; y aunque se trata de una calle bastante concurrida, no escuchamos ni un ruido en toda la noche. Y un detalle que me parece de lo más atento es que, encima de la cama, nos encontramos una notita en la que pone el nombre de la persona que nos ha preparado la habitación, deseándonos una feliz estancia.

A la mañana siguiente bajamos muy temprano a desayunar porque queremos dar una vuelta por Orleans antes de poner rumbo a nuestro siguiente destino. El restaurante está en la planta baja, detrás de la recepción; es bastante grande y el desayuno nos gusta mucho porque es muy variado, aunque una cosa que no me hace ninguna gracia es que haya moqueta en el suelo; en las habitaciones puede que tenga un pase, pero en un sitio donde lo más normal es que caigan restos de comida, no me parece muy higiénico.

En resumen, un hotel muy bonito y acogedor, que a mí personalmente me recordó a uno de esos castillos que hay por la zona (en pequeño, eso sí), una habitación que nos resulta amplia y cómoda, un desayuno bastante bueno y además a orillas del río, que le da su encanto. Lo único malo diría que es el precio, aunque ya íbamos advertidos porque nos han dicho que en Francia los hoteles suelen ser malos y caros; en este caso malo no fue, pero caro sí. Aunque, como siempre, es mejor investigar porque lo mismo encuentras una ganga.

3 de febrero de 2018

Ibis muy céntrico en Reims

Imagen: Google Maps.

Para nuestro primer viaje a Alemania, decidimos hacer una primera parada en Reims. Como viajamos en coche y sólo tenemos pensado parar en la ciudad unas pocas horas para dormir, hacer algo de turismo y poco más, prácticamente el único requisito que buscamos es que el hotel tenga aparcamiento; después de varias búsquedas este nos convence, en primer lugar porque nos va genial que esté tan céntrico, y en segundo lugar por el precio; aunque a día de hoy aún seguimos esperando la confirmación de reserva de plaza de aparcamiento por parte del personal del hotel, a quienes habíamos escrito por correo electrónico semanas antes del viaje para asegurarnos de que no habría problemas con el coche...

Este hotel se encuentra en el Boulevard Paul Doumer 21, en pleno centro de Reims. De hecho está tan céntrico que si salimos del edificio y lo rodeamos hacia nuestra derecha para tomar la calle Libergier, en pocos minutos acabaremos llegando a la catedral de Notre Dam. El edificio es grande, con cuatro pisos, y la calle en la que se encuentra es bastante concurrida. Una vez allí nos enteramos (a buenas horas) de que sí tienen aparcamiento para huéspedes, y que se paga por días; aunque vemos que en las calles de alrededor hay bastantes huecos y nos sale más barato el parquímetro que el hotel, así que por unas pocas horas decidimos que no merece la pena aparcar dentro del edificio.

Nuestra habitación es doble, casi rectangular y bastante grande; aunque nos damos cuenta de que es casi más grande el cuarto de baño que el resto de la habitación. Una pena, porque un baño tan grande les ha quedado medio vacío y se ve un poco desangelado... A mí me recuerda un montón a los baños de los hospitales. A continuación tenemos un armario pequeño y un escritorio con una mesa y una silla, y al lado la ventana, que da a la fachada principal.

Al fondo de la habitación hay dos camas bastante grandes juntas, con un par de mesillas de noche a cada lado. Junto a una de las camas han aprovechado el hueco entre la pared y una viga para colocar un armario empotrado diminuto; se ve que son conscientes de que el armario que hay a la entrada de la habitación no es suficiente, y aunque no vamos a necesitar mucho espacio porque ni siquiera vamos a llegar a deshacer las maletas, siempre está bien que piensen en los huéspedes que sí lo necesitan. Aunque está disponible, no llegamos a utilizar la conexión a internet, ni la caja fuerte ni el servicio de lavandería, pero ahí están también. Y la televisión la vemos únicamente un rato por la noche antes de dormir, pero entre otros canales se puede sintonizar Televisión Española.

A la mañana siguiente, antes de continuar nuestro camino hacia Alemania, vamos al comedor ya que hemos reservado la opción de alojamiento y desayuno. El desayuno está bastante bien, de tipo buffet y con mucha variedad de cosas para elegir, lo cual nos viene muy bien para empezar el día con energía, que tenemos por delante unos cuantos kilómetros antes de llegar a Maguncia, nuestro siguiente destino. Únicamente nos queda pasar por recepción para devolver la llave de la habitación, y dedicarnos a recorrer la ciudad durante unas horas. La estancia aquí ha sido breve pero no tan traumática como esperábamos, y es que nos habían dicho miles de veces que los alojamientos en Francia son caros y por lo general bastante malos. A nosotros nos parece que una noche en régimen de alojamiento y desayuno no está nada mal por 62 euros, teniendo en cuenta entre otras cosas que estamos en pleno centro; pero como esto de los precios puede variar mucho según las fechas, como siempre lo mejor es consultarlo.

13 de enero de 2016

Cuadernos cátaros (IV): Lagrasse, Villerouge-Termenès, Peyrepertuse y Quéribus

Claustro de la abadía de Lagrasse.
Tenemos un día muy completo, así que toca madrugar para aprovechar el tiempo lo más posible. Dejamos Carcassonne y ponemos rumbo a Lagrasse, que está tan solo a unos 40 kilómetros, y donde visitaremos la abadía del mismo nombre. En la entrada-tienda de recuerdos nos dicen que la visita se hace de manera libre, aunque en el precio está incluida una audioguía, disponible en español, que te va explicando todos los detalles mientras vas recorriendo las diferentes estancias.

El ambiente es de lo más tranquilo y recorremos la abadía totalmente solos, así que podemos ir parando sin problema en todas y cada una de las salas. De todas las estancias, mi favorita resulta ser el claustro, que en realidad me recuerda a una típica corrala de las que tenemos todavía en el centro de Madrid. En la zona exterior de la abadía hay un enorme huerto por el que también aprovechamos para darnos una vuelta, porque es un gustazo pasear por allí.

Castillo de Villerouge-Termenès.
Tras visitar la abadía, ponemos rumbo a nuestro siguiente destino: el castillo de Villerouge-Termenès, en el pueblecito del mismo nombre. Este castillo está íntimamente relacionado con Guillaume Bélibaste, el último cátaro conocido, que fue quemado en la hoguera entre los muros de este edificio por no abjurar de su fe; es decir, el castillo es el último escenario oficial de la historia del catarismo. Por motivos de conservación no se puede acceder al pueblo en coche, así que lo dejamos en el aparcamiento que hay a la entrada; justo a su espalda tenemos las indicaciones para llegar al castillo, que está muy cerca. En este caso no tendremos que subir montañas interminables, ni tampoco veremos paisajes espectaculares desde las alturas, ya que el castillo se encuentra al mismo nivel que el resto del pueblo.

El edificio está muy bien conservado, y contrasta totalmente, por ejemplo, con lo poco que queda del castillo de Montsegur. Y desde luego Villerouge-Termenès no es tan imponente, pero también tiene su encanto; fue restaurado, y hoy día se considera uno de los ejemplos más bellos de arquitectura medieval en esta zona de Francia. Lo que sí se conserva igual que en sus orígenes son las cuatro torres que lo flanquean.

En la entrada nos atiende una señora muy simpática que, cuando nos pregunta de dónde somos y le decimos que españoles, se pone a hablar con nosotros en un español casi perfecto. Con nuestras entradas nos da las audioguías, incluidas en el precio, y nos explica cuál es el mejor orden para recorrer el castillo y enterarnos bien de todo. Empezamos por la planta baja, en la que Bélibaste nos indica que será él, a través de la audioguía, quien nos llevará por el interior del castillo; lo más original, o al menos yo hasta ahora no lo he visto, es que no tienes que andar pulsando botones con números sino que es ella sola la que se activa cuando detecta que vas entrando en las diferentes estancias. En esta planta baja nos cuentan todos los detalles sobre la vida de Bélibaste, y la planta primera está dedicada al arzobispo de Narbona; en la segunda planta vemos diferentes objetos de la época, así como una pareja vestida de medieval, preparada para ir a un baile. Desde aquí subimos las escaleras que nos llevan al camino de ronda, recorremos todo el perímetro del castillo y contemplamos las estupendas vistas desde los 23 metros de altura de la torre del homenaje.

Como curiosidad, en uno de los laterales del castillo está la Rotisserie Médievale, un restaurante en el que sirven recetas originales de los siglos XIII, XIV y XV, gracias a la labor de investigación de historiadores y medievalistas. Lástima no haber metido en la maleta mi traje medieval, porque habría sido un puntazo quedarse allí a comer, y vestida de turista no es lo mismo... En cualquier caso ya va siendo hora de hacer un alto en el camino, porque comer hay que comer de todas formas, así que paramos en el trayecto hacia nuestro siguiente destino y después seguimos rumbo hacia Duilhac-sous-Peyrepertuse. No tenemos muy claro si vamos a poder subir al castillo, porque el día ha amanecido más o menos despejado pero, según vamos llegando al pueblo, vemos unos nubarrones negros y con muy mala pinta. El castillo de Peyrepertuse está en una montaña de unos 800 metros de altura, y las nubes están justo encima; pero decidimos continuar camino y una allí ya decidiremos qué hacer.

Aves rapaces en Peyrepertuse.
Cuando por fin llegamos al sitio habilitado para aparcar a los pies del castillo y vemos dónde está, a mí me da la sensación de que la subida va a ser más difícil aún que la de Montsegur; no sé si son las nubes que tapan medio castillo y casi no lo veo, o que al estar tan integrado en la montaña parece un acantilado, pero el caso es que se me cae el alma a los pies... Aunque ya que hemos llegado, habrá que animarse a subir. Al lado del aparcamiento hay una pequeña zona de picnic, unos aseos, la taquilla y la tienda de recuerdos. La subida despista un poco, porque el primer tramo es un camino muy bonito por el que vas paseando rodeado de vegetación y arbustos, pero hacia la mitad nos encontramos una cuesta con una pendiente muy pronunciada; pero por supuesto, una vez arriba, merece la pena el esfuerzo porque las vistas son sencillamente espectaculares. Aunque también agradecemos haber sido previsores y haber subido con prendas de abrigo, porque en lo más alto de la montaña hay unas ráfagas de viento increíbles y hace bastante frío. Aprovechando que al llegar vemos que un cartel anuncia una exhibición de cetrería, nos quedamos para verla; no dura mucho, pero en el poco rato que estamos allí acabamos con los ojos rojos, la melena al viento y tierra por todas partes. Incluso uno de los pájaros tiene un momento complicado para aterrizar, porque la corriente lo lleva hacia el lado contrario.

Después de la exhibición nos dedicamos a recorrer el castillo, que está dividido en cuatro partes: el recinto bajo (protegido por la muralla y dos torres, y en el cual se encuentra también el camino de ronda), el torreón viejo (aquí se encuentran las ruinas de la iglesia románica de Santa María y los restos de una antigua vivienda), el recinto mediano (con ruinas de varios edificios que fueron construidos alrededor de una cavidad natural de la propia montaña) y el torreón de Sant Jordi, con sus diferentes habitaciones adosadas, y al que se sube por la escalera de San Luis; en esta escalera, por cierto, hay que ir con cuidado porque los escalones resbalan y la barandilla es una simple cuerda sujeta a la piedra, así que sobre todo si hace viento es mejor ir agarrado. Una vez arriba, por supuesto las vistas son increíbles; si el día está despejado, como nos ocurre a nosotros en algún momento, al fondo se ve incluso en castillo de Quéribus. Y en fin, desde esas alturas a mí el paisaje me recuerda muchísimo a Edoras...

Nuestro siguiente destino es precisamente el castillo de Quéribus, que ya decía que hemos visto previamente porque en algunos momentos en los que el cielo se ha despejado un poco, su silueta se aprecia desde el de Peyrepertuse. El castillo de Quéribus se encuentra a las afueras de un pueblecito llamado Cucugnan, sobre una montaña de unos 800 metros de altura. En la falda de la montaña hay un aparcamiento, y justo enfrente vemos una zona de picnic, unos aseos y la taquilla, dentro de una casita de madera muy chula que me recordó a las de algunos pueblos de Alemania. Desde la taquilla sale un camino de tierra, en principio con no mucha pendiente pero que se va complicando hasta llegar a una escalera un poco más empinada que va bordeando el castillo; según subimos se nota el viento cada vez más, y de hecho en algunos tramos no podríamos subir de no ser por la cuerda que hay a modo de barandilla. Ya me habían advertido de esto y pensé que quizá era un poco exagerado, pero desde luego no lo es; vemos por todas partes carteles que avisan de que hay que tener precaución con el viento, y además cuando hay tormenta no te dejan ni visitar el castillo. Es decir, que no hay que tomárselo a guasa.

Vistas desde el castillo de Quéribus.
El castillo está formado por tres recintos superpuestos, construidos de tal manera que se camuflan perfectamente en la roca. A lo largo del recorrido vamos encontrando paneles explicativos de cada punto de interés: una de las primeras cosas que vemos son los talleres y las antiguas caballerizas, además de uno de los muros de defensa. Más adelante atravesamos una puerta con un arco y llegamos al camino de ronda y al primer nivel de la muralla defensiva. Después subimos por otra escalera y encontramos el antiguo cuartel, junto al cual también hay restos de viviendas, de cisternas y de chimeneas, entre otras cosas. En el tercer y último nivel están las almenas y la torre del homenaje, en cuyo interior está la sala del pilar, que tiene como elemento más destacado un pilar en forma de palmera. Y desde la zona más alta de la torre vemos la silueta del castillo de Peyrepertuse, igual que desde él hemos visto antes la silueta del de Quéribus.

Con esto termina nuestra ruta por tierras cátaras. A última hora ponemos rumbo a nuestro siguiente destino: el hotel Univers en la ciudad costera de Rosas, en la Costa Brava, que será nuestro lugar de descanso y relax durante los últimos días de las vacaciones; pero esa es otra historia...

28 de diciembre de 2015

Cuadernos cátaros (III): Carcassonne

Vistas desde el hotel.
Después de haber descansado y sobre todo de haber podido disfrutar de las estupendas vistas que tenemos de la ciudad medieval de Carcassonne desde la azotea del hotel, donde está la piscina, nos disponemos a explorar la zona. Nosotros estamos en la ciudad moderna, también conocida como Bastida, en la parte baja de Carcassonne; a esta zona le dedicamos menos tiempo porque lo que nos interesa es la ciudad medieval, pero sí podemos ver al menos un par de cosas destacables: por supuesto el puente viejo, que es el que da acceso al recinto amurallado; la catedral gótica de Saint Michelle y la plaza Carnot, donde organizan un mercado de flores y fruta; y el canal du Midi, donde podemos tomar los barcos que hacen excursiones por el río.

Para llegar a la ciudad medieval (también conocida como Cité), que se encuentra bastante cerca de donde tenemos nuestro alojamiento, solo tenemos que cruzar este puente viejo sobre el río Aude y después seguir las indicaciones hacia el centro histórico, que desde 1997 es Patrimonio Mundial de la Humanidad y por supuesto tiene una increíble historia que abarca desde los romanos a los visigodos, sarracenos y francos, además de multitud de enfrentamientos políticos, guerras y la famosa cruzada contra los albigenses, que también dejaron su huella en la ciudad. El camino hasta las murallas es muy bonito, cruzando el río y después subiendo un tramo por callecitas estrechas y llenas no solo de viviendas sino de restaurantes, cafés y tiendas de artesanía de todo tipo. Nos da el tiempo justo para buscar un sitio donde cenar, dar una pequeña vuelta por la ciudad y volver al hotel a dormir; pero ya nos damos cuenta de que Carcassonne tiene mucho encanto.

Murallas de la ciudad medieval.
A la mañana siguiente volvemos a recorrer el camino hacia la muralla, esta vez de día y pudiendo observar muchos más detalles de los que hemos visto la noche anterior. La entrada a la ciudad se hace por la puerta Narbonesa, en la que hay una escultura de la dama de Carcas, el símbolo de la ciudad y de la que se dice que la defendió de los ataques de Carlomagno. Muy cerca de la entrada está la oficina de turismo, así que nos dirigimos allí para pedir un mapa y organizarnos el recorrido por la ciudad. Además nos dicen que aproximadamente en una hora hay visita guiada, en español, al castillo, así que mientras hacemos tiempo hasta que abren, vamos a ver la basílica de San Nazario y San Celso. Es un edificio de estilo gótico y está construido sobre una iglesia anterior, de la época carolingia. La basílica es muy bonita tanto por dentro como por fuera, pero lo más llamativo son sus vidrieras, que incluyen escenas de la vida de Jesucristo y otras sobre San Pedro, San Pablo y los dos santos que le dan nombre.

Vidrieras de la basílica.
Después de pasar un rato en la basílica ya sí nos dirigimos al castillo para sacar las entradas de la visita guiada; en la propia taquilla nos enteramos de que también se puede ver el castillo por libre, pero como no hay demasiada diferencia de precio y además el recorrido guiado es un poco más amplio, decidimos que merece la pena que la visita sea con guía. El punto de encuentro es en el patio del castillo, así que no tiene pérdida aunque hay que estar allí puntualmente o la visita empezará sin ti. Tenemos la suerte de no ser un grupo demasiado numeroso, así que el recorrido es bastante más productivo que si lo hubiéramos hecho con un grupo grande; nuestro guía es un chico de lo más simpático, que nos hace la visita muy muy amena y divertida. Nos pasamos con él algo más de una hora, en la que recorremos varias de las torres del castillo, algunas salas, un museo lapidario con sarcófagos y balas de cañón, entre otras cosas, salas que no están accesibles con la visita por libre... Después del recorrido con el guía seguimos visitando el recinto, esta vez por nuestra cuenta, para ver más detenidamente algunas zonas que nos hemos dejado pendientes: la barbacana de entrada, que hemos visto fugazmente al acceder, el patio de armas, el resto de las torres...

Recorriendo el castillo.
La planta del castillo tiene forma rectangular, y todo su perímetro se encuentra rematado con torres defensivas que, unidas a otros elementos como el foso, la barbacana de la que hablaba antes, y los puentes levadizos, están destinadas básicamente a proteger la ciudad medieval de los ataques que sufrió en la antigüedad.

Se va acercando la hora de comer, así que nos dedicamos a callejear buscando un sitio que esté más o menos despejado; Carcassonne es una de las ciudades más visitadas de Francia, y eso en pleno mes de agosto se nota bastante. Decidimos entrar en un restaurante muy cuco, bastante apañado de precio y con un patio cubierto de parras, así que nos sentamos en una de las mesas que tienen allí; y por fin podemos probar el blanquette, que no hemos tenido ocasión de hacerlo cuando hemos visitado la abadía de Saint Hilaire.

En los ratos en los que hemos estado callejeando por la ciudad, hemos visto prácticamente en todas partes unos carteles anunciando un torneo medieval, una de las atracciones estrella. Hay dos torneos al día y como nos apetece pasear un poco después de la comida, compramos entradas para el último; mientras llega la hora nos dedicamos a pasear para hacer tiempo, a ver tiendas para comprar algún recuerdo (localizamos una tienda en la que hacen unos jabones artesanales estupendos)... Opciones hay, y es que Carcassonne es una ciudad perfecta para callejear, perderse y descubrir todo tipo de rincones. A última hora nos dirigimos a las murallas, donde tendrá lugar el torneo; la muralla de la ciudad es doble, y el torneo se organiza justo en el espacio que hay entre las dos hileras de muro. Está todo decorado de forma muy resultona, con gradas de asientos de madera y toldos de tela con escudos medievales pintados. Los organizadores nos dan la bienvenida en francés, inglés y español, pero a partir de ahí todo se desarrolla en francés, con lo cual a mí se me escapan ocho de cada diez palabras, más o menos. Aun así, la cosa está bastante entretenida.

Uno de los caballeros.
El torneo me recuerda un poco a las fiestas medievales de Teruel, en las que he estado en varias ocasiones, aunque allí lo hacen en la plaza de toros y claro, queda mucho más aparente en una muralla medieval como la de Carcassonne. Hay un rato de luchas entre los caballeros (tanto a caballo como a pie), un concurso de habilidad, y por supuesto un premio para el ganador, además de contar allí con la presencia de los "reyes". Después del torneo tenemos que exprimir al máximo las últimas horas que pasaremos en la ciudad, porque al día siguiente pondremos rumbo a nuestro siguiente destino, así que aprovechamos para callejear un rato más, buscar el sitio de nuestra última cena y, ya de noche, volver de nuevo caminando hasta el hotel y dejarlo todo listo para continuar nuestro viaje. Al día siguiente madrugamos y nos despedimos de una ciudad que, a pesar de estar totalmente orientada al turismo y dispuesta casi como si en realidad fuera un parque temático, nos ha dejado muy buen sabor de boca. No nos ha dado tiempo a visitar ninguno de sus museos, como el de la escuela, el de la caballería y el de los instrumentos de tortura; pero siempre está bien dejarse algunas cosas pendientes, así hay excusa para volver.

La Bastida y la Cité, desde el castillo.

1 de diciembre de 2015

Cuadernos cátaros (II): Montsegur, Puivert y Sant Hilaire

Montsegur rodeado de nubes.
Dejamos Andorra por Pas de la Casa para empezar, ya en serio, nuestro auténtico viaje por el país cátaro. Nuestra primera parada es el castillo de Montsegur, que está solo a unos 100 kilómetros de nuestro hotel andorrano; pero el día ha amanecido bastante nublado y además el último tramo es de carreteras de montaña muy estrechas y con bastantes curvas, así que tardamos casi dos horas en llegar hasta allí. Sin embargo enseguida descubrimos que queda muy propio ver el castillo este día, porque se encuentra rodeado de nubes y apenas podemos divisarlo desde abajo.

Ya nos han advertido que la subida a Montsegur es de las más complicadas, una media hora larga a buen ritmo, y en este caso se junta que con la niebla no se ve demasiado bien, así que nos armamos de valor y comenzamos a dirigirnos hacia allí. En primer lugar paramos en el camp dels Cremats, el lugar en el que una estela de piedra nos recuerda que el 16 de marzo de 1244 murieron en la hoguera más de 200 cátaros, en un suceso que se considera el fin de esta religión. Y es que el castillo de Montsegur era la sede de la iglesia cátara, además de ejercer una función defensiva (de ahí su nombre: Montségur = Monte Seguro); y la historia de los cátaros hizo que también sea considerado un símbolo de la libertad y de la lucha por las ideas.

Torre del homenaje.
Cuando llevamos unos veinte minutos de subida, llegamos a la taquilla donde nos dan un folleto con información en español sobre el castillo, y además nos dicen que con la misma entrada podemos visitar también el museo de Montsegur, que expone todo tipo de objetos procedentes de las excavaciones realizadas en el castillo. Ya no hay marcha atrás, aunque al menos hemos llegado temprano y no nos cruzamos con gente que baja, ya que el camino es el mismo para todos. Y por fin, después de otros quince minutos por un camino de pedruscos, algunos escalones (si es que se pueden llamar así) resbaladizos, unas cuantas paradas para coger aire y de paso observar las espectaculares vistas, dentro de lo que la niebla nos permite, me parece increíble pero llegamos a la entrada principal, junto a la escalera de madera que a través de un arco da acceso al patio del castillo. Su planta es irregular, y su muralla tan ancha que en algunos puntos alcanza los 4 metros de espesor; toda una fortaleza, como vemos. Junto a la entrada secundaria, más o menos enfrente de la principal, se encuentra el acceso al primitivo pueblo cátaro, una zona en la que todavía hoy se siguen realizando excavaciones arqueológicas y se pueden ver los restos del pueblo.

Momento del rescate.
El castillo está medio en ruinas y de hecho lo poco que se conserva de él son los muros y parte de la torre del homenaje, por la que dicen que cuando llega el solsticio de verano entran los rayos del sol y atraviesan la torre de parte a parte. Mientras estamos dando una vuelta por el patio, observándolo todo, viendo esta torre del homenaje e intentando imaginarnos cómo viviría la gente allí dentro, y sobre todo admirándonos de cómo habrían podido resistir allí casi un año entero de asedio, vemos que aparece por allí un guía, se coloca en mitad del patio y la gente se empieza a sentar a su alrededor; a pesar de que la charla es únicamente en francés, decidimos quedarnos a escuchar por si acaso nos podemos enterar de algo. Y estamos allí intentando enterarnos de la historia de los cátaros y de este castillo, cuando de repente aparece en el patio un señor con cara de preocupación, que se acerca al guía, y así nos enteramos de que a alguien le ha dado un telele subiendo, y nuestra visita al castillo acaba con un rescate en helicóptero.

Después de tantas emociones, ponemos de nuevo rumbo a la falda de la montaña, no sin antes admirar de nuevo las maravillosas vistas desde lo más alto del castillo, aprovechando que el día se ha despejado aunque solo sea un poco.

Montsegur desde el castillo.

25 kilómetros nos separan de nuestra siguiente parada, el castillo de Puivert, en la localidad del mismo nombre. Después de haber subido los algo más de 1.200 metros hasta Montsegur, Puivert nos parece como un pequeño paseo, ya que no solo está en una montaña que tiene justo la mitad de altura, sino que además el aparcamiento está justo a los pies del castillo, con lo cual la subida es mínima aunque también es cierto que la carretera que llega hasta allí es un poco mala porque está sin asfaltar y es bastante estrecha. El castillo de Puivert es el que mejor conservado se encuentra de todos los que se pueden visitar en el país cátaro; no sé si porque pertenece a un particular y no al estado francés, pero el caso es que está perfecto.

Patio de armas de Puivert.
En la taquilla nos dan las entradas y un folleto, que únicamente está disponible en francés y es bastante escueto; para acceder al castillo debemos cruzar una barandilla de madera, bajo la cual antiguamente se encontraba el foso; al final de la barandilla hay una torre cuadrada con un arco, que atravesamos para acceder directamente al patio de armas. A nuestra izquierda tenemos un cartel en el que se nos indica (en francés y en occitano) cuál es el orden recomendado para hacer la visita. En él aparece el plano del castillo y junto a cada sitio hay un número, que podemos ir siguiendo ordenadamente para no perdernos nada; otra opción, como siempre, es visitarlo a nuestro aire sin hacer caso a los números. En el centro del patio se encuentra la torre del homenaje, que impresiona bastante con sus 35 metros de altura y 15 de lado; tiene cuatro plantas y podemos visitar todas ellas, aunque la planta baja sólo puede verse desde fuera. Para acceder al resto de plantas nos dirigimos hacia la parte trasera del patio: en la segunda se encuentra la sala de los guardas, en la que vemos diversas armaduras y escudos; en la tercera hay una capilla, con techos abovedados como si estuviéramos en una iglesia de verdad, además de unos tapices; y en la última vemos el salón de los músicos, donde tenían lugar los encuentros de trovadores, y que está decorado con figuras que representan a ocho músicos tocando diferentes instrumentos de la época en la que se construyó el castillo. También es posible subir a la azotea, y por supuesto ni que decir tiene que las vistas desde allí son espectaculares; aunque si vamos un día de mucho viento habrá que tener cuidado, porque aquí no hay barandillas ni nada, y en cualquier momento parece que vas a acabar cayéndote por allí...

Después de ver la torre del homenaje regresamos al patio de armas, en el que hay varias estancias que se han recreado como en la época de construcción del castillo: una celda que tiene el esqueleto de un prisionero que está custodiado por un guardia; un antiguo laboratorio, con recipientes de cristal y diversos materiales que se utilizaban para realizar experimentos o procesos químicos; y por último una estancia en la que han puesto una tienda de recuerdos donde además podremos tomarnos un café si nos apetece. En la tienda tienen desde libros y discos hasta llaveros y gorras con el símbolo de los cátaros, películas, plumas para escribir... Y precisamente viendo uno de los DVD que tienen puestos en la tele, es como nos enteramos de que es el castillo de Puivert el que aparece en una de las escenas finales de la película La novena puerta, aunque no llegamos a ver por allí a Lucas Corso...

Como ya se va acercando la hora de comer, decidimos seguir nuestro camino hasta Saint Hilaire, el siguiente sitio en el que tenemos previsto hacer una parada. En la calle principal del pueblo, aparcamos y comemos en un parque que hay allí mismo; y después nos disponemos a visitar el último lugar cátaro del día de hoy, la abadía de Saint Hilaire. El acceso a la abadía se realiza por la iglesia; junto a ella se encuentra el claustro, y en uno de sus pasillos veremos la taquilla, que también es tienda de recuerdos. Allí nos atiende una chica muy simpática que habla un español casi perfecto, y además de presentarnos al gato de la abadía y darnos las entradas, nos da también un folleto informativo, una hoja con información extra sobre el sarcófago de San Saturnino, y por último una tarjeta con la que nos explica que si vamos a la dirección indicada, correspondiente a la tienda que aparece en ella, nos darán a probar gratuitamente una copa del famoso blanquette de Limoux.

Claustro de Saint Hilaire.
Comenzamos la visita a la abadía por el claustro, que tiene una forma irregular no demasiado habitual. Sus cuatro galerías están decoradas con artesonado, y sus columnas dobles llevan motivos vegetales y animales, muy curiosos. En el centro hay una pila de piedra y, como no podía ser de otra manera, en una de las esquinas hay un ciprés enorme. Las cuatro galerías salen una de cada lado del perímetro del claustro: la galería norte es la que da acceso a la iglesia; la galería este nos lleva a la sala capitular y a los aposentos del abad; la galería sur da a los refectorios; y por último la galería oeste es la que nos conduce a las bodegas. Además de visitar la iglesia (de estilo románico, del siglo X, y cuyo objeto más famoso es el sarcófago de San Saturnino), la sala capitular (el lugar en el que los monjes se reunían con el abad para tratar los asuntos relativos al monasterio), los aposentos del abad (que son muy curiosos porque los techos de sus salas están decorados con pinturas, algunas de ellas con motivos eróticos), los refectorios (uno para monjes y otro para huéspedes) y las bodegas (a las que se accede por el exterior de la abadía y en las que ya en 1531 los monjes elaboraron el blanquette por primera vez), dejamos Saint Hilaire y nos dirigimos hacia Carcassonne, ciudad en la que pasaremos unos cuantos días alojados en el hotel Des Trois Couronnes. Llegamos allí ya a última hora, así que tenemos el tiempo justo para darnos una vuelta por la ciudad medieval (el hotel está bastante cerca), cenar y descansar hasta el día siguiente.

9 de septiembre de 2015

Cuadernos itálicos (XII): Niza, día 2

Viernes, 27 de agosto de 2010. Nuestro paseo por Niza es muy breve; después de tanto trote por tierras italianas, la verdad es que se nota ya el agotamiento, y es que nos hemos pasado casi dos semanas pegándonos unos pateos importantes. Además nos espera un largo viaje de vuelta.

Decidimos volver a dar un paseo por el mismo sitio de la noche anterior, el promenade des Anglais, pero esta vez a plena luz del sol; nada que ver con haberlo recorrido por la noche, desde luego. Aunque también es cierto que a cualquier hora tiene su encanto. Después de un largo paseo por esta zona, nos dirigimos hacia la parte más alta de la ciudad; allí visitamos el castillo, desde el que no hace falta decir que hay unas vistas increíbles de toda Niza.

Vistas desde el castillo.

Una vez que hemos visitado el castillo y sus alrededores volvemos al centro callejeando tranquilamente, pasamos por el aparcamiento para recoger nuestro coche y nos ponemos en camino. Se acaban las vacaciones y Madrid nos espera...

8 de septiembre de 2015

Cuadernos itálicos (XI): Milán, día 2 / Como / Niza, día 1

Al día siguiente a primera hora aterrizamos en la puerta de la agencia de viajes Zani, con quienes haremos nuestra visita guiada por la ciudad. Hay visitas en varios idiomas, incluido el español, pero el día que nosotros vamos a estar en Milán toca en inglés; en cualquier caso nuestro guía habla muy claro y muy pausado, así que no tenemos ningún problema por seguir sus explicaciones. Una vez que estamos todos subidos en el autocar, y después de haber comprobado que los auriculares funcionan correctamente, nos ponemos en marcha.

Teatro della Scala.
Nuestra primera parada es la Scala, considerada por algunos el teatro de la ópera más famoso del mundo. Aún no ha empezado la temporada de ópera así que no tenemos ocasión de asistir a ningún espectáculo, pero sí nos asomamos a uno de los palcos para ver el escenario, que con la última remodelación lo ha convertido en el más grande de Europa. Lo que también tenemos ocasión de ver es el museo, que se encuentra en el mismo edificio del teatro y tiene dos plantas: en la planta baja vemos una completísima colección de objetos relacionados con la ópera, ordenados cronológicamente, y que incluye desde carteles originales de los estrenos de algunas óperas hasta el molde de la máscara funeraria de Verdi, que no es apta para escrupulosos porque conserva incluso algunos pelillos. También contemplamos diversas pinturas, objetos de vestuario y escenografía, partituras originales, instrumentos musicales... Y ya en la planta superior, nos encontramos un vestíbulo muy amplio, decorado con enormes lámparas de araña y varias esculturas de compositores famosos.

Nuestra siguiente parada es la galleria Vittorio Emanuelle, que está en un enclave de lo más privilegiado: entre la catedral y el teatro della Scala. Yo pensaba que esta galería era un centro comercial pijo sin más; sin embargo no hay nada como hacer las visitas con un guía que te cuente cosas que no encuentras en ningún otro sitio, por más que investigues y busques cosillas por internet o en los libros. Y es que la galleria Vittorio Emanuelle no es solo un centro comercial, sino que aparte de sus tiendas de marcas pijísimas tiene otras cosas que a mí me resultaron mucho más interesantes. Por ejemplo, su ubicación no es para nada casual; de hecho, si te colocas justo en el punto en el que se cruzan los dos pasillos de la galería, dejando la catedral a tus espaldas, verás que hay una línea recta que une la catedral, el pasillo, la estatua de Leonardo (que tiene la mirada fija en el teatro) y el teatro della Scala.

Galleria Vittorio Emanuelle.
La galería desde luego es una pasada aunque sólo vayas a verla, sin intención de comprar nada. Está construida en hierro y cristal, lo que hace que tenga muchísima luz, y tiene una bóveda enorme y planta en forma de crucifijo. En el punto en el que se cruzan los dos pasillos, hay cuatro pinturas en la zona más alta de las paredes, una en cada esquina. Cada una representa uno de los cuatro continentes (falta Oceanía). También en este punto vemos, en el suelo, cuatro mosaicos con los escudos de varias ciudades italianas: Roma con la loba, Florencia con una azucena, Turín con un toro y Milán con la cruz roja. En el centro está el escudo heráldico de la familia Saboya, con una cruz blanca sobre fondo rojo. Como curiosidad, los milaneses dicen que trae buena suerte girar sobre uno mismo a la vez que con el tacón se pisan los testículos del toro que está representado en el escudo de Turín. No sé si realmente traerá buena suerte o no, pero la gente se lo debe de tomar al pie de la letra y de hecho el pobre toro ya no tiene ni testículos, porque han debido de taconearlo ya tantas veces que hay un agujero en el suelo, en el lugar donde deberían estar sus huevecillos.

Catedral.
El día anterior hemos subido a los tejados de la catedral, y ahora con nuestro guía la visitamos también por dentro. El exterior es impresionante, construido en mármol teñido de un ligero color rosa; y las puertas de bronce de su fachada principal conservan todavía las señales de las bombas que cayeron en sus proximidades durante la Segunda Guerra Mundial.

Quizá lo más llamativo de la catedral son sus frescos y sus vidrieras, que ascienden a 146, repartidas por todo el edificio. El techo parece que está formado por columnas talladas, pero en realidad se trata de un trampantojo. Otra cosa también destacada, sobre el altar mayor, es un clavo que supuestamente se utilizó para clavar a la cruz la mano derecha de Jesucristo; junto al altar se encuentra la cripta de San Carlos Borromeo, que exhibe los restos del santo en una urna de cristal. En uno de los laterales hay una escultura bastante curiosa; se trata de la obra San Bartolomé desollado, de Marco d'Agrate. La estatua es en realidad un estudio anatómico del cuerpo humano: se muestra al santo completamente descarnado, con la piel colgando en el hombro, y se pueden apreciar con todo detalle los músculos y tendones de su cuerpo.

Más curiosidades: hay una línea metálica que cruza la catedral de norte a sur; a lo largo de esta línea se colocaron 12 paneles que representan los signos del zodiaco. Las marcas no se colocaron aleatoriamente, sino que se basaron en los rayos de sol que entraban por uno de los orificios de la bóveda. Así, según la inclinación de los rayos podemos saber cuál es el día exacto y también el signo que corresponde a ese día.

Castello Sforzesco.
Tras visitar la catedral pasamos con el autobús por el famoso Quadrilatero d'Oro y su no menos famosa via Manzoni, la zona de compras por excelencia en Milán; después llegamos hasta la piazza del Castello, lugar en el que se encuentra situado el castello Sforzesco, que fue la fortaleza originaria de la familia Visconti y posteriormente pasó a manos de los Sforza, que gobernaron Milán durante el Renacimiento. Lo primero que vemos al llegar allí es su imponente fachada con cuatro torres; pero después de eso, a mí se me van los ojos directamente a un montón de gatos, de todos los colores, tamaños y edades, que hay junto a la entrada, en el foso. Tienen pinta de ser medio salvajes, así que me llama mucho la atención verlos correr hacia el muro en cuanto aparece por allí una señora con un montón de bolsas de comida. De repente se juntan cerca de cuarenta gatos, sin exagerar. La señora coge una llave, abre la verja y baja hasta el foso para ponerles la comida. Y nos enteramos de que es la única persona en Milán que está autorizada para bajar al foso; es miembro de la Asociación de Amigos de los Gatos del Castillo y únicamente ella puede acceder al foso y alimentar a los gatines.

El interior del castillo alberga en la actualidad diez museos diferentes, entre los que destacan el Museo d'Arte Antica, en el cual podemos ver la famosa Pietá Rondanini de Miguel Ángel, inacabada; la Pinacoteca e Raccolte d'Arte, el Museo della Preistoria o el Museo degli Strumenti Musicali. Por último, en la parte trasera de la fortaleza está el Parco Sempione, con más de 47 hectáreas.

Santa Maria delle Grazie.
Nuestra última parada es la chiesa di Santa Maria delle Grazie, una iglesia que empezó a construirse en el siglo XV y que es especialmente conocida por la joya que alberga en su interior: el famoso fresco La última cena de Leonardo Da Vinci. Uno de los motivos que más nos había animado a contratar la visita con Zani Viaggi era precisamente el de tener la posibilidad de admirar esta obra, que está de lo más solicitada y para poder verla hay que reservar con bastante antelación.

Una vez dentro de la iglesia nos dividimos en dos grupos, porque el acceso está permitido únicamente a 20 personas cada vez; además, sólo te dejan estar en el refectorio (donde Leonardo pintó la obra) un tiempo máximo de 15 minutos, y está terminantemente prohibido hacer fotos. El guía nos da la entrada a cada uno, y cuando nos toca entrar tenemos que atravesar varias puertas de cristal que se abren y cierran automáticamente; más o menos como las de los bancos. Había estudiado esta obra en Historia del Arte, pero no sabía exactamente cuáles eran sus dimensiones exactas; y cuando entramos en el refectorio y la veo, me quedo alucinada. Ocupa toda una pared y mide algo más de 4 metros de alto por casi 9 de ancho. Este falso fresco se encontraba en un estado bastante malo tras sufrir varios siglos de deterioro, y la pena es que uno de los culpables fue el mismo Leonardo, ya que su amor por los experimentos lo llevó a pintar esta obra no con temple, que es la técnica habitual utlizada para los frescos, sino con una mezcla de óleo y témpera; de ahí que no se considere un fresco como tal, y también que su deterioro comenzara pocos meses después de que el artista lo finalizara. Para remate, los monjes tampoco fueron muy cuidadosos cuando tuvieron que elevar el suelo del refectorio y cortaron sin más la parte inferior de la pintura; y los restauradores en el siglo XIX no se esmeraron demasiado, ya que sus métodos incluían el alcohol y el algodón, con los que eliminaron por completo una capa de pintura. A todo esto se le suma que casi fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Así que, tras nada menos que 22 años de tareas de restauración, aproximadamente el ochenta por ciento del color original se ha perdido.

Como.
Y hasta aquí nuestro paseo por Milán, que me ha sorprendido muy gratamente. Ya se ha hecho un poco tarde para la hora de la comida pero igualmente nos ponemos en camino hacia Como, donde hemos previsto hacer una parada breve para hacer picnic a orillas del lago y pasear un poco por aquella zona. A última hora nos espera el hotel Acanthe en Niza, que será nuestro último destino de este viaje. Llegamos allí ya casi de noche y después de registrarnos y dejar los trastos en la habitación, nos da tiempo solo a dar una vuelta por el famoso promenade des Anglais, el paseo marítimo de la ciudad, que está a dos pasos de nuestro hotel.

23 de mayo de 2013

Cuadernos itálicos (I): zarpamos

Salimos una mañana bastante temprano, en dirección a Cannes; allí nos quedaremos una noche para no hacer el viaje a Italia del tirón, y así aprovecharemos para visitar un poco la ciudad. El trayecto se nos da bastante bien (nada que ver con el viaje del verano anterior, en el que encontramos un montón de carreteras francesas colapsadas y se nos hizo eterno el camino...) y después de hacer alguna parada para comer, estirar las piernas, y ver paisajes, llegamos a Cannes a media tarde.

El hotel Kyriad no está mal del todo, aunque después de llegar allí, subir a nuestra habitación a dejar las maletas y recoger el coche de nuevo para irnos a dar una vuelta (estamos a unos pocos kilómetros del centro y no nos apetece ir andando), nos damos cuenta de que una de las ruedas se nos ha pinchado, así que allí mismo nos ponemos a cambiarla y ya sabemos que nos tocará buscar un taller para que nos arreglen la otra o nos pongan una nueva... Con tanto trajín llegamos al centro de Cannes hacia las 7 de la tarde, con lo cual nos damos un paseo por el puerto y el famoso promenade de la Croissette, buscamos un sitio donde cenar y nos acostamos temprano, porque mañana tenemos pensado hacer una pequeña parada en Pisa antes de llegar a Roma, nuestro primer destino.

Al día siguiente, salimos de Cannes por la mañana en dirección a Italia. No sé por qué, mi piloto ha configurado el GPS para que le avise de límites de velocidad, sitios de interés, iglesias, etc.; y cada vez que nos acercamos a un túnel, nuestra Carmen (así la llamamos cariñosamente, ya que tiene voz femenina) nos dice "túnel Italia". La primera vez hace gracia, pero cuando llevamos cuarenta y siete túneles aquello empieza a ser un poco aburrido... Para colmo, al cruzar la frontera entre Francia e Italia (aunque yo pensaba que en la Unión Europea no había fronteras) paran a un coche de cada doscientos, y precisamente nos toca a nosotros. Nos pasamos allí un buen rato, nos hacen un montón de preguntas, nos obligan a sacar las maletas del coche y a abrirlas allí en mitad del centro de control, y hasta nos cachean. Salimos de Francia y entramos en Italia con un cabreo de tres pares...

Más o menos hacia las 12 del mediodía llegamos a Pisa, que está atestada de gente; buscamos un sitio donde poder aparcar y desde donde ir andando hasta la piazza dei Miracoli, donde se encuentran concentrados los principales monumentos que hay que visitar en la ciudad: la catedral, el baptisterio y la torre inclinada. Es increíble la cantidad de gente por metro cuadrado que hay allí, además de un montón de tenderetes con todo tipo de souvenirs, desde pisapapeles hasta camisetas, imanes para la nevera, gorras, bolsos... Por supuesto casi todos con la torre como protagonista.

Hacemos una visita rápida a la catedral y al baptisterio; como no sabíamos seguro a qué hora íbamos a llegar a Pisa, no hemos hecho con anterioridad la reserva de las entradas para subir a la torre, que en todas las guías recomiendan hacerlo antes de viajar. Las colas son enormes así que nos conformamos con verla desde el suelo y con darnos una vuelta por allí. Eso sí, aunque me insisten, me niego a hacerme la típica foto empujando la torre para ponerla derecha, o inclinándome yo para solidarizarme con ella. Además aunque quisiera hacerlo es imposible, porque aquello parece el metro en hora punta y casi hay que pedir la vez para poder hacerse fotos... Un agobio.

Decidimos darnos una vuelta más por la ciudad, aunque finalmente yo me quedo con ganas de entrar a la torre Guelfa, desde la que había leído que hay unas vistas espectaculares de la ciudad. Conseguimos localizarla y encontrar aparcamiento justo al lado, pero no hay forma humana de averiguar por dónde se entra, ni aquello tiene pinta de estar abierto para poder visitarlo...

Finalmente seguimos nuestro camino y aproximadamente a las 6 de la tarde "aterrizamos" en Roma. Vamos un poco asustados porque es nuestro estreno en Italia y todo el mundo nos ha dicho que los hoteles en este país suelen ser malísimos y muy caros; a nosotros nos ha salido bastante bien de precio así que no sabemos muy bien lo que nos vamos a encontrar. Pero el hotel Bled, muy cerca de la catedral de San Giovanni in Laterano, resulta ser un antiguo palacete rehabilitado, bastante bonito y con un personal muy amable, desde el recepcionista hasta las señoras de la limpieza, los camareros del restaurante y la directora, a la que tenemos ocasión de conocer también.

Después de acomodarnos en nuestra habitación y descansar un poco, salimos un rato para explorar la zona y aprovechamos para visitar la catedral aunque únicamente por fuera, ya que se encuentra cerrada. Pero la exploración nos sirve para darnos cuenta de que, quitando algún sitio puntual, las distancias en Roma no son tan exageradas como nos habían dicho. Después de pasear un rato buscamos un sitio donde cenar y, ya a última hora, volvemos al hotel; hay que tener en cuenta que en agosto en Italia hace un calor mortal, así que tenemos previsto madrugar bastante todos los días, no sólo para aprovechar el tiempo sino también para que al menos cuando empiece el calor sofocante hayamos podido al menos ver algo cada día...

15 de junio de 2010

Cuadernos germánicos (XIII): viaje de vuelta

Salimos de Maguncia poco después de comer y llegamos a Orleans por la noche, acompañados prácticamente todo el camino por la lluvia que no nos ha caído durante todo el tiempo que hemos pasado en Alemania. Se nos hace de noche por el camino y está tan oscuro que no vemos ni los castillos que hay por esta ruta, que normalmente se ven desde la carretera. Encontramos enseguida el hotel Escale Oceania, que es donde nos vamos a alojar por esta noche.

Estatua de Juana de Arco en la Place du Matroi
Al día siguiente nos levantamos temprano y damos una pequeña vuelta por el centro histórico de Orleans. El tiempo no acompaña demasiado desde que hemos llegado a Francia, y además no hay demasiadas cosas que ver: nos acercamos en primer lugar a la catedral gótica, uno de los edificios más conocidos de la ciudad, que incluso tiene al lado una pequeña zona de aparcamiento. Muy cerca está la casa de Juana de Arco, que en realidad no es tal, puesto que la auténtica se quemó en un incendio y la que se puede visitar en la actualidad es una reproducción moderna. Por último, y de camino hacia la catedral para recoger el coche, pasamos por la plaza du Matroi, en la que están montando el mercado aunque no sé yo si se acabarán volando todos los tenderetes...

Como hemos visto más o menos lo importante y nos sobra tiempo, decidimos poner en marcha nuestro plan B, que consiste en desviarnos un poco de la ruta y acercarnos hasta La Rochelle. No sé si en el trayecto desde Orleans hay algo relacionado con la Tierra Media o qué, pero juro que vi un cartel en la carretera que indicaba Rohan-Rohan. Me pilló tan de sorpresa que no atiné a hacerle una foto, y en el camino de vuelta no hubo manera de volver a encontrar ese cartel...

De esta ciudad destaca sobre todo su casco antiguo, con sus características calles cubiertas por arcos, que albergan los puestos de los vendedores durante los días en que tiene lugar el mercado. Como siempre, optamos por dejar el coche en un aparcamiento y recorrerla andando. Además La Rochelle es pequeña, así que no hay problema para verlo todo en no demasiado tiempo. En la misma plaza en la que se encuentra la catedral hay un aparcamiento, así que soltamos el coche y nos disponemos a caminar por la ciudad.

Catedral de La Rochelle
La catedral está consagrada a San Luis, y el edificio original data del siglo XIII. Fue destruida varias veces, y los trabajos de reconstrucción fueron interrumpidos también varias veces por falta de presupuesto. Los campanarios nunca llegaron a terminarse, por lo que oficialmente la construcción está incompleta. En cualquier caso, la verdad es que esta catedral no es de las que llama la atención, a mí por lo menos. Y más después de haber podido ver la de Colonia... Ni punto de comparación con esta, desde luego, aunque para gustos ya se sabe.

Otros de los edificios interesantes para ver son la casa de Enrique II, que se construyó en el siglo XVI, y que destaca porque no se trata de una casa auténtica sino que está formada por galerías y pasillos superpuestos que componen un laberinto. Sólo puede visitarse reservando con antelación, así que como hemos venido a la aventura nos quedamos sin verlo. El otro edificio importante es el ayuntamiento, del cual no se sabe con seguridad quién fue el arquitecto que lo diseñó. Se puede acceder libremente a su patio interior.

Puerto viejo
Pero sin duda, lo más destacable de La Rochelle es su puerto antiguo, que fue construido en el siglo XIII, y se fortificó prácticamente desde el inicio de su construcción. Es famoso porque desde él zarpaban los barcos que se dirigían a las colonias de América del Norte, y durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió en base para las operaciones de la flota de submarinos alemanes. En sus cercanías es donde se concentran la mayoría de los restaurantes de la ciudad; en casi todos ellos se ofrece principalmente pescado, que recomiendo. Hay menús de diferentes precios para elegir, aunque cuidadín sobre todo con las bebidas y los postres, porque ahí se subirán a la parra. Y por supuesto, a pesar de ser un sitio de lo más turístico, aquí también los franceses no hablan en otra cosa que no sea francés ni aunque los maten...

También en las cercanías del puerto están algunas de las torres que dominan la ciudad; son cuatro: la de San Nicolás, en la parte oeste del puerto, que data del siglo XIV y es la más alta de todas; la de la Cadena, del siglo XV, situada enfrente de la anterior; la de la Linterna, que se encuentra en el extremo este del puerto, está unida a las anteriores por medio de una muralla y sirve a la vez como faro y lugar defensivo; y la del Reloj, que es la que da entrada al casco antiguo de la ciudad.

Después de la visita a La Rochelle, ponemos rumbo a España. Nuestra próxima parada es Oiartzun, concretamente el hotel Lintzirin. De nuevo el tiempo es lluvioso, a pesar del sol que nos ha acompañado en La Rochelle, y cuando llegamos ya es de noche así que nos acomodamos en el hotel, ponemos un poco la tele (no sé por qué nos da por ver un partido de fútbol en euskera, porque no consigo entender más que cuatro palabras de cada cien...) y dormimos hasta el día siguiente.

Como Juan no conoce San Sebastián y yo le he dicho miles de veces que es una de las ciudades más (para mi gusto) bonitas que he visitado, hemos decidido hacer una pequeña parada aquí antes de volver a casa. Dejamos el hotel por la mañana temprano y nos vamos hacia allí. Aparcamos en Pío XII y recorremos la ciudad andando, para variar.

Catedral del Buen Pastor
Caminando en dirección al paseo marítimo, el primer sitio en el que paramos es en la catedral del Buen Pastor, que por cierto me entero de que el arquitecto encargado de su construcción se inspiró en la catedral de Colonia para edificarla. Como es muy temprano aún y no hemos desayunado, paramos en un bar de la avenida de la Libertad, con un camarero muy simpático que nos trata como si nos conociera de toda la vida. Desde allí, horror y terror, veo que hay unas vallas justo en el paseo marítimo, así que no sé si nos podremos acercar a la playa o no...

Falsa alarma: al ir hacia el ayuntamiento vemos que la valla no obstaculiza el paso hacia la playa; menos mal. Vamos caminando hacia nuestra derecha, en dirección a la parte antigua, y pasamos por el puerto, a los pies del monte Urgull. Junto al puerto se encuentra el aquarium, que fue fundado allá por el año 1928, aunque se han llevado a cabo en él numerosas reformas hasta que hace poco ha quedado como se conoce actualmente. La última vez que estuve en San Sebastián, normalmente acabábamos aquí el paseo; sin embargo esta vez continuamos un poco más allá, por el paseo nuevo, que rodea la montaña y está justo pegado al mar. Cuando haga muy mal tiempo supongo que no se podrá andar por allí, porque si a veces en invierno he visto las olas saltar por encima de la barandilla de la playa de la Concha, con el mar tan cerca, el oleaje debe de ser espectacular.

Volvemos sobre nuestros pasos y esta vez nos adentramos un poco en el casco viejo, con sus calles estrechas y muy animadas, llenas de tascas y de tiendas. En esta zona se encuentran, además, la iglesia de Santa María, del siglo XVIII, y la iglesia de San Vicente, del XVI. El centro del casco viejo es la plaza de la Constitución, que fue una antigua plaza de toros y que en la actualidad acoge la famosa tamborrada que se celebra cada 20 de enero. Detrás de la plaza se encuentra el monte Urgull, con un camino que sube hasta una fortaleza que data del siglo XII y que hoy es un parque.

De nuevo en el puerto, seguimos caminando paralelos al paseo marítimo. Frente a la playa de la Concha está la isla de Santa Clara, justo en mitad de la bahía. Se puede acceder a ella en el servicio regular de barco que sale hacia allí desde el puerto cada media hora. A pesar de su reducido tamaño, la isla tiene también una playa (conocida como la perla de la Concha) que sólo aparece cuando la marea está baja. Sin embargo, hay bastante gente que visita Santa Clara en verano, por lo que la playa tiene incluso servicio de socorrista, duchas y un chiringuito.

Sin duda, la estrella de San Sebastián es la playa de la Concha, que tiene esa forma tan característica que le da su nombre, y que suele salir en casi todas las postales. Sin embargo también hay otras playas, como la de Ondarreta (a continuación de la de la Concha) y la de Zurriola. Caminando por el paseo marítimo llegamos hasta el palacio de Miramar, de estilo inglés y con unas vistas espectaculares a la bahía. El edificio es propiedad del ayuntamiento, y actualmente está destinado a la celebración de congresos y seminarios organizados por la Universidad del País Vasco. Sin embargo, el acceso a los jardines es totalmente libre.

Peine del Viento
Por último, dejando atrás la playa de Ondarreta, nos encontramos al final del paseo marítimo con el famoso peine del Viento, justo a los pies del monte Igueldo. Se trata de una de las obras más famosas del escultor vasco Eduardo Chillida; está formada por tres esculturas de acero, adosadas a las rocas y casi metidas en el mar. La plaza desde la que se ven las tres esculturas, cuyo suelo es de adoquines, se diseñó de tal manera que cuando rompen las olas y el agua entra por la cueva que hay debajo del suelo, sale por unos agujeros que se encuentran en él. Si te colocas encima de uno de estos agujeros, no sólo notarás perfectamente un chorrazo de agua y aire, sino que puede que, como yo, acabes con unos pelos de loca que paqué. Este monumento es de acceso libre y no tiene horario; imagino que, como en el paseo nuevo, únicamente no dejarán pasar cuando haya mucho oleaje.

Después de este agradable paseo, caminamos de nuevo hasta Pío XII para recoger el coche y hacer una última parada, precisamente en el monte Igueldo, que se encuentra situado en la parte alta de la ciudad, en su lado occidental, y ofrece unas espectaculares vistas de la bahía. Tiene además un pequeño parque de atracciones, que data de principios del siglo XX. Para acceder al monte, tanto en coche como a pie, hay que pagar una tasa de 1’70 € por persona. También, si lo preferimos, se puede subir en el funicular, que sale de Ondarreta cada 15 minutos y cuesta 2,50 ida y vuelta por persona.

Por la tarde, ya en casa, ponemos punto final a nuestro viaje. Ha sido un palizón de nada menos que 7.000 kilómetros recorridos en algo menos de dos semanas, pero desde luego ha merecido la pena. Como colofón, me quedo sin duda con nuestra última foto:

San Sebastián desde el monte Igueldo

23 de enero de 2010

Cuadernos germánicos (I): zarpamos

En el verano de 2009 habíamos pensado ir a Italia, pero al final surgió lo de Alemania porque nos ofrecieron alojamiento gratuito en Maguncia, a pocos kilómetros de Frankfurt. La ciudad no estaba nada mal como campamento base, porque desde allí podíamos ir a varios sitios que no pillaban demasiado lejos. Decidimos ir a ciudades que estuvieran, como mucho, a 300 kilómetros de Maguncia; si le dedicamos una jornada a cada sitio (o a un par de ellos), como tenemos previsto, más distancia se puede hacer demasiado larga para ir y volver en el mismo día.

Salimos de Madrid un lunes de madrugada, ya que hemos decidido hacer una etapa lo más larga posible; así que nos chupamos nada menos que 1.427 kilómetros ese día, para llegar a Reims a pasar la primera noche del viaje. Encima no sabemos por qué, pero la mayoría de las carreteras de Francia están totalmente colapsadas y hay tramos en los que estamos parados durante bastante tiempo. Nunca un viaje se me había hecho tan largo...

Llegamos a Reims por la tarde, y nos da tiempo únicamente a dejar las maletas en la habitación de nuestro hotel, el Ibis Styles Reims Centre Cathédrale (especifico tanto porque hay varios Ibis en la ciudad), buscar un sitio donde aparcar, subir, pegarnos una ducha rápida e irnos casi directos a dormir. Creo recordar que en el canal internacional de TVE están poniendo "Españoles por el mundo", pero lo vemos mientras cenamos algo y no recuerdo si están en Tailandia o dónde; nos vamos a dormir sin ni siquiera terminar de verlo. Después del palizón de coche, caemos como troncos.

Catedral de Notre DameAl día siguiente damos un pequeño paseo por Reims. Nuestro hotel está muy cerca de la catedral de Notre Dame, así que eso es lo primero que visitamos, ya que está abierta desde las 7'30 de la mañana hasta las 7'30 de la tarde. En la fachada principal del edificio hay unos andamios que afean un poco las fotos; a lo largo del viaje nos iremos dando cuenta de que ésa será la tónica principal, qué trajín...

Esta catedral se construyó en el siglo XIII y es uno de los edificios góticos más importantes de Francia. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1991. Durante la Primera Guerra Mundial sufrió algunos daños, y estuvo cerrada bastante tiempo, hasta que se reabrió en 1938 tras un tiempo de trabajos de restauración. En su interior tiene unas vidrieras bastante bonitas, aunque me sigo quedando sin dudarlo con las de la catedral de León.

Rodeamos la catedral por el parque que hay detrás, bastante bien cuidado y donde vemos a mucha gente que pasa por allí haciendo footing o paseando a su perro. Al otro lado del parque está la biblioteca municipal, cuyo edificio recuerda a un antiguo templo egipcio, y, junto a ella, el famoso Palacio de Tau, que hace las funciones de palacio episcopal y que debe su nombre a la planta de su edificio, que tiene forma de letra tau (t en griego). En este palacio se muestran algunos de los tesoros de la catedral, aunque no llegamos a entrar porque te cobran nada menos que 6'50 eurazos.

Basílica de Saint RemiPor último visitamos la basílica de Saint Remi, para lo cual cogemos el coche, ya que está algo más lejos y desde allí tenemos previsto salir directos hacia Alemania. La basílica fue fundada en el siglo VI, y su parte más antigua es la nave, de estilo románico.

Después de esta corta visita a la ciudad de Reims, seguimos nuestra ruta hasta Maguncia. La siguiente etapa del viaje son unos 450 kilómetros, nada comparado con los 1.427 del día anterior; salimos de Francia a media mañana y hacemos un alto en el camino para comer. Es una maravilla ver las áreas de servicio que hay en las carreteras; además de bancos y mesas donde comer, y aseos e incluso en algunas de ellas fuentes para lavarse los pies, casi todas tienen un montón de árboles y zonas de césped donde poder tumbarse a tomar el sol (nos hizo muy buen tiempo durante este viaje) o echarse una siestecilla. Nosotros nos limitamos a enchufarnos unos bocatas y seguir nuestro camino.

Llegamos a Maguncia sobre las 4 de la tarde, subimos los trastos a casa de Mapi, nos acomodamos y vamos al Plus que tenemos justo debajo de casa, para hacer algo de compra. Compramos entre otras cosas pan de centeno, que es muy típico de aquellas tierras y hace meses que no lo pruebo. La cajera que nos atiende tiene unas pintas de orco que dan miedo, pero al menos cuando pagamos y nos da las vueltas nos dice Tschüss (es lo único que entendemos de toda la retahíla; es realmente frustrante que te hablen en un idioma del que no entiendes absolutamente nada...). Estamos bastante cansados, así que nos vamos pronto a dormir. Al día siguiente nos toca levantarnos sobre las 6 de la mañana, que a partir de las 9 nos esperan Nuremberg y Bamberg, y hay mucho que ver...

Lo más leído