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4 de julio de 2018

Casa L'Atalaya, entre Llanes y Ribadesella

La casa
Son ya unas cuantas veces las que he tenido ocasión de viajar por Asturias, y unas cuantas también las que me he alojado en esta casa rural, que conozco ya desde hace algunos años. La conocí de casualidad, cuando la casa en la que me solía alojar las primeras veces estaba completa, y la dueña me puso en contacto con esta otra por si había suerte; la hubo, y después de aquella vez fueron unas cuantas más las que he estado allí.

La casa se encuentra en Ovio, un pueblito muy pequeño de la parroquia de Nueva, que pertenece al concejo de Llanes. Ya sabéis lo que suele pasar en los pueblos tan pequeños, y es que es complicado a veces localizar las cosas; sin ir más lejos, en Ovio la mayoría de las calles no tienen ni siquiera una placa con su nombre, así que tampoco os puedo dar la dirección exacta de la casa. En cualquier caso, si buscáis en Google Maps por "Hotel Casa L'Atalaya" en Nueva de Llanes, la encontraréis enseguida; y la verdad es que una vez que te has aprendido el camino es facilísimo llegar, pero claro, la primera vez vas un poco perdido como nos pasó a nosotros. En cualquier caso, si por el motivo que sea no llevárais GPS, es tan sencillo como preguntar a cualquiera una vez que hayáis llegado a Nueva; la casa la conoce todo el mundo en el pueblo, así que no os será difícil localizarla. Casi os diría que lo más difícil es poder llegar hasta la casa sin haberos cruzado, en esas calles tan pequeñas, con ningún coche de frente.

La terraza y la entrada
Este alojamiento no es una casa rural propiamente dicha de las que se alquilan completas, sino que en realidad es la casa de los dueños, Esther y Fidel, un matrimonio del pueblo (majísimos, por cierto). Como la casa tiene tres plantas, ellos viven en la baja y lo que han hecho ha sido acondicionar como alojamiento rural la primera y la buhardilla. Es una casa muy bonita, con frisos de piedra, paredes de color blanco y tejas rojas. Tiene bastante terreno; hay un trozo en la parte delantera que Esther y Fidel lo utilizan a veces en verano para colocar una piscina portátil, y también tienen allí mismo un cenador y varios árboles frutales. Otra parte del terreno es la que se utiliza para que los huéspedes puedan aparcar sus vehículos. La casa además está en un sitio perfecto, porque es la parte más alta de Ovio y las vistas son espectaculares: por un lateral de la casa vemos la montaña, y por el otro el mar; eso sí, un punto importante en contra es que las escaleras que suben a las habitaciones son empinadísimas, así que me temo que las personas con problemas de movilidad lo tienen un poco complicado...

Las veces que he estado por allí, la puerta de entrada a la casa siempre estaba abierta; aunque tampoco he llegado nunca muy tarde ni me he marchado muy temprano como para saber si la cierran a alguna hora; en cualquier caso, teniendo en cuenta que los dueños viven allí, me daría un poco de cosa andar haciendo ruidos a horas intempestivas o tener que molestarlos para entrar o salir. En cuanto a las habitaciones, como Esther y Fidel están en la planta principal, ya os comentaba que el resto se encuentran en las otras dos plantas, la última de ellas abuhardillada.

Nuestra habitación
Aquí os comento un detalle, y es que todas las veces que me he alojado allí me he encontrado con que cada vez habían hecho algún que otro cambio en la decoración de las habitaciones o en la propia distribución de la casa, así que a lo mejor si un día os animáis a viajar allí y conocer el sitio vosotros mismos, resulta que os lo encontráis de nuevo diferente a como yo os lo voy a describir de mi última vez. Todas las habitaciones son dobles menos una de ellas, que en esta ocasión la habían ampliado para hacer una familiar; y si no recuerdo mal había cuatro en la primera planta y tres en la buhardilla. La nuestra en esta ocasión era una de las de la zona abuhardillada, y lo único malo de esta vez fue que el baño nos tocó compartirlo; aunque por suerte nuestros demás vecinos de planta fueron bastante civilizados.

La habitación que nos tocó no era demasiado grande, pero todo el espacio estaba muy bien aprovechado. Tenía todas las paredes forradas de madera, una cama grande pegada a la pared, con una mesilla en un lado, un par de cuadros en el otro y un espejo en la misma pared de la mesilla; también había, en la pared de enfrente de la cama, un parabán con ruedas y una barra para colgar cosas, que usamos a modo de armario, y en la pared izquierda de la cama una ventana de las de techo, al estar la habitación en uno de los lados de la buhardilla; debajo de esa ventana teníamos además una cómoda con cajones. En este caso la habitación daba al lado del mar, con lo cual aunque no se llegaba a ver la playa, las vistas eran espectaculares desde allí, y la tranquilidad que se respiraba tanto por las noches como por las mañanas a primera hora era una maravilla.

El salón
En esta misma planta teníamos, además, un pequeño saloncito, un espacio común de toda esta zona, que podíamos compartir con el resto de huéspedes que estaban con nosotros. En él había una mesa de centro, varios sillones alrededor, y un mueble con televisión; aunque la verdad es que ese espacio yo lo utilicé todas las veces más bien para leer que para ver la televisión, sobre todo cuando no había nadie, por aquello de que en esos momentos podía estar con la tele apagada y sin ningún ruido de fondo. En esta zona se estaba de lo más tranquilo, aunque también es cierto que la disfrutamos poco porque la mayor parte del tiempo nos lo pasamos de pateo o haciendo turismo. Igual que desde la habitación, desde este salón también había muy buenas vistas, porque una de las paredes tenía una cristalera bastante grande, y las dos paredes laterales también estaban acristaladas, aunque en este caso la ventana era algo más pequeña.

El cuarto de baño que compartíamos estaba igualmente abuhardillado, y tenía justo debajo de la ventana de techo una bañera que ocupaba casi toda la pared, menos un pequeño espacio en el que habían puesto unos escalones de obra; enfrente, junto a la puerta, el inodoro, y en uno de los laterales un lavabo con un espejo, además de un par de mueblecitos de madera. Esta vez no utilicé ninguno de ellos para guardar mis cosas, más que nada porque como era compartido, no sabía muy bien si ese espacio estaba destinado a nuestras cosas o no; y como no me importaba guardar los útiles de aseo en mi habitación, lo hice así directamente. También es cierto que en el propio baño teníamos a nuestra disposición algunos productos de aseo, con lo cual podríamos haberlos utilizado aunque yo siempre tengo la manía de llevar mis propios productos. Pero vamos, que sepáis que cada vez que Esther sube a limpiar las habitaciones y el baño, se lleva tanto toallas limpias para cambiarlas si es necesario, como los productos que sea necesario sustituir.

El baño
Lo que ya no tengo tan claro es cómo gestionará esta mujer lo del cambio de toallas; porque normalmente en los hoteles, si no quieres que te las cambien porque no lo consideras necesario, las dejas colgadas y ellos ya saben que las pueden dejar tal cual. Y si quieres que te las cambien, las colocas en la bañera, o encima del lavabo, por ejemplo, para indicar que quieres otras limpias; pero en este caso, al tratarse de un baño compartido, no sé muy bien cómo lo hará Esther para saber si las cambia o no. Imagino que lo más práctico será preguntar directamente a los huéspedes o cambiarlas sin preguntar; aunque para no complicarle la vida y como siempre he estado pocos días, yo lo que he hecho siempre ha sido guardar las toallas en mi habitación, porque así también evito que las use otra persona.

Una de las novedades que incluyeron esta última vez, y que en otras ocasiones no había estado disponible, fue la de servir desayunos en la propia casa. En la primera planta han habilitado una terracita para poder desayunar, y desde ella vemos el jardín y la entrada de la casa. La decoración además ha quedado muy chula, porque han utilizado como mesas unos muebles de máquinas de coser antiguas, cambiando el tablero de madera por uno de mármol. En la misma terraza Esther tiene un aparador con un microondas, la vajilla y todo lo demás que utiliza para preparar los desayunos, e incluso una pequeña biblioteca con varios libros de temas relacionados con Asturias y también algunos folletos de rutas turísticas o senderistas de aquella zona.

Desayuno con vistas
La última vez que fuimos, Esther nos puso para desayunar café (también puedes tomar cacao, si lo prefieres), sobaos y magdalenas, y pan de chapata con mantequilla y mermelada; las mermeladas las hace ella misma en casa, y nos estuvo contando que había preparado como experimento una de pimiento rojo utilizando los que tiene en el huerto, por si queríamos probarla. A mí esto de probar una mermelada de pimiento no es que me resultara muy atractivo, pero al final me animé a hacerlo y tengo que decir que está espectacular, me encantó. Aunque los más clásicos que no se asusten, porque hay otras mermeladas más "normales" como la de naranja, la de fresa, la de melocotón o la de pera. Aunque eso sí, está todo riquísimo y además no en todas partes tiene uno la oportunidad de disfrutar de unas vistas tan estupendas como las de esta terraza.

Ya para rematar, deciros que además de todas las maravillas que os he contado de este sitio, resulta que también de precio está genial; si queréis comprobarlo podéis hacerlo en su propia web, en la que también se puede consultar la disponibilidad, así como ver el tipo de habitaciones que tienen y el entorno, que ya os digo que es espectacular. Además el trato de los dueños es fabuloso, casi como estar en familia, que es algo que siempre se agradece y, aunque es lo habitual en los alojamientos rurales, en este caso lo es más aún. En resumen, que en mi caso tengo claro que es uno de mis alojamientos de cabecera siempre que viajo por la zona del oriente asturiano.

11 de mayo de 2011

Cuadernos hispánicos (IV): Bayas y Gijón

Es el último día que pasaremos en Asturias, así que decidimos que nuestra ruta será en plan más relajado que el resto del tiempo, sobre todo porque después de la espectacular cena que nos han puesto los dueños de la casa donde nos alojamos, las uvas, el champán, etc. nos hemos acostado tarde (no demasiado) y por lo tanto no madrugamos como otros días.

A media mañana, más bien casi rozando el mediodía, llegamos a la pequeña localidad de Bayas, donde nos han recomendado visitar su playa, también conocida por su tamaño como el playón de Bayas. También nos han dicho que justo por encima de esta playa pasan los aviones que salen de Asturias, y efectivamente tenemos ocasión de ver uno mientras estamos paseando por allí; seguramente sea el único vuelo del día, porque el 1 de enero no creo que el aeropuerto de Oviedo esté demasiado concurrido... O quizá sí, quién sabe. El caso es que nos han dicho que esta playa es enorme, pero la verdad es que no pensamos que lo sería tanto. Siempre suelo poner fotos o bien de paisajes o bien de monumentos, pero siempre solos; en este caso he colocado una foto en la que aparezco yo en la playa, para dar una mejor idea del tamaño que tiene.

Después de recorrer un buen trecho de playa, nos dirigimos hacia Gijón. No nos resulta demasiado difícil encontrar un sitio donde dejar el coche para poder recorrernos la ciudad caminando. Además da gusto pasear hoy, porque parece casi una ciudad desierta; deben de haber trasnochado mucho todos, porque no se ve prácticamente ni un alma.

Al llegar frente a la playa de San Lorenzo, decidimos en primer lugar recorrerla hacia nuestra izquierda, en dirección a la iglesia de San Pedro y al barrio de Cimadevilla, que está en la parte más alta de la ciudad. Allí arriba, en el cerro de Santa Catalina, en pleno parque de la Atalaya, encontramos un curioso monumento; se trata del elogio al horizonte, del escultor Chillida. Es una escultura de hormigón que fue concebida para ser contemplada desde el interior, ya que en ella se crea un efecto caracola y si nos situamos justo debajo podemos escuchar perfectamente el eco del mar.

Dejamos a nuestra espalda el monumento y seguimos andando para rodear el parque de la Atalaya; de nuevo bajamos hacia el paseo marítimo, donde deshacemos nuestros pasos y recorremos la playa de San Lorenzo hacia el lado opuesto.

Pasamos de nuevo por la iglesia de San Pedro, y aunque nos paramos para verla sólo podemos hacerlo por fuera, ya que se encuentra cerrada. Aun así, merece la pena dedicarle un rato para observarla con toda tranquilidad. Además al ser un día festivo vamos a encontrarnos con que prácticamente todo está cerrado, así que nos dedicamos sólo a pasear relejadamente por Gijón hasta que, siguiendo la línea de la playa, llegamos hasta el parque de San Francisco.

Una vez en el parque sí nos encontramos con más gente; claro que ya es media tarde y la mayoría han descansado, se han recuperado de la resaca de Nochevieja (los que hayan sufrido resaca), y poco a poco vemos cómo las calles se van llenando de gente. Pasamos un rato bastante largo paseando por el parque, haciendo fotos y observando a los diferentes animales que hay por allí. Tras llegar finalmente al estadio del Molinón, volvemos hacia el sitio donde habíamos dejado el coche y nos dirigimos de nuevo a Valdredo. Hay que preparar las maletas para volver a casa al día siguiente...

18 de abril de 2011

Cuadernos hispánicos (III): Santa María del Naranco, Campofrío y Aguilar

El último día del año decidimos empezar acercándonos a Oviedo para dar un paseo por el monte del Naranco. La mañana está un poco nublada y nada más llegar a lo más alto del monte, donde está la escultura del Cristo, nos da la sensación de que se va a poner a llover en cualquier momento; y efectivamente así es.

Nos quedamos un rato por allí, contemplando las vistas de todo Oviedo desde las alturas, y después decidimos volver a bajar. He estado muchas veces en Asturias y unas cuantas también en el monte del Naranco, pero nunca he tenido la suerte de encontrar abiertas ninguna de las dos iglesias: ni la de San Miguel de Lillo ni la de Santa María del Naranco; al ser día 31 de diciembre pensamos que es una fecha un poco mala como para tener esa suerte, pero aun así hacemos dos altos en el camino para ver las dos.

Mi favorita siempre ha sido, desde la primera vez que la vi en una diapositiva en clase de Historia del Arte, la de San Miguel de Lillo. Esta iglesia prerrománica fue fundada nada menos que en el año 848 por el rey Ramiro I, que la dedicó a San Miguel Arcángel y a Santa María.

En 1985, la iglesia de San Miguel de Lillo fue declarada Patrimonio de la Humanidad y, debido al alto grado de humedad del clima asturiano, en el año 2009 se publicó en el periódico La Nueva España un reportaje en el que se advertía el gran deterioro que estaba sufriendo este monumento. Desgraciadamente, esta preciosa iglesia se encuentra incluida, desde el año 2006, en la Lista roja de patrimonio en peligro, elaborada por la asociación Hispania Nostra.

La siguiente parada en nuestro camino es a la altura de la segunda iglesia que se encuentra en este monte, la de Santa María del Naranco. Igual que la anterior, también fue declarada Patrimonio de la Humanidad, y también fue mandada construir por Ramiro I; concretamente se construyó no como iglesia, sino como el conjunto palaciego de este monarca, lo que según los historiadores y los expertos explicaría que se haya conservado en mejores condiciones que la de San Miguel de Lillo.

El día no acompaña demasiado y no apetece mucho andar paseando, así que nos acercamos a Oviedo para pasar fugazmente por la catedral y por el parque de San Francisco; y por supuesto aprovechamos la ocasión para pasar por una pastelería y degustar unos espectaculares carbayones y casadielles, muy típicas de la zona (carbayón es sinónimo de ovetense). Tras la rápida visita a Oviedo (ya tendremos ocasión de pasear más tranquilamente por la ciudad), decidimos dirigirnos hacia Avilés, que ninguno de los dos conoce. Allí buscamos un sitio donde comer tranquilamente y después damos un paseo por el centro de la ciudad, aunque básicamente vemos el ayuntamiento y la iglesia de San Nicolás de Bari.

Por último, rematamos nuestro día volviendo al campamento base por la carretera de la costa, y aprovechamos para hacer un par de paradas en dos playas que queremos visitar.

La playa de Aguilar está muy cerca de Cudillero, concretamente en la localidad de Muros de Nalón. Tiene unos 600 metros de longitud y una roca muy característica que aparece en prácticamente todas las fotografías. Por supuesto, en un día como hoy y ya empezando a atardecer, la playa está completamente vacía, y únicamente vemos a una chica intentando hacer surf, aunque con el viento lo tiene un poco complicado. Y desde luego ni hace falta decir que el chiringuito playero está cerrado a cal y canto.

Separada de Aguilar por la desembocadura del río que lleva el mismo nombre, se encuentra la playa de Campofrío. Esta playa es algo más pequeña que la anterior, y de hecho ni siquiera tiene un tramo de arena, sino que por las escaleras que dan acceso al mar bajas directamente a las rocas.

Después del momento playero, nos dirigimos ya definitivamente a nuestro campamento base; en Casa Bego nos está esperando una de las cenas de Nochevieja más espectaculares que tenemos ocasión de probar en la vida...

5 de abril de 2011

Cuadernos hispánicos (II): Cabo Vidio, Luarca y Navia

Nos tomamos con calma el momento del desayuno y después salimos en dirección a Oviñana, que está muy cerca de Cudillero, para ir a ver el cabo Vidio. Este lugar es uno de los accidentes geográficos más famosos de toda Asturias, y el camino para llegar hasta allí está muy bien señalizado.

Una vez que llegamos, dejamos el coche en las proximidades del faro que lleva el mismo nombre; hay bastante sitio donde aparcar, así que no tenemos problema. Supongo que en verano la cosa será otro cantar... Por supuesto, no hace falta decir que las vistas desde este punto, con unos acantilados que en algunos sitios alcanzan más de 100 metros de altura, son sencillamente espectaculares. No sin motivo, toda la zona que se encuentra en las proximidades del cabo Vidio ha sido declarada paisaje protegido.

Después del agradable paseo por la zona, seguimos nuestro camino hacia Luarca, más conocida como la villa blanca de la costa verde y capital del concejo de Valdés. Como siempre, lo primero que hacemos es buscar un sitio donde poder soltar el coche, y después dedicarnos a patear la ciudad tranquilamente. Llevamos anotados varios sitios de interés que pueden visitarse pero no tenamos claro dónde está exactamente cada uno ni cuál será el orden, así que vamos siguiendo las indicaciones hacia el centro urbano y desde allí empezamos el recorrido.

En primer lugar pasamos por el puerto, que existe ya desde el siglo X; antiguamente los habitantes de Luarca se dedicaban a la caza de las ballenas, y en la actualidad la pesca es una de las actividades más importantes de la ciudad. El puerto de Luarca me resulta muy acogedor, y sobre todo de lo más colorido con todos sus barcos allí atracados. Como en todos los lugares con puerto, a última hora de la tarde se pueden ver los barcos que regresan de faenar, y asistir a la venta de pescado en la lonja.

Junto al puerto se encuentra el barrio del Cambaral, el barrio pesquero de Luarca, a través del cual podremos llegar a la parte más alta de la ciudad, encontrándonos por el camino con un total de quince cuadros de azulejo que nos narran la historia de la villa. En este barrio del Cambaral se encuentra el famoso puente del beso, sobre el que circula una leyenda debido a la cual el barrio lleva este nombre.

Cuando atravesamos el Cambaral, llegamos a la parte más alta de Luarca, conocida como la atalaya. En esta zona se encuentra la capilla de la Blanca, también llamada capilla de la Atalaya, capilla de la Virgen de la Blanca o capilla del Buen Jesús Nazareno. En su interior destaca el retablo de Jesús Nazareno, obra barroca del siglo XVII.

Junto a la capilla de la Blanca están también el faro y el cementerio. Se trata de un cementerio pequeño, pero con varios panteones de estilo modernista bastante llamativos y del que además hay quien dice que es el cementerio más bonito de España. Estamos un rato paseando por allí porque me habían dicho que Severo Ochoa, natural de Luarca, está enterrado aquí. Pero a Juan esto de los cementerios le da un poco de mal rollo y no quiero prolongar mucho la visita, así que al final me quedo con las ganas de ver la tumba de nuestro premio Nobel. En cualquier caso, y aunque te den yuyu los cementerios, no sé si realmente será como me habían dicho el más bonito de España, pero desde luego bonito sí que es. Las vistas desde él son espectaculares, y aunque el día que estamos en Luarca hace un sol espléndido, amigos asturianos me han dicho que aún más espectacular es verlo cuando hay galerna y las olas son tan altas que llegan hasta los muros del cementerio.

Por último, volviendo de nuevo hacia la parte baja de Luarca, nos despedimos parando a comer en uno de los numerosos restaurantes que hay en la zona cercana al puerto. Es una maravilla estar allí con el mar al lado, respirando tranquilidad y por supuesto sin casi gente; como decía antes, en verano es otro cantar... Después de comer volvemos a por el coche y nos dirigimos a otro de los sitios que teneamos pensado ver este día: la playa de Frejulfe.

Frejulfe, una playa bastante grande y que ha sido declarada Monumento Natural debido a su vegetación (formada principalmente por eucaliptos), sus numerosas dunas y su ecosistema, se encuentra muy cerca del pueblo que lleva el mismo nombre, y también está bastante cerca de Puerto de Veiga (a veces los de esta última localidad consideran la playa de Frejulfe también como suya). En esta playa suele haber corrientes bastante fuertes, por lo que siempre nos aconsejan que tengamos cuidado, sobre todo si tenemos previsto bañarnos.

En la ruta de hoy, nuestra última parada la hacemos en otra localidad que se encuentra cerca de Frejulfe; se trata de Navia. Damos un paseo por allí, aunque al ser invierno ya está casi anocheciendo cuando llegamos. Pero nos da tiempo a ver su original paseo marítimo, con una pasarela que imita el casco de un barco; después vamos a la parte más alta, donde está la playa del Moro, y vemos además el famoso monumento al emigrante, que se encuentra sobre la playa de Navia y cuya leyenda dice:

De cara a la gran aventura de las Américas, dejaron su tierra y cruzaron al mar iluminados por una eterna alborada de descubrimientos. Estas piedras son el homenaje permanente y entrañable de los que quedamos a cuantos emigraron y volvieron y a los que nunca más retornaron.

21 de marzo de 2011

Cuadernos hispánicos (I): Cudillero

Salimos de Madrid en dirección a Asturias; este año hemos decidido pasar la Nochevieja de forma diferente, sin los agobios de las campanadas, los cotillones, los sitios llenos de gente y las prisas, así que nos hemos decantado por dedicarnos al relax junto con un poco de turismo rural. El lugar elegido para nuestro campamento base es Casa Bego, unos apartamentos situados en la pequeña localidad de Valdredo, a unos 8 kilómetros de Cudillero.

A pesar de que la carretera está en obras y al GPS le cuesta un poco orientarse, conseguimos llegar a Valdredo sin demasiada dificultad. Al llegar a nuestro apartamento, la dueña nos cuenta que vamos a estar toda la semana solos, ya que no ha habido más gente que se animara a pasar allí estos días navideños. Después de dejar las maletas y demás trastos, echar un vistazo a nuestra "casita" y descansar un poco, nos ponemos en marcha, buscamos un sitio donde comer y tras reponer fuerzas ponemos rumbo a Cudillero.

Los dos conocemos Asturias pero siempre habíamos estado en la zona oriental, y este es uno de los motivos de inclinarnos esta vez por el occidente asturiano. De todas formas, la entrada "triunfal" en Cudillero es un poco traumática porque como no lo conocíamos, no tenemos ni idea de que se puede entrar por dos sitios diferentes; y nuestro GPS nos lleva por el al parecer más complicado: de repente nos vemos en calles cada vez más estrechas, y tenemos que acabar plegando los retrovisores para poder caber. Pasamos un poco de mal rato pero finalmente llegamos al puerto y, después de soltar el coche allí, nos acercamos a la oficina de turismo que hay justo enfrente y pedimos un plano de la ciudad.

Cudillero cuenta, por su disposición arquitectónica y por su ubicación, con un conjunto en el que todas las casas se encuentran superpuestas unas sobre otras, aprovechando cada rincón de la mejor manera posible; es decir, como si las casas fueran los palcos y la plaza de la Marina el escenario de un teatro. Una de las cosas más llamativas del llamado anfiteatro, que está catalogado como conjunto histórico artístico, es el colorido de las casas, principalmente sus ventanas y sus aleros.

Desde el anfiteatro nos dirigimos hacia el faro, que se encuentra a la derecha del puerto antiguo si nos situamos de frente al mar, en la llamada Punta Roballera, sobre un acantilado de más de 75 metros de altura. Se puede llegar hasta él por un paseo peatonal que encontramos en el propio puerto. Lo que no podemos es acercarnos hasta allí; supongo que en verano el paseo estará abierto, pero en invierno lo deben de cerrar, imagino que en previsión de que por ejemplo pueda venir de repente una ráfaga de aire o algo así.

En esta parte baja de la ciudad decidimos comenzar la ruta de los miradores, que consiste en desviarse entre las callejuelas, en sentido ascendente, para lo cual seguimos la senda que está indicada con una barandilla de color azul. Esta barandilla nos guía, a través de los miradores que hay en el casco antiguo, por una senda que tiene algo más de 4 kilómetros. A lo largo del recorrido hay áreas de descanso, cobertizos, fuentes de agua potable y planos de señalización que nos indican en qué lugar nos encontramos. Además, lógicamente encontramos los miradores propiamente dichos; algunos de ellos son los de El Pico, Cimadevilla, La Garita-Atalaya y El Contorno.

Desde los diferentes puntos de la ruta de los miradores podemos ver, en la zona del anfiteatro, la iglesia de San Pedro, de estilo gótico-renacentista y que data del siglo XVI. Otros edificios notables en Cudillero son su edificio más antiguo, la capilla del Humilladero, que se construyó durante el siglo XIII y a cuyo Santo Cristo se encomiendan desde tiempos inmemoriales los marineros, especialmente en los días de marejada; y el ayuntamiento, construido a mediados del siglo XIX en el solar donde antiguamente se encontraba la fortaleza medieval de la familia de los Omaña (que la verdad es que no tengo muy claro si en realidad son originarios de León o qué, porque a mí Omaña me suena únicamente por ser una de las zonas de esta provincia).

Cuando llegamos a lo más alto del paseo, al final de la ruta de los miradores, ya está empezando a atardecer y podemos ver el faro desde aquí, y también los barcos que empiezan a regresar de su jornada de pesca. Lo que no llegamos a ver es el momento posterior, en el que la gente va a la lonja para ver la venta del pescado. Salimos de Cudillero, esta vez por la carretera buena, sin sustos ni sobresaltos ni retrovisores plegados, y volvemos a nuestro campamento para cenar, descansar un rato y continuar nuestra ruta turística al día siguiente.

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