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4 de julio de 2018

Casa L'Atalaya, entre Llanes y Ribadesella

La casa
Son ya unas cuantas veces las que he tenido ocasión de viajar por Asturias, y unas cuantas también las que me he alojado en esta casa rural, que conozco ya desde hace algunos años. La conocí de casualidad, cuando la casa en la que me solía alojar las primeras veces estaba completa, y la dueña me puso en contacto con esta otra por si había suerte; la hubo, y después de aquella vez fueron unas cuantas más las que he estado allí.

La casa se encuentra en Ovio, un pueblito muy pequeño de la parroquia de Nueva, que pertenece al concejo de Llanes. Ya sabéis lo que suele pasar en los pueblos tan pequeños, y es que es complicado a veces localizar las cosas; sin ir más lejos, en Ovio la mayoría de las calles no tienen ni siquiera una placa con su nombre, así que tampoco os puedo dar la dirección exacta de la casa. En cualquier caso, si buscáis en Google Maps por "Hotel Casa L'Atalaya" en Nueva de Llanes, la encontraréis enseguida; y la verdad es que una vez que te has aprendido el camino es facilísimo llegar, pero claro, la primera vez vas un poco perdido como nos pasó a nosotros. En cualquier caso, si por el motivo que sea no llevárais GPS, es tan sencillo como preguntar a cualquiera una vez que hayáis llegado a Nueva; la casa la conoce todo el mundo en el pueblo, así que no os será difícil localizarla. Casi os diría que lo más difícil es poder llegar hasta la casa sin haberos cruzado, en esas calles tan pequeñas, con ningún coche de frente.

La terraza y la entrada
Este alojamiento no es una casa rural propiamente dicha de las que se alquilan completas, sino que en realidad es la casa de los dueños, Esther y Fidel, un matrimonio del pueblo (majísimos, por cierto). Como la casa tiene tres plantas, ellos viven en la baja y lo que han hecho ha sido acondicionar como alojamiento rural la primera y la buhardilla. Es una casa muy bonita, con frisos de piedra, paredes de color blanco y tejas rojas. Tiene bastante terreno; hay un trozo en la parte delantera que Esther y Fidel lo utilizan a veces en verano para colocar una piscina portátil, y también tienen allí mismo un cenador y varios árboles frutales. Otra parte del terreno es la que se utiliza para que los huéspedes puedan aparcar sus vehículos. La casa además está en un sitio perfecto, porque es la parte más alta de Ovio y las vistas son espectaculares: por un lateral de la casa vemos la montaña, y por el otro el mar; eso sí, un punto importante en contra es que las escaleras que suben a las habitaciones son empinadísimas, así que me temo que las personas con problemas de movilidad lo tienen un poco complicado...

Las veces que he estado por allí, la puerta de entrada a la casa siempre estaba abierta; aunque tampoco he llegado nunca muy tarde ni me he marchado muy temprano como para saber si la cierran a alguna hora; en cualquier caso, teniendo en cuenta que los dueños viven allí, me daría un poco de cosa andar haciendo ruidos a horas intempestivas o tener que molestarlos para entrar o salir. En cuanto a las habitaciones, como Esther y Fidel están en la planta principal, ya os comentaba que el resto se encuentran en las otras dos plantas, la última de ellas abuhardillada.

Nuestra habitación
Aquí os comento un detalle, y es que todas las veces que me he alojado allí me he encontrado con que cada vez habían hecho algún que otro cambio en la decoración de las habitaciones o en la propia distribución de la casa, así que a lo mejor si un día os animáis a viajar allí y conocer el sitio vosotros mismos, resulta que os lo encontráis de nuevo diferente a como yo os lo voy a describir de mi última vez. Todas las habitaciones son dobles menos una de ellas, que en esta ocasión la habían ampliado para hacer una familiar; y si no recuerdo mal había cuatro en la primera planta y tres en la buhardilla. La nuestra en esta ocasión era una de las de la zona abuhardillada, y lo único malo de esta vez fue que el baño nos tocó compartirlo; aunque por suerte nuestros demás vecinos de planta fueron bastante civilizados.

La habitación que nos tocó no era demasiado grande, pero todo el espacio estaba muy bien aprovechado. Tenía todas las paredes forradas de madera, una cama grande pegada a la pared, con una mesilla en un lado, un par de cuadros en el otro y un espejo en la misma pared de la mesilla; también había, en la pared de enfrente de la cama, un parabán con ruedas y una barra para colgar cosas, que usamos a modo de armario, y en la pared izquierda de la cama una ventana de las de techo, al estar la habitación en uno de los lados de la buhardilla; debajo de esa ventana teníamos además una cómoda con cajones. En este caso la habitación daba al lado del mar, con lo cual aunque no se llegaba a ver la playa, las vistas eran espectaculares desde allí, y la tranquilidad que se respiraba tanto por las noches como por las mañanas a primera hora era una maravilla.

El salón
En esta misma planta teníamos, además, un pequeño saloncito, un espacio común de toda esta zona, que podíamos compartir con el resto de huéspedes que estaban con nosotros. En él había una mesa de centro, varios sillones alrededor, y un mueble con televisión; aunque la verdad es que ese espacio yo lo utilicé todas las veces más bien para leer que para ver la televisión, sobre todo cuando no había nadie, por aquello de que en esos momentos podía estar con la tele apagada y sin ningún ruido de fondo. En esta zona se estaba de lo más tranquilo, aunque también es cierto que la disfrutamos poco porque la mayor parte del tiempo nos lo pasamos de pateo o haciendo turismo. Igual que desde la habitación, desde este salón también había muy buenas vistas, porque una de las paredes tenía una cristalera bastante grande, y las dos paredes laterales también estaban acristaladas, aunque en este caso la ventana era algo más pequeña.

El cuarto de baño que compartíamos estaba igualmente abuhardillado, y tenía justo debajo de la ventana de techo una bañera que ocupaba casi toda la pared, menos un pequeño espacio en el que habían puesto unos escalones de obra; enfrente, junto a la puerta, el inodoro, y en uno de los laterales un lavabo con un espejo, además de un par de mueblecitos de madera. Esta vez no utilicé ninguno de ellos para guardar mis cosas, más que nada porque como era compartido, no sabía muy bien si ese espacio estaba destinado a nuestras cosas o no; y como no me importaba guardar los útiles de aseo en mi habitación, lo hice así directamente. También es cierto que en el propio baño teníamos a nuestra disposición algunos productos de aseo, con lo cual podríamos haberlos utilizado aunque yo siempre tengo la manía de llevar mis propios productos. Pero vamos, que sepáis que cada vez que Esther sube a limpiar las habitaciones y el baño, se lleva tanto toallas limpias para cambiarlas si es necesario, como los productos que sea necesario sustituir.

El baño
Lo que ya no tengo tan claro es cómo gestionará esta mujer lo del cambio de toallas; porque normalmente en los hoteles, si no quieres que te las cambien porque no lo consideras necesario, las dejas colgadas y ellos ya saben que las pueden dejar tal cual. Y si quieres que te las cambien, las colocas en la bañera, o encima del lavabo, por ejemplo, para indicar que quieres otras limpias; pero en este caso, al tratarse de un baño compartido, no sé muy bien cómo lo hará Esther para saber si las cambia o no. Imagino que lo más práctico será preguntar directamente a los huéspedes o cambiarlas sin preguntar; aunque para no complicarle la vida y como siempre he estado pocos días, yo lo que he hecho siempre ha sido guardar las toallas en mi habitación, porque así también evito que las use otra persona.

Una de las novedades que incluyeron esta última vez, y que en otras ocasiones no había estado disponible, fue la de servir desayunos en la propia casa. En la primera planta han habilitado una terracita para poder desayunar, y desde ella vemos el jardín y la entrada de la casa. La decoración además ha quedado muy chula, porque han utilizado como mesas unos muebles de máquinas de coser antiguas, cambiando el tablero de madera por uno de mármol. En la misma terraza Esther tiene un aparador con un microondas, la vajilla y todo lo demás que utiliza para preparar los desayunos, e incluso una pequeña biblioteca con varios libros de temas relacionados con Asturias y también algunos folletos de rutas turísticas o senderistas de aquella zona.

Desayuno con vistas
La última vez que fuimos, Esther nos puso para desayunar café (también puedes tomar cacao, si lo prefieres), sobaos y magdalenas, y pan de chapata con mantequilla y mermelada; las mermeladas las hace ella misma en casa, y nos estuvo contando que había preparado como experimento una de pimiento rojo utilizando los que tiene en el huerto, por si queríamos probarla. A mí esto de probar una mermelada de pimiento no es que me resultara muy atractivo, pero al final me animé a hacerlo y tengo que decir que está espectacular, me encantó. Aunque los más clásicos que no se asusten, porque hay otras mermeladas más "normales" como la de naranja, la de fresa, la de melocotón o la de pera. Aunque eso sí, está todo riquísimo y además no en todas partes tiene uno la oportunidad de disfrutar de unas vistas tan estupendas como las de esta terraza.

Ya para rematar, deciros que además de todas las maravillas que os he contado de este sitio, resulta que también de precio está genial; si queréis comprobarlo podéis hacerlo en su propia web, en la que también se puede consultar la disponibilidad, así como ver el tipo de habitaciones que tienen y el entorno, que ya os digo que es espectacular. Además el trato de los dueños es fabuloso, casi como estar en familia, que es algo que siempre se agradece y, aunque es lo habitual en los alojamientos rurales, en este caso lo es más aún. En resumen, que en mi caso tengo claro que es uno de mis alojamientos de cabecera siempre que viajo por la zona del oriente asturiano.

23 de abril de 2018

Parador de Lorca, en el castillo

Exterior del parador
Llevaba meses queriendo publicar esta entrada, porque estuvimos en el parador de Lorca a finales del año pasado, justo para pasar allí la Nochebuena; habíamos encontrado una promoción bastante buena que incluía alojamiento y desayuno, además de la cena del día 24 de diciembre, así que no lo dudamos y decidimos irnos allí a pasar una Navidad algo diferente. Además yo había pasado por Lorca unas cuantas veces pero no conocía la ciudad en la que nació mi abuelo, con lo cual nos pareció la ocasión perfecta de conocerla por fin.

El parador se encuentra en el punto más alto de la ciudad, en su castillo, así que sobra decir que las vistas desde allí sobre toda la ciudad son simplemente espectaculares. Eso sí, si sois de los que os mareáis en el coche, advierto que la subida hasta allí por esa carretera no son muy aptas para mareos. Una vez arriba, sólo tenemos que franquear la barrera que hay en la entrada y soltar el coche; para descargar el equipaje te dejan aparcarlo durante unos minutos en el espacio que hay junto a la entrada principal, y después ya debes dirigirte a la zona de aparcamiento, que está en la parte trasera del edificio.

En recepción comprobaron los datos de nuestra reserva, nos indicaron cuáles eran nuestras habitaciones y nos dieron las llaves, así que sólo tuvimos que dirigirnos a ellas para descargar nuestro equipaje y acomodarnos. Éramos cuatro personas y habíamos reservado dos habitaciones dobles, las dos exactamente iguales como suele ser habitual en los paradores (a veces varían en cosas pequeñas pero por lo general las del mismo tipo suelen ser muy parecidas). Al entrar, a la izquierda teníamos un armario bastante grande con cajonera, varias baldas, ropa de cama y almohadas de repuesto, perchas y caja fuerte; y enfrente, es decir al entrar a la derecha, el cuarto de baño, también bastante grande, con una encimera de dos lavabos, bañera, el espacio del inodoro y el bidé separado del resto por una puerta de cristal, y como siempre una bandeja con gel y champú, loción hidratante, acondicionador para el pelo, jabón, etc., además de dos juegos completos de toallas.

A continuación del armario teníamos un escritorio con la televisión, el mueble bar debajo, una silla y al lado, en un rincón de la habitación, una especie de saloncito con una mesa de centro y dos sillones muy cómodos; encima de la mesa nos habían dejado un par de bastones de caramelo, de esos que tienen rayas rojas y blancas, con un cartel en el que nos deseaban felices fiestas. Por último, el resto del espacio lo ocupaba la habitación propiamente dicha, con dos camas enormes casi juntas, una mesilla de noche a cada lado, la ropa de cama blanquísima y un ventanal muy grande que daba a la entrada principal; y las camas comodísimas, por cierto. La decoración era muy sencilla, con la ropa de cama como he dicho, blanca, y algún toque de color en los cojines encima de las camas y en la pared del cabecero, que estaba pintada de un tono verde claro. En contraste, todos los muebles eran de madera oscura.

Como siempre en los paradores, el aparcamiento está incluido en la tarifa, así que se puede aparcar dentro del edificio sin ningún problema; por aquella zona además no hay muchas más posibilidades, porque el castillo se encuentra bastante alejado del centro de la ciudad. No es que esté a mucha distancia pero la subida sí es muy pronunciada, por lo que lo más práctico es subir y bajar en coche. La conexión wifi también es gratuita, y además la señal llegaba bastante bien a las habitaciones; aunque la usamos poco, fue lo suficiente para comprobar que funcionaba bien. Al ser miembros del programa "Amigos de paradores", pudimos disfrutar de una consumición en la cafetería del parador; y como estaba incluido en nuestra tarifa, también disfrutamos de la cena de Nochebuena, que fue simplemente espectacular; además Encarnación, la persona que nos estuvo atendiendo y sirviéndonos la cena, fue encantadora. Y a la mañana siguiente, para rematar, terminamos el disfrute con el desayuno, que como siempre en los paradores es una maravilla; como es habitual, es de tipo buffet libre y un montón de cosas para elegir, desde zumo de naranja a varios tipos de bollería y de pan, embutido, huevos, fruta, yogures, cereales, café y leche, y como siempre una selección de productos típicos de la zona.

En este caso no tuvimos circuito de spa como cuando nos alojamos en el parador de La Granja, pero sí pudimos pasar un rato por la tarde en la piscina, que tiene toda una pared acristalada y desde la que hay unas vistas preciosas de toda la ciudad y, justo debajo de nosotros, de los restos arqueológicos que se encuentran en el subsuelo del castillo. En cuanto al precio de la estancia, ya sabemos que hay muchas opciones de páginas en las que poder cacharrear para localizar diferentes opciones, aunque en el caso de los paradores yo siempre suelo mirar en su propia web, ya que al ser miembros del programa Amigos de Paradores se suelen encontrar ofertas bastante interesantes. Por último, si a alguien le apetece explorar el entorno del castillo, hay visitas organizadas en las que se puede ver una sinagoga del siglo X, un aljibe, restos de muralla y la alcazaba del castillo, llamada fortaleza del sol.

Como siempre digo, la experiencia de alojarse en un parador sin duda suele merecer la pena porque por lo general son edificios con historia, hasta ahora siempre me he encontrado con personal muy amable, las habitaciones son muy acogedoras y cosa rara en mí, suelo dormir siempre muy bien, y desde luego sólo por esos desayunos ya amortizas la estancia porque son una maravilla. Así que por ahora yo sigo con mi objetivo de ir probando todos los paradores de la red, que son unos cuantos y me temo que la tarea me llevará un buen rato...

27 de marzo de 2018

Parador de Almagro, en un monasterio

Entrada principal
Viajamos a Almagro porque que desde Reyes tenemos pendiente disfrutar de un regalo que consiste en una estancia en el parador. Como además no conocemos esta población, aprovechamos para hacer un poco de turismo por allí. En el viaje de ida paramos en las tablas de Daimiel porque hace años de la última vez que hemos estado, pero cuando vamos llegando empieza a llover tanto que pensamos que no va a merecer la pena hacer ninguna de las rutas senderistas de la zona, así que nos vamos directos al parador.

Llegamos a Almagro a media mañana y dejamos el coche en una de las dos zonas de aparcamiento que hay dentro del propio edificio. En recepción nos indican que nuestra habitación ya está preparada y después de comprobar nuestros datos y darnos tanto la llave de la habitación como la clave de la wifi y una invitación para dos consumiciones en la cafetería, nos dicen que podemos alojarnos en cuanto queramos; como se va acercando la hora de comer, decidimos que lo mejor es subir a nuestra habitación a dejar el equipaje y después ir hacia el centro caminando, ya que no está nada lejos, para buscar un restaurante.

Habitación 47
El parador está en un antiguo monasterio franciscano, el de Santa Catalina, y eso se nota en su distribución. Se entra por el patio principal y tanto en este patio como en el que nos encontramos a la derecha está la zona de aparcamiento. Y el edificio, además de ser de ladrillo y piedra y con planta rectangular, tiene varios patios interiores a los que dan la mayoría de las habitaciones y alguna que otra estancia más; aunque lo han rehabilitado como alojamiento, sigue conservando ese sabor monástico que nos hace sentir que realmente estamos en un edificio religioso, con los muebles de madera oscura, los suelos de barro, las paredes blancas, los muros gruesos...

La recepción está en un lateral del edificio principal y enfrente de ella hay en primer lugar una especie de recibidor enorme con la prensa diaria, una mesa con un ordenador y conexión a internet, y un par de vitrinas en las que se exponen objetos de recuerdo que podemos comprar; a continuación hay varios pasillos que dan por un lado a las habitaciones de la planta baja, al claustro y al restaurante, por otro a la cafetería y al refectorio, y por otro a las escaleras que suben a la primera planta; ahí es donde está nuestra habitación, la 47, al principio de un pasillo y justo después de pasar un espacio muy chulo, con una chimenea y varias sillas, que da a uno de los patios.

Rincón ideal de lectura
Las habitaciones de los paradores suelen ser muy acogedoras, y esta no lo es menos. Al entrar en la nuestra tenemos en primer lugar un espacio a modo de recibidor, con un armario empotrado enorme en el que tenemos varias perchas, una caja fuerte, una balda para zapatos, una cajonera y un par de almohadas y mantas de repuesto; y junto a él un cuarto de baño completo, también muy grande, con una bañera ocupando toda la pared del fondo, inodoro y bidé en un lateral, y enfrente, ocupando toda la pared, una encimera con dos lavabos, dos espejos y dos vasos de cristal, y como siempre en los paradores, una bandeja con varios botecitos de champú, gel de baño, acondicionador para el pelo, jabón, crema hidratante corporal, peine y gorro de baño. Y por supuesto dos juegos completos de toallas, además de un espejo con brazo extensible, un secador de pelo, y debajo de la encimera un taburete.

Nuestro pasillo
Enfrente del armario, justo antes de la zona en la que está la habitación propiamente dicha, tenemos un banco de madera y al lado un mueble bar, que descubrimos de casualidad y sólo porque nos da por abrir las puertas de una celosía que hay medio camuflada en la pared. Desde luego, está claro que aquí le han echado imaginación a la hora de decorar las habitaciones, para así poder aprovechar el espacio hasta el último rincón.

El resto de habitación lo ocupa una cama bastante grande, con una mesilla a cada lado y, en lugar de cabecero, lo que han puesto son varias filas de azulejos en las paredes, formando una U, que me parece una idea de lo más original. Enfrente de la cama hay un escritorio de madera con una lámpara de lectura, un espejo y varios folletos informativos, y al lado dos sillas, un paragüero de madera y en esa misma pared la televisión.

El baño
La decoración, como la del resto del parador, es muy sencilla y bastante austera, sin ninguna floritura ni colores estridentes, como a mí me gusta. La ropa de cama es blanquísima y el cubrecolchón de la misma tela que las cortinas; tanto las puertas del armario empotrado como las de la celosía del mueble bar y las contraventanas, son de madera de un color verde muy claro. El escritorio y las sillas, de madera muy oscura, le dan a la decoración un aire algo antiguo y a la vez sencillo, en contraste con lo moderno que es por ejemplo el cuarto de baño, que además en comparación es casi más grande que el resto del espacio destinado a la zona de habitación. Igual que en el resto del edificio, los suelos aquí también son de barro, de color marrón, pero a pesar de andar descalza en algún momento no llega a hacer frío; de hecho es justo lo contrario, por la noche hace bastante calor.

La cama
Por lo que podemos ver durante el tiempo que pasamos alojados en el parador, aquello es bastante tranquilo. Pero además la ventana de nuestra habitación da a uno de los patios interiores, con lo cual no escuchamos ni un ruido en toda la noche; tampoco tenemos vecinos escandalosos ni gente haciendo ruidos a deshora, así que entre lo cómoda que es la cama y ese silencio que se respira en todo el edificio, la verdad es que dormimos estupendamente esa noche.

La zona en la que se encuentra el parador no está lejos del centro pero sí lo suficientemente alejada como para no haber problemas para aparcar por allí; de todas formas en los paradores siempre está incluido el aparcamiento en la tarifa, así que si alguien prefiere aparcar dentro del edificio, puede hacerlo sin problema. Hay una zona, justo a la entrada, que tiene varias plazas al aire libre; y en el espacio a la derecha hay un sitio algo más grande donde también puedes aparcar o bien al aire libre o bien en una especie de soportales que han utilizado para marcar las plazas disponibles; en cualquier caso el coche va a estar en la calle, pero al menos en los soportales estará algo más a cubierto.

Espacio frente a la cama
La conexión wifi también es gratuita para los huéspedes, aunque no llegamos a utilizarla demasiado porque la señal a veces se corta; supongo que es porque los muros son muy gruesos y cuesta que llegue correctamente, pero en cualquier caso no es algo que nos preocupe demasiado. Como al llegar nos han dado también un descuento para utilizar en la cafetería, el sábado por la tarde nos acercamos por allí antes de cenar, para tomarnos algo; la decoración aquí es muy curiosa, ya que en la zona en la que están las mesas han colocado varios recipientes de barro, enormes, que sobresalen del suelo. Y ya que hablamos de cafeterías, algo que no puedo dejar de mencionar es el espectacular desayuno que tienen siempre en todos los paradores; en este caso hay que ir al refectorio, en el que hay dos zonas, una de ellas algo más pequeña y otra bastante más grande y con ventanales que dan al claustro del monasterio. Como siempre, tenemos la opción del buffet libre y un montón de cosas para elegir, desde zumo de naranja a varios tipos de bollería y de pan, embutido, huevos, fruta, yogures, cereales, café y leche, y como siempre una selección de productos típicos de la zona; en este caso migas y flores de azúcar, entre otras cosas.

Vistas desde la habitación
En cuanto al precio de la estancia, ya sabemos que hay muchas opciones de páginas en las que poder cacharrear para localizar diferentes opciones. Aunque en el caso de los paradores yo siempre suelo mirar en su propia web, ya que al ser miembros del programa Amigos de Paradores, se suelen encontrar ofertas bastante interesantes.

Como siempre digo, la experiencia de alojarse en un parador sin duda suele merecer la pena porque por lo general son edificios con historia, hasta ahora siempre me he encontrado con personal muy amable, las habitaciones son muy acogedoras y cosa rara en mí, suelo dormir siempre muy bien, y desde luego sólo por esos desayunos ya amortizas la estancia porque son una maravilla. Así que de momento seguiré con mi objetivo de ir probando todos los paradores de la red, que son unos cuantos.

21 de marzo de 2018

Como reinas en el parador de La Granja

Fachada
El año pasado mi madre cumplió los 70, y para celebrar el acontecimiento mi hermana y yo nos pasamos unos cuantos meses compinchadas con el resto de la familia para organizarle entre todos una fiesta sorpresa; como además somos muchos, lo que hicimos fue una colecta para un regalo comunitario, y lo que elegimos para regalarle fue preparar una escapada de fin de semana que incluyera la estancia en un parador, ya que ella tenía ganas de alojarse en alguno; pensamos en el de La Granja porque para un fin de semana es un sitio que nos pilla bastante cerca, y además hacía un montón de años desde la última vez que mi madre había visitado el palacio real.

Con el dinero de la colecta nos dio para reservar una habitación para ella y para un acompañante, y hasta sobró para comprar entradas de acceso al palacio y a la fábrica de cristales; pero como en realidad lo que más nos apetecía era pasar por ahí un fin de semana, con el coche en plan Thelma y Louise, lo que hicimos fue irnos las tres y pagar por nuestra cuenta la diferencia.

En la "corrala"
El parador lo forman dos edificios y uno de ellos es el centro de convenciones, así que a no ser que vayamos a una convención, deberemos ir al edificio principal, que está en la calle Infantes 3 y fue mandado construir por Carlos III como vivienda para sus dos hijos. Fue inaugurado como parador en 2007, y es una construcción rectangular, de piedra de un tono gris claro y encalado en amarillo suave en casi todo el exterior, y de ladrillo en el interior; esta zona interior además está dividida en tres sectores, cada uno de ellos con un patio en la planta sótano, y en las tres plantas siguientes se encuentran las habitaciones, todas ellas situadas alrededor de cada uno de estos patios, como si fuera una corrala gigante. Y una de las cosas que me parecieron más llamativas, nada más entrar, fue la forma en la que han combinado los elementos antiguos, muy palaciegos y austeros ellos, con los más modernos y acogedores; el resultado es una fusión muy interesante de ladrillo y piedra por un lado, alfombras y madera por otro, y algunos elementos decorativos adicionales, como unas esculturas muy curiosas, de personas de color blanco impoluto y de lo más sencillas, sin adornos de ningún tipo; todo ello en su conjunto me gustó muchísimo.

La recepción desde la planta 1
Al entrar al edificio nos abrió la puerta un chico majísimo que fue de lo más atento con nosotras durante toda la estancia; imagino que será así con todo el mundo, pero es que daba gusto entrar y salir y ver que siempre le dedicaba a la gente una sonrisa y unas palabras amables. Se llamaba Daniel, por cierto, así que aunque no leerá esto, aprovecho para darle las gracias. La recepción es muy amplia y a través de ella se accede a la cafetería (a la que puede entrar cualquiera, aunque no se aloje en el parador) y a los tres patios que dan acceso a las habitaciones, al restaurante para huéspedes y a la zona de spa. Después de registrarnos nos dieron, junto con las tarjetas para abrir las puertas y accionar las luces, una tarjeta más con la clave de la wifi y otra con una invitación (esto lo hacen siempre, si perteneces al programa "amigos de Paradores") para una consumición en la cafetería, la que os decía que está junto a la entrada.

El baño
Nuestras dos habitaciones (111 y 119) eran casi exactamente iguales, salvo algún detalle. Por cierto, daba gusto caminar por los pasillos desde los ascensores hasta las habitaciones, porque aunque los suelos son de terrazo, en todos los pasillos hay alfombras mullidísimas y parecía que ibas descalzo por allí. En la habitación que compartimos mi hermana y yo, lo primero que teníamos al entrar era una especie de recibidor muy grande, con un armario gigantesco con espacio para el equipaje y también un par de edredones de repuesto, perchas, varias baldas, huecos para zapatos y una caja fuerte. Enfrente del armario el cuarto de baño, también enorme y con bañera, lavabo con encimera grandísima y espejo también descomunal por un lado, y por el otro, separado del resto del espacio con una puerta corredera de cristal traslúcido, el inodoro y el bidé. Teníamos por supuesto dos juegos completos de toallas, una banqueta debajo del mueble del lavabo, en la pared un espejo con brazo extensible, un secador de pelo, dos vasos de cristal, y lo que más me gusta de los baños de los paradores, una bandeja con peine, pastilla de jabón, y botecitos de gel, champú, acondicionador para el pelo y crema hidratante para el cuerpo.

Las camas
A continuación del baño y el recibidor, tras una puerta, estaba la habitación propiamente dicha, grandísima, con dos camas enormes juntas y, en lugar de mesillas de noche, un baúl a cada lado. No la llegamos a utilizar porque nos hizo fresquete y no tuvimos las ventanas abiertas demasiado tiempo, pero colgando del techo había además una mosquitera, que lógicamente estaba plegada. También una lámpara en cada cama, aparte de la luz principal. Y en una de las paredes laterales, que tenía un retranqueo, habían aprovechado el espacio para colocar otro baúl más, este mucho más grande que los que teníamos junto a las camas; este era el único detalle diferente con respecto a la habitación de mi madre, porque en su caso no había este retranqueo y el baúl estaba colocado a los pies de las camas.

El escritorio
Enfrente de las camas, ocupando casi toda la pared, teníamos un escritorio con una silla, y encima una estantería de madera muy cuca con espejos, una balda con libros y una nota que decía que podías llevarte alguno y sustituirlo por otro tuyo que ya no quisieras; también una nevera pequeña y sobre ella la televisión, y junto a la ventana un sillón comodísimo y una lámpara de pie, ideal para los momentos lectores. Los suelos, como los del resto del edificio, son de terrazo pero no resultaban fríos porque los habían cubierto con alfombras; nada de moquetas, que es algo que odio, sino alfombras suaves y mullidas. Y la decoración muy sencilla, con los muebles de madera no demasiado oscura, la ropa de cama y las toallas blancas blanquísimas, salvo unos cojines en tonos grises, y todo ello de lo más acogedor.

Desde la habitación
Si vais a La Granja en coche, tenéis la posibilidad de aparcarlo gratuitamente en el parador, en el edificio de convenciones que os comentaba al principio. Nosotras aparcamos en la calle porque llegamos pronto y había mucho sitio, pero comento lo del aparcamiento por si alguien prefiere dejarlo en el parador, aunque no es cubierto ni está vigilado; sólo tiene una barrera para acceder a él. De lo que no puedo dejar de hablar, porque es una de las cosas que más me gustan de los paradores, es del desayuno; siempre es de tipo buffet libre, y con un montón de cosas para poder elegir: zumo de naranja recién exprimido, varios tipos de bollería y tartas, embutido, huevos, fruta, yogures, cereales, infinidad de tipos de pan, café y leche, además de bebidas de soja, arroz y otras, para los que no toman leche. Y además suelen tener una pequeña variedad de productos típicos de la zona en la que está el parador. En el caso de La Granja, el desayuno lo dan en uno de los patios, en la planta inferior, y la verdad es que es una maravilla la tranquilidad que se respira allí, sobre todo si como nosotras vas temprano. Y desde luego, con todo lo que tienes para elegir, es el desayuno perfecto para empezar el día con energía; si además te apetece desayunar al aire libre, puedes optar por salir a la terraza en lugar de quedarte en el comedor.

El patio del comedor
También nos apuntamos, ya que hicimos la reserva que incluía esta promoción, a una sesión de spa. Esta zona está en la planta inferior, y cuando vas a hacer el circuito te dan allí mismo un albornoz; tú sólo tienes que llevar las chanclas para andar por allí, porque no te hacen ponerte gorro como he visto en otros sitios. El circuito dura 90 minutos, y al entrar te explican cuál es el recorrido que debes hacer: primero empiezas por un par de duchas de contraste, después pasas por el pediluvio, luego cruzas al edificio de enfrente para ir a una piscina que entre otras cosas tiene la opción de nado a contracorriente, y de nuevo vuelves al edificio principal para entrar a otra piscina con varios chorros diferentes, después la sauna finlandesa y la terma romana, y para terminar una ducha de agua fría, la fuente de hielo y de nuevo una ducha de contraste.

En cuanto al precio, como ya sabéis que hay infinidad de páginas comparativas para buscar alojamiento, es cuestión de echar un vistazo; en cualquier caso, en la propia red de paradores suele haber ofertas que no están del todo mal, así que por si acaso os dejo aquí el enlace a la página específica del parador de La Granja. Estos alojamientos no son especialmente baratos, pero para darse un capricho de vez en cuando, la verdad es que están genial; porque la mayoría de los edificios que los albergan suelen tener su encanto (son palacios, monasterios, castillos y todo tipo de edificios con historia...) y además la estancia allí es una maravilla, las habitaciones cómodas y acogedoras, el personal encantador... Desde luego yo tengo claro que, si mi economía me lo permitiera, me alojaría en ellos mucho más a menudo.

12 de marzo de 2018

Cuadernos hispánicos (XVI): Teruel

Degustando un té moruno en la jaima del barrio musulmán
Hace ya unos cuantos años que conocí Teruel, y desde entonces he tenido ocasión de ir por allí unas cuantas veces más; aunque ninguna como la primera, ya que mi estreno turolense fue en plenas Bodas de Isabel de Segura, un evento que organizan cada año y que creo que merece la pena conocer. Siempre recuerdo que esta primera vez llegué a la ciudad en autobús, y cuando el conductor nos anunció que ya estábamos a punto de llegar a la estación, empecé a ver que por todas partes había antorchas, pendones con escudos, tenderetes artesanos, gente por la calle paseando vestida (que no disfrazada) con ropa medieval... Claro, me sentí en mi salsa; de hecho, en esa ocasión incluso me prestaron un traje medieval para que me integrara en el ambiente, porque yo aún no tenía uno propio.

En la escalinata
Después de aquella vez he visitado Teruel unas cuantas veces más, así que creo que puedo contar algunas cosas sobre esta ciudad, que desde luego existe y que desde luego tiene muchos rincones por descubrir. Además es muy cómoda para recorrerla caminando, porque quitando un par de cosillas que están más a las afueras, todo lo demás se puede ver perfectamente en unos cuantos paseos. Como siempre que he ido me he alojado en la zona del llamado barrio del Ensanche, al ir andando desde allí hacia el centro he pasado en primer lugar por el viaducto, que hasta que se construyó el nuevo era el punto principal de acceso a la ciudad; el viaducto nuevo termina en una glorieta junto a la plaza del Óvalo, un lugar de recreo con zonas verdes que acaba desembocando en la escalinata, construida en estilo neomudéjar para salvar la altura que separa el centro de la ciudad con la estación de trenes. En su tramo más alto hay dos torreones de ladrillo y cerámica, a imitación del mudéjar.

Torre del Salvador
Si dejamos a nuestras espaldas la escalinata y seguimos caminando hacia el centro, nos encontraremos con la torre del Salvador, una de las cuatro mudéjares que se encuentran en la ciudad y desde la cual, si subimos sus 122 escalones, tendremos unas vistas estupendas. Esta torre, además de albergar el campanario de la iglesia del Salvador, era también un puesto de vigía para controlar quién llegaba a Teruel por la puerta de Guadalaviar (que hoy en día no existe).

La calle en la que se encuentra esta torre desemboca en la plaza del Torico, donde confluyen todas las calles principales de Teruel. El torico, cuya escultura está en un pedestal en el centro de la plaza, es uno de los símbolos más queridos por los turolenses. En esta plaza se encuentran además varios edificios bastante conocidos, todos de estilo modernista: Casa Ferrán, Casa la Madrileña, y Casa del Torico. No muy lejos de la plaza nos encontramos la iglesia de San Pedro, Patrimonio de la Humanidad y uno de los ejemplos más representativos del arte mudéjar de Teruel. En este caso, siempre recomiendo hacer la visita guiada porque la chica que enseña la iglesia hace el recorrido muy ameno; te lleva por el altar mayor, el claustro, las bóvedas, las vidrieras y la torre (otra de las cuatro mudéjares de la ciudad). En el interior de la iglesia destacan sobre todo sus techos, pintados de azul y con estrellas doradas, que dan la sensación de que realmente estás viendo el cielo bajo las estrellas. Aunque sin duda lo más llamativo de la iglesia es su exterior, con una curiosa mezcla de estilos artísticos, reflejo de la convivencia de las tres culturas que habitaron Teruel.

Escultura del torico
En la misma plaza en la que está la iglesia podemos visitar el mausoleo de los amantes, del que no puedo contar nada porque a pesar de mis múltiples visitas a la ciudad no he llegado a visitarlo; pero en este enlace tenéis toda la información. No muy lejos tenemos la tercera torre mudéjar, la torre de San Martín, que de las cuatro es mi preferida; son en realidad dos torres, una de ellas envolviendo a la otra, y su decoración (entre cuyos motivos se incluye la estrella mudéjar de Teruel) es más compleja que la del resto, ya que en ella se utilizaron arcos entrecruzados, mayor número de apliques cerámicos, y además el color blanco, que anteriormente no se utilizaba. Junto a esta torre hay una parroquia, también de San Martín, que según tengo entendido estaba previsto que un día albergara el museo de la Semana Santa.

Torre de San Martín
Otra cosa muy interesante para ver es el acueducto de los Arcos, construido en el siglo XVII para abastecer de agua a la ciudad; hasta entonces, el agua se almacenaba en los aljibes que había bajo la plaza del Torico. Muy cerca de él está la iglesia de la Merced, otro ejemplo de arquitectura mudéjar aunque su torre no lo sea tanto, ya que se terminó de construir durante el Barroco; y también más o menos cerca se encuentra la catedral de Santa María de Mediavilla, que alberga la cuarta torre mudéjar de la ciudad. Es de origen románico y se convirtió en catedral a finales del siglo XVI; es una maravilla sobre todo su techo artesonado, que cubre toda la nave central con motivos geométricos y vegetales.

En la plaza casi adyacente a la catedral está el palacio del marqués de Tosos, barroco de finales del siglo XVII, que hoy día es el museo provincial. La entrada es gratuita, y en él se puede observar una muestra de restos arqueológicos que ofrecen una visión de los habitantes de la provincia en la antigüedad, desde la Prehistoria hasta la Edad Media. Desde la parte alta del edificio tenemos además una vista general de prácticamente toda la ciudad, con la catedral en primer plano.

Catedral de Santa María
Por supuesto, no puedo más que recomendar la visita a Teruel. En mi caso, a pesar de haber visitado la ciudad en todas las épocas del año, me quedan unos cuantos rincones aún por descubrir, aunque siempre digo que está bien dejarse cosas pendientes para así poder volver. Si todavía no la conocéis, lo que sin duda yo no me perdería es pasar por allí durante el fin de semana en el que se celebran las bodas de Isabel de Segura; es un momento muy especial, aunque si no os gustan las aglomeraciones quizá este evento no sea para vosotros. En cualquier caso, Teruel bien merece una visita; o varias... Y si además podéis aprovechar para hincarles el diente a los suspiros de amante o las trenzas mudéjares, dos de los dulces más típicos, yo ni me lo pensaría.

26 de enero de 2018

Cuadernos hispánicos (XV): edificios históricos de los Carabancheles



Hay mucha gente que, cuando oye hablar de Carabanchel, en lo primero que piensa es en la cárcel, aunque ya haga años que el edificio fue demolido. Sin embargo este distrito tiene muchísimos rincones por descubrir, y a eso nos dedicamos de vez en cuando; la última vez que hicimos esta ruta fueron casi tres horas de caminata y algo más de 4 kilómetros muy bien aprovechados, que os cuento ahora con más detalle.

Nuestra Señora de la Antigua
Si queremos seguir más o menos un orden cronológico, lo mejor es empezar el recorrido en la estación de metro Eugenia de Montijo, donde está lo más antiguo del distrito, que data de la Prehistoria; y aunque en la actualidad no los vemos porque se encuentran bajo nuestros pies, en la explanada que hay junto al metro se encontraron unos de los restos romanos más importantes de Madrid, la villa romana de Miacum o Meacum (por el arroyo Meaques, que pasaba por la zona), del siglo III; el más conocido de ellos es un mosaico que representa al dios Baco, y que podemos ver expuesto en el madrileño Museo de San Isidro. A partir de aquí damos un salto bastante grande en el tiempo, porque ya no quedan más restos hasta llegar al siglo XIII, en que fue fundada la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua, que tiene el honor de ser la única ermita de estilo románico-mudéjar que se conserva entera en la Comunidad de Madrid; en su exterior destacan el ladrillo y la torre, que es maciza hasta aproximadamente la mitad, y en el interior el techo de madera, original, y un pozo en el que se supone que ocurrió uno de los milagros de San Isidro. La iglesia abre muy pocos días al año, así que hay que estar atento si se quiere visitar (uno de estos días es el 1 de noviembre). Y como curiosidad, la fachada lateral (la que se ve en la foto) es prácticamente igual que la de la iglesia de San Lorenzo, en Toro (Zamora).

Crucero de la iglesia de San Sebastián
Años más adelante el arroyo Meaques se secó y el núcleo de población se fue quedando vacío y se trasladó a otro lugar; Carabanchel se dividió en dos partes: Suso y Yuso, los actuales Alto y Bajo, ya que los habitantes del viejo Meacum se repartieron en dos zonas; en el actual Carabanchel Alto quedó la iglesia de la Antigua, y en Carabanchel Bajo se comenzó a construir a finales del siglo XV la iglesia de San Sebastián, que hoy día se encuentra reconstruida y lo único original que conserva es el crucero de la entrada. Si se observa en el mapa el recorrido entre ambas iglesias, veremos que el camino que las une es una línea perfectamente recta. Y en este camino encontramos algunos otros edificios destacados; uno de ellos es el actual colegio Santa Rita, que funcionó como prisión hasta que se terminó de construir la famosa cárcel de Carabanchel que mencionaba antes; precisamente fueron los presos que estaban en Santa Rita los que llevaron a cabo la construcción, entre otros el escritor Buero Vallejo.

Antiguos talleres.
Otro de los edificios singulares que podemos ver en el recorrido son unos antiguos talleres. El edificio en sí pasa desapercibido aunque como en nuestro caso hayas pasado por allí cientos de veces; fue un arquitecto el que nos dio la pista, ya que a él, que lo vio con ojos de arquitecto, sí le llamó la atención, tanto por los materiales utilizados en su construcción como por su fachada, redondeada en el centro. Y es que nos dijo que es de un estilo industrial que él no ha visto en ningún otro sitio de Madrid; mi padre, que lleva viviendo en Carabanchel más de 60 años, nos confirmó que efectivamente recuerda que este edificio albergaba unos talleres que él llegó a conocer, y aunque estos talleres ya no existen, hoy día se utiliza como viviendas. Muy cerca de aquí y también convertido en bloque de pisos, aunque sigue conservando su fachada, está el antiguo cine Imperio.

Fachada del cine Imperio
Pero sin duda la "estrella" del barrio es su famosísima Colonia de la Prensa, construida a principios del siglo XX como urbanización de viviendas para periodistas y escritores; de ahí su nombre y el de sus calles, que hacen referencia a periódicos como La Época, Siglo Futuro o Diario La Nación. Este lugar es de los pocos de estilo modernista que existen en Madrid, y aunque el aspecto de cada vivienda (de las que se conservan actualmente menos de la mitad) varía según fueron los gustos de cada propietario, la estructura de todas ellas es similar: se trata de casas unifamiliares con varias plantas, un jardín y una pequeña torre, que era el espacio en el que el periodista o escritor tendría su despacho para trabajar. Merece la pena callejear por aquí e ir descubriendo las viviendas que aún quedan, todas diferentes y algunas muy originales en su decoración; hay incluso un ejemplo de casa que es de estilo Secesión de Viena, una variedad del modernismo.

Entrada a la Colonia de la Prensa.

Y si después de pasear por aquí nos apetece seguir explorando más edificios históricos de Carabanchel, tenemos la opción de visitar por un lado la parroquia de San Pedro Apóstol, que fue construida en estilo mudéjar en el siglo XV; o uno de los antiguos palacetes de Godoy, que en la actualidad es un colegio.

28 de noviembre de 2017

Romanorum vita. Una historia de Roma

La carpa que alojó la exposición
Me temo que ya llego tarde para hablaros sobre esta exposición, Romanorum vita, en la que estuve hace algunas semanas en la ciudad de Segovia; y es que el último día era el pasado 7 de noviembre... Pero como me he enterado de que está itinerante por más lugares de España, aprovecho para contároslo, pues me parece que no os la deberíais perder; siempre y cuando os interese el mundo romano, claro.

En realidad yo la visité un poco casualmente; sí tenía pensado ir a verla, pero no en la fecha en la que finalmente fui, a finales de septiembre. Había estado un par de semanas de vacaciones y como el día que volvíamos a casa era entre semana, pensamos que Segovia estaría menos concurrida que si íbamos cualquier sábado o domingo, que era cuando teníamos previsto en un principio ir a la exposición, así que como no estábamos lejos, hicimos una parada allí. La carpa estaba situada muy cerca del acueducto; desde luego todo un acierto, porque particularmente a mí no se me ocurre un lugar mejor para alojar una exposición relacionada con Roma que este monumento tan emblemático de la ciudad.

Y ¿en qué consiste Romanorum vita? Pues se trata, ni más ni menos, que de la reproducción de una ciudad romana, en miniatura, eso sí; la exposición no es demasiado grande y la visita es únicamente guiada, en grupos de un máximo de 25 personas, que acceden al recinto cada media hora. Lo primero que se hace es entrar en una sala en la que proyectan un audiovisual que explica lo que verás en la exposición, para pasar inmediatamente después a una calle cualquiera de la ciudad eterna en tiempos romanos. Enseguida te encontrarás inmerso en el bullicio de la ciudad, con sus ruidos, sus olores, su actividad diaria... Todo está cuidado hasta el más mínimo detalle, y de hecho no menciono los olores sin razón, ya que al acercarse a las letrinas notaremos el olor característico de unos baños públicos, y al pasar por la panadería nos ocurrirá lo mismo.

Varias imágenes del recorrido.
En esta calle romana veremos como ya digo unas letrinas, el empedrado de los suelos, diferentes comercios (las llamadas tabernae), una fuente pública, una proyección sobre un día cualquiera en la vida de la ciudad, para acabar por último accediendo a la reproducción de una auténtica domus romana, con su famoso Cave canem (cuidado con el perro) en un mosaico en la entrada, o el atrio donde se recogía el agua de la lluvia, y alrededor del cual se distribuyen las diferentes estancias (dormitorios, despacho del cabeza de familia, cocina...).

Ya mencionaba al principio que la exposición es breve, pero no está nada mal montada; como curiosidad está bien visitarla, aunque si os interesa el mundo del arte romano es posible que no os aporte nada que no sepáis ya. Yo la recomiendo sobre todo si tenéis niños pequeños, que estoy segura de que ellos la disfrutarán muchísimo. Así que si os animáis, en estos momentos podréis verla en Santa Cruz de Tenerife, del 5 de diciembre de 2017 al 25 de enero de 2018.

21 de agosto de 2017

Cuadernos hispánicos (XIV): sinagoga de Santa María la Blanca

Por muchas veces que vayas a Toledo, creo que es absolutamente imposible llegar a conocer todos sus rincones; los romanos siempre dicen que para ver Roma entera no basta una sola vida, y yo creo que a Toledo le pasa exactamente lo mismo; he ido por allí infinidad de veces, pero cada una de ellas he descubierto un rincón nuevo, una calle por la que no había pasado antes, una fachada en la que no había reparado... Pero también es cierto que hay algunos monumentos emblemáticos que es bastante probable que se visiten, aunque sea la primera vez que vayamos a esta ciudad.

Uno de estos monumentos es la sinagoga de Santa María la Blanca, una de las aproximadamente diez o quizá doce que se cree que llegaron a existir aquí. Se encuentra en pleno barrio judío, muy cerca de la del Tránsito, otra sinagoga de las que aún quedan en pie, y también muy cerca del espectacular monasterio de San Juan de los Reyes.



Si tienes previsto visitar más monumentos, puede que te sea rentable adquirir la pulsera de Toledo, disponible en cualquiera de las oficinas de turismo; con ella podrás visitar entre otras cosas esta sinagoga, que se cree que data de finales del siglo XII (aunque algunos expertos consideran que es más tardía, del XIV, por su decoración parecida a la del arte nazarí) y cuyo horario de apertura y precio de las entradas puedes consultar aquí.

El edificio comenzó siendo sinagoga, la mayor de la judería además, y con el tiempo fue también iglesia cristiana, casa de acogida para mujeres arrepentidas, cuartel durante la Guerra de la Independencia... Tuvo una vida bastante movidita, e incluso llegó a estar amenazado de ruina por el deterioro que sufrió en muchos momentos. Por suerte, a mediados del siglo XIX la administración se hizo cargo de él, llevó a cabo varias reparaciones, y finalmente en los años 30 la sinagoga fue declarada monumento nacional. Debido a este ajetreo, la evolución histórica se refleja en lo que veremos en el edificio: planta judía, decorado por musulmanes, con influencias mudéjares... Es una mezcla de lo más peculiar.

Al atravesar la verja de entrada veremos primero la taquilla-tienda de regalos, y a continuación el jardín por el que podemos pasear y admirar su bosquecillo de cipreses, además de disfrutar de la tranquilidad que se respira. Una vez en el interior de la sinagoga, cuya decoración contrasta totalmente con la sencillez exterior, observaremos que su planta es irregular, algo poco habitual pero que aquí se entiende por la superposición de edificios de diferentes épocas; la entrada principal es una enorme puerta de madera, decorada con motivos mudéjares de lazos y estrellas.

Nave principal
Una vez dentro, lo primero que nos llamará la atención serán las cuatro filas de columnas que recorren la sinagoga dividiéndola en cinco naves, la central la más alta de todas; son columnas octogonales, hasta un total de 32, y tienen los capiteles decorados con piñas y motivos vegetales, un poco enrevesados pero muy bonitos, de esos que te puedes pasar un buen rato mirando y mirando porque casi te hipnotizan. La nave central es la más ancha, y las cinco están separadas entre sí por esas filas de arcos, que son de herradura y descansan sobre las columnas octogonales. Por encima de estas filas de arcos hay otras más, de arcos más pequeños y polilobulados, que actualmente están tapiados, así que lo único que vemos a través de ellos son las paredes del edificio. Los techos son de madera, artesonados y preciosos; pero lo más espectacular sin duda es la iluminación, porque todas las paredes, las columnas y los arcos son tan blancos que casi deslumbran, y la combinación del blanco con el dorado de las decoraciones es simplemente perfecta.

Arcos y columnas
Y si es espectacular la arquitectura de esta sinagoga, tampoco se quedan atrás otros de sus aspectos artísticos: hay algunas pinturas que se han perdido, pero otras se siguen conservando porque fueron labradas en el yeso utilizado para las paredes. Y hay otras, que están a los dos lados de la puerta principal, que son todo un misterio porque su dibujo está formado por cintas, cadenas, círculos, cabezas de serpiente y peces; se supone que pertenecen a un edificio mudéjar que se construyó antes que la sinagoga, y es que hay unos dibujos muy parecidos en sitios tan dispares como el castillo de Brihuega (en Guadalajara), la torre de Hércules (en Segovia) y la mezquita del Cristo de la Luz (en el propio Toledo).

Detalle de un capitel
Destaca por supuesto la escultura, que podemos ver en los capiteles que ya he mencionado, con esas piñas que son típicas tanto de la tradición israelí como del cristianismo. Pero además de los motivos vegetales también los hay geométricos y de elementos marinos, e incluso una estrella de David en la nave central. Por último, también hay cerámica, principalmente en los suelos, aunque los originales no sobrevivieron y los que aún se conservan son posteriores; están hechos de barro cocido y algunos están adornados con piezas de cerámica que forman varios dibujos entre las baldosas, de motivos abstractos y muy llamativos porque son azules y naranjas sobre fondo blanco.

Mezcla de estilos
Como veis, la sinagoga tiene una interesante mezcla de estilos y eso se ve muy bien sobre todo en la cabecera, en la nave central, donde encontramos los arcos de herradura típicamente árabes junto a bóvedas doradas o trozos de construcciones más antiguas. Es muy interesante pararse a observar detenidamente todo esto.

Ya decía al principio que Toledo es una ciudad sorprendente en la que nunca dejas de descubrir rincones nuevos; esta sinagoga no es precisamentena de los rincones que se pueden considerar escondidos, desde luego, y además puedes aprovechar el paseo para visitar también la sinagoga del Tránsito y el monasterio de San Juan de los Reyes, de los que hablaba antes. Como estos edificios están muy cerca unos de otros, por ejemplo puedes dedicarles una mañana a los tres; además merece la pena pasear por la judería y recorrer sus callecitas. Si te interesa el mundo del arte seguro que disfrutarás de esta sinagoga; y si no, siempre puedes pasar un rato de lo más agradable en su jardín. Hagas lo que hagas, seguro que te sorprenderá, como a nosotros...

Boquiabiertos

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