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20 de junio de 2018

Cuadernos holandeses (IV): zonas verdes de Ámsterdam

Para completar esta serie de entradas sobre Ámsterdam, en las que ya os he hablado tanto del alojamiento que elegimos como del centro histórico, los museos e iglesias y por supuesto sus canales, he decidido dejar para el final hablaros de sus zonas verdes, que son unas cuantas, y es que en esta ciudad te encuentras un parque casi detrás de cada esquina.

Imagen: Aerophoto Schiphol
Una de estas zonas verdes es Vondelpark, que no sé si es el parque más famoso de la ciudad pero desde luego en extensión sí es el más grande, con sus casi 500.000 metros cuadrados. Como la mejor forma de apreciar bien sus dimensiones es desde las alturas, pongo una foto que no es mía pero que me encanta porque en ella se ve perfectamente el espacio que ocupa este parque dentro de Ámsterdam, que además está al ladito de Museumsplein, zona de la que ya hablé en la entrada correspondiente al centro. Sin embargo, a pesar de estar tan céntrico, cuando paseas por él es como si estuvieras en mitad del bosque y totalmente alejado del bullicio de la ciudad.

Vayas cuando vayas, Vondelpark lo encontrarás siempre lleno de gente paseando, montando en bicicleta (lo de la bici ya sabéis que es lo habitual en Ámsterdam de todas formas, en cualquier lugar), haciendo deporte o incluso más de uno se va allí a pasar el día, con su manta y su cesta de picnic; y no sólo cuando hace sol y el día está despejado, sino en prácticamente cualquier momento. Que precisamente Holanda no se caracteriza porque haya muchos días de sol. Por supuesto, no podían faltar las cafeterías tampoco en esta zona de la ciudad, en caso de que nos apetezca más estar a cubierto. El parque además hace ya unos cuantos años que fue declarado monumento nacional, y si además lo visitáis en verano, es bastante posible que os encontréis con que hay algún concierto al aire libre.

Uno de los invernaderos del Hortus Botanicus
Hay otros parques también muy conocidos; son, entre otros, Rembrandtpark, que está lleno de lagos, senderos y hasta varias zonas infantiles, y además tiene el honor de albergar la granja escuela más antigua de la ciudad; Beatrixpark, muy grande, con un lago y una zona, la más antigua del recinto, que está hecha a imagen y semejanza de los jardines ingleses; y también Oosterpark, al oeste de la ciudad (de ahí su nombre) y que es el más animado, ya que suele estar siempre lleno de gente, se organizan en él conciertos y festivales, y tiene además un rincón muy curioso conocido como la piedra del orador, un podio en el que los sábados a mediodía cualquier persona tiene vía libre para subirse a él y hablar sobre el tema que más le apetezca.

Una cosa de la que nadie me había hablado, pero con la que nos topamos de casualidad y que finalmente resultó ser casi la que más me gustó de la ciudad, fue el Hortus Botanicus, uno de los jardines botánicos más antiguos de todo el mundo. No es demasiado grande en extensión, pero sí muy interesante por la cantidad de variedades de plantas que alberga; como curiosidad, en él se cultivó la primera planta de café que hubo en Europa. Tiene varios invernaderos, zona tropical, desértica, con estanques, mariposario, una orangerie, senderos marcados por los que se puede ir accediendo de un rincón a otro, una cafetería, una tienda de recuerdos, y lo más destacado, varios tipos de palmeras. Además desde hace algún tiempo la visita está incluida en el precio de la Amsterdam Card, así que nos salió gratis; y fue una gozada poder pasear por allí y ver las distintas zonas y diferentes estancias con sus correspondientes plantas.

La zona de los estanques
Y por último, una cosa que no nos podía faltar en nuestra visita a Ámsterdam era su famosísimo Bloemenmarkt (mercado de las flores, inaugurado en 1862), que yo tenía en mente que sería un edificio entero, o un recinto cerrado, o algo así; pero no sé por qué me lo imaginaba enorme y lleno de tenderetes en los que se venden flores. Y sí, está lleno de tenderetes y en ellos se venden flores, pero no es un recinto independiente sino que está en la calle, con los puestos colocados uno en fila a continuación de otro, y con la peculiaridad de que aunque no lo notemos, en realidad están flotando en las aguas del canal Singel. En el país de los tulipanes, desde luego esta flor es la que más abunda en el mercado, y es increíble la cantidad de variedades y de colores diferentes de ellos que hay. Y por supuesto, aquí también encontraremos todo tipo de objetos relacionados con las plantas, desde bulbos y semillas hasta utensilios de jardinería, además de otras cosas que no tienen absolutamente nada que ver con las flores.

De paseo por el mercado de las flores
Como el mercado está en una calle peatonal, en la acera de enfrente hay un montón de tiendas donde puedes comprar desde tazas hasta camisetas y todo tipo de recuerdos de la ciudad. O ya que estás por allí, incluso sentarte a tomar algo en cualquiera de las muchas cafeterías con terracita que hay en esa misma calle. Que aunque lo más típico aquí es comprar flores (los bulbos de tulipán son lo más demandado), no necesariamente hay que hacerlo.

Y con esto termina mi recorrido por Ámsterdam, una ciudad que me sorprendió para bien porque, por lo que me decía casi todo el mundo, me parecía que a lo único que va allí la gente es a ponerse hasta arriba de fumar porros y a pasearse por el barrio rojo; pero afortunadamente, pude descubrir que esta ciudad tiene muchísimos rincones con encanto para descubrir callejeando.

12 de junio de 2018

Cuadernos holandeses (III): Ámsterdam y sus canales

Embarcando
Después de haberos contado cosas sobre el centro de Ámsterdam y sobre sus museos e iglesias, creo que no podía dejar de hablar de una de las actividades más típicas que se suelen realizar cuando se visita la ciudad. Se trata del recorrido por sus canales, y es que no en vano Ámsterdam es también conocida con el sobrenombre de "la Venecia del norte" precisamente por eso. Sus casi 100 kilómetros de canales son la mejor prueba de que el sobrenombre se lo ha ganado a pulso, y además nos brindan la oportunidad de conocer la ciudad desde otro punto de vista, si es que nos animamos a navegar por ellos.

Los canales están a cada paso que das en Ámsterdam, así que los vas a recorrer sí o sí a poco que pasees por la ciudad; pero por supuesto también tienes la opción de dar un paseo en barco. Hay unas cuantas empresas que se dedican a organizar estas excursiones, e incluso algunas que te llevan a las islas que componen la ciudad, con lo cual dependerá del tiempo disponible que tengas y de lo lejos que te quieras ir. Nosotros hicimos un paseo de los cortos, que en total habría sumado algo más de una hora, aunque se hizo más largo porque como cuando compras el billete puedes, durante el mismo día, subir y bajar del barco tantas veces como quieras, lo que íbamos haciendo era bajarnos cada vez que veíamos algo que nos llamaba la atención, para volver a coger otro barco en el mismo sitio o incluso en algún otro punto, dando un paseo hasta otra parada fluvial. El día que nos apuntamos a la excursión en barco estábamos cerca de Heineken Experience, y justo enfrente está uno de los muchos embarcaderos que hay repartidos por la ciudad, así que decidimos comprar el billete y empezar el recorrido allí; aunque nos subimos y bajamos del barco tantas veces, que cuando empezamos el paseo fue después de comer y al terminarlo ya estaba anocheciendo.

Desde nuestro barco
Ya contaba, cuando hablé del centro, que los canales más importantes forman un círculo que rodea todo el casco histórico; este círculo se conoce con el nombre de Grachtengordel (cinturón de canales, en español) e incluye cuatro canales, cada uno de ellos más amplio que el anterior a medida que nos vamos alejando del casco histórico de la ciudad: son Singel, Herengracht, Keizersgracht y Prinsengracht. Con cualquiera de estos cruceros en barco podrás recorrerlos, y además elegir la modalidad que te apetezca, o incluso varias de ellas; hay cruceros que incluyen simplemente el recorrido en barco durante todo el día, otros que son nocturnos, el crucero de la hamburguesa o el de la pizza (estos dos incluyen la comida o la cena a bordo), el crucero turístico que te permite subir y bajar del barco tantas veces como quieras... Como veis, aquí también hay donde elegir.

Los barcos que hacen estas rutas son todos muy parecidos, con una zona de cubierta y otra de ventanas panorámicas y techo solar, para que no te pierdas ni un detalle si es que prefieres ir sentado pero igualmente quieres ir viéndolo todo, aunque desde luego es mucho más divertido poder colocarse en la cubierta del barco. Hay sitio para elegir, y además dependiendo del tipo de crucero, en el precio suele estar incluida la audioguía que te va explicando los sitios por los que vas pasando; está disponible en unos cuantos idiomas, generalmente incluyendo también el español.

Llegando al Scheepvaartmuseum
El recorrido puede variar según el tipo de crucero que se elija, pero por lo general es bastante probable que se acabe pasando en algún momento por la estación central y, muy cerca de allí, por el edificio de uno de los museos que no cité en el apartado correspondiente porque me parecía que encajaba mejor aquí; se trata del Scheepvaartmuseum (museo marítimo, en español), que está junto al antiguo puerto, en un edificio histórico que hoy día está totalmente modernizado, con una exposición que hace un recorrido precioso sobre la historia de Holanda y su relación con el mar. En él también hay una biblioteca enorme que conserva libros de temas marítimos, varias exposiciones permanentes de objetos relativos al mar, un restaurante y una tienda de recuerdos; y lo que más suele llamar la atención, la réplica de un barco de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (el barco original se hundió durante una tormenta a mediados del siglo XVIII). Esta réplica no está dentro del edificio del museo sino que se encuentra atracada en el propio puerto, y se puede recorrer su interior e incluso, si se tiene suerte, ver cómo se disparaba un cañón de los antiguos.


Casas flotantes
Hay algo también muy característico de la ciudad, y que veremos cada dos pasos: mucha gente, en lugar de vivir en casas señoriales (de estas hay unas cuantas) o en los edificios clásicos de apartamentos que todos conocemos, lo hace en casas flotantes; y es muy habitual mientras se pasea, tanto a pie como en barco, encontrarse cada dos por tres o bien con barquitos habilitados para vivir en ellos, o bien en auténticas casas, del estilo de las que venden prefabricadas, pero que no se asientan en tierra firme sino que se colocan en plataformas que flotan en los canales y en ellas también vive gente. Otra opción, aunque en este caso no tengo experiencia de primera mano porque nos decidimos por un hotel al modo tradicional, es alojarse precisamente en este tipo de vivienda, que supongo que puede ser algo bastante original.

Como veis, no es de extrañar lo que comentaba en la primera entrada sobre Ámsterdam acerca de que se la conoce como "la Venecia del norte" por sus canales. Y de todas formas, tanto si os animáis a recorrerla paseando como si preferís la perspectiva de verla al mismo tiempo que navegáis por sus canales, seguro que os gusta igualmente.

4 de junio de 2018

Cuadernos holandeses (II): museos e iglesias de Ámsterdam

Edificio del Rijksmuseum
Si vas a pasar en Ámsterdam varios días y tienes tiempo para recorrer algo más que el centro, una buena opción en caso de que te interese este tipo de visitas son los museos y las iglesias; y además tendrás para un buen rato, porque hay unas cuantas cosas que ver en este sentido. Para ver los museos más típicos, deberás dirigirte a la zona conocida como Museumsplein (es decir, plaza de los museos). En nuestro caso, al llegar allí empezamos el recorrido por el Van Gogh, que desde luego no te puedes perder si te gusta la obra de este pintor; no es que sea de mis favoritos, pero el museo me gustó muchísimo. Está dividido en tres plantas y expone unas 700 obras suyas entre pinturas y dibujos, además de una colección de cartas escritas por él.

La distribución del edificio me pareció muy original, porque en la primera planta han ordenado las obras cronológicamente; así que es muy interesante ir observando la evolución artística y las diferencias entre las pinturas de los primeros tiempos y de los últimos, cuando Van Gogh ya andaba un poco mal de la cabeza. La segunda planta está dedicada más bien a las diversas investigaciones que se han llevado a cabo históricamente sobre la obra del pintor; y también se nos habla de algunos cuadros que no se sabe con seguridad si fueron pintados por él. Y por último, la tercera planta expone una muestra de obras de artistas contemporáneos a Van Gogh. Aunque donde yo me volví loca del todo fue en la tienda de recuerdos, porque es increíble la cantidad de cosas que puedes comprar allí, a cuál más bonita.

De Nachtwacht
Otro museo, que además está muy cerca de este y al que le tenía unas ganas locas desde que oí hablar de él en las clases de Historia del Arte, ya desde mis años de instituto, es el Rijksmuseum, dedicado al arte, la artesanía y la historia holandesas; es decir, es el museo nacional, considerado el mejor de Holanda. Ya desde fuera el edificio es muy chulo, y me recordó al de la estación central (luego me enteré de que el arquitecto fue el mismo). Alberga nada menos que 7 millones de obras de artistas holandeses de los siglos XV al XVII, así que ya os podéis imaginar que si no se dispone de un mes para verlo todo, lo suyo es filtral por lo que más os interese. Lo que yo más ganas tenía de ver es entre otras cosas los cuadros de Rembrandt, y desde luego me quedo con su obra La ronda de noche (De Nachtwacht, en holandés), que fue una maravilla poder verlo por fin en persona (me temo que mi foto no le hace justicia). Y por cierto, para los interesados en la vida de este artista, está la posibilidad de visitar en pleno centro la casa museo de Rembrandt, el lugar donde vivió.

También muy cerca de aquí, aunque esto se puede saltar perfectamente (nosotros lo visitamos porque estábamos al lado y la entrada estaba incluída en la Amsterdam Card), es la fábrica de diamantes. No es un museo propiamente dicho, porque aunque tienen expuestos varios tipos de diamantes y te explican cómo distinguirlos, cómo se trabajan, etc., el objetivo que tienen es que al final de la exposición acabes comprando algo; y lógicamente, los precios de un diamante no es que sean baratos precisamente. Pero como curiosidad, y si tenéis tiempo, es interesante de ver.

También como curiosidad, aunque si no sois cerveceros como es mi caso puede que no os llame la atención, es Heineken experience, un museo de la cerveza que está alojado en una antigua fábrica. Aquí podemos conocer todo lo relativo a la marca Heineken, desde los primeros edificios en los que se alojó la fábrica, allá por mediados del siglo XIX, hasta la evolución tanto de la marca como de la propia cerveza, y hasta podremos probarla allí mismo. Ya digo que yo no es que sea muy entusiasta de la cerveza, pero lo cito por si a alguien le interesa.


Fachada del museo Hermitage
Recorrer el resto de museos (al menos los que vimos nosotros, ya que alguno nos faltó) es bastante práctico porque es casi como hacer un círculo rodeando el centro, y casi te los vas encontrando por el camino según callejeas. El siguiente es el museo Van Loon, una casa que perteneció a la familia que lleva este apellido y que data del siglo XVIII. Es una visita de lo más llamativa porque se puede recorrer la casa como si uno estuviera en la suya propia, viendo casi todas las habitaciones, las cocinas y los jardines. Cerca de esta casa encontraremos el museo Hermitage, que yo ni sabía que tuviera aquí una sede porque el que me sonaba es el de San Petersburgo (ciudad que está en mi lista de destinos pendientes desde la primera vez que estuve en la URSS, allá por el siglo pasado). Está a orillas del canal Amstel, y en él se exhiben por un lado todo tipo de objetos que hacen referencia a las relaciones entre Rusia y Holanda, y por otro referencias a la historia del edificio Amstelhof, el antiguo palacio donde se encuentra el museo. De vez en cuando organizan también exposiciones temporales.

Otros dos museos que por lo general se suelen visitar juntos (más que nada porque a los que les interesa el tema siempre se les antoja visitar los dos) son por un lado el museo histórico judío, que se encuentra en el entorno de cuatro sinagogas que quedaron casi intactas después de la Segunda Guerra Mundial y que para mi gusto se puede saltar perfectamente porque no me parece una visita imprescindible; teniendo además casi al lado de casa la sinagoga del Tránsito, en Toledo, que también incluye una exposición sobre los judíos y su historia, me quedo con ella sin dudarlo. Y por otro lado tenemos la casa de Ana Frank, el sitio en el que Ana estuvo escondida con su familia y donde escribió su famoso diario; aquí es casi obligatorio comprar las entradas con antelación, porque hay tantos visitantes que si vas a la aventura es bastante probable que te quedes sin poder entrar.

Nieuwe Kerk junto al palacio real
Hay unos cuantos museos más, pero sólo los cito de pasada por si a alguien le interesan, que a nosotros ya no nos dio la agenda más de sí como para poder visitarlos; algunos son el museo de la Resistencia Holandesa, el museo NEMO de la Ciencia, u otros tan curiosos como el museo del Queso o el museo del Sexo.

En cuanto a edificios religiosos, en la ciudad hay unos cuantos que podemos ver (sin ir más lejos las cuatro sinagogas en las que mencioné que se aloja el museo histórico judío), pero las iglesias más típicamente visitadas son cuatro. Una de ellas es Nieuwe Kerk (iglesia nueva), en pleno centro. Data del siglo XV y es uno de los edificios más importantes de Ámsterdam; en ella se han celebrado las bodas de los reyes holandeses y también sus ceremonias de coronación.

En contraposición tenemos la Oude Kerk (iglesia vieja), que con su fecha de construcción en 1302 tiene el honor de ser el edificio más antiguo de toda la ciudad. En sus primeros tiempos era una simple capilla de madera, que se fue ampliando hasta llegar a alcanzar la forma de enorme basílica gótica que tiene hoy día. Esta iglesia es bastante sencilla, pero no hay que perder de vista sus espectaculares vidrieras, y también el artesonado de su techo, en el que todavía podemos ver pinturas originales del siglo XV.

Oude Kekr
Por su parte, Wester Kerk (iglesia del oeste) es renacentista, también muy sencilla, pero con una torre de casi 100 metros de alto, desde la cual ni que decir tiene que las vistas sobre la ciudad son increíbles. Como en el caso de la visita a la casa de Ana Frank, para subir a la torre es mejor hacer la reserva con antelación, o bien apuntarse a la entrada de la propia iglesia, porque los grupos que se forman son de muy pocas personas y si vas a la aventura te puedes eternizar esperando para subir.

Y por último, Zuider Kerk (iglesia del sur) data del siglo XVII y fue la primera que se construyó para los fieles de creencias protestantes. Como curiosidad, la casa en la que vivió Rembrandt se encuentra muy cerca de esta iglesia, y tres de los hijos del pintor están enterrados en su cementerio. En la actualidad no se utiliza como iglesia pero se puede visitar igualmente, ya que el edificio se ha rehabilitado y lo usan como centro municipal de información y suele albergar además diversas exposiciones temporales.

Aunque por supuesto hay muchas más cosas que ver en lo referente a museos e iglesias, estos son los lugares que nosotros tuvimos tiempo de visitar. Pero si os apetece explorar y la agenda os lo permite, tenéis para entreteneros un buen rato.

28 de mayo de 2018

Cuadernos holandeses (I): centro de Ámsterdam

Estación Central
En Ámsterdam pasamos unos cuantos días, así que para no hacer esto interminable he pensado que será bastante más práctico dividirlo en varias partes. En esta primera entrada sobre la ciudad hablaré del centro histórico, que es lo que por lo general suele visitar todo el mundo que va allí, aunque sea por poco tiempo; y en las siguientes publicaciones me centraré en otras cosas que me parecieron también interesantes, como los museos, las múltiples zonas verdes que hay en Ámsterdam, sus famosos canales, etc.

Para el recorrido por el centro empezaré por la estación (Amsterdam Centraal), ya que cuando aterrizamos en el aeropuerto de Schiphol y desde él cogimos el tren que te lleva hasta la ciudad, fue esto lo primero que vimos. Allí mismo aprovechamos para entrar en la oficina de turismo y comprarnos la Amsterdam Card, que por lo que habíamos investigado merecía la pena; y después, como íbamos ligeros de equipaje, nos fuimos dando un paseo hasta el hotel para soltar los trastos y disponernos a patear la ciudad. El trazado del centro es muy curioso, porque hay varios canales paralelos que forman un círculo casi completo alrededor de la estación.

Palacio real y Nieuwe kerk en la plaza Dam
Uno de los sitios típicos que se visitan en Ámsterdam es la plaza Dam, que pases a la hora que pases por ella está siempre de lo más animada. En el centro está el monumento nacional, un obelisco que se construyó en homenaje a los soldados holandeses caídos en la Segunda Guerra Mundial. Y también en la plaza están el palacio real, de estilo neoclásico de mediados del siglo XVII, el museo de cera de Madame Tussaud y la iglesia Nueva, Nieuwe Kerk.

Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, aquí tendremos infinidad de terracitas y cafeterías de sobra para elegir, si es que nos apetece tomarnos algo mientras observamos el paisaje o simplemente hacemos un alto en el camino; eso sí, los precios son prohibitivos. Pero bueno, eso pasa en todas las zonas turísticas de todas las ciudades del mundo, así que con callejear un poco y alejarse de estas zonas, asunto arreglado.

Un sitio también muy animado es Leidseplein, otra plaza, aunque no tan grande como la Dam; eso sí, tanto la plaza como las calles de alrededor están igualmente llenas a todas horas y tienen muchísimo ambiente, un montón de terracitas, bares, teatros, etc. En la plaza se encuentra además el edificio del Teatro Municipal.

Plaza Spui
Otra plaza muy típica es Spui, el sitio ideal no sólo para pasear, sino también si lo que te interesa es el arte. Aquí encontrarás, además de las típicas cafeterías, unas cuantas tiendas relacionadas con el arte, y también librerías casi en cada esquina.

Y al ladito de esta plaza se encuentra un sitio de lo más curioso; se trata de la zona conocida como Begijnhof, una vecindad que se fundó a mediados del siglo XIV y que en un principio podría parecer un nombre holandés cualquiera. Pero lo que me llamó la atención de este lugar fue que en él se construyó un conjunto de casas para albergar a una hermandad de hermanas beguinas; y es que a las beguinas las descubrí precisamente en una novela que leí hace unos meses: El juego de Dios, de Rosa Villada, que me resultó todo un descubrimiento porque hasta entonces no sabía absolutamente nada de las beguinas, y por supuesto ni tenía idea de que tuvieran su propia zona en Ámsterdam. También se puede ver aquí la iglesia a la que las beguinas iban a rezar, y como recomendación te suelen indicar que cuando recorras este lugar no hagas fotos, ya que aunque es posible visitar la zona dentro del horario establecido, actualmente son viviendas privadas.

Otro clásico que no puede faltar, o al menos eso es lo que me decía todo el mundo, es el barrio rojo. Como cosa curiosa de ver no está mal, aunque en realidad a mí me gustó más de día porque es como cualquier otro barrio con sus calles, sus casas de madera típicas, sus restaurantes, sus canales, sus coffee shops y hasta su iglesia vieja. Una zona muy tranquila, la verdad. Claro que por la noche el barrio se transforma, se encienden las luces rojas por todas partes y se abren las cortinas de los escaparates en los que están "expuestas" las prostitutas. Hay quien dice que viajar a Ámsterdam y no visitar este barrio, sobre todo de noche, es impensable, pero sinceramente a mí no me parece que sea un sitio que haya que visitar sí o sí; lo peor para mi gusto es la actitud de la mayoría de los chicos que pasan por allí, sobre todo los turistas; porque independientemente de que la prostitución sea legal en Holanda, que en ese tema no me voy a meter, me parece de pena lo de ir paseando por allí y escuchar cada dos por tres las risitas de la mayoría...

Paseando por el Albert Cuyp Markt
Lo que tuvimos ocasión de recorrer, y además unas cuantas veces porque además de los supermercados este sitio también estaba muy bien para hacer la compra, fue el Albert Cuyp Markt, que empezó siendo un mercado semanal y finalmente acabó funcionando todos los días de la semana. Es enorme, casi como el Rastro madrileño, y el concepto es más o menos el mismo: un montón de tenderetes donde puedes encontrar las cosas más diversas que te puedas imaginar. También hay tiendas fijas en las calles que ocupa el mercado, y no sé si la mayor densidad de restaurantes de todo tipo de la ciudad, pero desde luego aquello era increíble y vimos desde cafeterías con unos desayunos espectaculares hasta restaurantes italianos, franceses, chinos, tailandeses... Y por supuesto algún que otro coffee shop, aunque de estos hay muchos por toda la ciudad. Como veis, solamente el centro de Ámsterdam tiene unas cuantas cosas que visitar.

23 de mayo de 2018

Amstelzicht, junto al mercado de las flores

La entrada
Cuando viajamos a Ámsterdam, el Amstelzicht fue el hotel que elegimos para alojarnos; nos gustó porque tenía muy buena pinta, estaba muy céntrico y no nos salía demasiado mal de precio (teniendo en cuenta que Ámsterdam no es que sea precisamente una ciudad muy barata), así que allí nos fuimos.

Su dirección exacta es Amstel 104, y se encuentra muy cerca de la plaza Rembrandt, la plaza Dam y el Mercado de las Flores, que son algunos de los puntos más conocidos de la ciudad. Además, se trata de un edificio histórico que fue totalmente renovado para habilitarlo como hotel. Algo que hay que tener en cuenta es que la entrada se hace por unas escaleras y al menos cuando nosotros fuimos no había rampa ni nada que se le pareciera (en la foto de la izquierda podéis verlo), así que los que tengan problemas de movilidad deben tenerlo en cuenta. El recepcionista que nos atendió, George, del que por cierto nunca podré olvidarme porque fue un encanto, nos habló en un español casi perfecto; el pobre encima pidiendo perdón porque decía que su español era horrible...

Cuando hicimos la reserva por internet, que fue directamente en la web del hotel, al rellenar el formulario nos daba la posibilidad de elegir el tipo de habitación; las hay dobles, dobles con vistas al canal, triples, e incluso apartamentos para hasta cuatro personas. Eso sí, como te toque en otra planta que no sea la principal, ya sabes que te tocará subir (o bajar, que también hay habitaciones en el sótano) a mano, porque además los holandeses creo que son fans de las escaleras, cuanto más empinadas mejor. Nosotros elegimos una habitación doble con vistas al canal, que estaba en la primera planta, y que resultó genial porque además de ser enorme, tenía a la entrada un recibidor con un armario gigante, en un lateral el cuarto de baño en el que teníamos una bañera que ocupaba casi una pared entera, y al otro lado el lavabo con una bandeja en la que nos habían dejado un montón de cositas, desde gorro de ducha hasta cepillos de dientes y pasta incluida.

Habitación con vistas
Después de pasar el recibidor y el baño, se entrababa en la habitación propiamente dicha, en la que teníamos casi un apartamento en miniatura (si las habitaciones son así, ni me imagino cómo serán los apartamentos); allí teníamos una cama enorme con una mesilla de noche a cada lado, enfrente un escritorio con un mueble bar y la televisión, y en un lateral un ventanal también enorme, desde el suelo hasta el techo, con una mesa y un par de sillas justo al lado; desde aquí era desde donde teníamos esas famosas vistas al canal, en este caso el Amstel, que anunciaban en la web.

También teníamos disponible en la habitación una caja fuerte que no llegamos a utilizar, una plancha y como suele ser habitual conexión wifi. Eso sí, el suelo era de moqueta que es algo que odio con todas mis ganas, pero bueno...

Y menudas vistas...
Como curiosidad, aunque esto no sé si habrá cambiado, cuando nosotros estuvimos alojados en el hotel nos dijeron que en él no se sirven ni desayunos ni comidas ni cenas, ya que no tienen restaurante. Así que lo mejor es o bien buscar en la ciudad sitios donde comer, o bien hacer la compra en cualquier supermercado y, aprovechando que en las habitaciones hay mueble bar, guardar ahí las cosas que puedan estropearse; así se puede por ejemplo desayunar en el hotel, o incluso cenar algún día si es que estás tan cansado de patear que no te apetece ni buscar un sitio. En cualquier caso, si tenéis pensado hacer un viaje a Ámsterdam y el presupuesto os da para alojaros en este hotel, creo que es muy buena opción; está muy céntrico, las vistas al canal son una pasada, el personal es amabilísimo y las habitaciones geniales... La única pega que quizá le pondría es que por el precio que tiene, podrían incluir al menos el desayuno; aunque también es cierto que ellos se desviven por recomendarte sitios, que siempre es un detalle.

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