25 de febrero de 2014

Esos latinajos...

Por más vueltas que le doy, nunca he entendido muy bien que haya gente que se empeñe en decir cosas en un idioma que no conoce. Siempre me han hecho mucha gracia esos que dicen "Maiami" refiriéndose a Miami, y luego dicen "Dónes" refiriéndose a Donetsk; si no sabes pronunciarlo, di el nombre en español y déjate de complicaciones, que digo yo que además te ahorrarás quedar en ridículo...

Pero en fin, a veces hay quien se quiere poner fino y dice las cosas en latín, que por supuesto quedan mucho más bonitas; aunque claro, si tampoco tiene ni idea de cómo se dicen, pasa lo que pasa. Esta vez ha sido nada menos que en el titular (para que salte bien a la vista) de una noticia del diario ABC:




A ver si nos enteramos de que en latín se dice MOTU PROPRIO, no "de motu propio" como han escrito aquí. Ah, y ya puestos, aclarar también que no es "a grosso modo" sino GROSSO MODO. En fin...

10 de febrero de 2014

Cuadernos itálicos (V): Roma, día 4 / Vaticano

Viernes, 20 de agosto de 2010. Como la Roma Pass es válida para 3 días, y además no incluye la entrada al Vaticano ni a sus museos, decidimos dejar esta visita para nuestro cuarto día completo en Roma. Por la mañana cogemos el metro hasta Ottaviano, y desde ahí andamos un poco.

La plaza de San Pedro siempre me la he imaginado enorme, de tantas veces como la he visto en los libros de historia del arte y en la televisión; pero cuando al llegar allí entramos por una de las filas de columnas, me quedo impresionada porque todo lo que me había imaginado se queda corto. Tanto el tamaño de la propia plaza como la altura de las columnas te hace sentir insignificante. Uno de sus elementos más llamativos es su enorme obelisco egipcio, de nada menos que 350 toneladas, 25 metros de altura y 4.000 años de antigüedad. Y en torno a él hay una historia que a mí me pareció de lo más curiosa e interesante...
El obelisco se colocó el 10 de septiembre de 1586, y para ello hicieron falta 900 hombres, 150 caballos, unas cuantas poleas y cientos de metros de cuerda para ponerlo de pie en el centro de la plaza. Como es natural, el espectáculo atrajo a mucha gente y los responsables de colocar el obelisco debían estar concentrados para poder escuchar las órdenes de los técnicos. Así que el Papa Sixto V ordenó a todo el mundo permanecer en absoluto silencio, bajo pena de muerte. Pero al poco rato de que los obreros hubieran comenzado a izar el obelisco, las cuerdas empezaron a ceder y a echar humo debido a la fricción.

De repente, un grito resonó en toda la plaza. Se trataba del marinero Bresca de Liguria, capitán de un barco genovés y conocedor de que las cuerdas de cáñamo se pueden romper si no se las enfría. A pesar de la advertencia del Papa, y a sabiendas de que se exponía a ser ahorcado, este hombre se hizo oír gritando, en dialecto genovés, la frase Daghe l'aiga a le corde!, que significa ¡Agua a las cuerdas!. Por supuesto, Bresca fue detenido y llevado ante el Papa; pero éste, en lugar de castigarlo, lo recompensó, condeciéndole el privilegio de poder izar en su barco la bandera vaticana, y otorgándole a él y a sus herederos el derecho a vender en exclusiva las palmas del Domingo de Ramos para la Santa Sede. Esta hazaña todavía persiste en la memoria de los habitantes del pueblo natal de Bresca, Bordighera. En la actualidad, el grito que en su día se dio en genovés y que en italiano es Acqua alle funi!, es una frase que simboliza la rebeldía ante el poder establecido, así como el coraje de cualquiera que se enfrente a los abusos, anteponiendo el bien común al riesgo propio sin pensar en las consecuencias personales. Una frase que debería pronunciarse ante las grandes injusticias.
Lo siguiente que hacemos es por supuesto visitar la basílica de San Pedro, la más grande del mundo. El acceso es gratuito, y al igual que para el resto de iglesias de toda Italia, para acceder a ella deberás ir vestido con decoro: no podrás llevar pantalones cortos, ni faldas por encima de la rodilla, ni los hombros descubiertos. La basílica original se construyó en el ager Vaticanus (colina Vaticana) en el siglo IV, en tiempos de Constantino, el primer emperador cristiano de Roma. Se supone que en este mismo lugar, donde antiguamente estaba ubicado el circo de Nerón, es donde San Pedro fue martirizado y posteriormente enterrado, allá por el año 64 aproximadamente. Si el exterior de la basílica es impresionante, su interior, con una capacidad para 60.000 personas y en la actualidad con planta de cruz latina, no se queda atrás; la nave central, de casi 190 metros de longitud, nos sobrecoge. Además aquí se albergan verdaderas obras de arte, aunque quizá la más conocida sea la Piedad de Miguel Ángel, una maravilla a la que las fotos no le hacen justicia.

Si queremos subir a la cúpula de la basílica, que por cierto después de verla ya me quedó claro por qué la profesora de historia del arte nos contaba que los italianos la llaman il cupulone, deberemos salir del edificio y dirigirnos a nuestra izquierda. A partir de la terraza, la subida no está recomendada a personas que tengan vértigo, claustrofobia o problemas cardiacos; eso sí, las vistas desde allí arriba son espectaculares.

Para finalizar el recorrido por San Pedro, la otra opción es ver además la necrópolis vaticana y la tumba de San Pedro, visita que hay que reservar con antelación. El recorrido dura unos 90 minutos y tenemos ocasión de subir y bajar por subterráneos, ver numerosos sepulcros de familias romanas pudientes, recorrer infinidad de pasillos e incluso pararnos un momento en el lugar en el que se supone que está la tumba de San Pedro. Al finalizar la visita a la necrópolis, podremos ir directamente al mismo patio por el que entramos al principio, o bien visitar las tumbas de los papas. La que en la actualidad está más a la vista, y casi siempre rodeada de un montón de gente, es la de Juan Pablo II.

Y por último, no podemos marcharnos del Vaticano sin visitar sus museos. Para verlos todos te podrías pasar allí fácilmente una semana entera, así que si no dispones de tanto tiempo, lo mejor es investigar con antelación qué es lo que hay y qué te interesa ver más, o decidirlo una vez que llegues allí. Si vas a tu aire no hay ningún problema, pero es bastante recomendable reservar las entradas con antelación; se puede hacer directamente en su página web, y así te ahorras las colas. Además de los diferentes museos temáticos y las estancias del pintor Rafael, la estrella de los museos es por supuesto la capilla sixtina, y de hecho hay gente que pasa del resto y va directamente a verla; esto me recordó a Ikea, porque en todas partes hay carteles que te marcan cuál es el atajo que debes seguir para llegar a la capilla.

Las escenas que podemos contemplar en la capilla son las de la bóveda (que se reparten entre enjutas, pechinas, sibilas y profetas, e historias centrales), el juicio final (situado en la pared del fondo de la capilla, que en realidad es la primera que ves según entras a la derecha), la pared Norte (que incluye lunetos, pontífices, historias de Cristo y cortinas), la pared Sur (con los mismos elementos de la anterior, pero sustituyendo las historias de Cristo por las de Moisés) y la pared de entrada, que incluye diversas escenas sobre lunetos, pontífices e historias de Moisés y Cristo. La fotografía que pongo está sacada de esta maravilla de web, porque allí dentro está prohibido hacerlas aunque siempre haya algún espabilado que intenta sacar fotos de tapadillo...

Tras este día tan intenso visitando los museos, nos vamos finalmente dando un paseo hasta el castillo de Sant'Angelo, que está bastante cerca del Vaticano. Allí llegamos ya a última hora de la tarde, aunque nos da tiempo a entrar en el castillo, pasar un rato viéndolo por dentro y subir a lo más alto, desde donde también hay unas vistas espectaculares. Lo único es que el castillo se ve tan bonito en las fotos que no me puedo imaginar que estaría tan descuidado; al menos esa es la impresión que me da, como de medio dejadez.

Y para rematar la jornada, decidimos relajarnos y tomarnos algo en uno de los chiringuitos que hay cerca del castillo, justo debajo del puente de Sant'Angelo, donde inevitablemente me vuelvo a acordar de Vacaciones en Roma porque en uno de esos chiringuitos es donde Audrey Hepburn se lía a guitarrazos con los agentes secretos. Mañana nos tocará despedirnos de esta maravillosa ciudad...

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