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29 de septiembre de 2011

Exposición de Antonio López. Agotadas las entradas... y agotada mi paciencia



Hace un par de días tuve el inmenso placer de disfrutar de la exposición monográfica que el Museo Thyssen ha dedicado al genial pintor Antonio López.

No tengo más que elogios para la organización del evento, y teniendo en cuenta que el último monográfico dedicado a este pintor tuvo lugar en el año 93, creo que es una oportunidad única para volver a disfrutar de su obra.

No puedo decir lo mismo de la gente asistente a dicho evento.

A pesar de que, en la misma entrada de las salas dedicadas a la exposición, había un cartel bien visible en el que se pedía silencio (dentro de una lógica, claro, tampoco se trata de estar como en misa), y de que se apagasen los teléfonos móviles, la mayoría del público asistente hacía caso omiso de los dos ruegos.

Ya me parece vergonzoso tener que mostrar por escrito estas dos normas, pues yo lo presupongo de cualquier visita a un sitio cultural semejante, pero que, encima de que se especifica por escrito, la gente siga saltándose las normas a la torera, ya me parece inconcebible.

No se trata de ser radical, pero, sinceramente, a mí no me apetece estar intentando disfrutar de unos momentos de tranquilidad, admirando obras de arte, mientras hay un grupo de cotorras a mi lado, paradas enfrente de un cuadro, contándose sus vidas a todo volumen, con absoluta desconsideración hacia el resto de asistentes, o escuchar teléfonos móviles sonar, ¡y gente que los contestaba y se ponía conversar!

No culpo a los vigilantes, porque lo cierto es que mandaron callar y mantener silencio un sinfín de veces, en la hora larga que estuve allí, pero es que ni por esas.

26 de abril de 2010

¿Qué pasaría si...? Un experimento en ciudadanía

Este fin de semana estaba disfrutando del tiempo casi veraniego sentada en la hierba, junto a un pequeño lago que hay cerca de mi casa, mientras mi hijo buscaba tortugas, ranas y pececillos con su red.

Era un momento de estos que se disfrutan muchísimo aunque no se esté haciendo nada especial, simplemente el hecho de estar tomando el sol y ver a los patos nadar en el lago era suficiente para sentise contento y relajado.

Como suele ser inevitable en este país nuestro lleno de incivilizados y desconsiderados, las orillas del laguito mostraban, por supuesto, latas de refresco flotando, bolsas de plástico abandonadas, y todo tipo de restos que los humanos solemos dejar tras de nosotros (aunque seamos muchos los que nos esforcemos por no cumplir esa odiosa norma).

Recordé el enorme parque y el río navegable que había al final de mi calle, cuando vivía en Toronto, por lo general tan limpio, pero donde, de vez en cuando, se acumulaban todo tipo de basuras como papeles, botellas, etc. (ya veis que ni siquiera Canadá, con su imperante civismo, se libra de tener ciudadanos desconsiderados...).

¿La gran diferencia entre este parque de Madrid y aquel de Toronto (dejando aparte el tamaño, claro)?

En el parque canadiense, de forma periódica, aparecían avisos grapados a los árboles del camino más transitado que la gente colgaba de forma privada, invitando a tal día y a tal hora a voluntarios a limpiar el parque, entre todos, ya que el servicio municipal de limpieza no lo hacía con la eficacia o asiduidad que habría sido deseable.

Os preguntareis si aquello funcionaba, si acudían los voluntarios, y os diré que sí.

Y yo ahora me pregunto, ¿qué pasaría si yo hiciese lo mismo en el parque de al lado de mi casa, en Madrid? ¿Pensaría la gente que estoy loca, que para qué quiero dedicarme a limpiar la basura de los demás, que qué más da, que qué importancia tiene, que ni de casualidad van a gastar ni una hora de su precioso fin de semana en hacer algo voluntario y gratificante por los demás, por el barrio, por uno mismo?

Creo que voy a hacer el llamamiento, y en otra entrada os diré qué ha pasado...

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