Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

14 de abril de 2010

Una tumba en Dinamarca

Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa danesa frente a la isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia.

De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar, tal vez, la atención de quien pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba.

Por eso quiero contársela hoy a ustedes.

Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5.º escuadrón del regimiento del Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de Mayo y el comienzo de la insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más espectaculares evasiones de la Historia.

Tras comunicar en secreto con buques ingleses para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final.

Unos lo consiguieron, y otros no.

Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas.

En Taasing, viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de Villaviciosa cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos.

De ese modo, cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a Langeland, y 9.190 hombres -sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte- alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España; donde, tras un azaroso viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos.

Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5.175 de ellos quedaron atrás, en manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en la terrible campaña de Rusia -a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra del águila-.

Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo tres palmos de tierra danesa.

El capitán Antonio Costa fue uno de ésos.

A causa de la indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Por fin, cuando Costa, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde.

En la misma playa, casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la tropa.
Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados.

Luego, no queriendo entregar la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó «¡Recuerdos a España de Antonio Costa!» y se pegó un tiro en la cabeza.

Así que ya lo saben.

Ésta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y pelear por su patria y su gente.

Reconozco que eso no suena políticamente correcto, claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Nuestra ministra de Defensa habría criticado, supongo, la intransigencia dialogante del tal Costa -maneras autoritarias y poco buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil-; y monseñor Rouco, nuestro simpático pastor de ovejas, su falta de respeto a la vida humana, empezando por la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra consagrada, o no lo tenía -igual hasta era partidario del aborto, el malandrín-.

Lo mío es más simple: el capitán Costa me cae de puta madre.


Su tumba solitaria me suscita un puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero.

Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí, o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor hasta tienen unas flores a mano.

Arturo Pérez-Reverte
Patente de Corso

"JFK, caso abierto"

Se ha escrito y especulado tanto alrededor del asesinato del Presidente John F. Kennedy, que parece imposible que haya algún nuevo o revelador dato que aportar.

Cuando se intenta profundizar sobre este tema, uno se encuentra con un gran obstáculo, que es la enorme cantidad de información falsa, gracias a millones de conspiranóicos, que hay disponible, ahora más que nunca gracias a internet. Pero si uno intenta ir más allá del mero foro de intercambio de opiniones y de vídeos falsos o retocados en youtube, puede encontrar auténticas revelaciones en forma de libros, documentos y estudios fotográficos serios.

Es el caso de este libro que os recomiendo, JFK, caso abierto, escrito por el prestigioso periodista francés William Reymond a partir del testimonio del magnate tejano Billie Sol Estes.

Escrito en el año 2004, aporta los datos más recientes (hasta el momento) de que se dispone sobre el caso del asesinato de JFK, y la razón por la cual todos estos documentos incriminatorios no habían salido a la luz anteriormente es muy sencilla: el Sr. Estes simplemente no había querido hablar antes, por razones que se dejan bien patentes a lo largo de sus páginas y que, resumiendo, se reducen a su lealtad hacia Lyndon B. Johnson, quien sucedió de forma inmediata a Kennedy a las pocas horas de su muerte (al más puro estilo golpe de Estado; si uno se para a pensarlo con detenimiento... ¿Dónde se ha visto que a un presidente asesinado lo suceda el primero de turno, sin sufragio ni nada que se le parezca...?).

La relación entre Billie Sol Estes y Lyndon B. Johnson no debe ser interpretada como tal, pues básicmante se reducía al hecho de que Estes financió durante años de forma interesada a Johnson y este, a su vez, hacía la vista gorda ante el desvío de subvenciones muy cuantiosas que iban a parar a las arcas del Señor Estes.

Los documentos que posee Billie Sol Estes dejan claro y sin lugar a dudas que hubo al menos tres tiradores, incluso da la identidad con pruebas irrefutables (como huellas dactilares perfectamente claras) del segundo tirador, que no es otro que un asesino a sueldo que Lyndon B. Johnson habíia contratado ya varias veces con anterioridad al asesinato de Kennedy para quitarse de en medio a personajes “molestos”. No doy su nombre para que lo descubráis entre las páginas de este libro.

Como dice el propio Sol Estes: no hay que darle muchas vueltas a la razón por la que se asesinó a Kennedy, ni tampoco hay que buscar a los conspiradores en Cuba, ni en Rusia ni en ninguna parte que no sea Tejas: Lyndon B. Johnson quería la Casa Blanca desde que tenía uso de razón. Con la llegada de Kennedy a la escena política por sorpresa, vio que esa meta se le escapaba de las manos ante sus propios ojos. Y decidió actuar.

Y si eso parece algo demasiado fuerte para afirmar así, os animo a que leais este libro, que os va a llevar una semana escasa, y, como me pasó a mí, se os ponga la carne de gallina con la última frase que se recoge en él, transcrita directamente de una cinta magnetofónica grabada a escondidas durante una reunión de “amigos” de Lyndon B. Johnson, que el Sr. Billie Sol Estes ha estado guardando celosamente como su seguro de vida hasta que decidió contarle todo a este periodista francés.

La noche en que terminé este libro y leí esa última frase entrecomillada, no pude dormir, pensando en lo que contenía…

Os dejo, además, un enlace que no tiene desperdicio, que lo lleva Mr. Fletcher Prouty, que no es otro que la persona real que se escondía tras el misterioso Señor X de la película "JFK" de Oliver Stone, interpretado magistralmente por Donald Sutherland.

17 de febrero de 2010

Leer para ser mejores

Interesante texto de Miquel Desclot, escritor catalán, que recoge algunas de sus sus reflexiones sobre el maravilloso mundo de la lectura.






La mayoría de nuestros antepasados fueron analfabetos. Es verdad. Pero no fueron ignorantes. Ellos, simplemente, disponían de otro sistema de almacenamiento y transmisión del saber. A ellos les bastaba la memoria, que hacía las veces de biblioteca, y la transmisión oral, que hacía las veces de lectura. Y, a su manera, no eran menos sabios que nosotros. A su vez, los niños de aquella sociedad analfabeta, pero no ignorante, estaban en contacto permanente con la literatura de tradición oral, ya fuesen canciones, cuentos o adivinanzas, desde su más tierna edad hasta su madurez. No iban a la escuela, pero heredaban un saber secular. No leían, pero escuchaban la literatura que sabían sus mayores, y jugaban todo el día con las canciones y las fórmulas verbales que les había legado la tribu. En el fondo, eran más literarios que los niños alfabetizados de nuestros días. Eso fue así durante siglos, hasta que la cultura escrita fue extendiéndose y las formas de vida moderna, con todos sus sistemas de memoria artificial, acabaron no hace mucho con la tradición oral. Y los niños perdieron el contacto que con tanta naturalidad habían mantenido hasta entonces con la literatura.

Es aquí, pues, cuando entra en escena la necesidad de una literatura infantil: entre los cuentos y canciones de tradición oral que todavía se cuentan y cantan a los niños más pequeños hasta la narrativa y la poesía que se escribe para los adultos, nuestra sociedad precisa una literatura infantil que llene este vacío y haga posible una transición natural entre ambos extremos.

Este país ha perdido la sabiduría de transmisión oral hace relativamente poco tiempo, pero todavía no la ha sustituido por una generalización de la cultura escrita. De hecho, como seguramente sabréis, España es uno de los países con un índice de lectura más bajo de Europa. No es un índice para enorgullecerse, precisamente. Todo el mundo tendría que luchar para modificar de raíz este estado de cosas que debería preocuparnos tanto como el índice de paro laboral o el índice de crecimiento económico. Los escritores, por supuesto, deben contribuir a ese necesario cambio con una aportación literaria de primera calidad, pero también denunciando y combatiendo las carencias culturales de esta sociedad. Todo el mundo tiene su papel a desempeñar en esta campaña imprescindible.

A la lectura se llega por placer, es cierto. Empezamos a leer por placer, y de hecho sería deseable que ese placer no nos abandonara nunca. Pero llega un momento en que el placer en sí mismo parece insuficiente y hay que plantearse la lectura como una fuente de conocimiento, que a su vez es una nueva fuente de placer. Leer para gozar, leer para conocer, leer para comprender, leer para crecer como ser humano. Eso es dolorosamente necesario en un país donde la lectura todavía parece un lujo prescindible. Un país que no lee es un país inmaduro, un país donde la gente no sabe dialogar porque no sabe comprender, un país donde la gente se echa los trastos a la cabeza por menos de un quítame allá esas pajas. Es decir, un país a medio civilizar, por más ordenadores per cápita que tenga. Yo os invito a soñar en un país donde la lectura nos lleve a la comprensión y al conocimiento. Es decir, a la verdadera libertad. Un país donde el individuo conozca y respete profundamente al otro: al que no tiene su color de piel, al que no piensa como él, al que no habla como él. Desgraciadamente, este sueño todavía queda lejos, pero nunca hay que desfallecer y renunciar a esa meta final. La triste realidad es que en este país interesa muchísimo más el fútbol que la lectura, muchísimo más Operación Triunfo que lo que ocurre en los distintos parlamentos, muchísimo más lo que pueda declarar una supermodelo que lo que pueda decir un escritor o un pensador. Desgraciadamente, en este país se cometen desaguisados culturales hasta en los lugares donde debería reinar el juicio más ejemplar: en una ciudad de tanta tradición sapiencial como Salamanca todavía se guarda con orgullo un botín de guerra fratricida que debería avergonzarnos a todos sin excepción. Y, sin ir más lejos, en esta mismísima casa venerable que nos acoge, se pretende clasificar la literatura en lengua catalana en tres apartados diferentes, según los autores procedan de una comunidad autónoma u otra: una decisión que, pasando por encima de cualquier criterio científico, sólo se explica por el desconocimiento, el menosprecio y la animosidad (algo así como si la biblioteca del Museo Británico clasificara a Cervantes como literatura manchega y a Góngora como literatura andaluza).

Por favor, leed y soñad. Para que el conocimiento nos haga verdaderamente libres y civilizados. El día que las bibliotecas estén más solicitadas que los campos de fútbol, que los telediarios dediquen tanto espacio a los libros como a los goles, que nuestros representantes públicos se sienten a hablar y a escuchar civilizadamente sin insultarse ni despreciarse mutuamente, que la juventud prefiera ir al teatro antes que salir a emborracharse, que la mentira y la corrupción sean perseguidas en todas partes, sea quien sea el que las cometa, que los conflictos no se resuelvan a bombazos ni con abusos de poder, aquel día sí podrá decirse con razón que España va bien.

21 de enero de 2010

¿Animación a la lectura?

Supongo que esta entrada sorprenderá a casi todo el mundo tanto como a nosotras, pero al ver la fotografía que la acompaña no he podido evitar pensar en mis compañeros de carrera, sufridos bibliotecarios, a los que casi seguro que se les escapará alguna sonrisa cuando vean este impresionante documento gráfico.

Y es que, cuando estudiábamos la carrera de Biblioteconomía y Documentación, allá por la década de los noventa, teníamos una asignatura que precisamente era Biblioteconomía, y entre otras cosas, en ella nos contaban todo tipo de actividades que podían organizarse en una biblioteca para promover la lectura; lo que los bibliotecarios llamamos "animación lectora" o "animación a la lectura". Pero seguro que a la profesora que impartía esa asignatura nunca se le habría ocurrido esta actividad tan curiosa... A la prueba gráfica (cortesía de Cristina Sánchez) me remito:


Hemos intentado ampliar la foto lo suficiente como para saber cuáles son los libros que aparecen en primera fila; más que nada, nos ha movido la curiosidad de saber si serían ejemplares tan llamativos como las bragas que los acompañan. Pero aunque en las películas nadie tiene problemas para ampliar imágenes hasta el infinito y desvelar los más pequeños detalles, a nosotras nos ha resultado un poco más difícil. Sólo nos ha sido posible descifrar el título de uno de los dos libros de ese montón; se trata de Elegía en Astaroth, del gaditano Ángel García López, que con este libro de poemas fue el último ganador de la "versión antigua" del Premio Nacional de Poesía de España (que se convocó en 1973). Parece que los del tenderete "vendebragas" no están muy puestos al día; o eso, o han heredado la biblioteca del abuelo y no saben qué hacer con tanto ejemplar...

En fin, que estoy por ponerme en contacto con mi profesora para proponerle que incluya esta actividad de animación lectora en el plan de estudios de la asignatura. Porque viendo cosas así, queda claro que en la universidad no te preparan del todo para el mundo real...

Lo más leído