El día anterior a volver definitivamente a casa después de nuestras vacaciones de Navidad, decidimos pasarlo completo en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno; varias personas nos han recomendado la visita porque dicen que es un sitio que merece la pena conocer, que los animales allí están muy bien cuidados y que el entorno en el que se sitúa el parque es digno de ver. Así que le hemos reservado un día en nuestra agenda viajera.
El parque de Cabárceno no es ni un zoológico convencional como los que todos conocemos, ni tampoco es exactamente un parque natural. En realidad es, como ellos mismos se definen, un espacio naturalizado por la mano del hombre. Lo que han hecho es aprovechar una antigua explotación minera, que ocupa nada menos que 750 hectáreas y está situada a cielo abierto, para diseñar este parque. En él se acoge a especies animales originarias de los cinco continentes, distribuidas en recintos bastante grandes en los que a veces incluso hay varias especies diferentes que comparten espacio, todo ello en un régimen de semilibertad. La idea principal es que los animales vivan en un ambiente lo más natural posible; de hecho, lo único que se les facilita diariamente es la alimentación. El resto de sus actividades están determinadas por su instinto, por ejemplo las peleas entre machos en época de celo. Parece ser que las instalaciones de este parque se encuentran entre las mejor valoradas por los organismos que se encargan de vigilar las condiciones de vida de los animales en este tipo de recintos. Y, como no podía ser de otra manera, es uno de los mayores atractivos turísticos del norte de España.
Cabárceno tiene unos 20 kilómetros de carreteras que lo recorren, y guiándonos por ellas podemos ver absolutamente todo, sin perdernos ni un detalle. Con el plano que te dan en la entrada te puedes guiar perfectamente, ya que tiene marcado con flechas el recorrido ideal (además de indicarte los sitios en los que hay algún mirador, áreas de picnic, restaurantes, cafeterías, zonas de pesca, tiendas de regalos, teléfonos públicos, zonas de aparcamiento, oficinas de información y enfermería); también puedes ir siguiendo las indicaciones del CD, o si lo prefieres, ir a tu aire. Como Cabárceno es bastante grande, nosotros decidimos que lo mejor es ir siguiendo el itinerario recomendado; y a la vez vamos marcando en el plano los sitios por los que pasamos. Así nos aseguramos de que no nos quedará nada por ver. Eso sí, para verlo todo con detenimiento hay que echarle un día entero, que en sitios como este no es plan de ver las cosas en plan acelerado... Además, para ver a los animales te tienes que bajar del coche cada dos por tres, así que si eres de los que se estresan fácilmente mejor que ni te molestes en ir, porque si no te apetece lo de bajar del coche no vas a ver prácticamente nada de nada.
En el bloque oeste tenemos en primer lugar el reptilario, seguido del recinto de los gorilas, el denominado recinto de otros animales (con jaguares, asnos, corzos, tigres, ciervos...) y por último el recinto de los leones marinos, donde se puede ver, si coinciden los horarios, una exhibición de estos animales.
Por otro lado está el bloque sur, donde se encuentran el área de educación medioambiental, aunque este día nosotros la encontramos cerrada; la exhibición de técnicas de vuelo de aves rapaces, donde hay algunas de ellas que nos pasan rozando la cabeza en pleno vuelo, y como en el bloque anterior, un recinto de otros animales (que en este caso son hipopótamos, cebras, osos, avestruces y jirafas, entre otros).
Y por último está el bloque este, donde podemos observar canguros, papiones, leones, linces, bisontes, caballos, lobos (aunque los vemos muy de lejos) y elefantes. Junto al recinto de los elefantes se encuentra una de las salidas del parque, así que como ya se hace tarde y empieza a anochecer, aprovechamos para salir por aquí en lugar de atravesar todo el parque y salir por el mismo sitio por el que hemos entrado, que era lo que teníamos pensado al principio.
Tengo que decir que esta visita me gusta bastante, aunque los zoos siempre despiertan en mí sentimientos contradictorios sin que pueda hacer nada por evitarlo: por un lado, supongo que los animales aquí están muy bien cuidados y lejos de peligros como cazadores furtivos, maltratos, etc.; pero por otro me da muchísima pena pensar que en el fondo están aquí siempre encerrados, por mucho espacio libre que tengan y por el que puedan moverse a sus anchas...
Para despedirnos de Cantabria, al día siguiente decidimos hacer una breve excursión por la mañana para ir a visitar las famosísimas cuevas del Soplao. Esta es una visita totalmente recomendable, aunque la carretera que lleva hasta allí no es apta para aquellos que se suelan marear en el coche.
"Más importante que el viaje en sí, es lo que queda en el espíritu del viajero."
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4 de abril de 2012
11 de febrero de 2012
Cuadernos hispánicos (X): Santillana del Mar
Esta vez no madrugamos tanto como otros días, porque después de la cena tan contundente que nos ha preparado Javieruco la noche anterior en nuestra casa rural, preferimos tomarnos el primer día del año con un poco más de calma. Total, como Santillana lo tenemos a sólo unos 4 kilómetros de nuestra casa, tampoco hace falta emplear demasiado tiempo en llegar allí.
Lo primero que deberemos tener en cuenta es que en Santillana está prohibido acceder en coche, así que hay que dejarlo en el aparcamiento que está a la entrada del pueblo, justo al lado de la oficina de turismo. Se puede aparcar allí por el módico precio de 2 euros al día, aunque esto es sólo en temporada alta, entre marzo y octubre; durante las Navidades es gratuito, aparte de que no hay demasiada gente así que no se llega a llenar ni de lejos, con lo cual no hay problema de sitios.
Empezando por la oficina de turismo, salimos a la calle de la Carrera y la tomamos en dirección a la plaza de las Arenas; con el mapa es muy fácil hacer el itinerario, porque la mayoría de los sitios que hay que ver están en las dos calles principales de Santillana, que son paralelas, con lo cual podemos empezar el recorrido en una de ellas y continuarlo por la otra. Nosotros empezamos por la calle de la Carrera, así que una de las primeras cosas que vemos es la torre de los Velarde, que es de estilo gótico y tiene una estructura con tres plantas. Un poco más adelante, la calle Carrera se convierte en calle Cantón y encontramos a mano izquierda el palacio de Valdivieso, construido durante la primera mitad del siglo XVIII. En esta misma calle, a nuestra derecha, vemos la casa de Leonor de la Vega, que data de finales del siglo XV y principios del XVI, y justo a su lado la casa de los Hombrones, de estilo barroco y llamada así porque en el escudo de armas de los Villa, sus antiguos propietarios, aparecen dos soldados con bigotazo que sujetan una inscripción que reza UN BUEN MORIR ES ONRA DE LA VIDA.
Pasada la casa de los Hombrones, la calle Cantón pasa a ser calle del Río y el primer edificio que encontramos a mano derecha es la casa de los Quevedo que, construida a finales del siglo XVII y unida a la casa de los Cossío, de la misma época, forma en la actualidad una sola vivienda con dos alturas y alberga el museo del barquillero. Enfrente de estas dos casas, al otro lado de la misma calle, se encuentra la casa de los Abades, que fue la residencia de la archiduquesa Margarita de Austria cuando vino a España tras la caída del imperio austrohúngaro. La casa fue construida a finales del siglo XVII, aunque los escudos nobiliarios de su fachada son modernos.
Frente a la casa de los Abades vemos el museo Jesús Otero, que alberga una exposición permanente con las obras del escultor del mismo nombre, natural de Santillana. La exposición está dividida en dos salas, y también tiene esculturas en su jardín. El museo dispone además de biblioteca. Si dejamos atrás el museo Jesús Otero y la casa de los Abades, llegamos al final de la calle del Río, que desemboca en la plaza de las Arenas. Aquí encontramos el edificio estrella de Santillana, la colegiata de Santa Juliana, el templo románico más grande del Cantábrico, en el que se guardan los restos de la santa que lleva su nombre. Lo más destacable de la colegiata es sin duda su claustro, cuyos capiteles están adornados con esculturas de temática muy variada.
Por último, junto a la colegiata tenemos el palacio de los Velarde, construido a mediados del siglo XVI en estilo renacentista. Al volver sobre nuestros pasos y dejar atrás la colegiata, una buena opción es volver a la calle del Río y acercanos a la calle de Jesús Otero (paralela a ella), donde encontramos el museo de la Inquisición, que ofrece una muestra de diferentes instrumentos de tortura que utilizaba la Inquisición española; nosotros no podemos verlo porque en invierno las visitas han de ser concertadas con anterioridad. Después de esto nos dirigimos hacia la plaza Mayor, en la que vemos los siguientes edificios:
La torre de Don Borja, que se construyó en el siglo XV y se amplió en el XVI. Actualmente, después de su restauración, es utilizada por la Fundación Santillana como centro para promocionar la cultura mediante exposiciones temporales. La torre del Merino, que se cree que fue construida en el siglo XIV, y debe su nombre a que era la residencia del representante del rey. Se sigue conservando prácticamente igual que en sus inicios, aunque se le han hecho algunas modificaciones y hoy día también es empleada como centro cultural. Y el Ayuntamiento, que junto con la colegiata es uno de los edificios más conocidos de Santillana.
A continuación de la plaza Mayor comienza la calle del Infante, en la que vemos, a la derecha, las casas de la Parra y del Águila, construidas en el siglo XVI y el XVII, respectivamente, y que fueron adosadas en este mismo siglo. Hoy día, el edificio pertenece a la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, que lo utiliza para organizar en él exposiciones temporales sobre temas variados. A la izquierda tenemos el parador, edificado a finales del siglo XVII y el más famoso palacio de todos los que hay en Santillana.
Por último, y antes de llegar de nuevo al punto de partida, encontramos a nuestra izquierda la casa de los Villa, un perfecto ejemplo de la arquitectura urbana del siglo XVIII. Justo enfrente de ella está el palacio de Peredo-Barreda, perteneciente a esta familia que fue una de las más notables de la villa. Si queremos visitar otro de los lugares estrella de Santillana, las neocuevas de Altamira (ya que las cuevas originales están cerradas al público), deberemos dejar la población y recorrer unos 2 kilómetros hasta llegar a ellas.
Después de esta visita a Santillana nos acercamos a la playa del Sable, en la localidad cercana de Tagle; pero empieza a hacer viento y a oscurecerse el día, así que hacemos allí un par de fotos y volvemos de nuevo a casa para preparar nuestra excursión del día siguiente.
Lo primero que deberemos tener en cuenta es que en Santillana está prohibido acceder en coche, así que hay que dejarlo en el aparcamiento que está a la entrada del pueblo, justo al lado de la oficina de turismo. Se puede aparcar allí por el módico precio de 2 euros al día, aunque esto es sólo en temporada alta, entre marzo y octubre; durante las Navidades es gratuito, aparte de que no hay demasiada gente así que no se llega a llenar ni de lejos, con lo cual no hay problema de sitios.
Empezando por la oficina de turismo, salimos a la calle de la Carrera y la tomamos en dirección a la plaza de las Arenas; con el mapa es muy fácil hacer el itinerario, porque la mayoría de los sitios que hay que ver están en las dos calles principales de Santillana, que son paralelas, con lo cual podemos empezar el recorrido en una de ellas y continuarlo por la otra. Nosotros empezamos por la calle de la Carrera, así que una de las primeras cosas que vemos es la torre de los Velarde, que es de estilo gótico y tiene una estructura con tres plantas. Un poco más adelante, la calle Carrera se convierte en calle Cantón y encontramos a mano izquierda el palacio de Valdivieso, construido durante la primera mitad del siglo XVIII. En esta misma calle, a nuestra derecha, vemos la casa de Leonor de la Vega, que data de finales del siglo XV y principios del XVI, y justo a su lado la casa de los Hombrones, de estilo barroco y llamada así porque en el escudo de armas de los Villa, sus antiguos propietarios, aparecen dos soldados con bigotazo que sujetan una inscripción que reza UN BUEN MORIR ES ONRA DE LA VIDA.
Pasada la casa de los Hombrones, la calle Cantón pasa a ser calle del Río y el primer edificio que encontramos a mano derecha es la casa de los Quevedo que, construida a finales del siglo XVII y unida a la casa de los Cossío, de la misma época, forma en la actualidad una sola vivienda con dos alturas y alberga el museo del barquillero. Enfrente de estas dos casas, al otro lado de la misma calle, se encuentra la casa de los Abades, que fue la residencia de la archiduquesa Margarita de Austria cuando vino a España tras la caída del imperio austrohúngaro. La casa fue construida a finales del siglo XVII, aunque los escudos nobiliarios de su fachada son modernos.
Frente a la casa de los Abades vemos el museo Jesús Otero, que alberga una exposición permanente con las obras del escultor del mismo nombre, natural de Santillana. La exposición está dividida en dos salas, y también tiene esculturas en su jardín. El museo dispone además de biblioteca. Si dejamos atrás el museo Jesús Otero y la casa de los Abades, llegamos al final de la calle del Río, que desemboca en la plaza de las Arenas. Aquí encontramos el edificio estrella de Santillana, la colegiata de Santa Juliana, el templo románico más grande del Cantábrico, en el que se guardan los restos de la santa que lleva su nombre. Lo más destacable de la colegiata es sin duda su claustro, cuyos capiteles están adornados con esculturas de temática muy variada.
Por último, junto a la colegiata tenemos el palacio de los Velarde, construido a mediados del siglo XVI en estilo renacentista. Al volver sobre nuestros pasos y dejar atrás la colegiata, una buena opción es volver a la calle del Río y acercanos a la calle de Jesús Otero (paralela a ella), donde encontramos el museo de la Inquisición, que ofrece una muestra de diferentes instrumentos de tortura que utilizaba la Inquisición española; nosotros no podemos verlo porque en invierno las visitas han de ser concertadas con anterioridad. Después de esto nos dirigimos hacia la plaza Mayor, en la que vemos los siguientes edificios:
La torre de Don Borja, que se construyó en el siglo XV y se amplió en el XVI. Actualmente, después de su restauración, es utilizada por la Fundación Santillana como centro para promocionar la cultura mediante exposiciones temporales. La torre del Merino, que se cree que fue construida en el siglo XIV, y debe su nombre a que era la residencia del representante del rey. Se sigue conservando prácticamente igual que en sus inicios, aunque se le han hecho algunas modificaciones y hoy día también es empleada como centro cultural. Y el Ayuntamiento, que junto con la colegiata es uno de los edificios más conocidos de Santillana.
A continuación de la plaza Mayor comienza la calle del Infante, en la que vemos, a la derecha, las casas de la Parra y del Águila, construidas en el siglo XVI y el XVII, respectivamente, y que fueron adosadas en este mismo siglo. Hoy día, el edificio pertenece a la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, que lo utiliza para organizar en él exposiciones temporales sobre temas variados. A la izquierda tenemos el parador, edificado a finales del siglo XVII y el más famoso palacio de todos los que hay en Santillana.
Por último, y antes de llegar de nuevo al punto de partida, encontramos a nuestra izquierda la casa de los Villa, un perfecto ejemplo de la arquitectura urbana del siglo XVIII. Justo enfrente de ella está el palacio de Peredo-Barreda, perteneciente a esta familia que fue una de las más notables de la villa. Si queremos visitar otro de los lugares estrella de Santillana, las neocuevas de Altamira (ya que las cuevas originales están cerradas al público), deberemos dejar la población y recorrer unos 2 kilómetros hasta llegar a ellas.
Después de esta visita a Santillana nos acercamos a la playa del Sable, en la localidad cercana de Tagle; pero empieza a hacer viento y a oscurecerse el día, así que hacemos allí un par de fotos y volvemos de nuevo a casa para preparar nuestra excursión del día siguiente.
9 de enero de 2012
Cuadernos hispánicos (IX): Castro Urdiales y Laredo
Como siempre, nos levantamos temprano para aprovechar más el día; que además hoy nos toca estar fuera más tiempo porque Javieruco no quiere que aparezcamos por nuestra casa rural hasta que él nos tenga lista la cena de Nochevieja... Así que decidimos, para alargar más este día, ir a los dos sitios que nos pillan más lejos de Viveda (donde está nuestro alojamiento): Castro Urdiales y Laredo.
Lo primero que nos llama la atención en Castro Urdiales es lo difícil que resulta encontrar aparcamiento; y eso que estamos en invierno, así que en verano no me quiero ni imaginar cómo estará aquello de gente... Al final nos toca irnos a un descampado a las afueras, donde vemos que hay más coches, y desde vamos andando hacia el centro, lo que se conoce como puebla vieja.
La puebla vieja de Castro Urdiales es de origen medieval, y la mayoría de los lugares y monumentos de interés están prácticamente pegados al mar, por lo que la mejor manera de recorrer la ciudad es yendo paralelos al paseo marítimo, de una punta a la otra. Así podremos ir viendo todo.
Si nos ponemos de frente al paseo marítimo y empezamos por nuestra izquierda, lo primero que veremos es el puente medieval, también conocido como "puente romano" o "puente viejo", que está junto al puerto. Además, hace también de pasarela entre el puerto y el faro. El faro del castillo de Santa Ana se construyó durante los siglos XIII XIV y es de planta pentagonal. Se encendió por primera vez en 1853, mientras reinaba Isabel II.
El edificio es bonito, de piedra, y más que un faro parece un castillo medieval; pero han puesto un ascensor que va por fuera, y la verdad es que queda como un pegote esa estructura tan moderna, de vidrio y metal, entre tanta piedra... Supongo que a quienes les guste la mezcla de estilos no les importará, pero a mí me pareció un poco feo, la verdad.
El edificio es bonito, de piedra, y más que un faro parece un castillo medieval; pero han puesto un ascensor que va por fuera, y la verdad es que queda como un pegote esa estructura tan moderna, de vidrio y metal, entre tanta piedra... Supongo que a quienes les guste la mezcla de estilos no les importará, pero a mí me pareció un poco feo, la verdad.
Junto al faro y el castillo vemos la iglesia de Santa María de la Asunción, de estilo gótico y construida entre los siglos XIII y XV, por orden del rey Alfonso VIII de Castilla. Cuando la vemos desde abajo, estando junto al puente medieval, lo primero que me viene a la cabeza es "esta es la catedral del mar": por su construcción y su tamaño tiene pinta de catedral, y además se ve desde todos los puntos de la ciudad. Sin embargo no lo es, aunque sorprende que sea tan grande para lo pequeño que debía de ser Castro Urdiales en la época en que esta iglesia se construyó. Eso sí, lo de catedral del mar creo que le viene que ni al pelo, porque desde la barandilla de piedra que la rodea se ve el mar justo abajo, y seguro que cuando haya oleaje fuerte el agua subirá hasta ella casi seguro... A su lado se conservan algunos restos de otra iglesia más antigua, de estilo románico. Esta iglesia, junto con el faro y el puente medieval, conforma el conjunto monumental de Castro Urdiales.
Continuamos por el paseo marítimo hacia el otro extremo y vemos entre otras cosas el ayuntamiento, que fue construido en el siglo XVI, aunque en siglos posteriores se llevaron a cabo en él algunas modificaciones. Su torre del reloj, que es uno de los elementos más destacados del edificio, data del siglo XIX. A continuación están en palacio y castillo de Ocharán: el palacio se construyó a imitación de las villas italianas, está decorado con azulejos vidriados y su pórtico tiene unas elegantes columnas. El castillo, por su parte, es de estilo neogótico, y fue construido a principios del siglo XX.
Y por último, al final del paseo, llegamos a la playa de Brazomar, que es la más visitada, ya que sus aguas son tranquilas debido a que forma una bahía y está bastante recogida. Junto a ella está el solarium de Don Luis, y al final de esta playa hay un parque bastante bonito y muy grande; la verdad es que si no llega a ser porque ese día hace un poco de viento, habría sido el lugar ideal para llevar los bocatas y una manta y hacer un picnic allí mismo. En Castro Urdiales también hay otras playas como la de Ostende, el Pedregal, Mioño, el Pocillo, Oriñón y Sonabia), pero nosotros desde Brazomar nos vamos a coger de nuevo el coche para dirigirnos a Laredo y pasar allí la tarde.
Después de buscar un sitio por el camino para comer, llegamos a Laredo a media tarde y en este caso no lo tenemos tan complicado para aparcar, ya que encontramos sitio fácilmente muy cerca del paseo marítimo. Desde allí nos recorremos todo andando, como siempre.
El primer sitio al que vamos, lógicamente, es el paseo marítimo, con su ancla tan característica junto a las escaleras. Desde aquí se ve la playa de la Salvé,
que tiene algo más de 4 kilómetros de largo y es una de las playas con
más afluencia de turistas de todo el litoral de Cantabria (o al menos
eso es lo que dicen por aquí). Esta playa me sonaba porque desde
siempre andan rodando por casa de mis padres unas fotos de un verano que
pasaron por allí; yo aún no había nacido y después no volvieron a
Laredo, así que mis únicos recuerdos son los de esas fotografías.
Sin embargo, cuando llegamos a esta playa soy consciente de la
cantidad de tiempo que ha pasado desde la visita de mis padres,
porque en las fotos no hay prácticamente nada construido junto al
paseo marítimo, y sin embargo ahora, todo el recorrido de la playa
tiene montones de edificios de apartamentos.
Desde aquí nos dirigimos a la zona estrella de Laredo, la puebla vieja, que es donde se encuentran localizados prácticamente todos los lugares de interés que podemos visitar. La mayoría son antiguas casonas, palacios, torres, conventos e iglesias, todas ellas al pie de la de Santa María de la Asunción, y si vamos callejeando las podremos ir recorriendo más o menos en este orden: casa-palacio de Zarauz, reconstruida en 1816 y propiedad de la familia de ese nombre; casa de los Villota, un edificio del siglo XV que ahora se encuentra en ruinas y únicamente conserva parte de su antigua fachada; casa de Gutiérrez Rada, junto a la que se encuentra un famoso huerto de naranjos que formaba parte de esta edificación; iglesia de San Francisco; puerta de Bilbao, que era la antigua puerta de acceso a Laredo y forma parte de la muralla medieval; capilla del Espíritu Santo, casa de los Alvarado y casa de Revellón; y por último la iglesia de San Martín, la más antigua de Laredo; y la muralla, construida en la época medieval.
En el punto más alto de la puebla vieja encontramos la iglesia de Santa María de la Asunción, junto a la cual sale un camino que nos lleva a la atalaya; después de andar aproximadamente un kilómetro, llegamos al fuerte del Rastrillar (construido entre los siglos XVIII y XIX como protección frente a los ataques de barcos enemigos) y a los miradores de la Caracola y la Rosa de los Vientos, desde los que hay unas vistas estupendas de Laredo y de su enorme playa. Al final de ella, separada de Laredo únicamente por el espigón, está la localidad de Santoña. Aquí aprovechamos, en uno de los banquitos que hay en los miradores, para tomarnos un tentempié. Lo malo es que al poco rato de estar allí empieza a hacer viento y después de darnos una vuelta por la zona tenemos que volver a bajar. Pero el paseo está bastante bien.
A última hora, cuando Javieruco nos llama para decirnos que ya tenemos la cena lista y que podemos volver cuando queramos, ponemos rumbo de nuevo a Viveda. La cena de Nochevieja es espectacular; no se me ocurre otra palabra mejor para describirla, ni para terminar el año con mejor pie...
26 de diciembre de 2011
Cuadernos hispánicos (VIII): Santander
En nuestra visita a tierras cántabras, decidimos que no puede faltar dedicarle un día a Santander, así que desde nuestro campamento base en Viveda nos dirigimos allí por la mañana temprano.
Como siempre, buscamos un sitio donde dejar el coche; al final hay que meterlo en un aparcamiento privado, cerca del barrio pesquero, porque hay bastante gente y no somos capaces de encontrar sitio en la calle. Pero al menos nos quedamos tranquilos de que el coche va a estar "bien atendido" durante todo el rato que estemos por la ciudad. Desde el aparcamiento hacemos todo el trayecto andando hasta el extremo opuesto de la ciudad, donde se encuentra el cabo Mayor; y después hacemos el mismo camino en dirección contraria (este recorrido son unos 10 kilómetros en total).
El primer lugar por el que pasamos son los jardines de Pereda, que fueron inaugurados en 1905 en homenaje al escritor cántabro. En las proximidades del parque y los jardines hay una oficina de turismo, a la que aprovechando pasamos para que nos den un plano de la ciudad; además, en esta misma zona tenemos uno de los puntos de alquiler de bicicletas de Santander.
Un poco más adelante pasamos por el Museo Marítimo del Cantábrico, que estuvo cerrado durante una buena temporada y fue inaugurado de nuevo en 2003. Es uno de los museos más importantes de España en cuanto a la difusión del patrimonio marítimo del Cantábrico, y sus fondos incluyen las secciones de biología marina y acuarios, etnografía pesquera, historia marítima y tecnología marítima.
Una vez que llegamos al paseo de la Reina Victoria, lo seguimos hasta el final y llegamos a la península de la Magdalena. Es un parque bastante grande, y se encuentra situado en una zona que en la antigüedad era el punto más estratégico de Santander. Antes, esta zona no tenía árboles, pero con Alfonso XIII fue repoblada completamente. La península se puede recorrer siguiendo los caminos que encontramos marcados en ella, y que suman un total de casi 3 kilómetros; si no nos apetece caminar, podemos disfrutar de este recorrido en el tren turístico magdaleno, que además de darnos el paseo nos va contando cosillas sobre el recorrido.
Dentro de la península está también el famoso palacio de la Magdalena, que se construyó a principios del siglo XX, a iniciativa de los habitantes de Santander, para alojar en él a la familia real. Actualmente, el palacio alberga la universidad Menéndez Pelayo, en la que se organizan sus cursos de verano. No lejos de él se encuentran las caballerizas reales, que hoy día se utilizan como residencia para los estudiantes extranjeros de la universidad, y tienen junto a su edificio un pequeño parque infantil. Si dejamos atrás el palacio, llegaremos por otro camino hasta el llamado museo del hombre y la mar, que es un espacio al aire libre en el que se encuentran las tres carabelas, réplicas de las de Cristóbal Colón, que el marinero cántabro Vital Ansar donó a la ciudad. Junto al museo encontramos el mini-zoo, que alberga varias especies de animales marinos, aprovechando la circunstancia de que el agua que recibe viene directamente del mar.
Ya llegando a la playa del Sardinero, en la plaza de Italia, encontramos el Gran Casino, construido e inaugurado en 1916. Es uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, junto con el hotel Real. Y ya al final del paseo marítimo, dejando a nuestra izquierda (se ve ligeramente desde el paseo) el estadio del Sardinero, llegamos al otro extremo de la ciudad, concretamente al faro de Cabo Mayor, que alberga en la actualidad el Centro de Arte Faro de Cabo Mayor. Este rincón es un lugar ideal para disfrutar del mar, y desde el punto más alto, donde se encuentra el faro, las vistas merecen la pena.
De nuevo de camino hacia el coche, nos desviamos un poco para pasar por la catedral, construida sobre una antigua abadía y consagrada a Nuestra Señora de la Asunción; es de estilo gótico aunque ha sido ampliada y reformada posteriormente. Sufrió diversos desperfectos, principalmente a causa del incendio que tuvo lugar en la ciudad en 1941, y se llevó a cabo su reconstrucción entre 1942 y 1953. La catedral consta de dos plantas superpuestas, siendo la inferior la más antigua, y de un claustro con dependencias anejas. En una de las puertas de acceso a ella se encuentra una de las representaciones más antiguas de los emblemas de Castilla y León. Además, sus ventanas están decoradas con vidrieras, aunque éstas son actuales.
Otro lugar que se encuentra cerca de aquí, aunque no podemos visitarlo porque a pesar de ser de acceso gratuito hay que concertar la visita con la oficina de turismo, es la biblioteca y casa de Menéndez Pelayo, uno de los edificios más significativos de la arquitectura montañesa, construida en 1876 y de influencia francesa; el interior, decorado prácticamente igual que en la época en la que Menéndez Pelayo vivía, tiene diversas estancias que incluyen desde el despacho de don Marcelino hasta la sala de lectura y el depósito de libros, así como el comedor, la sala de estar y la cama en la que murió.
Por supuesto, ni que decir tiene que las playas de Santander, desde el museo Marítimo del Cantábrico, hasta el faro de Cabo Mayor, son numerosísimas; algunas de ellas, además, están incluidas entre las más limpias de España. Yendo desde un extremo a otro del paseo marítimo, las playas que encontramos son: la de los Peligros, la de la Magdalena, la de los Bikinis, la del Camello, la de la Concha, las del Sardinero, la de los Molinucos y la de Mataleñas.
Y con esto termina nuestra visita a Santander. Al día siguiente nos esperan Castro Urdiales y Laredo...
Como siempre, buscamos un sitio donde dejar el coche; al final hay que meterlo en un aparcamiento privado, cerca del barrio pesquero, porque hay bastante gente y no somos capaces de encontrar sitio en la calle. Pero al menos nos quedamos tranquilos de que el coche va a estar "bien atendido" durante todo el rato que estemos por la ciudad. Desde el aparcamiento hacemos todo el trayecto andando hasta el extremo opuesto de la ciudad, donde se encuentra el cabo Mayor; y después hacemos el mismo camino en dirección contraria (este recorrido son unos 10 kilómetros en total).
El primer lugar por el que pasamos son los jardines de Pereda, que fueron inaugurados en 1905 en homenaje al escritor cántabro. En las proximidades del parque y los jardines hay una oficina de turismo, a la que aprovechando pasamos para que nos den un plano de la ciudad; además, en esta misma zona tenemos uno de los puntos de alquiler de bicicletas de Santander.
Un poco más adelante pasamos por el Museo Marítimo del Cantábrico, que estuvo cerrado durante una buena temporada y fue inaugurado de nuevo en 2003. Es uno de los museos más importantes de España en cuanto a la difusión del patrimonio marítimo del Cantábrico, y sus fondos incluyen las secciones de biología marina y acuarios, etnografía pesquera, historia marítima y tecnología marítima.
Una vez que llegamos al paseo de la Reina Victoria, lo seguimos hasta el final y llegamos a la península de la Magdalena. Es un parque bastante grande, y se encuentra situado en una zona que en la antigüedad era el punto más estratégico de Santander. Antes, esta zona no tenía árboles, pero con Alfonso XIII fue repoblada completamente. La península se puede recorrer siguiendo los caminos que encontramos marcados en ella, y que suman un total de casi 3 kilómetros; si no nos apetece caminar, podemos disfrutar de este recorrido en el tren turístico magdaleno, que además de darnos el paseo nos va contando cosillas sobre el recorrido.
Otro lugar que se encuentra cerca de aquí, aunque no podemos visitarlo porque a pesar de ser de acceso gratuito hay que concertar la visita con la oficina de turismo, es la biblioteca y casa de Menéndez Pelayo, uno de los edificios más significativos de la arquitectura montañesa, construida en 1876 y de influencia francesa; el interior, decorado prácticamente igual que en la época en la que Menéndez Pelayo vivía, tiene diversas estancias que incluyen desde el despacho de don Marcelino hasta la sala de lectura y el depósito de libros, así como el comedor, la sala de estar y la cama en la que murió.
Por supuesto, ni que decir tiene que las playas de Santander, desde el museo Marítimo del Cantábrico, hasta el faro de Cabo Mayor, son numerosísimas; algunas de ellas, además, están incluidas entre las más limpias de España. Yendo desde un extremo a otro del paseo marítimo, las playas que encontramos son: la de los Peligros, la de la Magdalena, la de los Bikinis, la del Camello, la de la Concha, las del Sardinero, la de los Molinucos y la de Mataleñas.
Y con esto termina nuestra visita a Santander. Al día siguiente nos esperan Castro Urdiales y Laredo...
28 de septiembre de 2011
Cuadernos hispánicos (VII): San Vicente de la Barquera
Como en Comillas ha habido sitios a los que no hemos podido entrar y acabamos la visita antes de lo previsto, por la tarde decidimos acercarnos a San Vicente de la Barquera. No lo habíamos apuntado en nuestra guía porque no teníamos pensado ir, así que sacamos nuestro espíritu aventurero, sin saber qué lugares podemos ver allí, y nos plantamos después de comer.
San Vicente de la Barquera siempre ha sido un pueblo marinero, y en la Edad Media destacó porque desde aquí salían las expediciones a Terranova para pescar bacalao. Esta localidad es también un importante paso del Camino de Santiago en la ruta costera.
Como siempre, lo primero que hacemos es buscar un sitio donde aparcar; lo encontramos enseguida, al lado de la estación de autobuses. Además, cerca de allí está la oficina de turismo, pero es aún un poco temprano y la pillamos cerrada, con lo cual decidimos dar una vuelta por nuestra cuenta.
Estamos bastante cerca del puerto, así que nos damos un agradable paseo por esa zona. Como localidad pesquera que es San Vicente, no puede faltar este lugar; el puerto es más o menos pequeñito (de tamaño me parece bastante similar, quizá algo más grande, al que hemos visto por la mañana en Comillas).
Esta vez no tenemos ocasión, como en otros lugares, de ver regresar a los barcos pesqueros que durante el día salen a faenar. Tampoco visitamos la lonja de pescado para ver en directo la subasta; pero el mal es menor, porque ya hemos tenido ocasión de verlo en algún otro lugar. Para los que son de zona marítima y están acostumbrados a verlo será de lo más normal, pero para los que somos del interior es bastante curioso de ver...
Muy cerca del puerto se encuentra el castillo del Rey, que es lo siguiente que visitamos. Este castillo es uno de los mejores ejemplos de arquitectura defensiva de Cantabria, y fue construido en 1210, después de que el rey Alfonso VIII le concediera a la villa su fuero. Tras haber sido rehabilitado, el castillo puede visitarse y alberga una exposición permanente sobre la historia de San Vicente de la Barquera.
Merece la pena hacer un hueco para ver la exposición, ya que es muy interesante; además, por los 1'40 euros que te cobran por la entrada, te llevas de regalo unas vistas estupendas de toda la localidad.
Actualmente, el castillo también se utiliza para celebrar diversos eventos culturales.
Una de las cosas que podremos ver en su totalidad desde lo alto del castillo es el famoso puente de la Maza, todo un ejemplo de ingeniería medieval, que comenzó a construirse en piedra durante el siglo XV sobre una construcción anterior realizada en madera.
Hubo un tiempo en el que este puente llegó a tener nada menos que 32 arcos, y fue considerado uno de los más grandes de toda la zona. El puente actual, como lo podemos ver hoy en día, data de la época del rey Carlos III.
Si dejamos el castillo a nuestras espaldas y continuamos la subida, llegaremos hasta la iglesia de Santa María de los Ángeles, construida entre los siglos XIII y XVI sobre otra iglesia anterior, y ejemplo típico del gótico montañés. En sus inmediaciones se encuentran los restos del hospital de la Concepción, que acogía y prestaba asistencia a los peregrinos que realizaban la ruta costera del Camino de Santiago.
Hay algunos otros sitios interesantes que podemos visitar en San Vicente, pero con esto de que hacemos nuestro viaje en invierno, está empezando a atardecer, así que nos toca volver antes de que se haga de noche. Si alguien tiene más tiempo, puede animarse a visitar también el santuario de la Barquera (donde dicen que se apareció la patrona del municipio),el palacio de la familia Corro (que se construyó en el siglo XVI para acoger a los enfermos pobres de la villa, y hoy día alberga la sede del ayuntamiento), el convento de San Luis (un monasterio del siglo XV, donde se alojó Carlos I durante su visita), la muralla (que rodeaba la parte alta de la localidad y de la que hoy día se sigue conservando la mayor parte) y la torre del Preboste (un torreón que defiende una de las antiguas puertas de entrada a San Vicente de la Barquera, y que debe su nombre a que era la sede del preboste, el oficial del rey para la recaudación de impuestos durante la Edad Media).
Nosotros ponemos rumbo a nuestro campamento base, ya que al día siguiente nos espera una intensa visita a la ciudad de Santander.
San Vicente de la Barquera siempre ha sido un pueblo marinero, y en la Edad Media destacó porque desde aquí salían las expediciones a Terranova para pescar bacalao. Esta localidad es también un importante paso del Camino de Santiago en la ruta costera.
Como siempre, lo primero que hacemos es buscar un sitio donde aparcar; lo encontramos enseguida, al lado de la estación de autobuses. Además, cerca de allí está la oficina de turismo, pero es aún un poco temprano y la pillamos cerrada, con lo cual decidimos dar una vuelta por nuestra cuenta.
Estamos bastante cerca del puerto, así que nos damos un agradable paseo por esa zona. Como localidad pesquera que es San Vicente, no puede faltar este lugar; el puerto es más o menos pequeñito (de tamaño me parece bastante similar, quizá algo más grande, al que hemos visto por la mañana en Comillas).
Esta vez no tenemos ocasión, como en otros lugares, de ver regresar a los barcos pesqueros que durante el día salen a faenar. Tampoco visitamos la lonja de pescado para ver en directo la subasta; pero el mal es menor, porque ya hemos tenido ocasión de verlo en algún otro lugar. Para los que son de zona marítima y están acostumbrados a verlo será de lo más normal, pero para los que somos del interior es bastante curioso de ver...
Muy cerca del puerto se encuentra el castillo del Rey, que es lo siguiente que visitamos. Este castillo es uno de los mejores ejemplos de arquitectura defensiva de Cantabria, y fue construido en 1210, después de que el rey Alfonso VIII le concediera a la villa su fuero. Tras haber sido rehabilitado, el castillo puede visitarse y alberga una exposición permanente sobre la historia de San Vicente de la Barquera.
Merece la pena hacer un hueco para ver la exposición, ya que es muy interesante; además, por los 1'40 euros que te cobran por la entrada, te llevas de regalo unas vistas estupendas de toda la localidad.
Actualmente, el castillo también se utiliza para celebrar diversos eventos culturales.
Una de las cosas que podremos ver en su totalidad desde lo alto del castillo es el famoso puente de la Maza, todo un ejemplo de ingeniería medieval, que comenzó a construirse en piedra durante el siglo XV sobre una construcción anterior realizada en madera.
Hubo un tiempo en el que este puente llegó a tener nada menos que 32 arcos, y fue considerado uno de los más grandes de toda la zona. El puente actual, como lo podemos ver hoy en día, data de la época del rey Carlos III.
Si dejamos el castillo a nuestras espaldas y continuamos la subida, llegaremos hasta la iglesia de Santa María de los Ángeles, construida entre los siglos XIII y XVI sobre otra iglesia anterior, y ejemplo típico del gótico montañés. En sus inmediaciones se encuentran los restos del hospital de la Concepción, que acogía y prestaba asistencia a los peregrinos que realizaban la ruta costera del Camino de Santiago.
Hay algunos otros sitios interesantes que podemos visitar en San Vicente, pero con esto de que hacemos nuestro viaje en invierno, está empezando a atardecer, así que nos toca volver antes de que se haga de noche. Si alguien tiene más tiempo, puede animarse a visitar también el santuario de la Barquera (donde dicen que se apareció la patrona del municipio),el palacio de la familia Corro (que se construyó en el siglo XVI para acoger a los enfermos pobres de la villa, y hoy día alberga la sede del ayuntamiento), el convento de San Luis (un monasterio del siglo XV, donde se alojó Carlos I durante su visita), la muralla (que rodeaba la parte alta de la localidad y de la que hoy día se sigue conservando la mayor parte) y la torre del Preboste (un torreón que defiende una de las antiguas puertas de entrada a San Vicente de la Barquera, y que debe su nombre a que era la sede del preboste, el oficial del rey para la recaudación de impuestos durante la Edad Media).
Nosotros ponemos rumbo a nuestro campamento base, ya que al día siguiente nos espera una intensa visita a la ciudad de Santander.
2 de agosto de 2011
Cuadernos hispánicos (VI): Comillas
Esta vez es Cantabria el lugar elegido para pasar unos días de relax durante nuestras vacaciones de Navidad. Y el primer sitio que decidimos visitar es Comillas. Como siempre, lo primero que hacemos es buscar un sitio donde poder dejar el coche; no resulta nada difícil, y junto al parque de Sobrellano encontramos un aparcamiento gratuito que además a esas horas está prácticamente vacío.
Aunque llevamos una pequeña guía que hemos hecho con las cosas principales que ver, nos acercamos a la oficina de turismo para pedir un plano. La chica que nos atiende nos señala el lugar en el que nos encontramos y nos indica que, de todos los lugares de interés, los únicos que no se pueden visitar son el capricho de Gaudí y la universidad Pontificia, ya que ambos llevan algún tiempo cerrados por obras. También nos explica que la mejor manera de verlo todo es a través de dos rutas marcadas en el plano: la ruta monumental y la ruta modernista. Lógicamente, las dos rutas se van solapando, así que nos parece que lo más cómodo es llevar el plano a mano e ir marcando en él los lugares que vamos viendo, independientemente de la ruta a la que pertenecen. Yo los iré poniendo en el orden en el que los vemos.
En primer lugar y dado que es lo que más cerca nos pilla, vamos a ver el Parque de Sobrellano, en cuyo interior se encuentran el palacio y la capilla-panteón del mismo nombre. El palacio se empezó a construir en 1881, y fue encargado por el primer marqués de Comillas. La capilla-panteón está realizada en piedra de sillería labrada y rematada con una torre alta. En su decoración interior destacan también las vidrieras, además de los primeros muebles diseñados por Gaudí y algunos panteones. Es como una catedral en pequeño.
Se puede pasear libremente por los jardines del parque, pero para acceder al interior, tanto del palacio como de la capilla, sólo se puede hacer mediante visita guiada. Esto en teoría, porque nosotros tenemos un pequeño problema logístico y creo que en temporada baja no organizan visitas...
Desde allí subimos andando por la carretera hasta llegar a la Universidad Pontificia, que está en lo alto de la Cardosa y se comenzó a construir en 1883, en un principio como edificio para la formación de jóvenes sacerdotes. Ahora es propiedad de Caja Cantabria, así que sólo se puede acceder a los jardines; sin embargo en nuestro caso no podemos ni hacerlo, por aquello de las obras. Y de hecho se ven por allí algunas grúas. Así que tenemos que conformarnos con ver la universidad únicamente desde la puerta, que por cierto es uno de los elementos más destacables del conjunto. Algo es algo...
El edificio de la universidad está en la parte más alta de Comillas, así que ahora lo que toca es bajar. Lo siguiente que visitamos es el cementerio, que aunque está más bajo que la Pontificia se encuentra en lo alto de una colina justo frente al mar, así que es otro de los puntos con mejores vistas de Comillas. Este cementerio es bastante pequeñito y se encuentra situado sobre los restos de una antigua iglesia gótica, por lo que todavía se pueden ver algunos arcos y restos de muro; una de las cosas que más me impresiona es ver que en una de las paredes hay varios nichos que, por lo que observo en las fechas, son de niños muy pequeñitos. La verdad es que da un poco de pena... Lo que más destaca en el cementerio es una escultura de un ángel exterminador, que es el símbolo de la villa. Suena de lo más extraño que sea precisamente un ángel exterminador el símbolo de una ciudad, pero por lo visto así es.
Tras la visita al cementerio, bajamos de nuevo y nos acercamos hasta la playa, que es bastante grande (con una longitud de aproximadamente 1 kilómetro) y por lo tanto accesible desde prácticamente cualquier punto de la población. Es de arena dorada y por lo que podemos ver, está bastante limpia. Tiene servicio de socorrista y duchas, y aunque siempre hay algún valiente, nosotros no vemos a nadie bañándose. Supongo que en verano la playa estará más llena, pero me imagino que, como suele ser habitual en el Cantábrico, no llegará a masificarse. Junto a ella se encuentra el puerto, que fue construido en el siglo XVII y costeado principalmente por los vecinos de Comillas. En el pasado tuvo tradición ballenera (de hecho fue el último puerto de Cantabria con esta tradición), y actualmente tiene poca actividad. No es demasiado grande, y está rematado por un pequeño mirador en el que hay una escultura a modo de mástil de embarcación, así como dos cañones.
Un poco más adelante se encuentra el monumento al marqués de Comillas, al que los vecinos quisieron homenajear, como gran benefactor de la localidad que fue. Para ello se encargó una estatua que se encuentra situada en lo alto de una loma. Las vistas desde el monumento son estupendas y el marqués está justo en el borde de la loma, así que si no os importa que os salga en las fotos dándoos la espalda, mejor, porque para inmortalizarlo de cerca no hay otra manera. Frente al monumento se encuentra El Duque, un palacete que se construyó como residencia del duque Almodóvar del Río, de ahí su nombre. Al contrario que otras construcciones, de estilo indiano, en El Duque se aprecia perfectamente la influencia de la arquitectura inglesa. Merece la pena verlo, es un edificio precioso.
Caminando hacia el lado opuesto de donde se encuentran el cementerio y el monumento dedicado al marqués de Comillas, llegamos hasta el mirador de Santa Lucía y nos encontramos con la Portada de la Casa Moro, una obra de Gaudí. Está construida con deshechos de piedra, que se encuentran colocados irregularmente, pero siempre buscando formas redondeadas y huyendo de los picos y las aristas, como era habitual en él. Lo original de esta puerta es que cuenta con tres accesos: uno, el más grande, para carruajes; otro algo más pequeño para personas; y otro redondo, sobre el anterior, para pájaros. Desde luego, está claro que a Gaudí no se le escapaba ni un detalle...
Después seguimos caminando un poco más y llegamos a un edificio que fue construido y costeado por varios vecinos, en principio para albergar la cárcel de la villa, aunque actualmente se ha reformado para convertirlo en albergue para aquellos peregrinos que hacen el Camino de Santiago o la Ruta de Santo Toribio. De hecho, justo frente a este edificio vemos una señal muy curiosa que indica las distancias desde Comillas a Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela y Santo Toribio de Liébana.
También pasamos un rato caminando por todo el casco antiguo, donde podemos ver entre otras cosas el Ayuntamiento antiguo, un edificio cuadrado sostenido por arcos en tres de sus fachadas, por lo que es posible pasar bajo ellos; la iglesia de San Cristóbal, en la cual se venera al Cristo del Amparo, que es el patrono de los pescadores. Fue construida gracias al dinero y al trabajo de los vecinos (parece que los comillenses eran muy apañados, porque ya hay más ejemplos de cosas que se animaban a construir o a remodelar); y la fuente de los tres caños, que también funciona como farola, y está situada en la misma plaza del ayuntamiento nuevo, así que pasaréis por ella si vais a la oficina de turismo. Fue dedicada a Joaquín del Piélago, vecino de Comillas, que fue quien financió la traída de aguas a la localidad.
Dejamos prácticamente para el final el Capricho de Gaudí, un edificio realizado por él durante su primera etapa; se trata de una casa con formas redondeadas y una torre. Llama mucho la atención por los llamativos colores con los que está decorada. Eso sí, esto es lo que podemos ver desde el exterior, porque como os digo está cerrado y nos tenemos que conformar con estirar el pescuezo para verlo por encima de la valla. Cuando se tiene la suerte de encontrarlo abierto, se pueden visitar los jardines y/o comer en el restaurante en el que lo han convertido, aunque creo que es de precios no aptos para todos los bolsillos...
Desde aquí volvemos a recoger el coche y nos dirigimos a las afueras de Comillas, concretamente a La Coteruca, una casa situada en lo alto de una colina, mirando al mar. Nos cuesta un poco de trabajo llegar, porque hay un momento en el que las indicaciones se pierden. Al final lo conseguimos, pero lo poco que podemos ver (los restos de las torres y la muralla, ya que el resto fue destruido durante la Guerra Civil) es sólo desde fuera, porque en la actualidad ha sido rehabilitado como edificio de apartamentos y hay carteles por todas partes en los que se indica bien claro que es una propiedad privada y está prohibido el paso. Muy cerca de aquí está el Asilo-hospital de Comillas, que fue construido en 1888 y recuerda un poco en sus formas al palacio de Sobrellano, aunque algo más animado debido a sus colores: rojo y blanco. En la actualidad sigue funcionando como asilo para ancianos, así que únicamente se puede ver por fuera.
Tras abandonar Comillas y viendo que se nos pasa la hora de comer, decidimos hacer un alto en el camino y dirigirnos después hacia San Vicente de la Barquera, para rematar nuestro primer día por tierras cántabras.
Aunque llevamos una pequeña guía que hemos hecho con las cosas principales que ver, nos acercamos a la oficina de turismo para pedir un plano. La chica que nos atiende nos señala el lugar en el que nos encontramos y nos indica que, de todos los lugares de interés, los únicos que no se pueden visitar son el capricho de Gaudí y la universidad Pontificia, ya que ambos llevan algún tiempo cerrados por obras. También nos explica que la mejor manera de verlo todo es a través de dos rutas marcadas en el plano: la ruta monumental y la ruta modernista. Lógicamente, las dos rutas se van solapando, así que nos parece que lo más cómodo es llevar el plano a mano e ir marcando en él los lugares que vamos viendo, independientemente de la ruta a la que pertenecen. Yo los iré poniendo en el orden en el que los vemos.
En primer lugar y dado que es lo que más cerca nos pilla, vamos a ver el Parque de Sobrellano, en cuyo interior se encuentran el palacio y la capilla-panteón del mismo nombre. El palacio se empezó a construir en 1881, y fue encargado por el primer marqués de Comillas. La capilla-panteón está realizada en piedra de sillería labrada y rematada con una torre alta. En su decoración interior destacan también las vidrieras, además de los primeros muebles diseñados por Gaudí y algunos panteones. Es como una catedral en pequeño.
Se puede pasear libremente por los jardines del parque, pero para acceder al interior, tanto del palacio como de la capilla, sólo se puede hacer mediante visita guiada. Esto en teoría, porque nosotros tenemos un pequeño problema logístico y creo que en temporada baja no organizan visitas...
Desde allí subimos andando por la carretera hasta llegar a la Universidad Pontificia, que está en lo alto de la Cardosa y se comenzó a construir en 1883, en un principio como edificio para la formación de jóvenes sacerdotes. Ahora es propiedad de Caja Cantabria, así que sólo se puede acceder a los jardines; sin embargo en nuestro caso no podemos ni hacerlo, por aquello de las obras. Y de hecho se ven por allí algunas grúas. Así que tenemos que conformarnos con ver la universidad únicamente desde la puerta, que por cierto es uno de los elementos más destacables del conjunto. Algo es algo...
El edificio de la universidad está en la parte más alta de Comillas, así que ahora lo que toca es bajar. Lo siguiente que visitamos es el cementerio, que aunque está más bajo que la Pontificia se encuentra en lo alto de una colina justo frente al mar, así que es otro de los puntos con mejores vistas de Comillas. Este cementerio es bastante pequeñito y se encuentra situado sobre los restos de una antigua iglesia gótica, por lo que todavía se pueden ver algunos arcos y restos de muro; una de las cosas que más me impresiona es ver que en una de las paredes hay varios nichos que, por lo que observo en las fechas, son de niños muy pequeñitos. La verdad es que da un poco de pena... Lo que más destaca en el cementerio es una escultura de un ángel exterminador, que es el símbolo de la villa. Suena de lo más extraño que sea precisamente un ángel exterminador el símbolo de una ciudad, pero por lo visto así es.
Tras la visita al cementerio, bajamos de nuevo y nos acercamos hasta la playa, que es bastante grande (con una longitud de aproximadamente 1 kilómetro) y por lo tanto accesible desde prácticamente cualquier punto de la población. Es de arena dorada y por lo que podemos ver, está bastante limpia. Tiene servicio de socorrista y duchas, y aunque siempre hay algún valiente, nosotros no vemos a nadie bañándose. Supongo que en verano la playa estará más llena, pero me imagino que, como suele ser habitual en el Cantábrico, no llegará a masificarse. Junto a ella se encuentra el puerto, que fue construido en el siglo XVII y costeado principalmente por los vecinos de Comillas. En el pasado tuvo tradición ballenera (de hecho fue el último puerto de Cantabria con esta tradición), y actualmente tiene poca actividad. No es demasiado grande, y está rematado por un pequeño mirador en el que hay una escultura a modo de mástil de embarcación, así como dos cañones.
Un poco más adelante se encuentra el monumento al marqués de Comillas, al que los vecinos quisieron homenajear, como gran benefactor de la localidad que fue. Para ello se encargó una estatua que se encuentra situada en lo alto de una loma. Las vistas desde el monumento son estupendas y el marqués está justo en el borde de la loma, así que si no os importa que os salga en las fotos dándoos la espalda, mejor, porque para inmortalizarlo de cerca no hay otra manera. Frente al monumento se encuentra El Duque, un palacete que se construyó como residencia del duque Almodóvar del Río, de ahí su nombre. Al contrario que otras construcciones, de estilo indiano, en El Duque se aprecia perfectamente la influencia de la arquitectura inglesa. Merece la pena verlo, es un edificio precioso.
Caminando hacia el lado opuesto de donde se encuentran el cementerio y el monumento dedicado al marqués de Comillas, llegamos hasta el mirador de Santa Lucía y nos encontramos con la Portada de la Casa Moro, una obra de Gaudí. Está construida con deshechos de piedra, que se encuentran colocados irregularmente, pero siempre buscando formas redondeadas y huyendo de los picos y las aristas, como era habitual en él. Lo original de esta puerta es que cuenta con tres accesos: uno, el más grande, para carruajes; otro algo más pequeño para personas; y otro redondo, sobre el anterior, para pájaros. Desde luego, está claro que a Gaudí no se le escapaba ni un detalle...
Después seguimos caminando un poco más y llegamos a un edificio que fue construido y costeado por varios vecinos, en principio para albergar la cárcel de la villa, aunque actualmente se ha reformado para convertirlo en albergue para aquellos peregrinos que hacen el Camino de Santiago o la Ruta de Santo Toribio. De hecho, justo frente a este edificio vemos una señal muy curiosa que indica las distancias desde Comillas a Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela y Santo Toribio de Liébana.
También pasamos un rato caminando por todo el casco antiguo, donde podemos ver entre otras cosas el Ayuntamiento antiguo, un edificio cuadrado sostenido por arcos en tres de sus fachadas, por lo que es posible pasar bajo ellos; la iglesia de San Cristóbal, en la cual se venera al Cristo del Amparo, que es el patrono de los pescadores. Fue construida gracias al dinero y al trabajo de los vecinos (parece que los comillenses eran muy apañados, porque ya hay más ejemplos de cosas que se animaban a construir o a remodelar); y la fuente de los tres caños, que también funciona como farola, y está situada en la misma plaza del ayuntamiento nuevo, así que pasaréis por ella si vais a la oficina de turismo. Fue dedicada a Joaquín del Piélago, vecino de Comillas, que fue quien financió la traída de aguas a la localidad.
Dejamos prácticamente para el final el Capricho de Gaudí, un edificio realizado por él durante su primera etapa; se trata de una casa con formas redondeadas y una torre. Llama mucho la atención por los llamativos colores con los que está decorada. Eso sí, esto es lo que podemos ver desde el exterior, porque como os digo está cerrado y nos tenemos que conformar con estirar el pescuezo para verlo por encima de la valla. Cuando se tiene la suerte de encontrarlo abierto, se pueden visitar los jardines y/o comer en el restaurante en el que lo han convertido, aunque creo que es de precios no aptos para todos los bolsillos...
Desde aquí volvemos a recoger el coche y nos dirigimos a las afueras de Comillas, concretamente a La Coteruca, una casa situada en lo alto de una colina, mirando al mar. Nos cuesta un poco de trabajo llegar, porque hay un momento en el que las indicaciones se pierden. Al final lo conseguimos, pero lo poco que podemos ver (los restos de las torres y la muralla, ya que el resto fue destruido durante la Guerra Civil) es sólo desde fuera, porque en la actualidad ha sido rehabilitado como edificio de apartamentos y hay carteles por todas partes en los que se indica bien claro que es una propiedad privada y está prohibido el paso. Muy cerca de aquí está el Asilo-hospital de Comillas, que fue construido en 1888 y recuerda un poco en sus formas al palacio de Sobrellano, aunque algo más animado debido a sus colores: rojo y blanco. En la actualidad sigue funcionando como asilo para ancianos, así que únicamente se puede ver por fuera.
Tras abandonar Comillas y viendo que se nos pasa la hora de comer, decidimos hacer un alto en el camino y dirigirnos después hacia San Vicente de la Barquera, para rematar nuestro primer día por tierras cántabras.
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