Mostrando entradas con la etiqueta Lisboa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lisboa. Mostrar todas las entradas

28 de febrero de 2018

Hotel Villa Rica, en la zona financiera de Lisboa

Imagen: web del hotel
En nuestro viaje a Portugal, el hotel que elegimos para establecer nuestro campamento base en la ciudad de Lisboa es el Villa Rica; aclaro que ese es su nombre cuando nos alojamos nosotros, pero por lo visto hace no mucho se lo han cambiado y ahora se llama Vip Executive Entrecampos Hotel and Conference, que supongo que les sonará mejor aunque a mí personalmente me parezca un poco rimbombante...

No es que esté precisamente muy céntrico, pero como nosotros vamos en coche, lo que más nos interesa por encima de otras cosas es localizar siempre un hotel que o bien tenga aparcamiento, o bien que esté en una zona en la que al menos sea fácil aparcar. Se encuentra en el barrio de Entrecampos (la zona de negocios de la ciudad), exactamente en la avenida 5 de Outubro 295; en cualquier caso está muy bien comunicado, porque muy cerca está la estación de metro Entrecampos y varias paradas de autobús, con lo que en unos 15 o 20 minutos llegas al centro.

Como suele ser habitual en las áreas de negocios, el hotel es de aspecto muy moderno. Tiene diez plantas de habitaciones, la planta principal en la que está la recepción, un quiosco de prensa y un comedor, y otras cinco plantas subterráneas para el aparcamiento, el gimnasio y la piscina. Nosotros hemos reservado una habitación doble que nos sorprende por su tamaño, y es que es enorme. Al entrar tenemos a un lado un armario empotrado y enfrente el baño, con todo tipo de pijaditas desde secador de pelo hasta un montón de geles y jabones; y que me resulta muy curioso porque la pared que lo separa del resto de la habitación toda ella un cristal traslúcido. Tenemos también una cama de matrimonio que en realidad debería llamarse "cama familiar" porque es grandísima, un mueble con escritorio, hueco para maletas, balda con televisor, cajones, caja fuerte y minibar, y al fondo un par de sillones y una mesa de centro. Para rematar, y para mi alegría, suelo de madera y no de moqueta; y un ventanal enorme desde el que, si hubiéramos estado en la última planta, habríamos podido ver el castillo de San Jorge.

Al hacer la reserva hemos elegido la opción de sólo alojamiento porque es la única disponible para nuestras fechas, aunque sí que tenemos ocasión de desayunar y cenar un par de veces en el hotel, y la verdad es que salimos bastante contentos tanto con la comida como con el precio. Y hablando de precio, es una de las cosas más sorprendentes del hotel, porque con los servicios que ofrece, los detalles como el botones que te lleva las maletas a la habitación o que por las noches en la planta principal hay un señor tocando el piano, y además siendo temporada alta, la verdad es que está genial; como estas cosas pueden variar, lo más práctico es cacharrear por internet o incluso en la propia web del hotel. El aparcamiento se paga por días, y como he comentado al principio hay también en el edificio piscina, gimnasio y jacuzzi; al final no tenemos ocasión de usar ninguna de las tres cosas, porque uno de los días hacemos un intento de pegarnos un chapuzón en la piscina y resulta que está cerrada...

En cuanto al personal, todos son encantadores y además te hablan directamente en español aunque tú quieras hacer el intento de dirigirte a ellos en inglés, y eso siempre se agradece. Todo lo contrario que los franceses, que si pueden evitarlo no hablan en otro idioma que no sea francés ni aunque los maten. Así que como veis, me parece un alojamiento totalmente recomendable; desde luego tengo claro que si repito viaje a Lisboa, será uno de los que tendré sin duda en cuenta.

26 de diciembre de 2010

Cuadernos lusos (V): de Lisboa a Coimbra

Es nuestro último día en Lisboa, así que decidimos visitar un sitio que nos pilla justo en el otro extremo de la ciudad; desde allí pondremos rumbo a Coimbra.

El lugar elegido para visitar esta mañana es el Parque de las Naciones, el lugar donde se organizó la Expo de Lisboa de 1998; su principal atractivo es el famoso puente Vasco de Gama, el más largo de Europa con sus 17 kilómetros. Esta zona está llena de sitios donde poder tomar algo, además de tener una extensión bastante grande de lagos, puentes de madera y parquecillos, todo ello muy zen. También hay un funicular que te da un paseo sobrevolando el lugar; como para variar hemos sido madrugadores y aún está casi todo cerrado, decidimos hacer tiempo dando una vuelta por la "zona zen", y después nos montamos precisamente en el funicular. El trayecto no es demasiado largo ni tampoco demasiado espectacular, pero merece la pena pasar un ratillo de relax y contemplar las vistas desde la altura (que tampoco es demasiada, todo hay que decirlo).

En el Parque de las Naciones se siguen conservando los diferentes pabellones que se utilizaron en su día para la Expo, y uno de los más destacados es el que alberga el Oceanario. Junto a la entrada nos encontramos a la mascota del recinto, que creo recordar que se llama Vasco.

En el interior del oceanario nos pasamos una buena parte de la mañana, ya que el recinto es bastante grande y además eso de mirar peces, pingüinos, nutrias y otros animalillos marinos, e incluso pájaros de las zonas tropicales, es de lo más entretenido. El edificio del oceanario tiene tres plantas, que se encuentran divididas en diferentes secciones: cada una de ellas está dedicada a un mar o a un océano distinto, y en ellas podemos ver a las especies marinas correspondientes a la zona en concreto.

Entre recorrer todo el edificio, visitar todas las zonas, observar a todos los animales (en un par de recintos podemos ver a los criadores dando de comer a los pingüinos y a las nutrias), hacer fotografías (están prohibidas con flash) y cómo no, visitar la tienda de regalos, que siempre están colocadas en el lugar más estratégico, se nos pasan volando las tres horas que estamos por allí. Después de haber visitado el resto de lugares de Lisboa, la zona del Parque de las Naciones me llama la atención porque contrasta muchísimo con las demás. Pero merece la pena, y a mí es una de las cosas que más me gusta.

Y después de la visita al oceanario, y un último garbeo por el parque para volver de camino al aparcamiento en el que habíamos dejado el coche, aquí termina nuestro viaje por Lisboa. De camino hacia Coimbra, donde tenemos previsto llegar a última hora de la tarde, hacemos una parada técnica en Fátima; esta parada no estaba prevista, pero como es ya la hora de comer y justo andamos por allí, decidimos hacer un alto en el camino y de paso echar un vistazo. Me quedo un poco sorprendida de ver la cantidad de gente que hay, las colas para comprar velas, los peregrinos que recorren todo el recinto (que es bastante grande) de rodillas hasta llegar al sitio donde está la imagen de la virgen de Fátima... Será que no estoy acostumbrada a estos espectáculos.

A última hora de la tarde, como habíamos previsto, llegamos al hotel Bragança de Coimbra después de dar unas cuantas vueltas porque la gente a la que preguntamos no tiene ni idea de cuál es la calle en la que se supone que está... Decidimos darnos una pequeña vuelta por la ciudad, aprovechando que el hotel está en pleno centro; buscamos un sitio donde cenar y nos vamos a dormir temprano, que en Coimbra sólo pasaremos una noche y al día siguiente hay que ver unas cuantas cosillas...

23 de septiembre de 2010

Cuadernos lusos (III): más Lisboa. Barrio de Belém

Este día decidimos dedicarlo, por la mañana, al barrio de Belem, uno de los más turísticos de Lisboa. Llegamos pronto porque ya nos habían advertido que si te retrasas es probable que encuentres a un montón de gente, así que madrugamos de nuevo y nos vamos en metro hasta Cais de Sodré, donde cogemos el tranvía 15, que te deja justo al lado del monasterio de los Jerónimos.

Fachada principal del monasterio
Este monasterio está considerado por la UNESCO como patrimonio mundial, y no me extraña, porque la única palabra que se me ocurre para describirlo es impresionante, no sólo por lo precioso que es, sino también por su enorme tamaño. Decidimos empezar primero por visitar el claustro, que creo que es lo que más me gusta de todo lo que finalmente vimos en Lisboa. Las columnas y los arcos de sus dos plantas tienen tantísimos detalles que te podrías pasar horas contemplándolos; no llegamos a tanto, pero sí que le dedicamos un buen rato.

Claustro
Alrededor del claustro hay varias salas como la capitular, el antiguo refectorio o la capilla, y en el centro un pequeño jardín con una fuente. Después del claustro visitamos la iglesia, que también me gusta mucho aunque aquí ya hay bastante gente y el recorrido lo hacemos algo más rápido que el anterior. Además, no consigo entender que haya tantísima gente que no sea capaz de guardar silencio en un sitio así, con lo cual en cuanto empieza a subir demasiado el volumen de las voces me entran los agobios y no tardamos mucho en salir de allí. A la salida ya sí que hay una marea humana esperando para entrar, y eso que no son ni las 12 del mediodía...

Enfrente del monasterio, cruzando un pequeño parque, llegamos al monumento a los descubridores. Se encuentra situado justo a orillas del río Tajo, y se construyó como homenaje a quienes llevaron a cabo grandes descubrimientos por mar (junto a la entrada hay en el suelo una rosa de los vientos).

Detalle del monumento a los descubridores
Se puede acceder al interior y subir al mirador, desde donde se contempla el río, el monasterio, el puente del 25 de abril, la torre de Belem y hasta el estadio de los Belenenses. También puedes entrar a ver el audiovisual que hay sobre la historia de Lisboa.

Después de visitar el monumento, por el mismo paseo caminamos un poquito más hasta llegar a la torre de Belem, que es otra de las cosas que más me gusta de Lisboa, aunque hay opiniones para todo y también he oído a gente decir que se puede pasar perfectamente sin visitarla. El edificio tiene seis pisos y fue utilizado como centro de recaudación de impuestos, y también como prisión.

Torre de Belem
Por aquí también estamos un buen rato, recorriendo todas las plantas y los miradores; la única que no podemos ver es la última, porque para subir hasta ella hay que hacerlo por una escalera de caracol, estrechísima y un poco agobiante. Y, para variar, hay gente que se cree que está sola en el mundo y no hace ni caso a las indicaciones que dicen que tienen preferencia los que bajan. Así que entre la cantidad de gente que hay y que aquello tiene pinta de terminar mal, nos dejamos sin ver el último piso.

Después de visitar la torre paramos a comer por allí, en el paseo que va paralelo al río. Vemos un restaurante que por la pinta nos queda claro que seguro que nos clavan, pero decidimos darnos un homenaje de todas formas. El lugar en cuestión se llama Já Sei, y creo que en mi vida he probado una lubina tan espectacular, ni he visto un chef tan atento y tan profesional.

Otro sitio que todo el mundo dice que no te puedes perder si vas a Lisboa es la pastelería Belem. Pasamos por la puerta pero hay una cola tremenda, y como los pasteles de Belem los hemos visto en otros sitios, pensamos que tendremos oportunidad de probarlos. Al final volvemos de Portugal sin haberlos probado, así que ya tenemos otra cosa más para la próxima visita.

Parque de Eduardo VII
Ya por la tarde, nos acercamos hasta la plaza del Marqués de Pombal y damos una vuelta por el parque de Eduardo VII y su jardín botánico, que están justo al lado de la plaza. Por último, vamos de nuevo hacia el centro y esta vez sí, nos damos un buen rulo en el tranvía más turístico, el 28, que es el símbolo de Lisboa por excelencia.

Ya nos habían advertido que intentáramos no pasar por el barrio de la Mouraria, sobre todo de noche; así que lo que hacemos es llegar hasta allí callejeando un poco, pero esta vez en tranvía, hasta la plaza de Martim Moniz. En esta misma plaza cogemos el metro, que en la línea verde nos lleva directos hasta el hotel. Al día siguiente nos espera Sintra.

8 de septiembre de 2010

Cuadernos lusos (II): primeros pasos por Lisboa

Al día siguiente nos levantamos temprano y cogemos el metro; nuestro hotel está al lado de la estación de Campo Grande, por la que pasan la línea verde y la amarilla, y en unos veinte minutos nos plantamos en la plaza del Comercio para comprar nuestra Lisboa Card y empezar la visita a la ciudad cuanto antes.

plaza del Comercio
La plaza del Comercio, antiguamente, era la entrada principal de la ciudad por vía marítima (y ahora supongo que lo seguirá siendo, porque entre otras cosas vemos a un grupo de marineros de la flota rusa del Báltico...). Tiene en el centro una estatua ecuestre de José I, y un gran pórtico por cuyo arco se accede a la Rua Augusta, una de las zonas comerciales de Lisboa.

Salimos por el pórtico de la plaza hacia la Rua Augusta. Para moverse por Lisboa, lo mejor es utilizar el tranvía 28, que es el más turístico y recorre prácticamente toda la ciudad. Nosotros estos primeros pasos preferimos darlos a pie, que ya tendremos tiempo de coger tranvías. Así que seguimos subiendo hacia la parte alta de la ciudad.

Catedral
La catedral (o la Sé, como la llaman por allí) se puede visitar gratuitamente, y sólo hay que pagar si se quiere ver el tesoro catedralicio, que es como un museo pequeño. La catedral, de estilo románico, es la iglesia más antigua de la ciudad. No es demasiado llamativa ni de gran tamaño, aunque a mí el arte románico me llama (eso sí, no tanto como el gótico), pero me gusta encontrármela allí, en mitad de una curva por la que suben y bajan los tranvías. Además, al verla me acuerdo de una canción preciosa de Dulce Pontes que precisamente se llama Catedral de Lisboa.

Un poco más arriba de la catedral, a la derecha, nos encontramos el mirador de Santa Lucía, que está situado en una pequeña plaza con parterres de flores y terracitas donde poder tomar algo. Tiene justo una parada de tranvía al lado, y también una iglesia que no recuerdo cómo se llama. Desde el mirador, con bancos en los que poder sentarse, se empieza a ver el famoso barrio de la Alfama, un barrio precioso con callejuelas estrechas, escaleras por todas partes, subidas y bajadas (no me extraña que a Lisboa la llamen la ciudad de las siete colinas), balcones con macetas llenas de flores... Por decirlo de alguna manera, este barrio es la Lisboa "de verdad". Es el sitio ideal para perderse callejeando.

Junto al mirador de Santa Lucía, subiendo un poco más, se llega al mirador de las Puertas del Sol, desde el que se ve también el barrio de la Alfama y la iglesia de Santa Engracia. Aquí paramos sólo un momento, pero nos parece que será un buen sitio para hacer fotos preciosas al atardecer, así que lo apuntamos para volver durante alguno de los demás días de nuestra estancia allí. Seguimos subiendo (con calma, porque aún vamos caminando y Lisboa está llena de cuestas) hasta el castillo.

Castillo de San Jorge
En el castillo de San Jorge pillamos un poco de atasco porque ya hay gente en la cola para entrar a verlo, así que nos toca esperar; no mucho, unos 10 minutos o menos. Estamos un buen rato, porque a los dos nos gustan mucho los castillos y allí nos sentimos como si estuviéramos en el abismo de Helm. No tiene habitaciones ni estancias a las que entrar, pero sí se puede subir y bajar por sus escaleras, recorrer sus murallas y contemplar desde allí toda la ciudad. También nos animamos a visitar la torre de Ulises, que es una especie de observatorio, hecho mediante un sistema de espejos y poleas, y a través del cual se tiene una visión de la ciudad en 360 grados, por supuesto en tiempo real. Lo que nos perde es ver el atardecer desde el castillo, que todo el mundo lo menciona como algo imprescindible si visitas Lisboa. Así que otra cosa para la lista de pendientes.

Tras visitar el castillo volvemos a bajar, y como ya es mediodía decidimos parar a comer en el restaurante que hay junto al mirador de Santa Lucía. Después de comer, nos dirigimos hacia la plaza de la Figueira, una plaza bastante grande en cuyo centro hay una estatua ecuestre del rey João I.

Elevador de Santa Justa
Junto a la plaza de la Figueira está el elevador de Santa Justa, otra de las atracciones estrella de Lisboa, que todo el mundo coincide en que no te puedes perder. Este elevador une la Baixa con el Barrio Alto, y fue construido por un discípulo de Eiffel, de ahí su estructura metálica. Hay un poco de cola, así que esperamos un rato hasta que podemos subir. El ascensor en sí es una cabina de madera y puertas con cristal, en plan antiguo. En Lisboa se utiliza como cualquier otro medio de transporte público, así que el billete cuesta 1'70 (es gratuito con la Lisboa Card). Desde allí arriba las vistas son espectaculares, desde el castillo de San Jorge, la plaza del Comercio, la catedral, el río, la plaza de la Figueira, el parque de Eduardo VII... Hay una terracita en la que poder tomar algo, pero estamos un poco apretados y no nos apetece demasiado quedarnos. Aquí lo divertido es bajar, porque ahora mismo no estoy segura, pero juraría que vamos demasiadas personas dentro de la cabina. El caso es que cuando ya casi estamos llegando abajo, aquello se atasca y no hay manera de que vuelva a arrancar. El señor que manejaba el cotarro se harta de darle a la palanca "palante y patrás", pero el ascensor no se mueve. Aprovechando que las puertas tienen cristales, se me ocurre mirar hacia abajo por si acaso, y me quedo mucho más tranquila cuando calculo que habrá como mucho un par de metros hasta el suelo, por si acaso nos toca salir de allí saltando. No sé si esto pasará muy a menudo, pero el señor que maneja la cabina está de lo más tranquilo. Al final la cosa queda en un susto, pero hay varias personas que lo han pasado mal e incluso el ascensorista ha tenido que abrir un rato las puertas para que entre un poco de aire, porque allí no había sitio ni para desmayarse a gusto.

Después del pequeño sustillo, aprovechamos que estamos en el barrio Alto para visitar el museo arqueológico do Carmo, que en realidad son las ruinas de un antiguo monasterio del que sólo se conserva una pequeña parte, incluidos algunos arcos de sus naves. Se mantienen las ruinas sin restaurar, en recuerdo del terremoto de 1755 que destruyó la iglesia. Seguro que tiene que ser una maravilla estar allí dentro en una noche estrellada, pero nosotros no lo pudemos comprobar, porque únicamente lo visitamos en este rato. Quizá para la próxima vez...


Una vez fuera del museo, seguimos bajando y pasamos primero por el mirador de San Pedro de Alcántara, y después por el elevador de Gloria hasta la plaza de los Restauradores. Desde allí vamos a la plaza de Pedro IV, junto a la cual se encuentra la estación de Rossio, desde la que salen todos los trenes de Lisboa.

Detrás de la estación está el barrio de Chiado, en cuya rua Trindade se encuentra la cervejería da Trindade, la más antigua de Lisboa. Allí mismo, en la rua Garrett, hay una escultura del poeta Antonio Ribeiro, O Chiado, y enfrente el archiconocido café A Brasileira, en el que la estatua de Pessoa está siempre rodeada de turistas que se quieren fotografiar junto a él. En Chiado ya sí, cogemos un tranvía porque llevamos un buen tute de andar, y nos dirigimos al último lugar que tenemos pensado visitar este día.

Basílica de la Estrella
Llegamos a la basílica de la Estrella por los pelos, porque falta menos de media hora para que cierren, así que echamos un vistazo rápido. Esta basílica es una mezcla de estilos barroco y neoclásico, y su fachada tiene dos torres iguales y diversas figuras de santos que la adornan. Enfrente de ella hay un parque muy grande que lleva el mismo nombre.

Después de la visita, volvemos a coger el tranvía en dirección a la plaza del Comercio y, desde allí, a cenar y a la camita. Para ser el primer día, ya ha estado bien la cosa...

5 de julio de 2010

Cuadernos lusos (I): en marcha

Salimos temprano hacia Lisboa, aunque aprovechando que Juan no lo conoce, hacemos una parada técnica en Trujillo para desayunar. Vamos a estar por allí poco rato, así que soltamos el coche y vamos andando hacia el centro.

plaza mayor de Trujillo
Nuestra primera parada es, por supuesto, la plaza mayor, con su imponente estatua ecuestre de Pizarro y la iglesia de San Martín. Bajo los soportales de la plaza nos sentamos en una terracita, que a esas horas tan tempranas está medio vacía, y desayunamos para coger fuerzas.

Después del desayuno nos dirigimos hacia la parte alta de la ciudad. Dejando a nuestra espalda la plaza mayor, tomamos la calle que queda justo entre Pizarro y San Martín, hasta llegar al arco de Santiago. Una vez allí seguimos callejeando y aunque no visitamos nada porque prácticamente todo está aún cerrado, pasamos por la casa-museo de Pizarro, la iglesia de Santa María la Mayor y la iglesia de San Francisco.

Vistas desde el castillo
Una vez en la cima, nos encontramos con el castillo árabe, desde el que hay unas vistas bastante bonitas de la ciudad. Después volvemos a bajar y seguimos nuestro camino hacia Lisboa. Esta vez no hemos estado demasiado tiempo en Trujillo, pero seguramente planeemos alguna visita con más tranquilidad para poder verlo todo bien.

Continuamos nuestro viaje y, ya que se acerca la hora de comer y nos habían dicho que antes de llegar a Lisboa merecía la pena hacer una parada en Estremoz, un pueblo muy bonito y amurallado, decidimos buscar un sitio por allí para almorzar. Al final nos metemos en el primer restaurante que vemos, porque después de dar algunas vueltas por allí (casi me escoño, por cierto, bajando por una cuesta cerca de la muralla), me temo que no estamos en absoluto de acuerdo con la persona que nos aconsejó parar en Estremoz. Con decir que ni siquiera llegamos a sacar la cámara para hacer ninguna foto...

Después de comer seguimos hacia Lisboa. Nuestro aterrizaje allí resulta un poco estresante, ya que nos pillan un montón de obras por la carretera y el camino se nos hace interminable. Además, aún no tenemos GPS y no hay forma de encontrar el hotel. En el plano que llevamos somos capaces de localizar la calle, pero llegamos a la conclusión de que debe de hacer algún recoveco raro, porque por más vueltas que damos no conseguimos llegar. Y a todo esto, nos cae algún que otro pitido de conductores impacientes... Al final, ya hartos de dar vueltas y más vueltas, paramos en una marquesina para preguntarles a unas abuelitas muy amables que están esperando al autobús, y por fin conseguimos llegar a nuestro destino.

Eso sí, al entrar en el hotel Villa Rica y ver nuestra pedazo de habitación, se nos quitan las penas. Como ya son cerca de las 8 de la tarde y estamos medio muertos, nos acomodamos un poco, investigamos por los alrededores para localizar un sitio donde cenar, y nos vamos a dormir pronto para empezar nuestra excursión por Lisboa al día siguiente bien temprano.

Lo más leído