Después de pasar unos días en Quebec nuestro siguiente destino fue Montreal, la ciudad más grande en extensión dentro de la única región francófona de Canadá. Desde luego es bastante más grande que Quebec, pero aun así se puede recorrer perfectamente caminando, excepto algún que otro sitio que pilla más lejos; en cualquier caso, la red de transporte público funciona estupendamente, si es que preferimos utilizarla. De hecho nosotros tuvimos el coche aparcado en la puerta del hotel la mayor parte de lo que duró nuestra estancia allí...
Supongo que lo más natural, sobre todo si no dispones de mucho tiempo, es visitar primero el centro histórico o, como lo llaman aquí, Vieux Montreal. Al igual que pasa en Quebec, el centro respira ese aire europeo (francés, básicamente) en sus edificios y sus calles; aunque en nuestro caso lo primero que conocimos fue el barrio latino, que era donde estaba nuestro hotel, el St Denis, del que ya os hablé. En sus orígenes la ciudad estuvo amurallada, pero actualmente las murallas ya no se conservan; la mayor parte de los edificios del casco histórico sin embargo sí conservan su herencia colonial francesa, lo que apreciaremos enseguida a poco que paseemos por la zona, como decía al principio preferiblemente si es a pie.
Uno de los lugares más visitados, ya que se trata del centro neurálgico de la ciudad, es la place d'Armes, en la que destacan la basílica de Notre Dame o el seminario de Saint Sulpice (que tiene el honor de ser el edificio más antiguo de Montreal). No muy lejos de esta plaza y si nos apetece pasear un poco, podemos ir caminando hasta la calle Saint Paul, peatonal y llena de tiendas y restaurantes; esta calle discurre paralela al río San Lorenzo y, si la seguimos durante un tramo, desembocaremos en la place Jacques Cartier que estará a nuestra derecha. Desde allí, si nos dirigimos hacia el río, tenemos a dos pasos el port Vieux, el antiguo puerto, que en su día fue el centro de comunicaciones de Montreal y que en la actualidad se utiliza como lugar de paseo y de entretenimiento; tiene un pequeño museo, el Montreal Science Centre, además de unas pasarelas de madera que podemos recorrer andando en paralelo con el río, un edificio con varios sitios donde tomar algo y tiendas para comprar todo tipo de cosas, y un muelle en el que atracan embarcaciones de recreo.
También desde el propio puerto tenemos la opción de visitar las dos islas que están situadas en el río, Sainte Helene y Notre Dame, que en su día albergaron la Expo de 1967 y forman el parque Jean Drapeau. Actualmente este espacio se utiliza como lugar de recreo, ya que tiene zonas verdes y de playa, un museo ambiental, un circuito de fórmula 1 y un parque de atracciones, entre otras cosas. Se puede llegar a estas islas o bien caminando o en bici, o incluso en barco si nos apetece coger uno de los que salen hacia allí. Si después (o en lugar) de visitar el puerto queremos seguir caminando hasta el final por la calle Saint Paul, la que habíamos tomado para llegar al río, nos encontraremos con la iglesia de Notre Dame de Bon Secours, en la parte más al norte de la ciudad. Y ya que estamos allí, si nos apetece caminar un poco más, podemos tomar la calle Sainte Catherine hacia el este; esto es muy habitual en las ciudades canadienses, y es que la mayoría de sus calles, sobre todo si son de las principales que atraviesan la ciudad de un extremo a otro, tienen tramo o bien norte-sur o bien este-oeste. Como además la calle Sainte Catherine es larguísima, es importante tener en cuenta si debemos dirigirnos al este o al oeste para no ir justo al extremo contrario de la ciudad, por eso lo aclaro. Aquí nos encontraremos en la arteria principal de Montreal, en este caso en el barrio más bohemio.
Dirigiendo nuestros pasos un poco más hacia el este, podremos también visitar otra de las zonas más curiosas de la ciudad; se trata del parque olímpico, en el que todavía se puede ver lo que queda del estadio, además de los numerosos edificios que se construyeron para los juegos olímpicos de 1976. Lo más llamativo es el estadio con su torre inclinada, y además las vistas desde esas alturas son bastante buenas, aunque la verdad es que a mí toda esta zona me pareció que estaba un poco desangelada... Aunque al menos el ayuntamiento tuvo la buena idea de aprovechar los edificios y actualmente hay un par de jardines botánicos (uno exterior y otro cubierto), un pequeño zoológico y el edificio principal de la villa olímpica, en el que se alojaban los atletas. No muy lejos de aquí se encuentra el Plateau, un barrio de la ciudad que podemos visitar si nos apetece probar la gastronomía típica de Montreal; lo más famoso es el poutine, que se puede probar en cualquier parte porque hay puestos callejeros, pero si os apetece ir en plan restaurante, esta zona es la mejor para probar este plato que básicamente está compuesto de patatas fritas, queso cheddar y salsa de carne.
Por el contrario, si lo que queremos es dirigirnos por la misma calle Sainte Catherine en el sentido opuesto, es decir hacia el oeste, llegaremos a otro de los puntos más famosos de la ciudad, la place des Arts, muy conocida sobre todo porque en ella tienen lugar multitud de espectáculos al aire libre, lógicamente en verano. Y además es una buena zona donde parar a tomarse algo o a realizar compras, ya que todos los alrededores de Sainte Catherine están plagados de tiendas, restaurantes y bares de todo tipo; en el punto en el que esta calle se cruza con Peel, otra opción es tomar esta última hasta llegar a Mont Royal, que creo que es uno de los sitios que sí o sí hay que visitar cuando se va a Montreal, y al que podemos llegar también muy fácilmente si antes hemos estado en el Plateau, ya que está muy cerca de este barrio; Mont Royal es un parque enorme situado en una colina y, como curiosidad, es precisamente este lugar el que le dio el nombre a la ciudad. Aquí podemos pasar un buen rato, porque hay infinidad de caminos por los que podemos pasear rodeados de árboles; y también podemos subir al punto más alto, llamado Chalet Mont Royal; desde él, ni que decir tiene que las vistas de la ciudad y del río a nuestros pies son espectaculares.
Por desgracia no he tenido ocasión de visitar Canadá en otoño, pero con todo ese parque tan verde y con tantos árboles, en esa época del año el Mont Royal tiene que ser una auténtica maravilla...
Y ya que hemos llegado hasta aquí, podemos aprovechar la ocasión para visitar otro sitio muy famoso en la ciudad. Se trata del oratorio de Saint Joseph, que se encuentra en la cara norte de este parque y es un lugar de lo más curioso; su basílica es la iglesia más grande de todo Canadá y también un lugar de peregrinación porque tiene fama de curar a los enfermos de forma milagrosa. El recinto se puede recorrer por libre o bien con visita guiada, y en él veremos desde una exposición con todo tipo de objetos religiosos hasta por supuesto la propia basílica y la capilla, una tienda de recuerdos e incluso una cafetería. Y si te apetece, también puedes dedicarte un rato a pasear por sus enormes jardines.
Para terminar, una última curiosidad de la que no hablé cuando escribí sobre Toronto, es la ciudad subterránea o, como la llaman por aquí, RESO. A los canadienses esto les parece de lo más normal, pero como turista llama la atención eso de en algunas ciudades de este país haya una red de túneles bajo el suelo, que conectan algunos de los principales puntos para poder llegar a ellos sin tener que salir a la calle; claro que esto solo ocurre en el centro, porque si vives a las afueras no te queda más remedio que salir aunque estés a 40 bajo cero o lo que toque. Como veis, aunque para mi gusto no tiene el mismo encanto que Quebec, Montreal también es una ciudad a la que está bien dedicarle algo de tiempo; aunque es bastante grande y las distancias lógicamente también lo son, con un par de días se pueden ver la mayoría de las cosas; y si tenéis más tiempo, siempre podéis visitar además sitios de los alrededores. A mí desde luego esta ciudad me gustó muchísimo también, aunque en este caso la paliza de andar sí que fue morrocotuda; pero sin duda mereció la pena.
"Más importante que el viaje en sí, es lo que queda en el espíritu del viajero."
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11 de mayo de 2018
20 de abril de 2018
St Denis, en el barrio latino de Montreal
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| Imagen: web del hotel |
La dirección exacta del hotel es calle St-Denis 1254. Es un edificio de cinco plantas, cuadrado y con ventanas en los cuatro lados de los cuatro pisos en los que se encuentran las habitaciones; intuyo que todas las habitaciones deben de ser exteriores, ya que por la pinta que tenía el interior no parece que haya un patio central ni nada por el estilo. Lo primero que encontramos al entrar fue el mostrador con la recepción, no demasiado grande y con acceso al comedor y a la sala común, donde tenían un rincón para ver la televisión o leer la prensa. El suelo en todo el edificio es de moqueta aunque se veía todo bastante limpio. La gente que nos atendió siempre en recepción eran chicos bastante jóvenes; supongo que eran estudiantes que se habían buscado un trabajillo, porque además la zona universitaria no está demasiado lejos, así que podría ser perfectamente.
La habitación que nos dieron era de las de la última planta; a la entrada, a la derecha, tenía el cuarto de baño, no demasiado grande pero suficiente para nosotros, con bañera, inodoro y lavabo, además de las típicas cosillas que te suelen poner a modo de recibimiento como gorros de baño, peines, vasos para los cepillos de dientes, pastillas de jabón, gel, champú, secador de pelo... A continuación estaba la cama, bastante grande y con una mesilla de noche a cada lado, y que por cierto nos resultó comodísima; y una cosa que me llamó muchísimo la atención fue que en la pared del cabecero había un marco enorme de Ikea; lo gracioso es que habían colgado el marco tal cual, sin haberle puesto ninguna lámina y sin haberlo siquiera desenvuelto del plástico. A la derecha de la cama estaba la ventana que da a la calle principal del hotel; pensé que no conseguiríamos pegar ojo, pero a pesar de la zona tan animada en la que estábamos, no escuchamos ni un ruido.
Enfrente de la cama había, en el lado izquierdo de la pared, un armario bastante grande con almohadas y mantas de sobra; y en el lado derecho, desde el armario hasta la pared de la ventana, una encimera en la que estaban la televisión, el mueble bar, un par de sillas y una cafetera. Hay varios tipos de habitaciones en el hotel, pero la que cogimos nosotros fue una doble estándar; lo digo porque ya sabéis que los precios pueden variar, aunque como siempre, para eso están las páginas de comparación de precios o incluso la propia web del hotel. Aquí no tuvimos la suerte de que organizaran visitas guiadas gratuitas como en el hotel en el que nos alojamos en Quebec, pero como estuvimos allí tres días pudimos ver bastantes cosas por nuestra cuenta.
En todo el edificio había conexión wifi gratuita, y el hotel también tiene aparcamiento, situado en el sótano, y que se paga por días. No llegamos a utilizarlo porque en las calles de detrás solíamos encontrar sitio sin problema; el único detalle que hay que tener en cuenta es que debes quedarte con la copla de lo que indican las señales: en algunas aceras no se puede aparcar ciertos días de la semana o del mes a ciertas horas, y en otras no se puede a otras horas distintas y otros días distintos (me tocó recordar a toda pastilla los nombres de los días de la semana y de los meses en francés, que los tenía medio olvidados). Y en Canadá son de lo más puntillosos con esto de las normas, así que si te pasas de listo y aparcas donde quieres, lo más probable es que te pongan una multa o que la grúa se lleve tu coche.
De cualquier manera, la elección de este hotel me pareció muy acertada, tanto por el precio al que nos salió como por la zona en la que se encuentra, bastante cerca de los puntos de interés del centro de la ciudad. Con lo cual creo que, con bastante probabilidad, volvería a elegirlo.
18 de abril de 2018
Cuadernos canadienses (VI): alrededores de Quebec
Además de recorrer el centro histórico de Quebec, también tuvimos ocasión de dedicarnos uno de los días a visitar unos cuantos lugares que están en los alrededores de la ciudad. Y para aprovechar mejor el tiempo, lo que hicimos fue ir a primera hora al lugar que nos pillaba más lejos, para después ir retrocediendo, de nuevo en dirección a Quebec, dejarlo a nuestra espalda y poner rumbo a Montreal, que sería nuestra siguiente etapa.
El primer sitio al que nos dirigimos fue el Parc régional des Sept-Chutes, que está a unos 54 kilómetros de Quebec. El recorrido es muy bonito, ya que va todo el rato paralelo a la orilla del río San Lorenzo, dejando a la izquierda el monte Sainte-Anne, y llega un punto en el que deberemos tomar un desvío que nos hará adentrarnos en el cañón Sainte-Anne, hasta el parque; el último tramo es una carretera estrecha, toda rodeada de bosque y árboles. A la entrada del parque paramos para que nos informaran de los recorridos, dejamos el coche un poco más adelante y ya nos dispusimos a patear; no pateamos el parque entero, lógicamente, porque es enorme, pero por si a alguien le interesa, se puede pasar allí más tiempo del que lo hicimos nosotros porque hay zonas donde acampar y también un refugio.
Hay también varias rutas senderistas para elegir, todas ellas de dificultad baja o media, que van desde los 2 kilómetros de la más corta a los casi 7 de las dos más largas; así que dependiendo del tiempo que cada uno tenga para pasarlo allí, puede decantarse por unas u otras. También existe la opción, si no nos apetece caminar, de tomar un trenecito que lleva hasta una de las cataratas, donde se puede cruzar al otro lado utilizando un puente de madera y cuerdas que por cierto se mueve bastante y que a mí me recordó a una película de Indiana Jones. Aunque sin duda lo más espectacular, y que es lo que le da el nombre al parque, son las siete cataratas; son siete saltos de agua que aquí aprovecharon para construir, allá por los primeros años del siglo XX, una central eléctrica que también se puede visitar.
Por supuesto, puedes pasar en el parque todo el tiempo que quieras; siempre teniendo en cuenta que si coges el tren, deberás estar pendiente de los horarios de vuelta, a no ser que quieras hacer el recorrido inverso caminando, claro. En cuanto a la opción de acampar allí o de utilizar el refugio, nosotros no lo hicimos pero con lo organizados que son los canadienses, y teniendo en cuenta que la acampada libre allí no se estila, como conté al hablar de nuestra excursión a Algonquin, estoy casi segura de que habrá que ponerse en contacto con ellos para reservar sitio con antelación. En cualquier caso, dejo aquí el enlace para poder realizar las reservas para la acampada, porque el de reservar alojamiento en el refugio no he conseguido localizarlo por ningún sitio.
Después de haber pasado en el parque la mayor parte del día, nos pusimos de nuevo en marcha; volvimos a tomar la misma carretera por la que habíamos llegado, y después de desandar el camino llegamos, en algo menos de media hora, a la basílica de Sainte-Anne-de-Beaupré, que es muy famosa por estos lares; en primer lugar porque al parecer los muchos peregrinos que la visitan encuentran aquí la cura para sus enfermedades, y en segundo lugar porque Santa Ana es la patrona de Quebec, "cargo" que ostenta en compañía de San Juan Bautista.
Es un templo neorrománico, con planta en forma de cruz latina, y la altura de sus dos torres es de casi 100 metros, con lo cual resulta bastante espectacular cuando estás justo frente a ella. De largo también tiene los mismos metros, pero en este caso no se aprecia igual que la altura, ni mucho menos. Los relieves de su fachada son para pasarse un buen rato observándolos, ya que incluyen imágenes de la vida de Santa Ana con todo lujo de detalles; y en su interior hay varias capillas, aunque la más destacada es la de la Inmaculada Concepción (que era la madre de Santa Ana), y también unas cuantas más pequeñas dedicadas a otros santos. Como curiosidad, tenemos también en el interior del templo una copia de La Piedad de Miguel Ángel.
Por último, hicimos una pequeña parada en la cascada de Montmorency, la más alta de toda la provincia de Quebec, con sus 83 metros; de hecho es incluso más alta que las de Niágara, que yo siempre había pensado que serían altísimas hasta que al verlas en directo me di cuenta de que espectaculares desde luego sí son, y mucho, pero no las más altas de Canadá. La de Montmorency se encuentra en la desembocadura del río que comparte nombre con la propia cascada y con el parque en el que está.
Aquí también hay varias opciones, como ir subiendo hasta el puente para ver la cascada desde lo más alto, para lo cual hay unos cuantos tramos de escaleras con miradores en los que podemos ir parando; o bien coger el funicular que nos lleva desde la base, donde está el lecho del río, hasta el punto más alto, donde se forma la cascada. En cualquier caso, la verdad es que las vistas son increíbles, y desde lo más alto del puente se puede ver perfectamente incluso toda la ciudad de Quebec, que está tan solo a unos 14 kilómetros de aquí.
A estas alturas ya se nos empezaba a hacer un poco tarde, así que hacia las 6 más o menos decidimos ponernos en marcha hacia Montreal; el trayecto hasta allí era de algo más de 250 kilómetros y con el límite de velocidad de las carreteras canadienses nos iba a llevar un rato, así que preferimos no tener que llegar allí muy de noche por si no teníamos tanta suerte con encontrar hotel como en Quebec.
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| Centro de recepción de visitantes de Sept-Chutes |
Hay también varias rutas senderistas para elegir, todas ellas de dificultad baja o media, que van desde los 2 kilómetros de la más corta a los casi 7 de las dos más largas; así que dependiendo del tiempo que cada uno tenga para pasarlo allí, puede decantarse por unas u otras. También existe la opción, si no nos apetece caminar, de tomar un trenecito que lleva hasta una de las cataratas, donde se puede cruzar al otro lado utilizando un puente de madera y cuerdas que por cierto se mueve bastante y que a mí me recordó a una película de Indiana Jones. Aunque sin duda lo más espectacular, y que es lo que le da el nombre al parque, son las siete cataratas; son siete saltos de agua que aquí aprovecharon para construir, allá por los primeros años del siglo XX, una central eléctrica que también se puede visitar.
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| Las cataratas |
Después de haber pasado en el parque la mayor parte del día, nos pusimos de nuevo en marcha; volvimos a tomar la misma carretera por la que habíamos llegado, y después de desandar el camino llegamos, en algo menos de media hora, a la basílica de Sainte-Anne-de-Beaupré, que es muy famosa por estos lares; en primer lugar porque al parecer los muchos peregrinos que la visitan encuentran aquí la cura para sus enfermedades, y en segundo lugar porque Santa Ana es la patrona de Quebec, "cargo" que ostenta en compañía de San Juan Bautista.
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| Basílica de Sainte-Anne-de-Beaupré |
Por último, hicimos una pequeña parada en la cascada de Montmorency, la más alta de toda la provincia de Quebec, con sus 83 metros; de hecho es incluso más alta que las de Niágara, que yo siempre había pensado que serían altísimas hasta que al verlas en directo me di cuenta de que espectaculares desde luego sí son, y mucho, pero no las más altas de Canadá. La de Montmorency se encuentra en la desembocadura del río que comparte nombre con la propia cascada y con el parque en el que está.
Aquí también hay varias opciones, como ir subiendo hasta el puente para ver la cascada desde lo más alto, para lo cual hay unos cuantos tramos de escaleras con miradores en los que podemos ir parando; o bien coger el funicular que nos lleva desde la base, donde está el lecho del río, hasta el punto más alto, donde se forma la cascada. En cualquier caso, la verdad es que las vistas son increíbles, y desde lo más alto del puente se puede ver perfectamente incluso toda la ciudad de Quebec, que está tan solo a unos 14 kilómetros de aquí.
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| Funicular en Montmorency |
11 de abril de 2018
Cuadernos canadienses (V): centro histórico de Quebec
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| Castillo Frontenac |
Uno de los aspectos más llamativos de Quebec, o al menos esa fue la impresión que yo me llevé cuando fui, es que al pasear por ella tienes la sensación de estar en Europa, más que en América; y como curiosidad, esta ciudad a orillas del río San Lorenzo es además la que tiene las calles más antiguas, y la única que se encuentra amurallada, en toda América del Norte; de hecho en algunos de los tramos de muralla, que por cierto es totalmente peatonal, se pueden ver todavía los cañones que antiguamente defendían la ciudad.
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| Catedral de Notre Dame |
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| Paseando por la ciudad alta |
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| Aux Anciens Canadiens |
Esta parte baja de la ciudad da perfectamente para pasarse unas cuantas horas callejeando por allí y descubriendo cosas, no sólo tiendas o restaurantes, sino también museos, ya que hay varios; es difícil decidirse, sobre todo si no tienes mucho tiempo, pero creo que el Muséé de la Civilisation puede ser una opción buena si tenéis dudas.
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| Camuflada en el trampantojo de la place Royale |
En esta zona hay una calle, siempre muy animada, que lleva el mismo nombre que el barrio. Paralelo a ella nos encontramos el Parc des Champs de Bataille, un lugar histórico, ya que fue aquí mismo donde el ejército francés se rindió en 1759 y entregó las llaves de la ciudad a los británicos. En la actualidad es, como su propio nombre indica, un parque; y además de ser enorme es para mi gusto uno de los mejores puntos de la ciudad, sobre todo si lo que te apetece es respirar tranquilidad a raudales.
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| En la ciudadela |
Como veis, Quebec tiene unas cuantas cosas para ver y de las que poder disfrutar. Hay algunas otras que, como decía al principio, están un poco más a las afueras; de ellas hablaré en otra entrada.
5 de abril de 2018
Hôtel du Vieux-Québec, a los pies del castillo
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| Imagen: web del hotel |
Como el camino es largo y da para mucho, aprovechamos para ir leyendo en nuestra guía viajera qué cosas se pueden visitar en Quebec; le echamos también un vistazo al apartado de hoteles y fuimos descartando hasta quedarnos con los que más nos convencían, porque en el centro histórico de la ciudad hay muchos y la verdad es que casi todos tienen una pinta estupenda. Al llegar allí, lo que hicimos fue buscar un sitio más o menos cercano donde dejar el coche y nos fuimos hacia el Hotel du Vieux Québec, que fue el que más nos había gustado; si no encontrábamos habitación, seguiríamos probando con los demás de la lista.
El hotel se encuentra más céntrico imposible, concretamente en la rue Saint-Jean 1190; esto está a un paso del castillo Frontenac y la plaza Real, dos de los principales sitios de la ciudad. Allí le preguntamos al chico de recepción, que hablaba indistintamente inglés y francés, si tenían alguna habitación doble disponible; en un principio nos dijo que el hotel estaba completo. Pero como habíamos leído en la guía que a veces tienen disponibles algunas habitaciones del sótano (que las llaman hospitality rooms), de las que están destinadas para el personal que trabaja en el hotel, le preguntamos por si acaso colaba; como sólo teníamos pensado pasar allí una noche, decidimos que valía la pena intentarlo. Y así fue; el chico nos dijo que si no nos importaba estar en el sótano, había varias de esas habitaciones libres.
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| Imagen: web del hotel |
Nuestra habitación, como decía, estaba en el sótano aunque finalmente no resultó ser tan tétrica ni oscura como yo esperaba (la foto que he puesto es de una de las habitaciones básicas, porque con mi cámara no llegué a hacer fotos en la nuestra, pero la distribución es prácticamente igual). Imagino que precisamente por estar en el sótano, y para dar algo más de luminosidad, la decoración era toda en tonos blancos, así que resultaba en realidad bastante luminosa a pesar de dar a un patio interior. También me sorprendió el tamaño, y es que la esperaba más pequeña, sobre todo teniendo en cuenta que estas habitaciones están destinadas al personal del hotel, que supongo que no vivirá allí permanentemente, salvo en algún caso especial.
Al entrar, a la derecha, teníamos el cuarto de baño, no demasiado grande pero suficiente, con bañera, inodoro y lavabo, además de un par de cestitas con varios artículos de aseo. Y también al entrar pero a la izquierda, un armario empotrado bastante grande. A continuación una cama de matrimonio, también grande, con una mesilla de noche a cada lado; a la izquierda de la cama estaba la ventana que daba al patio, y en la pared de enfrente la televisión, un escritorio con un par de sillas, un mueble bar y una cafetera.
En cuanto al precio, a nosotros nos salió algo más barato porque según nos dijo el chico de recepción, si te alojas en las habitaciones del sótano siempre te hacen un pequeño descuento. Lo único es que este tipo de habitaciones no está ofertada en la página del hotel, así que no sé si es porque ya no las ofrecen o si es que sólo lo hacen si te presentas allí como hicimos nosotros y lo preguntas por si cuela. En cualquier caso, os dejo un enlace a la web, que además tiene también versión en español, para que podáis echar un vistazo. En nuestro caso elegimos la opción de sólo alojamiento porque en el centro hay un montón de sitios donde poder tomar algo, así que no llegamos a desayunar en el hotel. Lo que sí hicimos, porque nos dijo el chico de recepción que durante los meses de julio, agosto y septiembre está incluido en el precio, fue apuntarnos a las visitas guiadas por el casco antiguo; las hacen por la mañana y son tanto en francés como en inglés. Poco más se puede pedir.
En resumen, si tenéis pensado visitar Quebec, creo que este hotel es muy buena opción: céntrico, acogedor, bastante bien de precio para la zona en la que está, con personal muy amable... Yo desde luego lo volveré a tener en cuenta si viajo de nuevo por allí.
1 de abril de 2018
Cuadernos canadienses (IV): Algonquin park
Otro de los lugares que tuve la inmensa suerte de conocer cuando estuve en Canadá fue el parque provincial de Algonquin, un sitio muy querido por los canadienses y que además creo que es de los que, pase el tiempo que pase, siempre recuerdas como si hubieras estado allí ayer mismo. Aquí intentaré recoger mis impresiones de la semana casi completa que pasamos en Algonquin, aunque me temo que las palabras se quedarán seguramente cortas...
Antes de lanzarse a la aventura, hay que tener en cuenta que en Canadá no existe la acampada libre, así que aunque nos encontremos ante un parque natural, el más antiguo de Canadá, que por cierto tiene nada menos que 7.000 kilómetros cuadrados, no es posible visitarlo a tu aire. Seguro que os suena incluso gracioso para tratarse de un lugar lleno de lagos y bosques en los que acampar, pero hay que hacer siempre una reserva antes de plantarse allí sin preguntar.
Esto puede parecer una tontería, pero la verdad es que está muy bien pensado, porque la idea es que los visitantes de Algonquin puedan disfrutar del parque pero que, al mismo tiempo, no abusen de sus recursos. Las reservas se pueden gestionar a través de la página web del parque, y también por teléfono si os apetece; últimamente también hay incluso empresas que se dedican a organizar tanto visitas guiadas como rutas de senderismo o en canoa.
Si, como nosotros, vas por tu cuenta, lo único que tienes que hacer es dar tus datos, el número de personas que irán al parque y, por supuesto, las fechas en las que está prevista la visita. En el mismo momento de la reserva te indicarán si hay sitios libres en los que acampar, y es que a pesar de que como he dicho es un parque gigantesco, si todos los sitios están reservados no va a ser posible que te dejen acceder. Una vez gestionada y confirmada nuestra reserva, ya sí podremos ponernos en camino. El camino desde Toronto no es excesivamente largo, unos 250 kilómetros por la autopista 400 en dirección norte, así que en unas tres horitas (el límite de velocidad es de 100 kilómetros por hora) nos plantaremos en una de las puertas del parque, en este caso la Sur, que es la que pilla más cerca.
Más o menos todo el mundo sabe lo que hay que llevarse cuando se va de acampada a cualquier sitio:
tienda de campaña, saco de dormir, esterilla, botas de senderismo, una bolsa de aseo, utensilios básicos de cocina... Pero para ir a Algonquin nos hará falta además la canoa, ya que la necesitaremos para movernos por la inmensidad de lagos que hay en el parque; y con ella los remos y también el chaleco salvavidas, absolutamente obligatorio, igual que los envases desechables o reciclables para la comida que llevemos.
También nos hará falta algo impermeable, y es que en estas latitudes te puede llover aunque sea pleno verano; y por este mismo motivo, cerillas impermeables por si necesitamos hacer fuego, siempre y cuando no esté prohibido, que en algunos momentos lo está. Como además de ir por los lagos, la mayoría del tiempo lo pasaremos entre bosques muy muy espesos, es recomendable llevar un spray antimosquitos o un ungüento para después; en realidad es casi mejor llevarse las dos cosas. Si aun así se nos olvida algo, en el parque lo tienen todo pensado y en las cabañas de las diferentes entradas venden y alquilan cualquier cosa que te puedas imaginar, desde los propios chalecos salvavidas hasta incluso canoas, o cualquier otra cosa que se te pueda ocurrir y que te hayas dejado en casa.
Una vez en el parque, tendremos que buscar las zonas señalizadas para aparcar. Allí dejaremos nuestro coche y no volveremos a verlo hasta que haya pasado nuestra estancia en Algonquin, porque durante todo el tiempo que pasemos allí nuestro medio de transporte serán únicamente nuestras piernas y en todo caso nuestra canoa. En el interior del parque no hay carreteras, ni casas, ni por supuesto paradas de metro o de autobús; todo lo que veremos serán miles y miles de kilómetros de bosque, infinidad de lagos inmensos, un laberinto de senderos y caminos, y todo lo que oiremos será el sonido de la naturaleza en estado puro, o el de los remos al deslizarse nuestra canoa por el agua. Porque aquello es tan inmenso que durante nuestra estancia allí será bastante fácil que ni siquiera lleguemos a cruzarnos con nadie más.
Cuando hayamos encontrado un sitio donde aparcar, deberemos pasar por la cabaña de madera que hay en cada entrada al parque. Allí hay que hacer una serie de trámites que son obligatorios; como cuando llegas a un hotel y te registras. En este caso, los guardas forestales (los rangers que llaman allí) confirmarán la reserva, el número de personas, cuántos días, cuántas tiendas de campaña y de qué color, y en qué zonas del parque está hecha la reserva. A mí esto me pareció una exageración, pero es que me explicaron que como reservas un número concreto de días, y al pasar ese tiempo tienes que volver a la cabaña antes de dejar el parque, si los forestales ven que ha pasado ese tiempo y no has avisado de que te marchas, salen en helicóptero a buscarte por si ha pasado algo; y claro, saber a cuántas personas buscan, en qué zona iban a estar y de qué color eran sus tiendas de campaña les sirve de bastante ayuda.
Cuando todo esto esté confirmado, en la cabaña nos dan una bolsa amarilla con la que nos tenemos que apañar durante todo el tiempo que estemos en el parque. Por eso comentaba al principio que siempre hacen mucho hincapié en que los envases de comida que lleves sean reciclables o desechables, porque en esta bolsa no puedes tirar por ejemplo envases de cristal ni latas. Y os aseguro que los canadienses son muy escrupulosos con estas normas, y a la que cualquiera se descuida le cascan una multa. Así que tú verás cómo te las compones, pero al salir del parque y deshacerte de la bolsa, en ella solo deben ir los restos que estén permitidos.
Hemos hecho todos los trámites y ahora ya, por fin, vamos a buscar el sitio en el que hemos reservado nuestra estancia. Lo suyo es saberse orientar con el mapa del parque (nosotros lo llevábamos desde casa, pero en las cabañas de las entradas también los tienen), o bien con una brújula; pero si vas en grupo, seguramente habrá más de una persona a la que se le den bien estas cosas. No es mi caso, que con los mapas aún soy capaz de orientarme más o menos, pero lo de las brújulas me supera. Esto es importante porque, una vez que te vayas adentrando en el bosque, lo más seguro es que no te encuentres con nadie a quien preguntar, a no ser que tengas la rara suerte de ver a alguien en alguno de los caminos que unen unos lagos con otros (y que en todas partes aparecen señalizados como portage), que es de los pocos sitios en los que a lo mejor, durante al menos un rato, no estás solo porque además de las zonas de acampada, el parque está lleno de rutas senderistas y es en estos cruces de caminos donde suele haber más afluencia de visitantes. Puede que el sitio en el que vayas a estar te pille más o menos cerca de la entrada del parque, o puede que te toque pegarte un buen paseo hasta llegar a él; normalmente esto será lo más probable. En cualquier caso, lo ideal es que lleves en la mochila todo lo que necesites, que te la eches a la espalda y que tengas todo el tiempo las manos libres; nosotros lo que hicimos fue ponernos directamente el chaleco salvavidas nada más llegar, y cargar con las mochilas porque las manos las íbamos a necesitar cada dos por tres. Y es que claro, para ir por los lagos la canoa está muy bien, pero cuando tienes que atravesar uno de los caminos que unen un lago con otro, no hay más remedio que echarse la canoa a la espalda y arrear con ella hasta el siguiente lago; y tener las manos libres es fundamental, porque algunos de estos portages son de unos pocos metros de longitud, pero también los hay bastante largos, incluso de varios kilómetros.
Si ya tienes claro dónde te toca acampar, y si ya te has orientado entre el laberinto de lagos y senderos que forman el parque, solo tendrás que buscar la señal que indica la zona de acampada; estas señales son bastante fáciles de encontrar porque suelen estar colocadas en los troncos de los árboles y tienen el fondo naranja muy llamativo y una tienda de campaña de color negro pintada encima, así que no tienen pérdida. Ahora ya solo falta "atracar" en el puerto, descargar los trastos de la canoa y acomodarse.
Algunas veces, al llegar, a lo mejor te encuentras con que los que han estado antes que tú han dejado algo de "recuerdo", como una pila de ramas secas por si los siguientes necesitan hacer fuego, o algún cartel de bienvenida, o detallitos así muy canadienses que siempre son agradables y además a mí me llamaron mucho la atención porque al menos en España estas cosas no suelen ser habituales. Y lo que te encontrarás siempre siempre siempre será toda la zona de acampada limpia como una patena, sin basuras ni ningún tipo de resto de nada. Una de las primeras cosas con las que los forestales insisten hasta la saciedad es con la bolsa de la comida y la de la basura, la que te dan a la entrada; en cuanto llegues y te pongas a la tarea de acomodarte, lo más práctico es que coloques las dos bolsas en los clavos que hay en los árboles, y sobre todo que te acuerdes de volver a colocarlas en alto por la noche, antes de irte a dormir. Porque en cuanto te pongas a desembalar trastos, a montar la tienda y a sacar cosas de la mochila, aunque parezca que allí no hay nadie verás que al poco rato empiezan a asomar por allí, tímidamente, un montón de ardillas de Siberia que no te quitarán ojo de encima. Y durante el día no verás a demasiados bichos, o al menos los verás de lejos, pero por la noche cuando todo está en silencio y estás dentro de tu tienda con la luz apagada y listo para dormir, sí empezarás a escuchar todo tipo de ruidos de a saber qué animales (principalmente serán osos negros y mapaches, que son los que más abundan por la zona).
Durante los días que pases en el parque te podrás mover libremente por allí, aunque no conviene alejarse mucho de la zona en la que has acampado y desde luego no hay que salirse del área en la que se ha hecho la reserva. Cuanto más te alejes más camino tendrás que recorrer luego para volver, y si ya es un poco complicado orientarse en un lugar así por el día, no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser moverse en mitad del bosque por la noche. Otra cosa que hay que tener en cuenta es que en mitad del parque tampoco hay duchas ni cuartos de baño propiamente dichos; lo que sí hay, repartidos por todas las zonas, son unos cubículos de madera con una tapa y un agujero en el centro, donde te puedes sentar para hacer lo que necesites. Pero lo de ducharse está complicado, aunque sí te puedes bañar en cualquiera de los lagos pero no usar jabones ni champús, y desde luego el agua está bastante fresquita incluso en verano.
Para terminar, creo que queda más que claro que la visita al parque de Algonquin es algo que recomiendo sin dudarlo ni un momento. Es increíble estar en plena naturaleza y poder observar esos amaneceres y atardeceres que parecen cuadros impresionistas; ver en su hábitat natural (a veces incluso de cerca, si tenemos suerte) mapaches, alces, ardillas, osos, colimbos, castores; y sentirse absolutamente enano ante esos paisajes tan impactantes y tan maravillosos, casi imposibles de describir con palabras, o al menos yo no encuentro las palabras adecuadas para transmitir todo lo que puede ver y sentir durante los días que estuve allí. Si alguna vez tenéis ocasión de viajar a Canadá y de visitar este parque, no lo dudéis ni un segundo. Estoy segura de que lo disfrutaréis enormemente; en mi caso, de todos los lugares que he tenido la oportunidad de conocer, Algonquin es hasta ahora uno de los que más se ha quedado en mi corazón y en mis retinas, sospecho que para siempre.
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| En marcha |
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| Preparando nuestra zona de acampada |
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| Atardecer junto a uno de los lagos |
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| Tarde de paseo |
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| Muertas después de un portage interminable |
Hemos hecho todos los trámites y ahora ya, por fin, vamos a buscar el sitio en el que hemos reservado nuestra estancia. Lo suyo es saberse orientar con el mapa del parque (nosotros lo llevábamos desde casa, pero en las cabañas de las entradas también los tienen), o bien con una brújula; pero si vas en grupo, seguramente habrá más de una persona a la que se le den bien estas cosas. No es mi caso, que con los mapas aún soy capaz de orientarme más o menos, pero lo de las brújulas me supera. Esto es importante porque, una vez que te vayas adentrando en el bosque, lo más seguro es que no te encuentres con nadie a quien preguntar, a no ser que tengas la rara suerte de ver a alguien en alguno de los caminos que unen unos lagos con otros (y que en todas partes aparecen señalizados como portage), que es de los pocos sitios en los que a lo mejor, durante al menos un rato, no estás solo porque además de las zonas de acampada, el parque está lleno de rutas senderistas y es en estos cruces de caminos donde suele haber más afluencia de visitantes. Puede que el sitio en el que vayas a estar te pille más o menos cerca de la entrada del parque, o puede que te toque pegarte un buen paseo hasta llegar a él; normalmente esto será lo más probable. En cualquier caso, lo ideal es que lleves en la mochila todo lo que necesites, que te la eches a la espalda y que tengas todo el tiempo las manos libres; nosotros lo que hicimos fue ponernos directamente el chaleco salvavidas nada más llegar, y cargar con las mochilas porque las manos las íbamos a necesitar cada dos por tres. Y es que claro, para ir por los lagos la canoa está muy bien, pero cuando tienes que atravesar uno de los caminos que unen un lago con otro, no hay más remedio que echarse la canoa a la espalda y arrear con ella hasta el siguiente lago; y tener las manos libres es fundamental, porque algunos de estos portages son de unos pocos metros de longitud, pero también los hay bastante largos, incluso de varios kilómetros.
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| Amanecer |
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| Bruma matutina |
Para terminar, creo que queda más que claro que la visita al parque de Algonquin es algo que recomiendo sin dudarlo ni un momento. Es increíble estar en plena naturaleza y poder observar esos amaneceres y atardeceres que parecen cuadros impresionistas; ver en su hábitat natural (a veces incluso de cerca, si tenemos suerte) mapaches, alces, ardillas, osos, colimbos, castores; y sentirse absolutamente enano ante esos paisajes tan impactantes y tan maravillosos, casi imposibles de describir con palabras, o al menos yo no encuentro las palabras adecuadas para transmitir todo lo que puede ver y sentir durante los días que estuve allí. Si alguna vez tenéis ocasión de viajar a Canadá y de visitar este parque, no lo dudéis ni un segundo. Estoy segura de que lo disfrutaréis enormemente; en mi caso, de todos los lugares que he tenido la oportunidad de conocer, Algonquin es hasta ahora uno de los que más se ha quedado en mi corazón y en mis retinas, sospecho que para siempre.
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| El verdadero significado de "en mitad de ninguna parte"... |
29 de marzo de 2018
Cuadernos canadienses (III): Casa Loma
Cuando escribí la entrada sobre Toronto, mencioné que seguramente habría alguna cosa sobre la que escribiría de forma más detallada; una de ellas, y además de mis favoritas en la ciudad, es este castillo. Casa Loma es su nombre original, aunque los canadienses siempre tienen el detalle de explicarle a todo el mundo que es un nombre español, y que su traducción al inglés es The house on the hill, el otro nombre por el que se conoce a esta construcción.
Casa Loma fue construida por Sir Henry Pellatt, un millonario canadiense de origen británico, que después de sus viajes por la tierra de sus antepasados se enamoró de la arquitectura del lugar y encargó el proyecto de su propio castillo medieval al arquitecto E.J. Lennox. Los trabajos de construcción comenzaron en 1911 y terminaron muy rápido, tan sólo tres años más tarde, en 1914. Se contrató a trescientas personas para llevar a cabo las obras, y el coste total ascendió nada menos que a tres millones y medio de dólares, que para esa época suponía una auténtica fortuna.
Sir Henry estuvo viviendo en este castillo con su mujer durante algo menos de 10 años, hasta que se arruinó, porque una casa de semejantes características es muy cara de mantener, y finalmente el matrimonio tuvo que abandonar su hogar, que pasó de unas manos a otras e incluso estuvo a punto de convertirse en un hotel de lujo; finalmente, en el año 2011, pasó a ser propiedad del ayuntamiento de Toronto.
Casa Loma está en Austin Terrace 1, cerca de la confluencia de Davenport Rd. y Spadina Avenue. Aunque Toronto es una ciudad con una extensión bastante grande, es muy fácil orientarse allí porque su plano forma una cuadrícula casi perfecta, con dos avenidas principales y calles más pequeñas que se van ramificando a partir de ellas; además en prácticamente todas las calles hay autobuses y tranvías que las recorren de punta a punta (en el caso de esta calle tenemos el autobús 127, que nos deja justo al lado, o la estación de metro Dupont, cuya salida está a algo más de 500 metros de Casa Loma). Otra posibilidad es ir hasta allí en coche, ya que en el exterior del castillo hay un aparcamiento bastante grande; aunque teniendo el transporte público, yo creo que no merece la pena ni plantearse coger el coche.
El edificio se puede visitar durante todo el año, y los jardines sólo están abiertos desde mayo hasta octubre, por razones obvias; aunque imagino que a lo mejor hay temerarios a los que no les importaría corretear por allí a 40 bajo cero...
En la propia página web de Casa Loma es posible consultar tanto el horario de visitas como los precios de las entradas, que también se pueden comprar online si preferimos ir a tiro hecho; en el precio de la entrada está también incluida la audioguía, disponible en unos cuantos idiomas, entre ellos el español. Y por supuesto la visita la podemos hacer a nuestro aire, aunque supongo que lo más práctico es ir siguiendo el orden marcado, que empieza en la planta principal y acaba en los jardines; será este el orden que yo os indicaré aquí.
En la planta principal tenemos en primer lugar el vestíbulo, que además de recibir a los visitantes e impresionarlos con sus más de 18 metros de alto, es la estancia más importante de Casa Loma. A continuación está la biblioteca, cuyo suelo de roble llama mucho la atención porque su disposición en espiga crea juegos de luces y sombras según desde dónde lo miremos, y en cuyo techo podemos ver el escudo de armas de Sir Henry; también aquí está el comedor, igualmente de madera y en sus orígenes separado de la biblioteca únicamente por unas puertas paneladas, y en la que los libros que hay son simplemente de adorno, ya que no se conservan los libros originales, que fueron vendidos junto con el resto de bienes del castillo.
El invernadero
es uno de los sitios más bonitos de todo el edificio y fue diseñado para albergar plantas durante todo el año; la habitación de servicio, que también era utilizada para los desayunos y que aún conserva muebles originales propiedad de los Pellatt; el estudio de Sir Henry,
una de las estancias más pequeñas de la casa, utilizada por su dueño para trabajar y que tiene dos puertas secretas a ambos lados de la chimenea; la habitación de fumar,
donde se jugaba al ajedrez o a las cartas; y la habitación de billar.
En la segunda planta está en primer lugar el dormitorio de Sir Henry, con las paredes forradas de madera y una chimenea junto a la cual hay un compartimento secreto en el que guardaba sus documentos confidenciales; al lado su cuarto de baño, toda una innovación en aquella época porque se diseñó con una ducha de varios grifos y diferentes niveles de tuberías, casi como el precedente de las actuales duchas de hidromasaje; muy cerca está el dormitorio de Lady Mary, que contrasta con el de su marido porque las paredes están pintadas en un tono azul muy claro que se llama Wedgwood y que por lo visto era su favorito; a continuación su cuarto de baño, más pequeño que el de su marido pero con un objeto muy poco común en la época: un bidé.
También en esta misma planta, además de los dormitorios de los duenos, hay otros tres más: una habitación de invitados, la habitacion Windsor (que Henry Pellatt bautizó así porque tenía la ilusión de que algún día la familia real británica se alojara en su casa, y la habitación redonda, que tiene esta forma porque se encuentra justo debajo de una de las dos torres del castillo.
A continuación, podemos seguir la visita subiendo hasta la tercera planta, en la que veremos entre otras cosas el museo de rifles (Sir Henry era militar), una habitación para los sirvientes y la llamada habitación del jardín, con unas vistas preciosas a una de las zonas ajardinadas de Casa Loma. Por último, las escaleras por las que se puede subir a las dos torres: Scottish (la que tiene el tejadillo en pico) y Norman (la de las dos chimeneas).
Por supuesto, ni que decir tiene que desde las torres son espectaculares las vistas que tenemos sobre toda la ciudad.
Ahora nos toca bajar, porque todavía quedan algunas cosas por ver. Una de ellas es el sótano, en el que encontramos por un lado la tienda de regalos (que estaba pensada para ser por un lado una bolera y por otro una galería de tiro, pero nunca se llegó a terminar) y la cafetería (diseñada para convertirse en el gimnasio de Sir Henry); justo debajo del invernadero se encuentra la piscina,
que tampoco se llegó a acabar del todo y que en la actualidad se utiliza como sala de proyecciones en la que nos muestran un audiovisual que cuenta la historia del señor Pellatt; por último tenemos una bodega
con capacidad para casi 2.000 botellas; y también el túnel de algo más de 200 metros, que comunica el edificio principal con los establos (que durante algún tiempo estuvieron cerrados) y que desde hace algunos años muestra una serie de fotografías en una exposición de lo más curiosa que lleva por título Toronto's dark side.
En la zona de los establos, además de ver las estancias en las que se alojaba a los caballos, también podremos recorrer la exposición de carruajes y vehículos antiguos, la mayoría de principios del siglo XX, así como ver el garaje; éste resulta muy curioso porque está todo dispuesto como si en cualquier momento fueran a aparecer por allí los mecánicos para ponerse a trabajar: hay mesas de herramientas, latas de aceite... En una de las paredes del garaje podemos ver incluso un antiguo surtidor de gasolina.
Y si aquí termina la visita al edificio, nos queda todavía un buen rato de estar en Casa Loma, porque nos falta ver lo más grande en extensión: sus jardines, que ocupan nada menos que 20.000 metros cuadrados, rodean todo el castillo y durante el tiempo que permanecen abiertos (desde mayo hasta octubre, como comenté al principio) hay en ellos infinidad de variedades de plantas, parterres de arbustos, así como fuentes y esculturas, todo ello cubierto de un césped que suele estar siempre la mar de bien cuidado. Hay una zona que está delimitada por paredes de piedra y setos de cedro, que recibe el nombre de jardín secreto y que si no estás atento te lo puedes pasar de largo porque está un poco camuflado en el entorno.
También en esta misma zona hay un cobertizo que en su día utilizaron los primeros jardineros del castillo para guardar el material necesario para cuidar del jardín, y que en la actualidad sigue manteniendo la misma función para que puedan usarlo los jardineros que se encargan del mantenimiento de todo este espacio ahora.
Si no eres de visitar edificios de este tipo y no te apetece echarle unas horas a Casa Loma, creo que si viajas a Toronto en primavera o en verano deberías al menos intentar no perderte una vuelta por los jardines; aunque Toronto es una ciudad muy verde y prácticamente en todas partes te encontrarás parques, zonas verdes y todo tipo de flores, aquí es simplemente espectacular ver tantas variedades juntas. Impresiona saber que cuando Henry Pellatt tuvo que abandonar su casa, los jardines llegaron a estar tan descuidados que aquello se convirtió casi en una selva; y gracias al buen trabajo que hicieron varias organizaciones de la ciudad, ahora podemos disfrutar de esta maravilla.
El castillo también se puede alquilar para organizar todo tipo de eventos y festejos, entero o por habitaciones sueltas para por ejemplo hacer sesiones fotográficas, e incluso para rodar películas. De hecho, me enteré de que la mayoría de películas estadounidenses se ruedan en Toronto porque sale mucho más barato filmar allí; y como curiosidad, si habéis visto la película X-Men del año 2000 (la primera), posiblemente os pasara desapercibido este detalle, pero la escuela en la que estudian los mutantes no es otra que Casa Loma.
Resulta muy llamativo encontrar un sitio así, todo un remanso de paz, prácticamente al lado de la zona de rascacielos de la ciudad. Así que si tenéis ocasión de visitarlo, yo desde luego no me lo perdería.
Casa Loma fue construida por Sir Henry Pellatt, un millonario canadiense de origen británico, que después de sus viajes por la tierra de sus antepasados se enamoró de la arquitectura del lugar y encargó el proyecto de su propio castillo medieval al arquitecto E.J. Lennox. Los trabajos de construcción comenzaron en 1911 y terminaron muy rápido, tan sólo tres años más tarde, en 1914. Se contrató a trescientas personas para llevar a cabo las obras, y el coste total ascendió nada menos que a tres millones y medio de dólares, que para esa época suponía una auténtica fortuna.
Sir Henry estuvo viviendo en este castillo con su mujer durante algo menos de 10 años, hasta que se arruinó, porque una casa de semejantes características es muy cara de mantener, y finalmente el matrimonio tuvo que abandonar su hogar, que pasó de unas manos a otras e incluso estuvo a punto de convertirse en un hotel de lujo; finalmente, en el año 2011, pasó a ser propiedad del ayuntamiento de Toronto.
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| Desde los jardines |
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| Entrada del invernadero |
En la planta principal tenemos en primer lugar el vestíbulo, que además de recibir a los visitantes e impresionarlos con sus más de 18 metros de alto, es la estancia más importante de Casa Loma. A continuación está la biblioteca, cuyo suelo de roble llama mucho la atención porque su disposición en espiga crea juegos de luces y sombras según desde dónde lo miremos, y en cuyo techo podemos ver el escudo de armas de Sir Henry; también aquí está el comedor, igualmente de madera y en sus orígenes separado de la biblioteca únicamente por unas puertas paneladas, y en la que los libros que hay son simplemente de adorno, ya que no se conservan los libros originales, que fueron vendidos junto con el resto de bienes del castillo.
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| Interior del invernadero |
En la segunda planta está en primer lugar el dormitorio de Sir Henry, con las paredes forradas de madera y una chimenea junto a la cual hay un compartimento secreto en el que guardaba sus documentos confidenciales; al lado su cuarto de baño, toda una innovación en aquella época porque se diseñó con una ducha de varios grifos y diferentes niveles de tuberías, casi como el precedente de las actuales duchas de hidromasaje; muy cerca está el dormitorio de Lady Mary, que contrasta con el de su marido porque las paredes están pintadas en un tono azul muy claro que se llama Wedgwood y que por lo visto era su favorito; a continuación su cuarto de baño, más pequeño que el de su marido pero con un objeto muy poco común en la época: un bidé.
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| En una de las habitaciones |
A continuación, podemos seguir la visita subiendo hasta la tercera planta, en la que veremos entre otras cosas el museo de rifles (Sir Henry era militar), una habitación para los sirvientes y la llamada habitación del jardín, con unas vistas preciosas a una de las zonas ajardinadas de Casa Loma. Por último, las escaleras por las que se puede subir a las dos torres: Scottish (la que tiene el tejadillo en pico) y Norman (la de las dos chimeneas).
Por supuesto, ni que decir tiene que desde las torres son espectaculares las vistas que tenemos sobre toda la ciudad.
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| Vistas desde la torre Norman |
En la zona de los establos, además de ver las estancias en las que se alojaba a los caballos, también podremos recorrer la exposición de carruajes y vehículos antiguos, la mayoría de principios del siglo XX, así como ver el garaje; éste resulta muy curioso porque está todo dispuesto como si en cualquier momento fueran a aparecer por allí los mecánicos para ponerse a trabajar: hay mesas de herramientas, latas de aceite... En una de las paredes del garaje podemos ver incluso un antiguo surtidor de gasolina.
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| Túnel hacia los establos |
También en esta misma zona hay un cobertizo que en su día utilizaron los primeros jardineros del castillo para guardar el material necesario para cuidar del jardín, y que en la actualidad sigue manteniendo la misma función para que puedan usarlo los jardineros que se encargan del mantenimiento de todo este espacio ahora.
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| Los establos |
Si no eres de visitar edificios de este tipo y no te apetece echarle unas horas a Casa Loma, creo que si viajas a Toronto en primavera o en verano deberías al menos intentar no perderte una vuelta por los jardines; aunque Toronto es una ciudad muy verde y prácticamente en todas partes te encontrarás parques, zonas verdes y todo tipo de flores, aquí es simplemente espectacular ver tantas variedades juntas. Impresiona saber que cuando Henry Pellatt tuvo que abandonar su casa, los jardines llegaron a estar tan descuidados que aquello se convirtió casi en una selva; y gracias al buen trabajo que hicieron varias organizaciones de la ciudad, ahora podemos disfrutar de esta maravilla.
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| El garaje |
Resulta muy llamativo encontrar un sitio así, todo un remanso de paz, prácticamente al lado de la zona de rascacielos de la ciudad. Así que si tenéis ocasión de visitarlo, yo desde luego no me lo perdería.
24 de marzo de 2018
Cuadernos canadienses (II): alrededores de Toronto
En una entrada anterior hablé un poco sobre la ciudad de Toronto, y aunque no cité absolutamente todo lo que hay para ver porque sería interminable, sí me dejé a propósito en el tintero algunas cosas que preferí incluir en otra entrada; me refiero a las que no están en la propia ciudad, sino a las afueras o incluso algo más lejos pero también habituales de visitar, como es el caso de Niágara.
Si empezamos por lo que está más cerca del centro, lo más lógico es visitar Toronto islands, que además es una de las cosas más típicas que uno ve si pasa en la ciudad al menos un par de días. Aunque es una isla (en realidad varias), también es uno de los barrios de Toronto, y lo más práctico es llegar hasta ella en ferry; los barcos salen de la terminal Jack Layton, que no está muy lejos caminando desde la CN Tower. Los horarios de salidas y llegadas suelen varíar según la época del año en la que vayamos, así que lo mejor es comprobarlo siempre en las taquillas antes de comprar los billetes. También hay que tener en cuenta que aunque el trayecto más concurrido es el que va a Centre island, deberemos asegurarnos de que no hemos cogido un billete para Hanlan's Point, que está en otro extremo de esta isla principal, o incluso para Ward's island (y alguna otra isla más que hay en la zona). En todos estos sitios hay siempre algo que hacer, lugares donde tomar algo, parques y hasta playas, pero lo advierto por si acaso alguien no cae en la cuenta y aparece en la isla que no quería.
Una vez en la isla central, a la que se suele llegar en menos de 15 minutos, podremos recorrerla a nuestro antojo, con la única limitación de que los vehículos de motor tienen prohibido circular por allí. Es incluso posible pasar en la isla el día entero, ya que hay un parque de atracciones, una granja escuela, unos cuantos restaurantes y cafeterías y hasta locales en los que se pueden organizar eventos. Es muy habitual, lógicamente sobre todo en verano (en invierno en muchas ocasiones el lago se llega a congelar), ver a grupos de familias con niños, y sobre todo cruzarse con gente que recorre la isla en bicicleta; además, tanto si te llevas tu propia comida para hacer picnic en cualquiera de las zonas verdes o de playa, como si vas a alguno de los numerosos chiringuitos que hay allí, ten mucho cuidado con las gaviotas; en cuanto te descuidas un poco ya las tienes al lado intentando robarte la comida, y además yo no sabía que tuvieran tan mala leche.
Hay un barrio a las afueras de Toronto, llamado Brampton, que está a unos 40 kilómetros pero pertenece al término municipal de la ciudad; de hecho el aeropuerto internacional de Toronto está muy cerca de aquí. Aunque claro, con las distancias que se manejan por estas latitudes, decir que un sitio está a 40 kilómetros, supongo que para un canadiense es lo mismo que decir que está aquí al lado.
Como suele pasar en la mayoría de ciudades de Canadá, Brampton no podía ser menos y tiene un montón de parques y zonas verdes; y aunque es una ciudad pequeñita, merece la pena callejear por el centro y perderse, porque hay un montón de edificios curiosos: galerías de arte, varios teatros, museos, la Brampton Historical Society, y hasta un monumento conmemorativo a los canadienses que lucharon en la guerra de Corea.
También en el propio Brampton hay un edificio precioso, la iglesia de San Elías, que por cierto fue en la que bautizaron a mi sobrino. Además, la primera vez que la visitamos tuvimos la suerte de ver el edificio original, porque es una iglesia hecha de madera y hace algunos años hubo un incendio que la destruyó por completo. La que se puede visitar si vamos por allí ahora es una reconstrucción mucho más moderna.
No muy lejos, a unos 70 kilómetros, hay dos pueblecitos muy chulos que menciono juntos porque están prácticamente pegados; de hecho comparten incluso organismos como la biblioteca pública, el teatro municipal o el museo del condado. Se trata de Fergus y Elora, también pequeñitos, del mismo estilo que Brampton y con edificios históricos; uno de ellos es el del mercado de Fergus, una construcción de piedra con aspecto de antigua fábrica, que la primera vez que visitamos aún funcionaba como mercado pero actualmente lo que alberga es un centro comercial; con estos nuevos aires no lo he llegado a conocer, aunque imagino que el encanto que tenía el antiguo mercado no será el mismo de ahora...
Por su parte, lo más llamativo de Elora (al menos para mí) es la gran cantidad de tiendas de antigüedades que hay en el centro. Cualquier objeto de decoración que tengas en la cabeza, por más extraño que sea, estoy casi segura de que lo encontrarás. Y en Elora fue donde probé el helado de crema de cacahuete; bueno, y la crema de cacahuete, que hasta que viajé a Canadá por primera vez no la había probado nunca. Un edificio que me gustó muchísimo fue un molino antiguo que han convertido en hotel; y la mayoría de las tiendas que os digo son en realidad edificios que han sido rehabilitados.
Y por último, aunque está un poco más lejos y no exactamente en los alrededores de Toronto, lo cito aquí porque también es un clásico que por lo general se suele visitar. Imagino que es más habitual verlo desde el otro lado porque normamente hay más visitantes que van a las cataratas del Niágara desde Estados Unidos, pero en mi caso llegué a ellas por el lado contrario, desde Toronto al pueblecito que en Canadá se llama Niagara-on-the-lake y desde allí a las cataratas, que están justo en la frontera entre estos dos países. Es muy fácil distinguir de dónde viene cada uno, porque en el lado canadiense el impermeable que la gente lleva puesto es de color azul, y en el lado estadounidense es amarillo. En realidad esto es casi un parque temático, porque todo gira en torno a las cataratas; hay un montón de restaurantes, tiendas de recuerdos, un parque enorme, la torre Skylon desde la que hay unas vistas espectaculares no sólo de las cataratas sino de los alrededores, y de hecho si el día está despejado se ve la torre de Toronto, el parque acuático Marineland, que es muy famoso en Canadá... Y por supuesto la estrella del lugar, que es la desembocadura del río Niágara en el lago del mismo nombre. Se puede simplemente pasear por allí, subir a la torre, hacer picnic en el parque o comer en cualquiera de los restaurantes de la zona...
Pero claro, ya que estamos aquí lo suyo es animarse a subir al Maid of the Mist, el barco que te lleva desde la orilla canadiense del río hasta el pie de una de las cataratas (en este caso Horseshoe Falls, que es la que está en territorio de Canadá); y es para eso para lo que te tienes que poner el impermeable.
Estas cataratas no son ni las más altas ni las más espectaculares del mundo, y de hecho la caída que tienen es sólo de 65 metros; pero sí son las más voluminosas, y es que por ellas pasa toda el agua de los grandes lagos. Cuando llegas allí y las ves de lejos casi no se nota, pero cuando te vas acercando es increíble la anchura que tienen, que parece que no se acaben nunca. Y cuando estás en la cola, con tu impermeable puesto, para esperar a coger el barco, te das cuenta del estruendo que hace el agua al caer al río. El primer tramo es muy tranquilo y el barco apenas notas que está avanzando, pero cuando empiezas a acercarte al pie de la catarata, aquello se pone a moverse y a pesar del impermeable, no vas a poder evitar ponerte como una sopa.
El barco no puede meterse por debajo de la catarata porque con la fuerza con la que cae el agua supongo que sería inviable hacerlo con un montón de gente a bordo, pero es que además en realidad no puedes ni siquiera acercarte del todo; llega un momento en el que el agua te repele. No sé si poniendo los motores del barco a toda máquina podríamos llegar justo hasta el mismo pie de esta cascada, pero viendo que cuando ya estás muy cerca no puedes ni hablar, porque el estruendo del agua no te deja ni escuchar al que tienes al lado, me imagino que alcanzar la catarata está directamente descartado. Lo que no puedes descartar, hagas lo que hagas y te coloques en la zona del barco en la que te coloques, es empaparte de agua desde la cabeza hasta los pies...
Y hasta aquí mis alrededores de Toronto, que por supuesto hay muchos sitios más pero estos fueron los que tuve ocasión de visitar.
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| De relax en la isla frente al lago |
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| Esperando el ferry para volver |
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| Frente a la iglesia de San Elías |
Como suele pasar en la mayoría de ciudades de Canadá, Brampton no podía ser menos y tiene un montón de parques y zonas verdes; y aunque es una ciudad pequeñita, merece la pena callejear por el centro y perderse, porque hay un montón de edificios curiosos: galerías de arte, varios teatros, museos, la Brampton Historical Society, y hasta un monumento conmemorativo a los canadienses que lucharon en la guerra de Corea.
También en el propio Brampton hay un edificio precioso, la iglesia de San Elías, que por cierto fue en la que bautizaron a mi sobrino. Además, la primera vez que la visitamos tuvimos la suerte de ver el edificio original, porque es una iglesia hecha de madera y hace algunos años hubo un incendio que la destruyó por completo. La que se puede visitar si vamos por allí ahora es una reconstrucción mucho más moderna.
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| De picnic en Fergus |
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| The Doll House, en Elora |
Y por último, aunque está un poco más lejos y no exactamente en los alrededores de Toronto, lo cito aquí porque también es un clásico que por lo general se suele visitar. Imagino que es más habitual verlo desde el otro lado porque normamente hay más visitantes que van a las cataratas del Niágara desde Estados Unidos, pero en mi caso llegué a ellas por el lado contrario, desde Toronto al pueblecito que en Canadá se llama Niagara-on-the-lake y desde allí a las cataratas, que están justo en la frontera entre estos dos países. Es muy fácil distinguir de dónde viene cada uno, porque en el lado canadiense el impermeable que la gente lleva puesto es de color azul, y en el lado estadounidense es amarillo. En realidad esto es casi un parque temático, porque todo gira en torno a las cataratas; hay un montón de restaurantes, tiendas de recuerdos, un parque enorme, la torre Skylon desde la que hay unas vistas espectaculares no sólo de las cataratas sino de los alrededores, y de hecho si el día está despejado se ve la torre de Toronto, el parque acuático Marineland, que es muy famoso en Canadá... Y por supuesto la estrella del lugar, que es la desembocadura del río Niágara en el lago del mismo nombre. Se puede simplemente pasear por allí, subir a la torre, hacer picnic en el parque o comer en cualquiera de los restaurantes de la zona...
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| Horseshoe falls |
Estas cataratas no son ni las más altas ni las más espectaculares del mundo, y de hecho la caída que tienen es sólo de 65 metros; pero sí son las más voluminosas, y es que por ellas pasa toda el agua de los grandes lagos. Cuando llegas allí y las ves de lejos casi no se nota, pero cuando te vas acercando es increíble la anchura que tienen, que parece que no se acaben nunca. Y cuando estás en la cola, con tu impermeable puesto, para esperar a coger el barco, te das cuenta del estruendo que hace el agua al caer al río. El primer tramo es muy tranquilo y el barco apenas notas que está avanzando, pero cuando empiezas a acercarte al pie de la catarata, aquello se pone a moverse y a pesar del impermeable, no vas a poder evitar ponerte como una sopa.
El barco no puede meterse por debajo de la catarata porque con la fuerza con la que cae el agua supongo que sería inviable hacerlo con un montón de gente a bordo, pero es que además en realidad no puedes ni siquiera acercarte del todo; llega un momento en el que el agua te repele. No sé si poniendo los motores del barco a toda máquina podríamos llegar justo hasta el mismo pie de esta cascada, pero viendo que cuando ya estás muy cerca no puedes ni hablar, porque el estruendo del agua no te deja ni escuchar al que tienes al lado, me imagino que alcanzar la catarata está directamente descartado. Lo que no puedes descartar, hagas lo que hagas y te coloques en la zona del barco en la que te coloques, es empaparte de agua desde la cabeza hasta los pies...
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| A los pies (casi) de Horseshoe falls |
Y hasta aquí mis alrededores de Toronto, que por supuesto hay muchos sitios más pero estos fueron los que tuve ocasión de visitar.
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